Aprender a conducir un automóvil es conocer la vida kilómetro a kilómetro.
Cuando era una adolescente mi hermana mayor me dio las llaves de su carro y me retó a sacarlo de la cochera, lo hice y por supuesto choqué, nunca en mi vida había siquiera encendido el motor de un auto así que era de esperarse lo sucedido. Desde entonces no quise saber nada acerca de conducir, en ese tiempo vivía en la capital donde el transporte público es ilimitado y puede uno elegir trasladarse en autobús, en taxi, en metro, en trolebús o hasta en bicicleta. Era feliz en mi condición de peatón porque además tampoco tenía hijos ni grandes responsabilidades. Mi mayor preocupación era llegar a clases a la hora fijada y acudir a mis citas sociales puntualmente.
El tiempo y las circunstancias me trajeron varios años más tarde a vivir a Guanajuato que a pesar de ser también la capital del estado es en cierta manera un “pueblito” porque aún conserva la calma de sus días, el sosiego de la provincia y la tranquilidad de quienes no esperan más de lo que tienen, a diferencia del DF, en donde todo mundo corre casi histéricamente y cada minuto cuenta como una hora perdida. Acostumbrarse a la parsimonia es algo difícil pero no imposible aunque en cierta manera sí resulta complicado, sobretodo cuando se tienen hijos y para llevarlos al colegio hay que padecer los tiempos ajenos. Recuerdo que el primer día salimos de casa a las 6:00 en punto para llegar al Colegio a las 7:00 ¡Gran error! El primer autobús pasa a las 6:30 –si quiere- y tarda en hacer un recorrido de veinte minutos un promedio de cincuenta porque el chofer se da el lujo de quedarse platicando o hasta de bajarse a comprar su desayuno. Entonces solo quedan tres opciones: caminar hasta el otro extremo de la ciudad con todo y niño cargando una mochila repleta de libros, tomar un taxi -mismo que a veces solo se detiene para hacerte saber que no te llevará- y rezar para que pase alguien conocido en auto y se ofrezca a llevarte –lo cual tampoco era una seguridad porque a veces se limitaban a saludar solamente con la mano y háganle como puedan-. Llegar al Colegio, pues, era todo un triunfo, una vez que el chiquillo se quedaba en clases me regresaba caminando a casa. A las 12 ya estaba en camino otra vez, ahora sí en autobuses –había que tomar dos de ellos- para llegar casi derrapando a la puerta a las 2 en punto, hora de salida, reitero, en automóvil ese recorrido se hace en 20 minutos.
Emprendíamos el regreso tratando de hacerlo lo menos tortuosamente posible aunque jamás conseguimos llegar antes de las 3:30 a casa. Cuando además, comenzaron las lecciones de violín y había que regresar a ese mismo rumbo una hora después un día a la semana la historia se dificultó aún más. Muchas veces optamos por quedarnos a comer en el centro o por hacer picniks forzados en la Presa junto a la escuela para no liarnos más, pero las cosas por supuesto que eran y son más difíciles que eso. Con todo, logramos sobrellevar las circunstancias.
Como un milagro divino llegó mi hija a nuestras vidas y a la par de ello decidimos cambiar de escuela. Pero…aunque ésta se ubicaba más hacia nuestro rumbo había que tomar carretera y los camiones escolares, también a diferencia del DF, no llegan hasta la puerta de la casa sino que es uno el que debe acercarse al punto más conveniente de acuerdo a su ruta, lo cual nos obligaba, de todas maneras a tomar autobús o caminar, aunque mucho menos que en el anterior colegio.
