Cuando vi las líneas negras, de las costuras de sus medias, los pies calzados en esos zapatos negros de taconcito cuadrado, la falda oscura a la altura de las rodillas, el tapado claro de paño pesado. Rápidamente rememore, aquella imagen que quedó grabada en mi memoria, a pesar de tantos años pasados.
Una tarde de invierno, acompañaba a mi mamá, que iba a la tienda del Hugo Abrahán, por la vereda aún de tierra de la maestranza municipal, comencé a seguir con la mirada los pocitos dejados por unos zapatos de mujer, muy de moda por aquel entonces, al alzar la vista me encontré esas piernas talladas, suaves, hermosas, calzadas en medias con costura (las sin costura no existían o eran poco comunes aún).
Jamás vi el rostro de esa mujer, el recuerdo me acompañó toda la vida, sin lugar a dudas debió ser mi primera excitación sexual, aunque en aquel momento por mi corta edad no alcance a comprenderlo.
Hoy, casi cuarenta años después, me encontraba nuevamente detrás de esas piernas, mi curiosidad, asombro y libido habían escalado al máximo, apure el paso, para poder verle el rostro, la alcance, la tome del brazo, girándola hacia mi, quede atolondrado, al verla.
La profundidad de sus ojos oscuros me ahogaron, estos estaban delineados, su rostro era rectilíneo, el cabello corto y rubio, de una de sus orejas, colgaba un aro de argolla de los años sesenta, de la otra uno con cadena estilo Bayoriano, un piercing en su nariz, otro en sus cejas, en la barbilla, presumiblemente en su lengua. Dos sirenas tatuadas de anguilas emergían de sus oídos, con el cabello lleno de frutos de mar y los senos cubiertos con plumas.
Después de observar atónito todo su rostro, mis ojos recalaron en los suyos, me volvió a taladrar con la mirada, con su mano apartó la mía del brazo. Se marchó, me quede congelado tratando de digerir su extraño look, de reponerme de su mirada, que me turbó dejándome parado viendo como se iba sin atinar a hacer algo.
Los días pasaron mi ansiedad crecía, a pesar de buscarla no la encontraba, parecía que nadie la hubiese visto alguna vez.
Mi urgencia por encontrarla se volvió enfermiza, era casualidad que tantos años después viera las mismas piernas, pero el rostro jamás, en aquella época no hubiese sido igual, quizás estaba mezclando recuerdos fantasiosos con la realidad, o tal vez significaba alguna señal de la cual debería develar su sentido.
De visita en casa de mis padres, necesitaban comparar un medicamento, me ofrecí a buscarlos, salí caminando, doble la esquina llegue hasta la Irigoyen, crucé las vías y tomé la vereda de la maestranza, que desde unos años atrás posee una veredita central de hormigón, no pude dejar de evocar aquel encuentro, mire hacia suelo y allí parecían no haber sido borrados por cuatro décadas de tiempo, aquellos pocitos cuadrados de mi infancia.
Exaltado alce la vista a la altura de la antigua entrada del colegio industrial, vi. las inconfundibles líneas de sus medias, la ropa demodé, corrí hasta alcanzarla, volví a tomarla del brazo, se volteó hacia mí, otra vez quedé alelado, el abismo de sus ojos era el mismo, pero el rostro sufría una mutación incomprensible, el cabello renegrido, peinado al costado, las cejas curvadamente depiladas, parecían arcos protectores del abismo de sus ojos, los labios pintados de rubí subido, igual que Delia, la cara redondeada, el cutis blanco con un pequeño lunar sobre el labio.
Tomó mi brazo con sus delicados dedos coronados por uñas esculpidas larguísimas, mirándome, intimidándome me dijo –por favor, retírese insolente. Quedé frente a las ruinas de lo que fue el colegio industrial, parado como un tonto viendo como las talladas pantorrillas, con la marca de las costuras, se alejaban yo seguía paralizado sin hacer nada para saber algo más de ella.
Los días y noches siguientes fueron tremendos, De día deambulaba por la ciudad buscando esos ojos profundos, que comenzaron a desequilibrar mi razón, por las noches soñaba, pero no podía recordar nada, aunque sabía que los sueños eran aterradores porque no lograba relajarme.
Solo necesitaba encontrar alguno de los rostros, debía mantenerme sereno, para que no se me escapara sin ninguna respuesta.
El sol ya casi desaparecía, transitaba por la nueve de julio, al doblar por la avenida, la vi, a la altura del chalet que fuera de Nazabal, apure la marcha ella dobló por Salgado, estacione el auto, me apee, la comencé a seguir, el estómago se me revolvía de ansiedad, la yugular galopaba, como potro desbocado en mi cuello, después de tres cuadras de persecución , pensé que me desmayaría, la tensión era tal que el alma no cabía en mi cuerpo, en el quisco de la buenos Aires compré cigarrillos, fumando atemperaría mis nervios.
Mi táctica era saber a donde iba, así tener un lugar físico donde encontrarla, si hoy no podía hacerle frente por mi estado de ansiedad.
