Esta historia es real y su protagonista falleció hace unas semanas; omito el nombre por respeto a su memoria.

En el barrio donde me crie y pasé algunos de los días más alegres de mi vida teníamos muchas diversiones, entre ellas un rio que pasaba a unas dos cuadras y donde íbamos a nadar a escondidas de los mayores.

Siempre íbamos los mismos cinco o seis chicos de unos diez a doce años y soportábamos el frio de la Sabana de Bogotá a cualquier hora. Un muchacho de nuestra edad nunca iba porque le tenían prohibido y él era respetuoso de las normas.

Uno de tantos días lo encontramos aburrido sentado en la acera frente a su casa y lo invitamos a nadar; además de la prohibición paterna el pobre no sabía nadar, sin embargo le dijimos (nombre supuesto):

-         Miguelito, camine se baña con nosotros y le enseñamos a nadar.

-         No, gracias, si de pronto me ahogo después mi papá me mata a correazos.

Edgar Tarazona Angel

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