Lo inevitable se hizo evidente: había que ahorrar para comprar un automóvil y que yo aprendiera a manejar para facilitarnos la vida a todos. Y aquí cobran más fuerza mis reflexiones. Fue durante unas vacaciones de Semana Santa cuando iniciaron mis lecciones de manejo. Dos noches antes el temor a no poder hacerlo me impidió dormir, el carro estaba ya ahí, sabía que el esfuerzo para adquirirlo no había sido poco pero me aterraba no poder controlarlo como me sucedió durante mi adolescencia ¿Y si atropellaba a alguien? Eran mis hijos los que vendrían conmigo ¿Y si ponía en peligro su vida a causa de una distracción? ¿Y si…..? ¡Cuán complicadas vuelve uno mismo las cosas! Llegó el gran día, mi maestro de manejo también y a pesar de mis nervios todo resultó bien, lo encendí, logré entender la mecánica de los pedales ¡lo moví! ¡Guau! Llegué a casa sintiéndome contenta conmigo misma, había logrado algo que jamás pensé conseguir, así que los siguientes días pude progresar positivamente, para el Viernes ya era capaz de manejar a baja velocidad por la carretera panorámica que rodea la ciudad, había vencido una de mis inseguridades más poderosas y me sentía invencible por ello.
Hasta que el fin de semana al ir a practicar mis lecciones subieron conmigo acompañantes y las críticas no se hicieron esperar: “No lo enciendas así” “Si pisas el clutch más de lo necesario lo vas a desgastar” “Frena aquí” “No des las vueltas de esa manera” “¡Cuidado!” finalmente los nervios me traicionaban, el auto se me apagaba al pisar mal el clutch en los lugares más inconvenientes y aquello terminaba siendo una verdadera tragedia. Mientras que yo me sentía tan mal por lo sucedido, tan inútil y con un sentimiento de tristeza muy profundo.
El siguiente lunes no hubo progresos, estuve a punto chocar contra un poste y la frustración comenzaba a invadirme, las clases que originalmente durarían dos semanas se extendieron durante mes y medio.
Manejar se volvió una pesadilla pues además me di cuenta de que aún en pleno siglo XXI sigue predominando la estúpida idea de que mujer al volante es un estorbo y padecí, a veces lo sigo haciendo, el acoso de conductores que por ese simple hecho aumentan la velocidad y se pegan angustiosamente al automóvil para obligarla a una a ir más rápido y a salir del camino en la primera oportunidad para después, una vez que están delante, disminuir al máximo para hacer desesperar y en cuanto pueda uno rebasarlos volver a acelerar para impedir que se retome el carril poniendo con esto en riesgo la seguridad de todos. Accidentes así son clásicos en la carretera panorámica de Guanajuato y han cobrado vidas sin que por ello las actitudes cambien.
De la misma forma la intolerancia de quienes ya saben conducir y no tienen paciencia con las personas que apenas están aprendiendo o lo hacen de manera visiblemente insegura está a la orden del día. Por esta simple razón se es merecedor de insultos, malas caras y groserías. Hubo una época en que mi hijo estuvo yendo a tomar clases de violín a Dolores Hidalgo, para viajar de Guanajuato a Dolores hay que circular por una carretera estrecha y de doble sentido que atraviesa la sierra, en esa vialidad se corre el peligro de que las personas que tienen ganado lo dejan pastar libremente y muchos accidentes se han generado gracias a las pobres vacas, que como animales que son, se atraviesan de pronto y terminan agonizantes en el asfalto junto al sorprendido y sangrante chofer. Era temporada de lluvias, por lo tanto la neblina baja y las montañas se deslavan. Cuando anuncié que iría y vendría diariamente de allá los comentarios no se hicieron esperar: “Se van a matar” “¿Cómo vas a circular por esa carretera tan peligrosa diariamente” “Las vacas…la neblina…la lluvia… el sol…los otros autos…” Todo influía menos mi capacidad y sentido común. Para nuestra mala suerte ese primer día de viaje tuvimos la mala fortuna de que cayó una tromba en el justo momento en el que entramos a la sierra. La lluvia era tan espesa que no se lograba distinguir el camino ni las curvas ni nada. Segundos antes de que granizara terriblemente logré encontrar un recodo en el camino en el que me orillé para esperar a que la lluvia amainara, el granizo apareció, el agua comenzó a subir hasta las puertas del auto y el cerro junto a nosotros a deslavarse. Mi hijo, aterrorizado, comenzó a llorar y a pedirme que nos regresáramos, que ya no quería ir a ningunas clases. Obviamente yo también estaba aterrada, tenía miedo de que el agua nos arrastrara hasta uno de los muchos barrancos que hay en el camino o de que las rocas y el agua averiaran el auto y nos quedáramos atrapados ¡Yo también quería llorar! Pero no podía darme ese lujo porque si perdía la calma, él la perdería también. Así que con una firmeza y seguridad que estaba lejos de sentir le dije: Tranquilízate. No hay problema. Vamos a salir de aquí y vamos a llegar a tus clases a tiempo.
