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Hablemos de economía. Tema de moda en el mundo debido a la “crisis económica”; algo que anticipábamos desde la década de los ochenta, pero que nadie pensó que en verdad ocurriría. “Imperios” económicos están cayendo ante la atónita mirada de los contribuyentes, dueños, afiliados, proveedores y simples empleados; sin que ellos sepan qué decir o actuar y mucho menos el verdadero motivo que causó semejante “tragedia”.

La respuesta al problema es sencilla y en Colombia se ejemplifica con una crisis económica paralela, denominada la “Crisis de las Pirámides”. No las de Egipto, sino las del sistema financiero “piramidal”, donde se ofrecen intereses astronómicos en pocos meses. ¿Qué tiene en común la Crisis Financiera Mundial (CFM) y la Crisis de las Pirámides (CP) colombiana? Como dije al inicio del párrafo, la respuesta es sencilla (pero requiere de sangre fría para conocerla, así que sugiero a los cardiacos e hipertensos abstenerse de continuar la lectura del artículo): la estructura Financiera Mundial también es piramidal y, como cualquier pirámide financiera, está condenada al fracaso.

 

Usura, usurero, especulación y especulador

La economía mundial se mueve gracias a la usura y la especulación, términos bastante interesantes, teniendo en cuenta que de estas palabras salen otras, como usurero y especulador. Comencemos a analizar, a partir de las definiciones de estas palabras, las causas de la CFM y su paralelo con la CP colombiana.

1. usura.[I]

(Del lat. usūra).
1. f. Interés que se lleva por el dinero o el género en el contrato de mutuo o préstamo.
2. f. Este mismo contrato.
3. f. Interés excesivo en un préstamo.
4. f. Ganancia, fruto, utilidad o aumento que se saca de algo, especialmente cuando es excesivo.

pagar alguien con ~ algo.

1. loc. verb. Corresponder a un beneficio o buena obra con otra mayor o con sumo agradecimiento.

2. especulación.[II]

(Del lat. speculatĭo, -ōnis).
1. f. Acción y efecto de especular.
2. f. Com. Operación comercial que se practica con mercancías, valores o efectos públicos, con ánimo de obtener lucro.

Los sistemas financieros actuales están construidos para obtener un lucro, basándose en la usura y la especulación. Como cosa curiosa, las “estructuras piramidales” también. La ganancia es el fin de un sistema capitalista (global en la actualidad, conocido también como globalización[III]), justificable desde el punto de vista del beneficio[IV] y las consecuentes facilidades para el crecimiento y la ampliación[V]. 

Los bancos son el mejor ejemplo (y la principal causa de la CFM y el nacimiento de las pirámides) de usura. Las Bolsas de Valores, el mejor ejemplo de especulación (y las responsables de los precios irreales de productos, empresas y servicios).

No obstante, si el fin del sistema capitalista es la usura, ¿por qué vivimos hoy una CFM; y los índices de pobreza, miseria y desempleo suben, en directa proporción con el costo de vida?

 


[I] Definición tomada de http://www.rae.es (Consulta realizada el 25 de noviembre de 2008).
[II] Ídem, (Consulta realizada el 25 de noviembre de 2008).
[III] El término globalización se traduce en una Economía de Mercado Mundial. Erróneamente se le atribuyen fines sociales, políticos y culturales.
[IV] Léase lucro.
[V] Esta ecuación no es reciente y desde la época del trueque ya podemos hablar de una burda usura, cuando un vendedor de pollos quería cambiar la menor cantidad de estos, por costales de harina, a un agricultor.

 
 
 

 

Menos por más

Antes de que la banca se formara, los prestamistas y las compraventas dominaban el mercado mundial. No como las conocemos ahora, sino negocios familiares o personales, maldecidos tanto por reyes como por mendigos, se dedicaban a subsidiar tanto al pueblo como a gobiernos.

Siempre ocultos en la sombra, dirigían con mano de hierro los destinos de naciones enteras. Tenían el poder de causar guerras y hambrunas; derrocamientos de reyes y revoluciones. Moviéndose en pos del lucro, pasaban por encima de principios morales y valores espirituales. Los hombres de alta alcurnia, obligados por la palabra dada o un pedazo de papel firmado, sucumbían a los intereses del usurero o especulador (como sigue ocurriendo hoy en día) y, con tal de saldar la deuda y no manchar su nombre, accedían a realizar actos que llegaban a perjudicar una nación entera.

El pueblo era menos afortunado. Subyugado por intereses gigantescos, e imposibilitado de pagar la deuda, se convertía en esclavo o perdía la vida en el cadalso, mientras sus bienes pasaban, de manera legal, bajo la tutela del prestamista. Por eso los prestamistas eran y son odiados, desde el principio de los tiempos y, al mismo tiempo, indispensables en un sistema económico de mercado. 

Los bancos nacieron como una evolución a la legalidad de la casa de préstamos, quitándose el estigma y la fama adquirida durante siglos. Ahora eran bancos y venían con una característica “atractiva”: pedían préstamos al pueblo y pagaban interés por dinero depositado. Es decir, cuando el banco recibe dinero de cualquier mortal (sin importar su clase social), está recibiendo un préstamo por el cual se obliga a pagar un interés.

Esta nueva idea fue recibida con alegría y beneplácito por los antes explotados por los prestamistas: ¡Ahora ellos eran los prestamistas y tendrían en sus manos el poder económico! 

Craso error que convirtió al pueblo en esclavo voluntario del sistema financiero. La receta perfecta de la mentira equivale a un cuarto de verdad por tres cuartos de mentira. Mezcle bien y sirva frío. El comensal no sabrá la diferencia. El pueblo se convirtió en prestamista, es cierto. Pero había una gran diferencia: el interés de los bancos era diferente al interés del pueblo, bajo la floja excusa de que los bancos proveían un servicio que protegía el dinero de los prestamistas (clientes), por lo que sus intereses serían más altos, además de un cobro “simbólico” mensual, para “justificar” los gastos del papel y los empleados.

Al principio esta diferencia no era mucha, pero los bancos crecieron como hongos en esquina húmeda: de forma desproporcionada e incontrolable[i]. Pronto los dueños cayeron en cuenta del error. La estructura permitía que “cualquiera” se convirtiera en banco (léase captador y prestamista) por lo que la competencia era dura y el lucro no se veía por ningún lado. La economía nacional (léase de cada país) se vio afectada, ya que no había un control de intereses, la inflación era desproporcionada. La moneda nacional buscaba el extranjero, donde se le daba un mayor valor[ii] y viceversa. En ese momento nació el concepto de un ente regulador de la moneda, o un “banco de la nación”. 

Ya sea de buena forma, ya sea de manera vil y traicionera, pero algunos bancos fueron “engullendo” a los que no sabían o no podían hacerles frente, al momento de captar la nueva moneda y adaptarse a un nuevo sistema financiero, manejado por el prestamista mayor (el banco de la nación), que administraba a los demás prestamistas.

La carrera por el control de la punta de la pirámide había iniciado. Y el pueblo no tuvo otra alternativa que la de mirar hipnotizado como nacían nuevos imperios, Imperios Económicos.


