Nació el hijo que tanto deseó. Pidió a Dios que lo hiciera eterno, perene, infinito. “Cuando crezca todos deberán admirarlo, brillará aún cuando fenezca, quedará perpetuado en las obras de artistas soberbios”.

Al cumplir diez años el niño falleció, el padre  se dejó morir con él presa del dolor y la soledad más profunda. Cuando llegó ante Dios le reclamó.

-Yo solo hice realidad tus deseos –le respondió El Señor. -Esa estrella brillante es tu hijo: eterno, perene e infinito. Día a día es inmortalizado tanto en las obras de grandes artistas  como en los cándidos dibujos infantiles ¿No fue eso lo que me pediste?

Elena Ortiz Muñiz

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