Giré la llave temiendo que el auto no arrancara pero afortunadamente sí lo hizo, me puse en marcha con la tormenta sobre nosotros aunque con mayor visibilidad, a unos metros encontramos las luces de los otros autos que circulaban en caravana y a partir de ahí todo fue tan bien como las piedras deslavadas, el piso resbaloso por el hielo del granizo, el agua y la niebla nos lo permitieron. El regreso a casa nos tocó emprenderlo detrás de un camión de pasajeros que sirvió de faro y guía y bendito sea Dios, fuimos y regresamos con bien, no solo ese día sino también los meses siguientes hasta que todo terminó.
Pero volviendo a la historia del colegio en el que actualmente sigue estudiando, ahora, mi pequeña. Está ubicado exactamente atrás de un punto turístico en la ciudad, para quien no conoce Guanajuato les explico que sus calles son angostas, inclinadas, normalmente empedradas y muchas de ellas de doble circulación así que en caso de toparse de frente con algún vehículo uno de los dos debe retroceder pero casi nadie cede y entre el intercambio de palabras altisonantes los carros se acumulan en una dirección y en otra, además, en esta zona en específico la cuestión se complica porque al ser un punto turístico esas calles se llenan de autobuses y camionetas repletas de visitantes tan ávidos de entrar a las tiendas y comprar chucherías que se atraviesan sin precaución, mientras los choferes solo piensan en la comodidad de sus pasajeros y en obedecer sus deseos para ganarse a pulso la propina deseada, por lo tanto, no les molesta detenerse en seco en plena carretera de subida y a media curva hasta que todos terminan de tomarle fotos a la ciudad, ni tampoco les incomoda detener el tránsito por horas, echar el camión encima aunque sepa de antemano que por esa vereda no cabrán los dos vehículos, entre otras lindeces. A esto hay que agregarle que somos un centenar de vehículos los que desembocamos en la zona a esa hora para llegar por nuestros hijos. Nunca bajé el auto hasta la puerta de escuela sino hasta que me sentí segura de poder hacerlo prefiriendo dejarlo estacionado antes de la calle estrecha y caminar para evitar accidentes y riesgos. Muchos me veían como bicho raro ¿Caminar teniendo auto? Pero el caos que se generaba cuando los chicos comenzaban a salir era una cosa espantosa. Fui testigo de choques terribles, los autos pasaban a toda velocidad por el camino empedrado cuesta arriba y estrecho sin tomar precauciones con quienes caminábamos en él.
Cuando decidí que era tiempo de bajar en auto, comencé a notar que el problema vial en esa zona era un conflicto generado por nosotros mismos con nuestra intolerancia. Personas que llegaban a la hora en punto y querían salir al segundo, otras que detenían sus vehículos a media calle para ponerse a platicar, las maestras que no dejaban salir a los niños a tiempo contribuyendo al caos, los vecinos furiosos por no poder llegar a sus casas con la comodidad que merecían. Todo el mundo volteaba a mirar hacia otro lado con indiferencia pensando “No es mi problema” en tanto la histeria, los choques y los conflictos se incrementaban día a día. Me tocó atestiguar como una mujer gritaba inmisericordemente a la abuelita de uno de los niños hasta casi hacerla llorar porque no lograba arrancar su vehículo que se quedó atascado a la mitad de la empedrada calle bloqueando la circulación lo cual me llenó de furia.