Continué detrás de ella ya un poco más calmo, al llegar al zaguán de la casa del tío Félix cruzó la calle, por un instante pensé que entraría al estudio de Adalberto, pero continuó.
Al llegar al portón del jardín aminoró la caminata, se detuvo, se me heló el corazón, creí que se había dado cuenta, que la estaba siguiendo, deje de avanzar, me agaché, fingí atarme los cordones de mis mocasines.
Ella estuvo un instante inmóvil como hurgando algo en el aire, se acomodo el pesado tapado de paño, continuó avanzando meneando su cuerpo, yo tras de ella, cruzó el puente peatonal del canal, ingresó al parque por el primer molinete, se internó en el camino diagonal tapizado por el pasto debido a su poco uso, llegó al paredón de la cancha de fútbol, lo bordeó, luego subió la pendiente del velódromo abandonado, continuó avanzando hacia el playón.
En ese instante se produjo un corte de luz, las sombras se abatieron sobre mis ojos, ni Luna siquiera había esa noche, maldije en siete idiomas, a pesar de todo seguí caminando a tientas.
Rápidamente la electricidad volvió, las lámparas halógenas perezosamente retomaron. Su esplendor. Ella ya no estaba, comencé a correr en dirección al matadero, luego por el césped hasta la curva del velódromo, hasta la cancha de básquet, luego sin rumbo hasta perder el aliento, me tire cerca de las hamacas, debajo de las palmeras, viendo las estrellas que parecían tan inalcanzables como esa mujer.
Cuando recupere el aliento me incorpore no sé cuánto tiempo paso, para mi fue una eternidad, abatido comencé a lentamente a caminar en busca del auto estacionado a unas diez cuadras.
Los días subsiguientes fueron peores que los anteriores, mis músculos parecían de piedra, la tensión me producía contracturas hasta las uñas, mi presión arterial subió dos o tres puntos, el estrés estaba destruyendo mi aparato digestivo, dormía poco y mal, quería alejarme de todo, pero inconscientemente volvía a los lugares donde encontré a esa mujer siempre de medias con costura, la misma ropa y con rostros distintos.
Detenido por el rojo del semáforo de Buenos Aires y 25 de Mayo, al mirar en dirección a la plaza, ella caminaba hacia Belgrano, a pesar de mi excitación, esta vez mantuve la calma, me llamó la atención que sus piernas no se veían tan blancas, me dije estará usando medias oscuras.
El verde del semáforo me dio paso, seguí hasta Salgado, observándola caminar por la cuadra opuesta, doble por la Belgrano, ella cruzó la calle. Detuve el auto abrí la ventanilla y espere que pasara, desde los sesenta metros que nos separaban pude percibir la profundidad de sus ojos, como las otras veces la vestimenta y la mirada se mantenían, pero el rostro otra vez era otro. No se quizás el cansancio, o la costumbre de lo insólito, esta vez lo tome con calma no me sorprendió.
Su cara angulosa de tez negra, sin maquillaje, tatuaje o aros, solo un rostro morocho con el pelo rizado, labios pulposos, dientes perlados, la profundidad esmeralda de los ojos, que le daban una bellaza infinita, se acercó hasta mí y me dijo- Buenas tardes señor podría indicarme donde queda la calle Villanueva al trescientos veintidós- desde la esquina cinco cuadras luego dos a la derecha. – Hice una pequeña pausa, para tomar coraje- si querés te llevo. -No gracias- fue la cortante respuesta, no podía dejar pasar la oportunidad y comencé a preguntar – quién sos, estaba siendo demasiado directo mi ansiedad comenzó a traicionarme otra vez.
Ella sonrió –una mujer que esta buscando a alguien - ¿cuál es tu nombre? quise saber
No tiene importancia –me miró con cierta simpatía- pero estoy apurada.
-Puedo volver a verte-quizás, ya que voy a estar algún tiempo aquí-déjame que te lleve-no por favor, y antes que yo pudiera decir algo me dijo- no insistas, tal vez haya otra oportunidad, todo llega, gracias.
Se marchó cadenciosamente, me quedé sentado un poco más relajado, la conversación fue insignificante, pero me dio alguna esperanza, de descubrir el enigma de las extrañas mujeres.
Después de mucho tiempo, al fin esa noche pude conciliar el sueño.
Al amanecer desperté, con el cuerpo distendido por el descanso, por un instante creí que todo fue una horrible pesadilla, encendí el televisor para saber la hora, al ver la fecha comprendí que todo era real, pasaron tres días de mi encuentro con la morena, me había derrumbado por setenta y dos horas gracias a la enorme presión de los días anteriores. Hice una reconstrucción minuciosa de mis acciones, en los días anteriores, me duche y afeite, empilche como para una salida. Con toda mi decisión fui rumbo a la calle Villanueva trescientos veintidós.