[i] Cabe anotar que este descontrol se dio más que todo en Estados Unidos, por encima de otros países “desarrollados”. Desde principios del siglo XIX y hasta mediados del siglo XX, Europa, Euro Asia y Asía, estaban envueltos en guerras y conflictos internacionales, momentos de la historia en los que los prestamistas eran perseguidos sin miramientos. Estados Unidos, para esa época, estaba en una etapa de desarrollo, exceptuando el período de la Guerra Civil, sin involucrarse de forma directa en conflictos externos. (Las excepciones fueron ambas guerras mundiales, aunque en ningún momento Estados Unidos fue invadido o sufrió la presencia de tropas invasoras en su territorio, lo que eximió el país de la reconstrucción socio-económica por la que pasó el resto del mundo).
[ii] Cabe anotar que las monedas, en el siglo XIX, eran hechas en oro, plata y metales preciosos. Del precio de este metal dependía el valor de la moneda.  Sólo con la aparición de la banca, comenzaron a utilizarse otros materiales para representar la moneda.


 

 

Los indicios de crisis

El [[Crack del 29]], también conocido como “Lunes Negro”, cuando La Bolsa de Valores de Estados Unidos comenzó una caída libre, fue la primera señal, indicando que la estructura piramidal capitalista estaba errada. En conjunto, los factores como la deuda interna, la externa, los prestamos, la inflación, etc. determinaron la caída. Pero lo que muchos analistas tienden a omitir[i] es que, en ese momento, Estados Unidos era la punta de la pirámide de la economía mundial.

Después de la [[Primera Guerra Mundial]], Estados Unidos era el único exportador mayorista a Europa. El continente europeo quedó bastante vapuleado después de la guerra y necesitaba de recursos materiales, alimentos, maquinaria, industria y servicios, para reconstruir la sociedad. El problema consistió en que al ser Estados Unidos el único proveedor con capacidad de saciar las necesidades europeas, tenía el monopolio de los precios del mercado, y era el principal prestamista de la época, al entregar su mercancía a crédito. 

Pero llegó el momento en que varios países europeos simplemente no pudieron cancelar la deuda. El sistema económico interno de Estados Unidos colapsó, ya que los mismos proveedores pedían préstamos a los bancos, para hacer su producción y no pudieron cancelar a tiempo. El efecto “bola de nieve” no se hizo esperar. Despidos al por mayor, quiebra de compañías, etc. Muy pocos bancos se salvaron. ¿Cuáles? Los que tenían el control del dinero y de los intereses… La punta de la estructura…

¿No les recuerda el efecto de las pirámides financieras de hoy? 

Pero Estados Unidos no aprendió la lección. Su época de la bonanza económica comienza al finalizar la Segunda Guerra Mundial. No tengo que señalar el estado en que quedaron los países directamente envueltos en el conflicto. Nuevamente, el único país que estaba en capacidad de suministrar maquinaria y productos de primera necesidad, fueron los norteamericanos. De nuevo, ya sea por suerte o por azar, los bancos norteamericanos se posicionaron en la punta de la pirámide financiera.

No obstante, el recuerdo del Crack del 29 actuó por sí solo como ente regulador en la economía estadounidense, así como en los préstamos. Se crearon figuras representativas, sin pertenencia específica a un país, como el Fondo Monetario Internacional (FMI), el Banco Mundial (BM) y la Reserva de la Organización de las Naciones Unidas (ONU). 

Empero, hubo un error significativo en la creación de estas instituciones. La sola figura de no pertenencia, convertía a estas entidades en algo especial. Tan sólo háganse estas preguntas:

  1. ¿De dónde provienen los fondos del FMI o del BM?
  2. ¿Cómo la ONU financia el sinfín de actividades económicas, si la ONU no produce para la economía mundial?
  3. ¿Dónde y a nombre de quién está el dinero que supuestamente tienen estos organismos financieros?
  4. ¿Quién regula estas instituciones? 

Nuevamente nos encontramos ante figuras dictatoriales del sistema económico, ahora mundial, y sin un representante claro que responda por sus acciones. La crisis económica de hoy es responsabilidad directa de estos organismos, por “ayudar” económicamente a países necesitados, exigiendo a cambio control de entidades estatales y condicionando la economía de tal forma que sería imposible para los deudores finiquitar el préstamo, por la usura impresionante que imponen estas entidades.

Esto permitió al segundo escalafón de la pirámide, el bancario, el hongo de la esquina, extenderse por toda la pared de la estructura financiera mundial. Convirtiéndose en entidades multinacionales, imitando al FMI y BM, sin responsables claros de sus acciones. 

El efecto “bola de nieve” había comenzado.

El mes de septiembre de 2008, fue simplemente cuando los “dueños” de la pirámide se dieron cuenta que la “bola de nieve” no se podía detener…


[i] En ese momento de la historia el concepto de globalización no era conocido y la economía aun se analizaba desde el punto de vista nacional. Las relaciones económicas internacionales eran consideradas como efectos secundarios, pero que no afectarían de manera directa y crítica el capitalismo nacional.


 

La pirámide “legal”

Cualquier persona criada en el sistema financiero capitalista, es enseñada a buscar el beneficio, el lucro, la utilidad; usando el colectivismo en pos del individualismo. Esta libertad es la esencia misma de la democracia y la justificación perfecta para los bancos.

Es claro que la economía mundial se convirtió en propiedad privada de las multinacionales; azuzadas, controladas y justificadas por el FMI y el BM, bajo el paternal consentimiento de la ONU. Esto equivale a decir [[monopolio]]. Pero, ¿no les recuerda esta situación a Estados Unidos, justo antes del Crack del 29? Curiosa coincidencia, pero es cierta. 

La estructura monopolizada de los bancos es terrorífica. ¿Recuerdan cuando hablamos de los intereses? Con el monopolio económico en la manga y el control de las entidades gubernamentales de los países deudores, los bancos son los que crean las reglas.

¿Cómo son los préstamos hoy? 

En Colombia, si yo deposito dinero en el banco (le presto mi dinero al banco), me pagan el 4% de interés anual. Si es el banco quien me presta, el interés está entre el 24% y 32% anual. La diferencia es del 600%. ¿Acaso esto no es un interés exagerado? ¿Acaso no es una captación masiva de dinero con interés excesivo? Y eso sin tener en cuenta que tengo que pagar el seguro del préstamo, el uso de la tarjeta (que a uno lo obligan a usar) y el uso del cajero automático, entre otras cosas. Claro está, excluyendo los impuestos que cobra el Estado, directamente a los usuarios, a través del sistema financiero, libremente  obligatorio.

Muchas protestas se han dado en contra de la acción proteccionista de los diferentes gobiernos hacia sus bancos. El malestar del pueblo es general, ya que cualquier estado protege y protegerá a las entidades financieras, por encima de las de la nación. La respuesta al por qué la dio (obviamente sin querer) el presidente de Colombia, [[Álvaro Uribe Vélez]], al hablar de las utilidades de las entidades financieras “oficiales” en Colombia. Según el presidente, estas entidades pagan el 43% de sus utilidades en impuestos[i]… 

¿Imaginan la astronómica cifra que esto representa?

En otras palabras, prácticamente los bancos pagan la nómina del gobierno, cuando este debería estar en la capacidad de no depender de ellos. Lastimosamente, son pocos los estados que tienen control sobre las materias primas y recursos de su respectiva nación[ii]. Los bancos y multinacionales son “dueñas” de algo que debería pertenecer al Estado. 

