La libertad de definir la libertad

La promesa de una prensa libre

"Defenderé la libertad de prensa", dijo el presidente de Colombia. Una afirmación muy válida, verídica, actual e imperecedera, moral y buena; pero, a la hora de la verdad, vacía de sentido y coherencia.

Y no lo digo solo por el presidente de Colombia. En el mundo entero defienden la libertad de prensa. Todos los presidentes lo afirman sin tapujos. Pero la verdad es que dicha afirmación es un sofisma vacío, sin pizca de realidad.

El problema es que prensa y libertad son conceptos separados. Hablar de prensa implica hablar de ideas, opiniones y periodismo. Y… ¿cuándo el periodismo ha sido realmente libre? ¿Cuándo una idea u opinión ha sido libre? La respuesta es: nunca. El funcionamiento de la prensa depende de factores económicos y de la inyección de capital. Y las ideas, por más libres que sean, prácticamente nunca llegan en su forma pura a las masas.

La única forma de que un medio informativo (o un periodista) sea "libre" es que tenga la capacidad económica para funcionar por sí mismo. Sin embargo, seguirá atado a la "visión" que tenga ese periodista de la "realidad".

¿Quién define la libertad y sus límites?

Ahora, la ideología que profesa la prensa (su "realidad") está sesgada por los valores culturales, políticos, morales y religiosos, así como por los intereses y demás circunstancias del lugar geográfico desde donde ese medio actúa. Por eso, siempre chocará con las ideologías de otros medios que defienden valores y visiones diferentes.

El desenlace es evidente y lo vemos todos los días: el concepto de libertad depende del lugar desde donde dicho concepto se emite; choca contra una visión diferente e inmediatamente es catalogado por la contraparte como dogma, dictadura, imposición, etc., ya que contraría la versión "oficialmente aceptada" de libertad de esa contraparte. Y comienza la puja por quién tiene la razón, la cual siempre, sin excepción, termina en conflicto, que puede llevar a enfrentamientos más grandes, incluso guerras.

Pero aquí surge una pregunta: ¿quién define la libertad y sus límites? ¿Quién determina cuáles son las presiones e intereses de los que debemos protegerla? ¿Quién establece qué concepción de libertad es válida y cuál no? Los gobiernos, las leyes, las instituciones y las sociedades establecen esos límites. Sin embargo, ninguno lo hace desde una posición neutral, ajena a sus propios condicionamientos. Incluso quienes defienden la libertad están sujetos a las circunstancias culturales, políticas, económicas y morales que determinan su comprensión de ella.

Y aquí conviene detenerse en algo que suele pasarse por alto: quien define la censura, la libertad o el libertinaje está ejerciendo poder. No hay definición neutral porque definir es ya un acto de delimitación, y delimitar es excluir. La frontera entre libertad y libertinaje no está en la naturaleza de las cosas: está en el consenso o en la imposición vigente en cada contexto. Lo que en una época es libertinaje, en otra es libertad. Lo que hoy una sociedad considera una expresión legítima, mañana otra puede calificarlo de inadmisible. No hay un punto arquimédico desde el cual medir. Y quien denuncia la censura también está delimitando: también ejerce poder. No hay una posición limpia desde la cual juzgar.

La prensa y los límites de lo permitido

Entonces… ¿qué es la libertad de prensa? Es un derecho que, cuando se convierte en consigna, también puede servir para presentar ante las masas la información que condiciona su pensamiento como si fuera "libre" y, por ende, "segura para su consumo".

La realidad es que tu prensa (léase opinión) es libre siempre y cuando esté acorde con los límites establecidos por tu sociedad. En el momento en que esa opinión se salga de lo permitido, aceptado o inculcado por el gobierno, la sociedad o la cultura, dicha libertad es catalogada como libertinaje, extremismo, dogma, imposición, etc. Una movida muy hábil para mantener el control sobre la sociedad. Y esta movida aplica a todo tipo de gobiernos y pensamientos.