Al llegar vi que una mujer de medias con costura, con el pesado sacón de paño, ingresaba en la dirección a la que me dirigía, apurándome estacione, baje del auto, toque timbre. Me recibió una mujer de rostro común, labios carnosos, pecas alrededor de su nariz prominente, el pelo castaño entrecano y alborotado, ojos marrones con el abismo inconfundible de su mirada, el atavío era el mismo que vestían las anteriores.
Que desea- me preguntó-
Saber quien sos –fue mi respuesta dura y seca-
Ella se sonrió me escudriño –todavía no sabes quien soy- se me quedó mirando esperando mi contestación
Claro que no lo se, es la primera vez que te veo – fue mi estúpida réplica
Todavía no te has dado cuenta, me viste más veces de las que crees –hizo una pausa suspiro- me has buscado siempre, y siempre me has visto sin verme, tan ciego estas aún.
Basta de vueltas –desesperadamente alce la voz- no te entiendo ¿Quién sos?
Soy una y todas, todas pero única. Soy tus amores y tus odios, tus deseos y tus inapetencias, soy la felicidad y la desdicha, tus sueños y tus pesadillas. Soy con quien vas a vivir, porque te amo y te odio, soy tu pasado y tu futuro. Soy por quien naciste y por quien morirás, soy tu realidad y ficción, soy tu calma y tu desesperación, la razón y la locura. Tendrás que convivir conmigo hasta el final, y este es el fin.
La miré con toda la inmensidad de mí ser, pude ver la verdad en el fondo del precipicio infinito de sus ojos.
Un torrente gélido comenzó a recorrer mis venas, alcance a ver sus labios moviéndose y apenas oír el susurro de su voz como un viento helado.
Vos me buscaste, siempre complazco a mis amores, tu tiempo término es hora de vivir en mis oscuros y helados territorios.
Y me fui con ella para siempre…
Tomas Buendía

Nunca olvidaré aquella noche. Me encontraba sola, sin dinero, sin esperanzas y casi sin fe. En algún momento entre el café desabrido y el único mendrugo de pan que quedaba para acompañarlo, tomé a mi bebita en brazos y arropándola cuidadosamente salí a caminar sin rumbo ni dirección.
Recordé el rostro afable y dulce de mi abuela Marcelina que siempre me dijo que cuando el mundo se ponía flaco el mejor consuelo era mirar las estrellas. Fue entonces cuando reparé en que había llegado a la playa. Me senté frente al mar con mi Emilia y mientras ella cogía puños de arena yo me puse a mirar las estrellas. Pero enseguida volví a la realidad. No podía quedarme ahí soñando en tocar estrellas sabiendo que llegaría la mañana sin que hubiera nada para comer y con tantas deudas encima. Si por lo menos existieran los milagros…
-¡Eh tú! –gritó una mujer evitando con la intromisión que las lágrimas comenzaran a salir de mis ojos … otra vez -Tengo una fonda a unos metros de aquí y la ingrata de mi empleada se ha largado con el novio dejándome sola con todo el trabajo. ¿No te gustaría tomar su lugar? No es mucho lo que puedo pagar pero recibirías propinas y las tres comidas.
¡No lo podía creer!, llevaba meses buscando empleo sin conseguirlo y de pronto, el trabajo me llegaba prácticamente solo. “La doña” como todos le decían, estaba tan desesperada por ayuda que me dio el puesto a pesar de que tendría que llevar conmigo a la niña. Cuando llegué a casa, al quitar la cobija que cubría a Emilia para acostarla descubrí que entre sus manos tenía ¡Una estrella!…Una auténtica estrella de Mar… ¡Y yo que pensé que no se podían alcanzar las estrellas!
Elena Ortiz Muñiz

A últimas fechas, me encuentro con que la mayoría de las actividades presentes y venideras están impregnadas de un acontecimiento que se ha convertido en el lema central de todo evento sin importar que sea político, arquitectónico, literario, musical, regional, comercial o educativo. Todo lleva el lema “del bicentenario”.
Así, nos topamos con las obras literarias del bicentenario, las pinturas del bicentenario, los semáforos del bicentenario, el mercado del bicentenario, la expo bicentenario, el reloj que marca los minutos que faltan para el bicentenario, la biblioteca del bicentenario, la fauna del bicentenario…
Entonces se me ocurrió escribir mi propia novela del bicentenario. Según el portal diseñado por la Secretaria de Gobernación en México –porque naturalmente la historia transcurrirá en México pues finalmente es el país en el que he vivido desde siempre y por tanto algo de él conozco- las celebraciones del bicentenario son para manifestar el orgullo de ser mexicano.
Entonces voy bien, sé lo que se siente cuando el corazón se inflama cada aniversario de la Revolución ante la visión de los majestuosos fuegos pirotécnicos con su tronido ensordecedor cual cañones en plena contienda, los papeles picados verdes, blancos y colorados emulando a la imponente bandera que ondea orgullosa y solemne en el centro del Zócalo de la Ciudad de México.