¿Acaso esto no es una pirámide?

Regresando a la relación Banco – Ser Humano[iii], son evidentes los extremos monopolistas en cuanto al valor que se le da al dinero del banco y al de las personas. Por ejemplo, si el banco exige, a cambio de un préstamo, como garantía un bien inmueble, fiadores, firmas de terceros, etc. ¿qué garantía podemos exigir al banco, cuando les prestamos nuestro dinero? Ninguna. 

La ley, hoy por hoy, nos obliga a utilizar los bancos. No hay forma de evitar este robo legal, ya que los hongos en la esquina húmeda se convirtieron en una masa amorfa que cubre la pared entera y no permite el paso de luz o agua, ahogándose en su propia materia putrefacta, y llevándose consigo a todo aquel que quedó atrapado dentro del sistema. Si el Estado interviene a los Bancos, quiebra; causa que movía a los reyes de antaño a hacer lo que los prestamistas quisieran. Si los hombres nobles se levantan en contra de los Bancos, serán intervenidos por el Estado, además de que no formarán parte de una economía globalizada y por ende, morirían de hambre, como mendigos; ese miedo los obliga a hacer lo que los Bancos y el Estado dicten.

Y el pueblo… 

Bueno, el pueblo, como en la época antigua, no tiene derecho ni a voz ni al voto en este asunto. Si protesta, lo calman ya sea con promesas falsas o la fuerza pública. O les ponen a una marioneta por gobernante, quien será el que asuma al final las culpas.

El sistema piramidal funciona a la perfección:

  1. El dinero del pueblo entra a las arcas financieras, casi por obligación.
  2. El dinero del pueblo no tiene el mismo valor que el de los bancos.
  3. Los bancos obtienen lucro, especulando con lucro ajeno.[iv]
  4. Ganan hasta el 1000%[v] sobre el dinero recibido en diferentes operaciones: prestándolo otros (o a los mismos que lo consignaron), especulando en las Bolsas, etc.
  5. Devuelven el 4%, quedando con el 996% de beneficios “legales”.
  6. Los bancos obtienen ganancias trillonarias (el cuádruplo de los porcentajes que ofrecen las pirámides financieras “ilegales” a las personas).
  7. Los bancos “mantienen” a los gobiernos, a manera de impuestos.
  8. Los bancos se apropian de las utilidades obtenidas con dineros ajenos (del pueblo).

[i] Pero este porcentaje corresponde a las utilidades “brutas”. Cuando una persona jurídica presenta su declaración, las utilidades son “netas”. Es decir, ya se descontaron los impuestos.
[ii] Esta característica es dolorosamente visible en los países endeudados con el BM, el FMI y la ONU.
[iii] Deliberadamente evito las palabras “usuario” y “cliente”, ya que por medio de estas etiquetas las entidades financieras convirtieron una relación prestamista equivalente, entre los seres humanos y los bancos, en “servicios” que prestan ellos, como si nos hicieran un favor.
[iv] Es decir, obtienen beneficios y porcentajes exagerados al especular con los préstamos que a ellos les hacemos.
[v] Como ejemplo, un cheque de gerencia cuesta al banco COL$200 (US$0,08), pero le cobra al usuario, por el mismo cheque, COL$7.500 (US$3,24), lo que equivale a una ganancia del 3.750%.


 

 
 
 
 

La pirámide “ilegal”

El pueblo, cansado de esta forma de abuso legal (vigilada por los estados y aprobada por los “hombres de bien”), busca una salida de la ratonera financiera en la que lo metieron a la fuerza. Cualquiera buscaría una salida al ver que sus ahorros desaparecen, en lugar de crecer.

Esto es aprovechado por personajes, cuyos escrúpulos no analizaremos en este artículo, que tienen experiencia bancaria o en la bolsa, o simplemente son personajes que creen que si las entidades financieras pueden obtener beneficios inimaginables, es posible robarse unas migas del pastel general. 

Fundan sistemas de captación masiva de dinero (lo que los bancos llaman, en el lenguaje de ellos, cuentas de ahorro), prometiendo intereses superiores a los “autorizados”). Cualquier ser humano con un par de neuronas en el cerebro se dará cuenta que en el banco siempre pierde plata, así que es mejor prestarla a otros, que ofrecen pagar intereses por ella.

Invierten en las pirámides y al principio estas funcionan. Los primeros comienzan a percibir altos rendimientos (lucro), por el dinero prestado, los que manejan el dinero también se benefician, y más personas comienzan a invertir ese dinero (que por ley y derecho del gobierno y de los bancos, pertenece y debe estar únicamente en los bancos) en la pirámide “ilegal”. 

¿No obstante, qué tiene de ilegal un sistema igual al de los bancos? La única diferencia radica en los intereses que percibe el prestamista, ya que el sistema es idéntico.

Las migas que se escurrían de las manos de los bancos y el sistema financiero, se convierten en tajadas. Es en ese momento que el gobierno aplica la ley de la “ilegalidad”, forzado por la mano que le da de comer. Las consecuencias… A nadie importan… 

Hay que ser equilibrado y decir que la mayoría de las pirámides “ilegales” lo son en realidad. Son personas inescrupulosas que aprovechan el descontento del pueblo para con los bancos y crean compañías temporales, recopilan sumas de dinero “respetables” para el público, pero insignificantes a los ojos de los banqueros, y huyen con él, dejando a los inversores con los “crespos hechos”.

¿Y el pueblo? 

Andando de un lado para otro, buscando el milagro que convierta “dos peces y cinco panes” en, al menos, lo suficiente para alimentar a la familia. Y dándolo a los bancos, a las pirámides, a los especuladores y usureros, quienes saben la ecuación legal para quedarse con él y dejar al pueblo sin peces ni panes.


 

A modo de colofón

El Espectador, diario colombiano, anunció el 29 de septiembre de 2008 que el sistema financiero colombiano obtuvo ganancias, durante el mes de agosto del mismo año, por un valor de COL$8,6 billones (US$3.660)[I]. Una cifra astronómica, considerando que es el lucro de un solo mes.

Colombia es un país que tiene aproximadamente 44 millones de habitantes, de los cuales 23 millones están por debajo del índice de pobreza, más de 7 millones son indigentes, y el índice de desempleo es del 12%. Haciendo sumas burdas, vemos que 30 millones de habitantes (68,18%) no están ni remotamente cercanos al aporte económico en el desarrollo del sistema financiero. 

Surgen interrogantes, entonces, respecto a esas utilidades exageradas del sistema financiero, siendo imposible desligar su parecido a una pirámide “ilegal”:

  1. ¿Con el dinero de quién se obtienen esas astronómicas ganancias?
  2. ¿Por qué el sistema financiero no cancela la deuda externa del país?
  3. ¿Si hay tanto dinero, por qué hay tanta pobreza?
  4. ¿Si hay tanto dinero, por qué hay indigencia?
  5. ¿Si hay tanto dinero, por qué hay injusticia social?
  6. ¿Si hay tanto dinero, por qué los intereses de las cuentas de ahorros son miserables?
  7. ¿Si hay tanto dinero, por qué hay crisis financiera en el país?
  8. ¿Si hay tanto dinero, por qué el estado no invierte en el agro y el campo?
  9. ¿Si hay tanto dinero, por qué hay hambre y guerra?
  10. ¿Si hay tanto dinero, por qué el Estado colombiano debe “renegociar” la deuda externa, en lugar de cancelarla de una sola vez?
  11. ¿Si hay tanto dinero, por qué la nación está obligada a humillarse ante Estados Unidos por ayudas económicas?
  12. ¿Si hay tanto dinero, por qué Colombia ruega por un Tratado de Libre Comercio (TLC) con Estados Unidos? 