Por la mañana, al sacar el carro del garage debo hacerlo con gran cuidado porque aunque es evidente que no tengo una buena visibilidad y estoy circulando de reversa la gente que va pasando se atraviesa, de pronto pasan niños corriendo y los carros que van de subida o bajada siguen su camino sin frenar ni un poco. Una vez afuera lo que sigue es una Y griega que desemboca en la parte baja de la calle, el lado derecho es para bajar, el izquierdo para subir, así lo señalan sendos letreros metálicos en el principio y final de esta vialidad, esto debería ser suficiente para que no hubiera problemas ¿verdad? ¡Pues no! Los autos, camiones, motocicletas y hasta el trasporte de pasajeros sube por el camino por el que se debe descender y baja por el que es de ascenso y encima se enojan porque uno les sale de frente cuando ellos son los que transgreden las leyes ¡Uf!. Después se llega a una calle igualmente estrecha con un pequeño tramo de doble sentido que va a dar a otra Y griega donde de igual manera la derecha es para bajar y la izquierda para subir. Ese tramo común antes de ella consta de unos pocos metros en los que la circulación es de ida y vuelta pero si uno espera educadamente a que los autos pasen éstos bajan la velocidad, se frenan a la mitad para platicar o hasta tienen el descaro de bloquear la calle para entrar a la tienda sin ningún respeto por los demás. Cuando por fin haz conseguido salir del barrio existe la opción de tomar la panorámica o de circular por la calle que desemboca en el centro, si se elige la primer opción entonces aunque sea CARRETERA y esté plagada de curvas cerradas uno encontrará autos estacionados a medio camino, padres poniendo a sus bebes a dar sus primeros pasos al término de las curvas, camiones repartidores bloqueando el paso y la visibilidad, puertas de vehículos abiertas, gente caminando sin prisa ni preocupación por un camino que es para autos, los camiones urbanos a toda velocidad invadiendo el carril peligrosamente sin frenar, deportistas corriendo a lo largo y ancho, motocicletas sobre las que circulan personas sin casco o hasta familias completas –incluyendo bebés- a toda velocidad o demasiado lento y bicicletas haciendo malabares sin precaución.
Bueno, entonces quizá sea mejor tomar por el centro, pero no, no lo es. Se encuentra uno con las mismas cosas y algunos factores más: mayor tráfico y peatones atravesándose por todas partes junto con los ya mencionados grupos de turistas. En estos caminos de Dios, además, puedes encontrar vacas, chivos, ardillas, víboras, palomas o hasta toros entorpeciendo el tráfico.
Las intermitentes son las más socorridas porque con solo encenderlas se sobreentiende que uno puede detenerse donde quiera, bloquear las calles sin ningún problema, estacionarse donde sea y hacer lo que se le venga en gana ¿Dónde dice eso? En ninguna parte, pero para el 90% de las personas es la ley. Mientras no sea uno el que se detenga, claro, porque entonces sí la sinfonía de bocinas y los gritos no se hacen esperar.
Si llegaron hasta aquí les agradezco su paciencia y aprovecho para aclararles el verdadero sentir de este escrito pues pareciera de pronto que es un pliego de quejas y lamentos, todo lo contrario, pretende ser una reflexión, no estrictamente vial sino personal.
Manejar un auto es sinónimo de vida. Cuando uno conduce está gobernando su existencia.
Cuando somos adolescentes queremos comernos el mundo a mordidas, no tenemos un claro sentido de la responsabilidad, nos creemos intocables, eternos e invulnerables pero la vida se encarga de mostrarnos todo lo contrario como me sucedió a mí aquella tarde en que el flamante carro nuevo de mi hermana quedó como acordeón sobre el carro del vecino.
Hay que aprender a correr cuando es necesario hacerlo pero también a tener calma y sosiego cuando las situaciones lo requieren, la vida es un camino lleno de vías rápidas y lentas, hay señales que nos indican el camino acertadamente, otras que muchas veces no vemos o no les prestamos atención hasta que erramos y hay que revirar.