¿Cómo no amar ese espíritu festivo de los mexicanos? Las serpentinas volando, el mariachi cantando a todo pulmón, los tamales, el champurrado, los taquitos, la birria, el tepache, el pozole, las tortillas de comal, las aguas frescas de horchata, jamaica y chía. ¡el tequila!...el mole.
Por supuesto que soy parte de esta gente. La que despierta antes que el gallo cante para salir a hacer por la vida y que realiza milagros con el sueldo mínimo que gana por el trabajo de toda la jornada, -trabajo que casi nunca es el que se soñó ejercer o para el que se estudió- pero por el que cobra un sueldo infamante que se reduce además a lo irrisorio después de pagar los impuestos cada vez más elevados en número y cantidad... Pero a pesar de las penurias, mis compatriotas son gente buena, solidaria y generosa que lo único que desea es vivir en paz.
Que al redoble de tambores y la diana de las trompetas con un nudo en la garganta entona el himno nacional fuerte, bien fuerte: “Mexicanos al grito de guerra…” mientras la mano firme se posa en el pecho henchido de satisfacción.
Los festejos de la Revolución Mexicana son sinónimo de desfile, los jóvenes marchan fomentando el deporte, los soldados avanzan con garbo y buen porte, el Presidente de turno -que a pesar de ocupar esa silla casi nunca es el mismo por el que el pueblo votó- abre la exhibición que los mexicanos, a pesar de todos los pesares, seguimos con genuino orgullo.
Porque amamos esta patria, este suelo rico en posibilidades, esas manos indígenas morenas y fuertes que son nuestra identidad, esa sangre mezclada por la fuerza en tiempos de la Conquista, los volcanes bravíos que forman parte de nuestras leyendas, los campos fértiles a pesar de la pobreza, nuestro espíritu alegre hasta en las peores tragedias.
Más, a pesar de lo romántico que pueda resultar todo esto y del vasto material que me brinda el pensar en aquellos valientes que arriesgaron todo y exhalaron el último suspiro en pleno campo de batalla luchando codo a codo con el enemigo infame, y aún cuando podría ser un éxito apabullante escribir una novela en donde el heroico protagonista cura con sus hazañas y devoción las heridas de los caídos, borra el dolor con su sonrisa y hace que se olvide el temor y se levanten las paredes derribadas en la lucha tras sus huellas postreras…la realidad es que fueron años y años de desolación, abandono y muerte los que cabalgaron sin descanso en cada pueblo mexicano turbando los anhelos…y así continuamos a pesar de los doscientos años transcurridos.
Cuántas familias quedaron separadas…rotas, mancilladas, con su dignidad pisoteada. Cuántos de aquellos hombres partieron con el alma quebrantada al dejar mujer e hijos encomendados a Dios, la tierra abandonada y la casa en medio de un llanto silencioso que humedecía las paredes de tantas gotas derramadas a través de ojos negros y que surcaban la piel morena resquebrajada de tanta aridez y pena. Esta parte me suena también a presente, me hace pensar en que esta misma escena transcurre a diario en la actualidad, pero aquí son hombres y mujeres los que parten a luchar, no con carabinas para defender su ideal, sino con los puños limpios y las manos vacías a arriesgar la vida para lograr llegar al país vecino con el objeto de ganar un poco más para los suyos, aunque en el camino quede mancillado el honor, a pesar de llegar a un país que no es el suyo –y se los harán sentir de mil maneras distintas-.
Sin embargo, creo que sigue siendo buena idea escribir una novela en el marco de la Revolución, la historia comenzaría en una de esas noches solitarias en plena sierra, después de las heridas de la guerra. En el minuto exacto en que la calma trae alivio a las tristezas, la luz de las estrellas opaca las penurias y las luciérnagas se llevan al volar el pensamiento gris que aterra.
Ahí, en torno a la fogata, mi protagonista se apacienta y se consuela, rompiendo ese silencio que tortura al pulsar la guitarra cuyas cuerdas sonoras, al tacto vibran y que, con pulque, jorongo y sombrero libertan al jaranero contenido.
Absorta y enamorada, a unos metros lo escucha una arrobada Adelita, una más del puñado de mujeres mexicanas de largas trenzas negras atadas con listones de colores que lo mismo viaja por tren, a caballo o a pie. Sumisa y silenciosa, balancea sus mancilladas caderas al andar, como todas, se siente enamorada del General. Soñadora, dispuesta, y presta a dar la vida con una entrega leal.
Y así continuaría la historia, en el bullicio de los campamentos, entre armas, cañones, corridos y sones. Con las tortillas cociéndose en la fogata, el café con piquete en las ollitas de barro, frijoles en los tazones. Entre rebozos y zarapes coloridos, bien bordados que no dejan pasar el frío al cuerpo ni la desolación al corazón. Circula la botella sin distinción de bocas o de manos, esas manos que se han visto obligadas a matar, ávidas de libertad y gloria.