Todas esas preguntas tienen una respuesta: el sistema financiero es piramidal, y el retenedor del dinero del pueblo, es quien está en la cúpula de la pirámide y controla la economía nacional.

Es una demostración de que la pirámide ya superó al gobierno y controla y dicta leyes en su propio beneficio, destruyendo sin miramientos a la competencia y hundiendo a los que tratan de levantarse. 

El hongo en la pared se extendió por toda la casa. Tapió las puertas y ventanas. El pueblo, atrapado en una podredumbre económica, es esclavo de la economía, incapaz de solventar la situación. Su elección es poca: muerte por inanición o bajar la cabeza.

El gobierno no quiere hacer algo para solventar la situación. El sistema piramidal necesita de capataces que se aseguren de que el pueblo siga siendo esclavo económico y no levante cabeza. 

La crisis económica mundial no está sucediendo. Ya sucedió. Hace décadas. Lo que pasa es que quien la sufrió y sigue sufriendo es el pueblo. Tan sólo que ahora la pirámide está cayendo a pedazos, efecto de su propia inflación.

Y los que ocupan la cúpula se sienten preocupados… 

Se vuelven más agresivos…

Destruyen a la competencia de forma descarada y cínica, convirtiendo a las Naciones en “Departamentos Comerciales” y a los Presidentes en “Administradores”… 

“Los ricos son más ricos y los pobres son cada día más pobres”, frase que se oye cada vez más, día a día. Frase cierta, pero le faltaría un complemento: “Y los ricos son cada día menos y los pobres, cada día más” ya que los ricos que controlan la ley, se las ingenian para destruir a la competencia en un capitalismo (canibalismo) salvaje.

Margaret Mitchell[II] definió este canibalismo de manera certera, a través del personaje de Rhett Butler: “Hay dos formas de hacer dinero: una rápida y la otra lenta. La primera, cuando un país se destruye; la segunda, cuando se construye”[III]. 

Sólo nos falta ver quién se convierte en Gerente General, Dueño y Señor del emporio económico llamado Tierra. 


[I] “Sistema financiero alcanza ganancias por $8,6 billones”. ElEspectador.com. 26 de septiembre de 2008. Consulta realizada el 27 de noviembre de 2008.
[II] Margaret Mitchell (08/11/1900 - 16/08/1949) Escritora estadounidense. Autora de la novela “Lo que el Viento se llevó”.
[III] “Lo que el viento se llevó”. Margaret Mitchell. 1936. Estados Unidos.

 
2008ENSAYO

“Solía decírtelo cada mañana:
tu cuerpo no es fuerte,
no es buena tu tos...”

Pablo Milanés

Leonardo: En realidad no sé por qué te escribo esta carta, pues quién sabe si la llegue a enviar hasta donde estás, tan lejos. Pero lo hago más que nada para contarte lo que me pasó ayer de terrible. Sí, quizá por mi propia culpa, por seguir recordando nuestra situación, empecinada como esos porfiados que se bambolean sin descanso apenas una los toca.

Es que, claro, todo estaría bien de no ser por la enorme distancia que nos separa y que no imaginas siquiera cuánto me pone nostálgica, cuánto me mata. Empecé acordándome de cómo nos habíamos conocido, a los dieciséis, cuando llegué a ese grupo parroquial y te impresioné tanto que no pudiste despegarte de mí por un buen tiempo. Me hablabas en las reuniones, me mirabas en los retiros, ibas a visitarme a mi casa y hasta me perseguías por la calle, invitándome a salir.

Sólo que yo no quería tener enamorado. Me encontraba tan bien yendo a fiestas con mis amigas, conociendo una inmensidad de chicos, viviendo sin preocupaciones, que estar con alguien era lo último que pensaba. Luego abandoné el grupo y no supe más de ti. Y, cuando regresé, al cabo de siete años, tú ya no estabas. Hasta que, al vernos de nuevo en una fiesta de reencuentro del grupo, fui yo la que quedó prendada. Sin embargo, por ese tiempo, tú te dedicabas a jugar con todas las que se te cruzaban por el camino. De quién sería la culpa sino de tu ex, la tal Fiorella, que te engañó miserablemente y te dejó sin ganas de tomar en serio a cualquiera, y eso me daba miedo, ¿comprendes?, no quería ser una más de tu lista.

Ahora le doy gracias al vino de la fiesta siguiente, que nos desinhibió e hizo que tomáramos valor para besarnos y descubrir así que había llegado el momento de estar juntos. ¿Sabes?, te adoro como eres, incluso con ese deseo loco, obstinado, de convertirte un día en escritor. No aquí, me decías, no en esta ciudad, que asfixia a quien tiene ese sueño, sino en Europa, a la cual te fuiste, y, si bien se me partió el alma, yo lo acepté, con la idea de que así te ayudaría a realizarlo. Ése fue el motivo por el que, en el aeropuerto, me tragué mis lágrimas y borré los pucheros de mi boca, jurando que esperaría hasta que volvieras y me llevaras contigo. Es que, claro, además, ya era tu esposa.

¿Recuerdas la sorpresa en la cara de todos, cuando anunciamos lo del matrimonio? Muchos sólo lo aceptaron con la invitación en la mano. Sí, pues, quién iba a creerlo, si apenas teníamos unos meses de enamorados. En mi casa decían que no me apresurara, que más bien desconfiara de tus sentimientos, de los míos. ¿Acaso contaban con que el nuestro era un amor reposado, fuerte, de esos que llegan después de haber vivido lo suficiente como para querer una relación estable?

El día de la boda, por supuesto, fui muy feliz, pero al pensar que con las mismas te irías como que me desdibujaba la sonrisa del rostro. Sabía que nada podría compararse con la angustia de no verte y sentirte, que hasta ahora me deja casi sin voz, sin consistencia, realmente vacía. Bueno, serían como las tres de la mañana cuando acabé preguntándome lo mismo: si te olvidarías de mí, si te conseguirías una de esas europeas desfachatadas y me mandarías los papeles del divorcio, pues, a pesar de que me dijeras lo contrario por teléfono y en tus cartas, quién me aseguraba que no. ¿Acaso podía estar tranquila con esa manía tuya de experimentar cosas nuevas y acumular recuerdos para tener luego de qué escribir? ¡Cuánto me martirizaba el hecho que pudieras quedarte atrapado en uno de ellos, como en el de Fiorella, por ejemplo!

Digamos que, antes de tu partida, ésos eran momentos en los que no te comprendía, porque en mi mente se daba siempre lo que en el mar de la ciudad. ¿Recuerdas las tardes que pasábamos en el puerto, tirados en los botes, contemplando la techumbre de nubes sobre el océano? Un día le preguntamos al tipo que nos llevaba por qué en algunas ocasiones las aguas olían como a muerto y se opacaban hasta tomar el mismo color gris del cielo y él nos explicó que el mar se renovaba cada tres días y botaba a la orilla todo lo malo, y que, al cabo, uno podía verlo brioso y vivo otra vez.