Otro aprendizaje que he obtenido es que se deben disfrutar los caminos, aprender a domarlos pero también a amarlos con todo y esas contradicciones que tantas veces nos exasperan en demasía. Cuando no podía avanzar hubo quien me avanzó, cuando me sentía sola apareció quien me ayudó recordándome que por mucho que otras personas me hubiesen dañado en el pasado hay un presente cuyo recorrido puede ser infinitamente más ligero.
En esos interminables y pesados recorridos con mi hijo de la escuela a la casa y de la casa al colegio antes del auto, platicamos tantas cosas, aprendimos a descansar, disfrutamos sentándonos en la banca de una plaza para alimentar a las palomas o simplemente mirar el agua de la fuente. Durante esas comidas al aire libre forzadas qué sabrosos emparedados comíamos y cuánto amor surgía de ambos. Llenamos nuestras soledades, sanaron muestras heridas a fuerza de caminar hombro con hombro, hasta que un día, descubrimos que ya no había dolor y fue cuando todo cambió. Pasamos a otra etapa en nuestras vidas en donde ya no era necesario recorrer tanto ni emplear demasiado tiempo en ello porque ya no era necesario, debíamos ocupar nuestro tiempo ya en otras cuestiones fundamentales, nos esperaban cosas nuevas y se abrían puertas distintas que hubiesen quedado en el olvido si no nos hubiéramos arriesgado al cambio.
Tras el volante las personas muestran su verdadera personalidad, están aquellos resentidos que buscan problemas donde no los hay con cuanto auto se cruzan en el camino. Los iracundos que maldicen y vociferan con cualquier pretexto. Los serenos que se llevan la vida con calma y tranquilidad pésele a quien le pese. Aquellos que prefieren dejar pasar la existencia de largo. Los que conducen embriagados y velocidades extremas como buscando terminar con todo de una vez. Los que pueden manejar por años y nunca terminan de aprender del todo. Y hay quienes conducen con madurez, seguros de sí mismos y con la convicción de saber hacia dónde se quiere llegar y lo que debe hacer para lograrlo. ¡Benditos recorridos infames! Porque a través de ellos aprendemos también.
Esa tarde en la que la señora histérica hizo pasar un mal momento a la pobre abuela afuera de la escuela, me senté a escribir algo que se llamó EL CONFLICTO VIAL LO ESTAMOS HACIENDO TODOS en donde expuse mis quejas en contra de los padres de familia intolerantes, la indiferencia de las autoridades escolares y sobretodo la falta de valores que estábamos mostrando frente a nuestros hijos con nuestras actitudes. Llegué una hora antes de la salida y aprovechando mi soledad lo pegué en plena puerta del Colegio –Ahora habrá quien se esté enterando que fui yo la culpable- Como resultado, la escuela tomó cartas en el asunto. Ahora me enorgullece llegar por mi hija cada tarde y ver el orden con el que entramos por los niños sin tener necesidad siquiera de bajarnos del automóvil, en fila, respetando los tiempos para subir y para bajar por el caminito empedrado sin poner en riesgo a nadie aunque claro, hay quienes se quejan y no están de acuerdo con el nuevo método porque no estamos acostumbrados a vivir en orden.