No se trata de negar que existan derechos, leyes o garantías que permitan expresar opiniones diferentes. Tampoco de afirmar que toda discrepancia constituye una forma de censura. El problema está en pretender que esas libertades son universales, neutrales e independientes de los factores que las condicionan. Porque incluso quien defiende el derecho a disentir lo hace desde una comprensión particular de aquello que considera legítimo defender. Y esa comprensión también tiene límites.

La libertad condicionada desde el nacimiento

La realidad es que la libertad, como nos la quieren explicar, no existe. Nuestra libertad está condicionada desde el momento en que nacemos por una serie de factores: lugar de nacimiento, estrato social, capital de los padres, ubicación geográfica, etc. Así, las personas nacidas en el mismo segundo, en el mismo país, pueden (y de hecho tienen) distintas posibilidades de ejercer aquello que llamamos "libertad", así como distintas limitaciones, dependiendo de factores ajenos a su voluntad. Ya desde ese momento no podemos decir que somos libres…

Y estos condicionamientos no desaparecen por el simple hecho de reconocerlos. Incluso nuestra capacidad para cuestionarlos, comprenderlos o intentar superarlos depende de circunstancias que no escogimos. Una persona puede reconocer las limitaciones de su propia libertad sin tener los medios para modificarlas. Lo mismo ocurre entre las naciones: todas pueden hablar de libertad, pero no todas disponen del mismo poder económico, político o militar para ejercerla, defenderla o imponer su interpretación a las demás.

Por eso, mi propia concepción de libertad también está condicionada. No pretendo que sea más libre, verdadera o universal que la de quien piensa diferente. Ambas nacen de realidades particulares y ambas tienen límites. Y precisamente por eso resulta contradictorio que cualquiera de ellas pretenda convertirse en la medida absoluta de la libertad de los demás.

El consenso y sus contradicciones

Así, por más que los presidentes, como el de Colombia, afirmen que "defenderán la libertad de prensa", terminan defendiendo, independientemente de sus intenciones, una concepción particular de libertad.

Quizás el verdadero problema no sea que existan diferentes concepciones de libertad, sino nuestra insistencia en convertir alguna de ellas en una verdad universal. Somos sociedades diferentes, cambiantes, construidas sobre valores, culturas, intereses y moralidades que no siempre coinciden. Pretender que una sola definición pueda representar a todas es desconocer precisamente esas diferencias.

Tal vez no se trate de encontrar una libertad absoluta ni de imponer una definición definitiva, sino de reconocer nuestros propios límites y buscar un equilibrio entre las distintas maneras de comprenderla. Un consenso que no elimine las diferencias, sino que permita su coexistencia; que reconozca que incluso sus propias reglas estarán condicionadas y, por tanto, deberán permanecer abiertas al cuestionamiento y al cambio.

Pero ese consenso tampoco es neutral. También es una moral entre otras. También excluye a quienes no lo quieren, a quienes quieren imponerse, a quienes consideran que su moral debe prevalecer. La coexistencia misma es una decisión moral, y por eso también genera conflictos. No hay salida limpia. El círculo no se rompe: se habita.

Pero mientras pretendamos que nuestra concepción de libertad es la única válida, seguiremos defendiendo nuestra libertad a costa de la libertad de los demás.

Y eso es libertad, ejerciendo la libertad para coartar la libertad de otras libertades…

Escribir desde la contradicción

Y sin embargo, aun sabiendo esto, sigo escribiendo. No para convencer a nadie, sino para entenderme. Para justificarme ante mí mismo, pero también para descubrir cuándo esas justificaciones no se sostienen. Para ser un poco mejor de lo que era antes de escribir. Si algo de lo que digo le sirve a alguien para hacer lo mismo, entonces habré avanzado un paso en la vida que recorro sin guía. No busco tener razón. Busco, simplemente, no mentirme.

 

Octubre 16 de 2026

 

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