Mi mente también funcionaba así. Expulsaba todo lo malo para no contaminarme, para no hacerme daño. Sin embargo, esto no ocurrió ayer, pues, desde que te fuiste, perdí la destreza y terminé pareciéndome a ti, sí, un ser melancólico que vivía de sus recuerdos. Entonces empecé a ahogarme y a toser. Los doctores siempre me advirtieron, desde niña, que a veces no era este clima de porquería, tan húmedo y nublado, lo que me empeoraba, sino mi propia emotividad. Por eso y a pesar de ya no ser como antes, me dije que esto pasaría rápido, que era sólo cuestión de no pensar, y me senté tranquilita a los pies de mi cama, acomodando el cuerpo para respirar mejor del aire que mi hermana, que dormía al costado, me robaba sin sospecharlo. Pero, en vez de calmarme, me puse a llorar y a toser más fuerte. Y, al ver que hasta temblaba de escalofríos, me paré como pude y, mareada, dando tumbos de aquí para allá, sin preocuparme siquiera de encender la luz, fui al baño con la idea de vomitar, confiando en que eso me aliviaría, que como siempre expulsaría la flema que obstruía mis pulmones.

Mientras me retorcía de dolor sobre el inodoro, sospechando cómo todo estaría infectándose de aquel líquido pegajoso que caía de mi boca, tuve por primera vez la sensación de que podría ocurrirme algo malo y que nadie se percataría del asunto, como cuando años atrás tomé las pastillas para matarme-¡cuánto me ha hecho sufrir esta maldita enfermedad!-y ninguno se dio por enterado hasta que desperté a los dos días. Luego, caminé hasta el patio y el aire fresco golpeó mi cara y me despabiló e, incluso, comencé a respirar mejor y, por eso, para seguir reponiéndome, ya no pensando en la lejanía, sino en las cosas tan bonitas que habíamos pasado juntos, decidí que lo más sabio era regresar a la cama y dormir. Y, entre sueños, encontré a mi padre, que como sabes murió de la misma enfermedad. Aunque no veía su rostro, algo me decía que esa sombra indefinida frente a mí era él. Sentía que me abrazaba y frotaba mi espalda, como si pretendiera evaporar así el mal de mis pulmones, y, con su voz que jamás escuché, me aseguró que le dolor acabaría muy pronto y que ya no sufriría más, que él había venido para llevarme. Yo le repliqué, con lágrimas en los ojos, que él no era nadie para decidir eso y me solté de sus brazos con violencia.

Al despertarme, lloraba de verdad y no porque la muerte me aterrara. ¿Recuerdas que te conté que una vez me desmayé en el trabajo y que, después, en el hospital, estuve unos diez segundos clínicamente muerta? Bueno, si tú no sabes lo que es eso, yo sí; es como si entraras en un espacio repleto de siluetas vacías, de gentes huecas que caminan sin rumbo fijo. ¿Has visto? Si ya la conocía, no tenía por qué asustarme, ¿no? Sólo que ahora era distinto. El destino no podía jugarme esta mala pasada, impedir que continuáramos siendo tan felices. Y de llorar pasé a ahogarme peor. Un ronco silbido oprimía mi pecho y mi nariz se había cargado de una sólida mucosidad.

Intenté llamar a mi madre, que dormía en el cuarto de al lado, pero, al notar que la voz no me salía, mis nervios acabaron de quebrarse y mis lágrimas aumentaron todavía más. Ya estaba convencida de que moriría y que nadie se daría cuenta. Minutos después, mi madre se apareció en la puerta de mi cuarto y me preguntó, de mala manera, si ya había tomado el jarabe, no si me encontraba bien o si necesitaba algo. Yo le contesté, furiosa, que apenas si podía respirar, cómo pretendía que lo tomara.

Mi hermana, que había escuchado todo, intervino para decirle a mi mamá, con las palabras veladas por el sueño, que se fuera a dormir tranquila nomás, que por qué se preocupaba si a veces yo sólo exageraba para convertirme en el centro de la atención (bueno, de chica sí, en ese momento no, ¡te juro que no!), y que a esas horas no habría ninguna farmacia abierta tampoco. Por eso, aguanté la respiración, totalmente dolida, y, fingiendo sentirme mejor, esperé que una volviera a su cuarto y la otra a dormirse.

Luego, empecé a cambiarme. Había decidido ir al hospital y no esperar que me sucediera lo inevitable. Atravesé la sala y el comedor, chocándome con las cosas, más por lo aturdida que por la oscuridad, y, cuando llegué a la puerta, comprobé que estaba con llave. Retrocedí y quise tumbarla, ¿cómo?, no lo sabía. Sólo atiné a prender la luz y la súbita luminosidad me despabiló los segundos necesarios para advertir que, a este punto, ya ni nuestros buenos recuerdos me devolverían la tranquilidad, la libertad que exigía mi pecho, pues todos terminaban recordándome que no estabas conmigo, que quizá nunca lo volverías a estar, y eso me entristecía y me ponía mucho peor.

Fue entonces cuando me invadió el deseo de morir de una vez. Sin embargo, por esa esperanza que incluso los más pesimistas guardan en su interior, me cuidaba de no volver a toser. Creía que, si ahora lo hacía, algo iba a explotar dentro de mí. No aguanté mucho y, en efecto, tosí y, sintiendo en mi boca el sabor inconfundible de la sangre, estuve a un paso de colapsar. Tal vez te preguntes ¿y la medicina? Aparte del jarabe, que en ese instante no hubiera servido para nada, no había ni una maldita pastilla en toda la casa. Sí, lo sé, había sido una irresponsable. ¿Acaso quería morir de verdad? Por supuesto que no, tenía más bien que viajar, ayudarte a que fueras escritor y, por qué no, envejecer contigo. No podía quedarme allí parada sin hacer nada, ¿no? Me sequé los ojos y crucé la sala y, cuando llegué a su cuarto, le pedí a mi mamá que se despertara, pero ella no se movió y yo, lo confieso, quise patearla, matarla, no sé, para que reaccionara. Hasta que grité con una especie de gruñido y ella se levantó de golpe, muy asustada, y, revolviendo la habitación, dijo que se cambiaba e iríamos al hospital. Mi hermana continuó durmiendo.

En la calle, el cielo encapotado que se miraba por las ventanillas del taxi era de un color gris tan deprimente que parecía obstinado en prolongar mi tristeza. Además, lloviznaba bastante y, como siempre, con esa lluvia delgada, a medio hacer de la ciudad. Ingresamos al hospital por el pabellón de emergencias. Mi mamá fue a pagar la consulta y, a su regreso, se sentó a mi lado y, lloriqueando, empezó a recordar a mi papá. La cogí de la mano para consolarla y se la estrujé con cariño, y ella, alarmándose aún más, me hizo notar que las mías estaban muy frías. Le dije que no se preocupara, que nada malo me iba a ocurrir, pues observar a esa ruma de enfermeras corriendo de aquí para allá y el hecho de estar en un lugar donde, seguro, me atenderían, revolvía mi cerebro de cosas positivas, y le sugerí que me haría un gran favor si me dejaba sola. Ella se fue sin protestar y se instaló en una salita de espera contigua.