Empezar a conducir fue para mí como esa historia en que se celebra una competencia de ranas para ver cuál de ellas llegas primero a lo alto de una torre, el público asistente en vez de animarlas comenta lo difícil que aquello será y comienza a gritar que ninguna lo logrará. Una a una las ranas van desistiendo, menos la que logró llegar a la cima, es entonces que descubren que aquella ganadora era sorda. Mucha gente nos dirá lo complicado que será, nos enumerara los riesgos, nos hará sentir que no somos capaces. Entonces, aunque escuchemos a la perfección, hay que ser sordos e intentar e intentar y seguir intentando a pesar de la falta de tolerancia de quienes nos rodean. Así como también hay que tener presente que el que lleva el volante es quien carga con la responsabilidad y debe atender a su sentido común más que a los consejos de quienes solo van sentados al lado pero no llevan el peso de las circunstancias entre los pies y las manos, en la vida termina uno aprendiendo que uno es quien la vive y por lo tanto es uno quien decide los pasos a dar. Pero tampoco hay que olvidar, cuando encender el carro y ponerlo en marcha deja de ser un problema es necesario recordarlo todo para no hacer sentir mal injustamente a quienes circulan a su propio paso, sin prisas, con la precaución que requieren y al rebasarlas cortésmente brindarles una sonrisa para animarles a continuar. Muchas son las personas que dependen siempre de alguien más para moverse de un lugar a otro porque nunca aprendieron a manejar deliberadamente. Pero solo quienes hemos pasado por todo esto comprendemos la importancia de haberlo hecho. No es cuestión de dominar el auto, se trata de dominar la vida con sus laberintos y sus piedras, con el tráfico y la desidia, a pesar del clima y de aquellos que con prepotencia transgreden las leyes y olvidan la más mínima regla de cortesía haciendo la ruta más pesada gracias a su egoísmo, obligándonos a llevar a cuestas su la falta de sentido común.
Mientras fui un simple peatón no tuve mayores problemas, pero cuando mis manos se llenaron con la redondez de un volante y mis pies debieron coordinarse para avanzar es cuando de verdad aprendí a vivir sufriendo para terminar viviendo con entusiasmo.
Aquellos días en que ver el cielo nublado me hacía temblar pensando en que debería conducir bajo la lluvia, cuando hasta el viento me atemorizaba y padecía en mi mente una y otra vez las rutas a tomar dándole vueltas a los puntos álgidos en el camino, pensando en cómo lograría sortear los autos, las encrucijadas, los retornos y las vueltas quedaron atrás cuando fui descubriendo que las soluciones llegan a la par que los conflictos. Para vivir hay que lanzarse a la vida.
Siempre existirá quien nos grite a la cara “No se puede” pero también hay quienes desafían las reglas y demuestran que sí era posible. Entonces, un día, te sorprendes manejando con total tranquilidad en tu interior, meter y disminuir velocidades deja de ser un problema para convertirse en un acto gozoso porque logramos dominar, conseguimos llegar, supimos soportar, sentimos en pies y manos la fuerza de nuestra voluntad venciendo. Así me sucedió durante uno de tantos trayectos a través de la sierra. Comencé, casi sin darme cuenta a apreciar lo que me rodeaba. Aquellos árboles imponentes, las cabañas que aparecían entre el verde, los animales pastando, los ranchos esmeraldas con sus surcos bien marcados, el cielo azul sobre mi cabeza, el canto de las aves y el murmullo de las ramas, solo entonces, la tortura se volvió bienestar.
Hoy, cuando regresaba por esa complicada y difícil carretera panorámica. Después de haber sorteado las puertas abiertas, los corredores, los bebes dando pasitos en las curvas…con el vidrio abajo, sintiendo la brisa en mi rostro he mirado al cielo, el atardecer estaba a punto de morir. Entonces detuve el auto en uno de los miradores sobre la panorámica y me quedé con mis hijos observando el sangrado del cielo magistral hasta que el sol desapareció. Bajé del auto admirando el paisaje que me rodeaba en medio del camino y solo pude dar gracias a Dios por aquel momento…¿Acaso me equivoco cuando afirmo que aprender a conducir es aprender a vivir?
Elena Ortiz Muñiz

Mi relación con el cigarrillo está llena de paradojas. Para empezar fui un niño asmático que en cada ataque pensaba que era mi última hora y en medio de los ahogos y esos gemidos propios de los asmáticos se me iba media vida; eso duró hasta los doce años; entré a estudiar en un internado para varones en Zipaquirá, la ciudad de la sal, en Colombia, allí se encuentra una de las maravillas de la ingeniería moderna: La catedral de sal, y allí se operó un milagro… durante el primer año los ataques de asma se fueron espaciando hasta desaparecer por completo. Las aves de mal agüero le pronosticaron a mi madre que eso era temporal porque nadie se cura del asma y yo les creía y esperaba la noche fatal de la recaída pero esta nunca jamás llegó. Todos pensamos que fue el ambiente salino de la ciudad.