Pero en este punto la inspiración me abandona y surge el razonamiento aun cuando quiera obviarlo para poder continuar:
A doscientos años de tantos acontecimientos, de la sucesión de traiciones, las penurias, el paso de los héroes bendecidos y de tantas revueltas planeadas buscando romper las cadenas y proteger a la gente desamparada pienso en las leyes que rigen nuestra constitución, ese libro que nos obligan a estudiar en la escuela para aprender derechos y obligaciones, pero que más tarde, comprobaremos con dolor que tiene más vericuetos y vacíos que una montaña plagada de cavernas oscuras y que esa lista de artículos son, igual que la novela que me empeño en escribir…una utopía.
Me miro a mi misma lejos del hogar que me vio nacer gracias a una infamia perpetuada tan solo porque las leyes no contienen un artículo que proteja a los mexicanos del abuso de quienes ostentan o son parte del poder, ni tampoco velan por la gente que es amenazada de muerte, acosada y humillada porque ni las amenazas, ni el sueño perdido de un niño que cuenta aterrado los minutos en que la noche tardará en terminar porque en cualquier momento la oscuridad puede ser el cómplice perfecto de un criminal, ni el acoso, ni la humillación están contemplados en la lista de faltas a castigar, como tampoco lo hace por el hombre trabajador que se ha quedado sin empleo y no sabe cómo hará para pagar esa “casa propia” que le llevará veinte años de su vida liquidar, ni las deudas bancarias, ni para dar de comer a sus hijos y mujer. Mucho menos brindan consuelo al hombre rico que en este momento piensa cómo hará para reunir tanto dinero en tan pocas horas para volver a ver a su ser querido secuestrado, libre otra vez ¡Bendita Revolución que trajo leyes justas a nuestras vidas!
En fin, mejor continúo con mi novela pues pienso en este punto que sería interesante que mi protagonista fuera uno de esos valientes que acudieron prestos al llamado de Madero que los instó a sacudir sus melenas cual leones envalentonados en ayuda del agraviado, que los animó a dejar de callar, a clamar justicia con toda la fuerza de sus pulmones para acabar con el dictador que ostentó el poder año tras año sin que nadie pudiera hacer nada para impedirlo.
Según el libro en el que me estoy documento para efectos de veracidad en mi historia “Ahora podemos decir con orgullo, que en México el sufragio es efectivo y no existe la reelección”, una fantasía más en esa historia que he comenzado a formular. Nada hay más falso que el conteo de votos después de una elección, ninguna obra teatral está tan bien montada como la que se representa en México en la toma de poder y el perdedor sucumbe ante el brillante resplandor –no de una espada desenfundada- sino de los centenarios entregados para pagar su silencio y conformidad a pesar del atropello.
En mi novela inventada, mi México se tiñe de sangre, sangre derramada con coraje y valentía para conseguir un patrimonio, para consolidar una esperanza y que el sudor del trabajo limpio sea motivo de orgullo y no de dolor…dolor como el que padecemos ahora, rodeados de infamia y vileza, en donde los únicos que están siendo cultivados con maestría son los campos de mariguana y en el pavimento no están los cadáveres de los revolucionarios que llegaron montados en sus bien plantados cuacos en pos de defender con la vida un sueño de justicia. En este preciso momento las campanas doblan y las velas se encienden para iluminar el camino de las almas de niños asesinados, de jóvenes masacrados, de madres abnegadas que se desangraron en el pavimento, de hombres de bien secuestrados y sacrificados por culpa de la corrupción, del miedo de los gobernantes a que al hacer justicia la verdad se asome, de la infamia del poder deshonesto y la vergüenza de tener autoridades ineptas que miran con indiferencia el panorama desde sus despachos amueblados fastuosamente en cuyos estantes se ven libros encuadernados lujosamente, libros que probablemente, ninguno de los que han ocupado ese despacho ha abierto porque la gente que lee es gente de bien, sensible, con la mente abierta y la imaginación fecunda. Que lo mismo llora con el ruiseñor de Oscar Wilde que sacrificó la vida para teñir con el rojo de su sangre una rosa blanca que en vez de conseguir la conquista del corazón de la doncella amada termina en el barro pisoteada por un carruaje, que se emociona con la historia inventada por Luca de Tena cuando el maduro director del penal que mantuvo inmaculado el amor por su tierna Celia desde la adolescencia, sube a un automóvil dispuesto a recuperarla veinte años después.
En este punto preciso, me doy cuenta de que tal vez no tenga sentido ya escribir mi novela del bicentenario. Aunque me he sonreído al recordar a mi abuelo narrando con tanto orgullo las proezas de los hombres de su tiempo, contagiándonos su tristeza al evocar a aquellos que ya están en los cielos, pero que con sus hazañas han llenado de letras perennes páginas en la historia que ahora son leídas en las aulas por los pequeños que acuden al colegio día a día, es decir, cuando los maestros se tientan el corazón y en vez de marchar por las calles atropellando a los ciudadanos con su prepotencia sin fundamentos reales, deciden acudir a los salones e intentan cumplir con su labor. No en balde, es famosa la frase de Madero que reza que el progreso se conquista leyendo libros, fomentando la educación.