En ese momento, una enfermera de cara rabiosa se me acercó y me preguntó qué tenía. Al cabo, me puso la inyección y, de pronto, todos los vellos de mi cuerpo se erizaron con un rápido escalofrío y, después, me asaltó esa rara mixtura de nerviosismo y depresión, producto de la medicina, que, a la larga, con el adormecimiento, me sanaría.

Así estaba, medio atolondrada, cuando trajeron a un señor en una camilla. Tendría unos ochenta años y las arrugas le plegaban la cara por debajo de la ruidosa mascarilla de oxígeno, conectada a un viejo balón que habían colocado entre sus piernas. El tipo yacía delante de mí, el gesto crispado por el susto, y durante un rato nadie reparó en él. Sólo cuando empeoró, diciendo que se ahogaba, un enjambre de médicos lo rodeó y, echándosele encima, le controlaron los latidos, el pulso, la presión. El señor se notaba muy confundido, todos le hablaban a la vez: no era nada, algo sin importancia, ¿había entendido?

El continuo traqueteo de la puerta me permitió ver que sus familiares, en la salita de espera, tenían expresiones, si no afligidas al menos preocupadas, y yo comencé a rezar con bastante fe y más por el anciano que por mí. Hasta que, al improviso, hubo una especie de revoloteo mayor, en el que el viejo daría a entender que, a pesar del oxígeno y la preocupación, había iniciado el viaje para el cual quizá no estaba preparado, pues gritó y torció el cuerpo de una forma tan espantosa que alarmó a todos: en mí destrozó los nervios que aún quedaban en su sitio y a los doctores los obligó, cuando se calmó sin dar señales de vida, entre un vocerío alocado de enfermeras, a darle golpes violentos en el pecho y a ponerle encima aquellas planchitas metálicas que lo harían saltar.

Fue inútil. Ni siquiera los ojos del anciano, donde se veían unas últimas lágrimas resignadas, habrían de reaccionar. Algunos médicos bajaron la cabeza y maldijeron, otros suspiraron agotados. Una enfermera salió en seguida a consolar a los familiares del viejo, quienes se habían entregado a un llanto quedo.

¿Te imaginas cómo estaba yo? Más que acongojada, destruida, y sin poder detener la tembladera atroz que me entró en vez de la modorra y el sueño. Dónde estabas, Leonardo, cuando los doctores me rodearon, formando el enjambre nuevamente; cuando las enfermeras me inyectaron un calmante, mientras yo les pedía llorando que me cuidaran para ti; cuando me pusieron la mascarilla de oxígeno y empecé a debilitarme, a sentir que mis músculos se aflojaban, como si estuviera a punto de volar, y a ver a los otros como meras siluetas deformes; y, más, cuando reparé en las caras a mi alrededor, pensando en ti, Leonardo, buscándote.

Al despertar, me encontraba mejor. El aire se internaba libremente en mis pulmones y el pecho ya no me dolía. Juré entonces que no volvería a comportarme de esa manera, no, y que te esperaría, en cambio, tranquilita, ocupando mi tiempo con el trabajo y los amigos y, por qué no, con nuestros buenos recuerdos. Pero todo fue tan rápido, Leonardo: sorprenderme reposando en esa caja acolchonada, ver los rostros descompuestos de mi madre y de mi hermana, y el desconcierto en la gente que terminó siguiéndome por calles y avenidas, llegar a mi nueva casa de laberintos y muros iguales, con ese olor extraño, como en aquellos días cuando el mar se purifica, subir y, aquí en lo alto, sentir la caja deslizándose, entre quejidos incrédulos, en este hueco estrecho y polvoriento y, de pronto, la tapia de cemento, la inscripción refinada y las flores y, en torno a mí, un vacío infinito, de hombres huecos, y, en mi antigua casa, el café, las galletas y el licor, y tu ausencia, Leonardo, sobre todo, tu ausencia.   

 

2008CUENTO

Mi imaginación de (intento de) escritor ha sido sobrepasada desde el último verano que pasé en Madrid, hace dos años de este amor inenarrable. Intentar explicar cada sensación sería, igual que hacerlo con un amanecer, imposible; así que me conformo con dejar este pequeño testimonio de los días que conmocionaron mi interior, me cambiaron la química corporal, el modo de mirar y hasta de hacer esculturas y escribir. Espero no aburrirlos con esta historia de amor que a más de seiscientos días me va demostrando que también se puede volar con alas prestadas. Va en partes pues no quiero aburrir a los amabilísimos lectores. Gracias por las lecturas.

Después de estar contigo, el tiempo en que no te tuve se ha disperso como una gota de lluvia contra el suelo, el pasado de mis días sin ti ha quedado en algo muy lejano. Las horas anteriores, las inmediatas, las de tu cuerpo bajo el mío y tu voz en mi oído; son energías bastas para los días por venir. Así que cuando has partido, por tu prisa de irte no te diste cuenta siquiera que dejaste tu olor impregnado por toda la casa. Te quiero mujer sin olor.

Fácil, tan fácil como verte y saber que alguna vez nos pertenecimos ¿Acaso lo notaste en mí cuando entré a aquél café? Ibas acompañada por una mujer bella, tú estabas de espaldas y cuando me miraste, te recordé de un pasado antediluviano o del siglo diez o dieciséis; cuestión de siglos. En seguida reconocí tus labios carnosos y tus ojos de pantano estático. Borraste a tu acompañante, al camarero que preguntaba insistente por mi bebida, a los muebles y edificios; te levantaste para ir a los servicios y el vuelo de tu falda levantó un viento que barrió con cualquier vestigio de civilización.

Recordaba tus ojos acechándome mientras dormía y cuando me sentía inquieto; sabes que duermo con el pecho en el colchón y abrazando una almohada; poniéndome boca arriba sentía tus labios y dientes recorriéndome, engulléndome, vaciándome. Todo eso en sueños.

Pasaste a mi lado y ni siquiera volteaste a verme. El destino era un deseo insano, se sentía al mismo instante de despertar del letargo eterno de no tenerte, tu olor a tierra mojada, la de tus lugares, era la invitación. Sería la hora por la que no había mucha gente en aquél café, así que te seguí a seis pasos, mi piel se transformó en una cubierta de carnívoro. Mis fauces, más sabias y capaces que yo, pedían por tu carne. Entré al servicio y estabas en un compartimiento, me recargué del lavamanos y cuando saliste alisando tu vestido, levantaste los ojos y te encontraste conmigo. La cara de sorpresa inicial se te demudó cuando descubriste que iba a por ti ¿Cómo pude ser tan atrevido? No hiciste ningún movimiento, te quedaste de una pieza con una mano en los senos y otra en tu muslo izquierdo, parecías cubrirte de un inminente ataque. –Soy yo-, te dije. Hiciste gestos como tratando de reconocerme. –No me conoces, pero a partir de hoy seré el eje de tu vida-, bajaste la mirada que yo interpreté como una aceptación a la propuesta, te empujé dentro del compartimiento de nuevo. Poseí tus senos con ambas manos y tú jadeaste, quizá de temor, no investigué. Te recorrí como hago con las esculturas de barro café que moldeo cada tarde mientras pienso en la mujer del pasado, en la que no conocí, la que ahora ha llegado; seguías cubriendo con tus brazos tus partes que te definen mujer y yo explorando esa piel tan suave y rígida por trozos, ya no había que adivinar. La piel era cálida y con sabor a mar en el cuello, era intensa como el viento de la falda tuya al caminar; amasé tus muslos blancos bajo la tela del vestido, deslicé una mano entre ellos y te obligué a separar las piernas. Introduje mis dedos en tu consistencia viscosa, entre tus carnes lisas y también las rugosas, te asaltaba sin pensar en las consecuencias, moví las manos como intentando bajar tus bragas y las retiré de inmediato. Besé profundo tu boca y me correspondiste, dejaste caer los brazos a los costados abandonando cualquier resistencia, yo me recargué en la puerta y te miré con el cabello desaliñado y los dientes blancos entre tus labios tan sinuosos. –No dejes de llamarme-, eso te dije antes de salir.