Y me pregunto por qué el gobierno en vez de gastar en tantas obras del bicentenario no invierte en la cultura, por qué no darle oportunidad a los artistas de expresarse y al pueblo de conocerlos, por qué no estudiamos más y peleamos menos, nos comprometemos con nosotros mismos, con nuestra familia, con nuestro barrio, con la ciudad, con el país y con el mundo entero, - que por cierto también agoniza-.
Mi México se tiñó de sangre hace doscientos años y está inundado de ella ahora. ¡Cuánto lo han hecho sufrir! Pobrecito de mi México tan pisoteado y golpeado, tanta ignorancia te ha devastado, la ambición y el poder te aniquilaron. Pero quedamos nosotros, pobres idealistas que soñamos en poner aún tu nombre en alto con honradez y trabajo, con dignidad y respeto. Por ahora, hasta aquí llegaron las ganas de escribir mi novela del bicentenario. Como diría Scarlett O’Hara, la heroína de “Lo que el viento se llevó”: “Pensaré en ello mañana, cuando pueda soportarlo”. De cualquier manera me doy cuenta de que mi novela no es tan inventada, nosotros mismos estamos protagonizando y aceptando formar parte de una historia ficticia que nos venden, ante nuestra parsimonia e indiferencia cada día. Mientras tanto, sigamos al pendiente del reloj de bicentenario que nos señala que se acerca el momento de festejarlo de mil maneras diferentes, pues gracias a las luchas libradas ahora gozamos de… ¿libertad?
Elena Ortiz Muñiz

¿Por qué un abrazo sabe diferente, si se da en papel o si se da en carne y hueso?
¿Por qué al deslizarse mis dedos sobre un cuerpo etéreo construido dentro de mi mente, percibieron más calor, que al hacerlo sobre la fría materia?
Es cierto que es más fácil, decirte algo en una carta, que decírtelo cara a cara. Cierto es también, que es más cómodo y conveniente esconderse detrás de un ilusorio manto virtual. Y que es mucho más difícil soportar cara a cara, el penetrante brillo de tus ojos. Pero, aun con esto tan claro, no logro entenderlo.
Hace un tiempo, me permitiste verte, admirarte desde todos los ángulos posibles. Y lo hice de la forma que quise hacerlo. En mi habitación te repase con mis ojos, pulgada a pulgada, deseando tocar aquello que me dislocaba la mente por completo. Lo hice por mucho tiempo.
Hoy, me permitiste volver a verte. Ahora, un poco más de cerca. Tan cerca estaba, que sentía tu olor. Impávido, no acertaba a hacer nada más que observarte. Tomaste mis manos y las pusiste sobre tu cuerpo. ¿Te gusta? Me preguntaste. No recuerdo si te pude contestar. Solo sabía que te recorría lentamente con mis dedos, pero mientras lo hacía, el desconcierto empezó a adueñarse de mí. Había soñado tanto tiempo con hacer precisamente eso, y ahora que se me daba, la sensación era real, pero fría. Todo ese calor que me había imaginado no existía. En cierta forma si estaba, pero no como mis elucubraciones lo habían sentido anteriormente.
Una vez convencido de que tu piel era más suave en mi mente, te deje ir. No estaba decepcionado, no. Tocar tu desnudez de esa forma, era lo que por tanto tiempo había querido. La turgencia de tus pechos era real, pero también era diferente. Las curvas de tu espalda si existían, las había visto, sentido, olido. Eran verdaderas. Pero las había imaginado diferentes.
Nos despedimos, y justo cuando lo hacía, como un relámpago que rompía la oscuridad de la noche, hiciste que todo aquello que había soñado, imaginado o construido dentro de mi mente, se hiciera real. El calor de tu cuerpo, la suavidad de tu piel, el aroma tuyo que había imaginado, la consistencia de tus formas, la fuerza de tu mirada, tu vida, todo coincidía ahora con mis pensamientos. Como si hubiera descendido del plano de las ideas y se hubiera materializado de pronto. Sin perder ningún detalle. Pero solo duro un segundo. Luego, se esfumo de nuevo. Así, sin más, se fue de regreso al mismo lugar al que se va el humo de las velas, la esperanza de los condenados, la efímera gloria del mundo. Allí, a la bodega de todos los atardeceres. Junto a todos los recuerdos, de los que no tengo certeza de que hayan sucedido, pero que estoy muy feliz de que lo hayan hecho.
Vi las luces de tu auto, alejarse lentamente.

Han pasado trece meses desde que fumé mi último cigarrillo, después de 16 años de fumadero constante. Trece meses sin gastar dinero en tabaco, ni dañar mi cuerpo con nicotina, alquitrán y otros venenos. Trece meses en los que dejé de ser un flaco escuálido, por debajo del peso mínimo que debería tener. Y lo mejor del cuento, es que todo esto sucedió sin proponérmelo.