Sé de antemano que cuando encuentres mi tarjeta en el resorte de tus bragas llamarás. Espero moldeando barro. Espero a que tu cuerpo me busque en cualquier noche para hacerte el amor intentando recordar en que vida estuvimos juntos.

 

2008MONOLOGO

En noches pasadas me topé con pura casualidad con una entrevista que le hizo Larry King en CNN a Ingrid Betancourt y desde entonces he querido sentarme a escribir un merecido comentario sin poder disponer del tiempo para ello. Con todo y que ya había leído en los diarios sobre el rescate; con todo y que había visto las fotos y me había alegrado sobremanera de que su historia tuviera un final feliz, yo no había reparado en Ingrid como lo hice durante aquella entrevista televisada.

Pero es necesario que dé marcha atrás y que empiece por decir que el mismo día en que fue anunciado el rescate, oí a varias personas comentar a mi alrededor que Ingrid no lucía ni demacrada ni famélica y que era evidente que no la habían maltratado mucho. Aunque no hice intento alguno por contradecir algo que mi lógica calificó como una desproporción, no pude evitar un sentimiento mixto de coraje y de lástimas por aquéllos tan dados a partir de lo ligero. Entonces pensé en un refrán muy socorrido en mi país: "Las muelas no duelen en boca ajena". Habría que haber estado en los zapatos de Ingrid para empezar a comprender la magnitud de su calvario.

La mujer que me fue revelada en la entrevista con Larry era tranquila como la mar después de la tormenta y esbelta y flexible como una rama de bambú. Sí, claro, se notaba todavía un poco confundida y demacrada. Se notaba que hacía acopio de todo su poder de concentración y de fuerza interna para contestar las preguntas de la manera más objetiva posible, algunas de las cuales tocaron fibras muy hondas; recuerdos evidentemente crudos que ella puso en su justa perspectiva al enunciar:" Hay cosas que es mejor dejar en la selva”. Pero a pesar de esto; a pesar de que recién había sido liberada de seis años de cautiverio, Ingrid Betancourt dio muestras de un aplomo increíble, así como de una majestuosidad casi inexplicable a todo lo largo de la entrevista.

Pienso que debería de haber más personas como Ingrid Betancourt en el mundo, desprovistas de odio, y sabedoras de que el rencor le hace más daño a quien lo alberga que a quien lo inspira. Pienso que Ingrid es digna de emular. Y pienso, sin el menor deseo de iniciar con esto una polémica, que ella demuestra sin lugar a dudas que el sexo débil es realmente el sexo fuerte.

Pido porque los demás rehenes sean liberados muy pronto. Pido porque el odio visceral de que somos capaces los seres humanos algún día deje de existir hasta en la selva colombiana.

Sonia Read-Hoepelman

 

2008OPINION

 

A espaldas de Dios “Crónica inefable de una singular tragedia histórica”

 

I parte 

 

SALVADOR  HUERTAS

 

“Si hombre o mujer de antemano vieran el resultado de sus malas acciones, no las cometerían”

 