Fue el 15 de abril del 2009. Recuerdo muy bien esa fecha, ya que en la mañana, un familiar entraba a trabajar a un nuevo empleo y le preocupaba el que fumara casi dos cajetillas diarias de cigarrillos. Medio en serio, medio en broma, me decía que lo mejor sería que le pusieran la oficina en la calle, ya que de todas maneras se la pasaría más tiempo ahí… Yo lo comprendía perfectamente, puesto que para esa fecha me fumaba paquete y medio de cigarrillos al día y, aunque había intentado dejarlo en varias ocasiones, no lo había logrado y me había resignado a seguir fumando el resto de mi vida.
Nos reímos antes de salir al trabajo, preparándonos a ser incomprendidos en el mundo de las oficinas donde es “prohibido fumar”, conscientes de que no sería posible adaptarnos, ni dejar el vicio. Ambos fuimos a nuestros respectivos trabajos y el día, por lo menos lo que a mi respecta, transcurrió entre el trabajo y la calle, fumando.
Por la noche, al llegar a la casa, la cara de felicidad de mi familiar me indicó que algo había ocurrido. Intrigado, inquirí el motivo, a lo que me respondió:
- ¡En todo el día me he fumado dos cigarrillos! Y no tengo ganas de fumar.
No lo creí. Simplemente consideré que no era posible semejante milagro.
- ¿Cómo le hiciste?
- Antes de entrar al trabajo, pasé por la farmacia para comprar chicles con nicotina(*), pero no había. El farmaceuta me recomendó unos parches, que decidí probar, ya que tenía una reunión de trabajo y no podía perder tiempo buscando chicles…
- ¿Y?
- ¡Pues desde que me lo he puesto, no he fumado ni un cigarrillo! Simplemente me he olvidado de la necesidad.
Me negué a creerlo, achacando la falta de ganas de fumar a la concentración del trabajo, pero me cuidé de mostrar mi incredulidad, por lo que apoyé a mi familiar.
- Te felicito, - dije.
- ¿Quieres probar un parche?
Sin pensarlo, dije que sí.
- ¿Cómo funciona?
- Fácil: te pones un parche en la mañana, después de bañarte, y te dura 24 horas.
- Entonces en la mañana lo haré…
En eso quedamos y la noche siguió con su rutina, aunque yo no podía dejar de asombrarme de que mi familiar siguiese sin fumar un solo cigarrillo.
En la mañana del día 16 de abril del 2009, antes de colocarme el parche de nicotina, me fumé el que sería mi último cigarrillo. Seguía en mis trece de que no sería posible dejar de fumar, ya que, después de todo, llevaba fumando 16 años.
Una vez puesto el parche, estuve atento a todo síntoma que presentara mi cuerpo. El primero de ellos fue mareo. Un ligero mareo que duró unos pocos segundos, para dar paso a una salivación excesiva. Hice caso omiso a esas señales de malestar y salí al trabajo.
Desde la mañana, la oficina estaba muy atareada y desde las 7:30 a.m. yo tenía bastante trabajo que hacer. Eran las 10:00 a.m. cuando me di cuenta de que hacía rato tenía que hacer algo, pero no acertaba a comprender qué, hasta que una compañera de trabajo me preguntó si la acompañaba a fumar… ¡Hasta ese momento, no había tenido la mínima necesidad de cigarrillo! Acompañé a mi compañera, e incluso encendí un cigarrillo, pero el sólo olor me dio náuseas y la salivación aumentó en exceso. Así que lo apagué de mala gana…
En todo el día no fumé un solo cigarrillo y me producía malestar cuando alguien prendía uno a mi lado. Ante las constantes preguntas de mis compañeros de trabajo respecto al por qué no fumaba, decidí contarles la verdad. Recibí una salva de aplausos y la noticia se regó como candela por toda la oficina. Obtuve felicitaciones y regalos de mis compañeros por dejar de fumar, así como frases llenas de desdén, tipo: “a ver si aguanta la semana…”. Creo que esto último me dio pie a aguantar más de una semana, tan sólo por cerrarle el pico a los envidiosos.
Así pasó el día. Físicamente, no tenía ganas de fumar. No obstante, me sentía mal… Podría decir que desubicado… Con exceso de tiempo extra en mis manos y fuera de la rutina a la que estaba acostumbrado…
Mi modo de vida había cambiado, tan sólo que tardaría más o menos una semana en darme cuenta de ello. Esa noche decidí realizar el tratamiento completo del parche de nicotina. La prueba me había parecido un éxito, así que decidí invertir dinero en mi salud, que (seamos sinceros) se lo merecía.
El tratamiento en sí se dividía en tres etapas y duraba más o menos setenta días. Se iniciaba con una dosis de nicotina alta y con el tiempo se reducía hasta llegar a cero. Por más extraño que parezca, a los tres días de usar el parche quise volver a fumar. No físicamente… Mi cuerpo no me pedía ni una gota de nicotina. Pero mi mente asociaba ciertas actividades irremediablemente con el cigarrillo y me generaba la necesidad psicológica de encenderlo. Algunas de esas actividades era la hora del almuerzo, tomar café, cerveza, al despertar, al tener frío, estrés y (quizás la costumbre más difícil de todas) a la hora de escribir cualquier tipo de texto.
Las primeras cuatro semanas fueron las más difíciles en cuanto al costumbrismo, pero gracias al apoyo y las pullas de mis compañeros de la oficina, logré superar ese obstáculo. El trabajo, la Comunidad Literaria Rincón de los Escritores (https://www.larmancialtda.com) (que en ese momento era 100% gratuita y me generaba bastantes horas de trabajo diarias), la rutina diaria y el hogar tuvieron que sufrir modificaciones en cuanto a mi relación para con ellos. De otra forma, habría encontrado cualquier excusa para volver a fumar.
A los dos meses (y faltando dos semanas para finalizar el tratamiento) ya me sentía un poco más tranquilo. Me estaba acostumbrando a mi nueva forma de vida y a los beneficios que trae consigo el dejar de fumar (quizás el que más me costó asimilar es el exceso de tiempo libre que aparece, al dejar de invertirlo en aspirar humo).
El beneficio más grande fue el reencuentro con los olores. Había olvidado a lo que huele una mañana fresca, la tierra bajo las primeras gotas de lluvia, el pasto recién cortado, el viento del norte con el olor característico de la nieve… Había olvidado que el olfato representa una parte fundamental de la vida de cualquiera y ahora recuperaba con gusto aquellas sensaciones de la infancia que había dejado en un pasado oculto bajo espesas nubes de humo.
Los sabores de los alimentos también fueron variando, regresando a lo que son originalmente. Ya no tenía necesidad de tomar café negro o colas para bajar el sabor a humo en la garganta. Claro está que al principio, la manía de meterme un filtro de fieltro en la boca fue tácitamente reemplazada por la de caramelos, dulces o cualquier otra cosa semejante a un cigarrillo, que fuese acompañada por el succionar que tanto gusta a los fumadores. No obstante, al ver la sobrebarriga que se me estaba formando, decidí finiquitar mi relación sentimental con los dulces y regresar al régimen alimenticio que tenía antes. De esa simple forma (con un poco de fuerza de voluntad) logré controlar el temor (y la excusa de todos los que dicen querer dejar el cigarrillo) de engordar.
Otra ventaja fueron los comentarios de mis compañeros de trabajo, quienes me decían que mi tez se estaba aclarando. Ya no tenía la piel amarillenta y reseca. También resaltaban el hecho de que me veía más alto al dejar de encorvarme al sentirme ahogado. Y la sensación de ahogamiento, que los últimos meses antes de dejar el cigarrillo me acosaba, también había desaparecido.
Lo único desagradable del proceso fue el sentir, de vez en cuando, cómo salía un sabor a cenicero de los pulmones, al liberarse estos poco a poco de toda la porquería acumulada durante 16 años de lastimarme a mí mismo.
Pero se acercaba el día que temía más. Era el día en que terminaba el tratamiento y con él los parches. Ya no tendría mi salvavidas de nicotina pegado al hombro y durante la última semana me asaltaba la pregunta ¿podré?
No negaré que la semana después de quitarme el parche de nicotina fue difícil. Pero más fue el temor que cualquier otra cosa, ya que durante los setenta días anteriores había modificado mis costumbres y modo de vida. Eran las tres cuartas partes del camino. La cuarta parte faltante era mi fuerza de voluntad. De vez en cuanto tenía tentación de fumarme un cigarrillo, pero entonces me preguntaba:
¿De veras quieres desperdiciar tres meses de pruebas superadas? ¿De verás quieres demostrar ante ti mismo que no eres capaz de regalarte un bien?
Y me daba cuenta de que no…
Ya ha pasado más de un año desde que fumé mi último cigarrillo. Físicamente obtuve muchos beneficios. Mi salud ha mejorado, mi peso se ubica de acuerdo al promedio de mi estatura (mido 1 metro 92 centímetros y cuando fumaba pesaba 74 kilos. Hoy peso 86 kg.). No me ahogo y le he cogido un gusto inmenso a las caminatas, más que nada por la noche, cuando el aire es fresco. Los dientes ya no son de un color amarillento opaco y duermo por las noches sin sobresaltos. A Dios gracias ya no tengo tos de fumador y mi afición a las bebidas gaseosas y café han desaparecido.
No extraño el cigarrillo, pero ello se logró después de casi diez meses sin fumar. Comparto mi experiencia con ustedes ya que si usted fuma y quiere dejarlo, debe saber que no es el cigarrillo ni la nicotina su principal enemigo. Es usted mismo, como lo descubrí yo, y las costumbres a los que viene ligada la actividad de aspirar humo. Es un trabajo que requiere de deseo y fuerza de voluntad. Lo último más que todo. También el apoyo de los amigos, familiares y compañeros de trabajo.
Venciendo las costumbres, se vence el cigarrillo.
(*) Me reservo el derecho de mencionar las marcas de los medicamentos y remedios utilizados.