¿Qué soy me pregunto? Cuando siento que “vivo camuflado en el cuerpo de otro” metido en la piel de un guerrillero camaleónico. Me llamo “Salvador Huertas” “armeruno” sobreviviente de la tragedia de Armero conocido en el medio subversivo con el alias de “Tito”. Entiendo que algunos esnobistas y gente de los medios me tachen de desquiciado por mis actos violentos de iniquidad perpetrados. Siempre que me preguntan ¿Por qué? lo hice, experimento algo tan  fuerte que podría llamarse, inclusive, un desdoblamiento natural. No sé qué responder y, cuando lo intento, tengo la sensación de que no he sido yo, sino otra persona la que los cometió y por ello mejor eludo responder. No me entenderían si les dijera que, mis malas acciones  fueron producto de una actividad como muchas otras que se ejecutan por  subsistencia. Por mi condición de insurgente de la guerrilla la justicia Colombiana me juzgó por el delito de concierto para delinquir con fines de extorción, rebelión y terrorismo sin tener en cuenta mis antecedentes perspicuo, de sanas costumbres, con valores y principios que fueron abruptamente irrumpidos por la tragedia natural que hizo a mi existencia un cambio extremo “El hombre nace bueno pero la sociedad lo corrompe”. Por ello tengo que pagar una larga condena de los cuales a la fecha, ya llevo cinco años de encierro entre rejas en la soledad de una celda como un ermitaño, olvidado. Al respecto, viene a cuento una reflexión puntual de un militar de alto rango que mantiene la subversión secuestrado en la selva inhóspita. Que enfermo y todo ha hecho gala de fortaleza y presencia de ánimo en la dura prueba: “No es el dolor físico el que me detiene, ni las cadenas en mi cuello lo que me atormenta, sino la agonía mental, la maldad del malo y la indiferencia del bueno, como si no valiésemos, como si no existiésemos”. Por años no recibo visitas. No tengo amigos, ni familia  “la avalancha de Armero me los arrebató”. Por eso es que, cada vez que mis pensamientos vuelan impávidos como intermitentes luciérnagas alternas sobre el desolado rastrojo de mi pasado enfilado hacia un presente espurio; trato de encontrar una explicación de mi vida llena de dificultades, miseria e incertidumbre. Pero de nada sirve el esfuerzo porque luego trémulo, ahogado en llanto, temeroso siento que, verdaderamente hoy soy más viejo y menos fuerte que el día anterior “El temor y la esperanza son iguales en el fondo y tener fe profunda es eliminar el temor”. Entonces¿Qué somos? Verdaderamente, cuando las finezas de un Dios que se humana  y protege, brilla para mí con su ausencia desde los inicios de mi vida. No es excusa de culparlo, renegando de su existencia, ni de desconocer su celsitud omnipotente. Según el mundo existencialista “De pol­vo a polvo soy “. El cuerpo no es más que un ropaje prestado, somos  espíritus navegando a través de un tiempo que no existe. Así como la  materia es eterna, el alma también, nada se pierde, todo se transforma; la muerte es el final de todo. “Nacer  es morir y morir es nacer”. Después de ella hay un abismo profundo y negro que como un espiral con la fuerza de un tornado se diluye misteriosamente en la paz eterna.  Con lo anterior, no quiero caer en el paradigma de esta dualidad por el simple hecho de haber vivido una vida tan llena de bruscos contrastes o  porque  ahora  me encuentro confiscado por muchos años en una cárcel de máxima seguridad reducido a una área húmeda y sombría demarcada por cuatro paredes, ante una puerta metálica de gruesos barrotes que desde afuera aseguran las autoridades con pesadas cadenas y enormes candados  enmohecidos.Quizá el dilema se resuelva  con el tiempo cuando comprenda que si por estar equivocado cometí errores, faltado “Al más importante derecho, que es al derecho a equivocarnos”, para  reivindicarme de algo de veras tenaz que me cayó en suerte es el “momento ideal para dejar los resentimientos a un lado y superar las luchas internas emocionales, pues éstas pueden convertirse en la clave de los conflictos; en vastos impedimentos para buscar el arrepentimiento y lograr el perdón”. Tal vez, “no hay atadura mejor o más venturosa que la de ser prisionero de la esperanza”, porque “Siempre sirven las sombras para distinguir la luz” y este lapso, me ha servido para entender que “somos lo que somos en nosotros mismos; no lo que somos en los demás” reflexión que ahora es mi bandera y la tengo bien clara para subsistir.Por otra parte, me deprime la cárcel. No me acostumbro a su filosofía como método de represión ni a sus formas inhumanas de aplicación por tradición. Me deprime el continuo desfilar de carceleros merodeando como en pasarela, de allá para acá de lado a lado el largo pasillo del segundo piso del patio “G” de la “Picota” pasando revista, por todas las celdas ocupadas; sus figuras lánguidas y soñolientas se vuelven familiares cuando automatizados todos los día abren y cierran las rejas en determinado horario de efugio común a todos los presos del penal, a la hora de tomar el sol en el patio contiguo a que hagan sus  necesidades, e ir a los talleres de producción ( cuando se está adscrito al programa de rebaja de penas  por buena conducta ) o a los comedores. Estos individuos de uniforme, armados de valor en las revueltas e intensos instantes de ajetreo absoluto, de  comportamiento agresivo y fría mirada, me hacen recordar tristemente el día miércoles 13 de noviembre de 1985 siendo las 11:45 p.m.; cuando a la población de Armero (Tolima) una avalancha del rio Lagunilla la borro del mapa. ” La fecha no la olvido, porque es como haber dejado de vivir para pasar a la agonía”. Tenía en ese entonces trece años. Vivía con mi madre “Julia “y mi hermana “Isabel” de quince años en una pequeña localidad de una casa de inquilinato ubicada detrás de la iglesia del buen pastor del parque principal. Mi madre trabajaba de sol a sol en un latifundio en las afueras de Armero sembrando sorgo y arroz. Como era su costumbre, ella se levantaba temprano y hacía de comer para dejarnos y llevar su ración al trabajo. Una colectiva todos los días de madrugada la esperaba en el parque para transportarla a la finca, junto con otras quince personas. Mi hermana cursaba tercer año de secundaria. Era hacendosa en los quehaceres del hogar de valiosa ayuda para mi madre en su ausencia y una amiga leal que siempre vivía al pendiente de mí. De mi padre no me acuerdo. Nunca lo conocí. Mi hermana, una vez me dijo que se había ido del lado de mi madre con otra mujer, cuando ella tenía seis años. Nunca quise saber nada más de él. El amor de mi madre lo fue suficiente. Además, ella nunca permitió que su presencia o su supuesto amor paternal nos hicieran falta en el proceso de formación de nuestras vidas. La demás familia materna y paterna, vivían en Armero y alrededores, pero siempre de ellos vivimos alejados por viejas rencillas de nuestros abuelos por política   y noble ascendencia. Un día antes a ese fatídico día, los rumores de la tragedia se habían acentuado más de lo común. La gente mantenía preocupada por los pronósticos y renuentes a las recomendaciones de los expertos de evacuar la ciudad. En fin nadie lo quiso hacer. En el colegio, mi profesora leyó el panfleto sobre “el plan de alerta en la zona” y nos hizo recomendaciones a todos como: de que teníamos que buscar la manera de permanecer la familia reunida; rezar mucho y encomendarnos a Dios.Todas las tardes después de hacer las tareas y el oficio que me correspondía en el hogar, salía con mis amigos al parque a jugar o de rebusque de propinas casuales que por hacer mandados, nos proporcionaba algunos viajeros o comerciantes de la región. No fue la excepción la tarde asoleada de ese día en el parque. Estaba con mis amigos jugando a los cinco huecos; cuando a las  5 PM  comenzó a llover ceniza volcánica. Este fenómeno duró sesenta largos minutos oscureciendo el panorama. Todos nos asustamos. Las reacciones fueron diferentes: los pobladores que andaban afuera, corrieron a refugiarse en sus casas con sus familias; algunos visitantes extranjeros que al paso se encontraban, no perdieron la oportunidad de obturar sus cámaras de video aficionado para captar el histórico momento; los locutores de las emisoras locales, empezaron a lanzar las alertas rojas; los misacantanos, mandaron a tañer las grandes campanas de las iglesias,  invitando a los feligreses acercarse a orar, a estar en paz con Dios de sus pecados y a prepararse espiritualmente para cualquier desenlace eventual. Mi hermana "Isabel" una hermosa niña que pronto iba cumplir sus primeros quince años, al ver que no paraba de caer ceniza del cielo; salió a buscarme al parque. Yo, ya iba de regreso a casa, cuando nos encontramos. Parecíamos dos ratones de panadería, blancos por la ceniza. – Ella para cerciorase si yo era, me llamo por mi nombre "¡Salvador! ¡Salvador!.. ¿Eres tú?- Le contesté que sí; y nos abrazamos entre sollozos. - Qué bueno que te encuentro. - Vamos a casa, mi madre está por llegar"- Sin más pensarlo...emprendimos la retirada a nuestros aposentos en busca de refugio. Al igual lo hicieron muchos que por alguna razón, fueron sorprendidos por la lluvia de ceniza por fuera de sus casas. Por largo tiempo permanecí sentado en el borde de mi cama, aguardado en la quietud del pequeño cuarto con la mente en blanco; nerviosamente me entretenía con los dedos de mis manos y escuchaba las noticias en la radio sobre lo que estaba ocurriendo en Armero. Siendo las 6 p.m.; repentinamente ceso la lluvia de ceniza y si­guió un aguacero torrencial sobre la población. Mi madre llegaba a casa como a la media hora empapada y más temprano que de costumbre. En el trabajo, el mayoral de la finca “Las Palmas” donde mi madre “Julia” trabajaba de jornalera; en vista de las malas noticias y de la posible erupción del volcán “Nevado del Ruiz” había dado la  orden a los jornaleros de salir antes de la hora de salida para sus casas. Cuando mi madre llegó, nos saludó cariñosa. En su cara se reflejaba la alegría al vernos juntos y bien. Sentí satisfacción por ello, Ya lo había dicho mi profesora en la mañana. “¡Lejos estábamos de pensar que aquella llovizna de ceniza fuera el preludio de una hecatombe! Allá en la cumbre del volcán nevado del Ruiz de 5400 metros de altura,  a 50 kilómetros de la ciudad, el hielo comenzaba a derretirse. Dentro de su superficie terrestre se recocía a cada minuto la muerte, con la fuerza de millones de toneladas de roca fundida que estaba a punto de eructar sobre la apacible Armero. Nadie imagino que horas más tarde, seriamos el principio de una historia trágica. Armero se convertiría para la posteridad en una playa de lodo, muerte y desolación”

 

Continuará…

 

2008CRONICA

  1. Esta es mi hora
  2. A enfrentar la muerte y a disfrutar la vida ("Seguiré viviendo" 1a. entrega)

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