Los seres humanos somos unos bichos extraños que cuando estamos metidos en una dificultad prometemos a Dios, y a quien nos escuche en el más allá y el más acá, que si nos curamos vamos a llevar una vida sana lejos de todo lo que pueda hacernos daño. Eso decía yo en medio de oraciones y ahogos en los que se me iba la vida. Me curé y como era el más pequeño del internado pues era el único que cabía por una pequeña ventana para escapar a la calle a comprarle cigarrillos a los grandes de quinto y sexto de bachillerato de esa época (que corresponden a los actuales grados diez y once). Por supuesto, era prohibidísimo fumar y, como la prohibición es causa del apetito, todos los muchachos adolescentes lo hacían a escondidas en los grandes baños del edificio.
Los malditos muchachos mayores siempre me ofrecían probar y yo no aceptaba por miedo a un ataque de asma. La curiosidad es causa de muchos males y una tarde acepté una fumada que me hizo conocer al demonio: tosí y los ojos casi se me brotan de las cuencas, vomité hasta lo que no me había comido y quedé en estado patético cercano a la coma y sin deseos de repetir la experiencia. Y sigue la maldita curiosidad aguijoneándome porque los muchachos no volvieron a ofrecerme una fumada y yo los veía aspirar con deleite ese humo pestilente de los cigarrillos más baratos que se conseguían en las tiendas cercanas, Eran de una marca que ya no existe: Golf, pero también Pierrot, antecesores de los Pielroja de ahora…
La segunda vez aspiré una pequeña bocanada de humo y se repitió la tos y el lagrimeo pero no vomité. Me quedó una sensación asquerosa por todo el cuerpo pero también como una necesidad de repetir la acción, no lo hice en ese momento porque se escucharon pasos de alguien en el pasillo y todos nos metimos en los cubículos de los excusados. Nadie entró pero quedó el temor y salimos de uno en uno rumbo al patio de recreo donde se encontraban el resto de los alumnos internos de la normal. La tercera vez fue el comienzo de mi adicción a la nicotina; tosí un poco pero nada más, chupé de nuevo el humo apestoso de ese cigarrillo barato y comencé un largo camino de adicto al tabaco que se prolongó durante veinte largos años.
Durante los seis años de internado fumé, me descubrieron y me castigaron sin salida muchos sábados y domingos. Al principio los grandes me daban cigarrillos a cambio de mis escapadas a comprarlos; al año siguiente ya los de sexto se habían ido y eran remplazados por los que antes estaban en quinto… y lo malo es que yo crecí y no cabía por la dichosa ventana. Igual, ahora encargábamos los cigarrillos a uno de los chicos estudiantes externos. Yo me aprovisionaba en las pocas salidas a mi casa y les vendía a los fumadores al menudeo y eso me dejaba buenas ganancias. Por esos años era usual hacer paqueticos de tres cigarrillos en la envoltura de papel estaño de las cajetillas de los mismos cigarrillos.
Con sanciones, bajas de disciplina y conducta, matrículas condicionales, llamadas a mi madre para amenazarla con mi expulsión y otras ternuras terminó mi educación secundaria pero no mi afición al tabaco. Fui un buen estudiante y quizás por eso no me echaron, además era uno de los que alegraban las interminables veladas del internado (coplas, chistes, cuentos) en una época donde la televisión estaba en sus comienzos y lo único que nos gustaba a los chicos de esos años era “El club del Clan” y “Juventud moderna”, este último los sábados a las cuatro de la tarde. Cuando podía salir a mi ciudad lo veíamos en grupo con mis amigos adolescentes y, para mi sorpresa, todos eran fumadores iguales a mí. No puedo asegurar a cuantos induje a su afición al humo pero la sala donde veíamos el programa quedaba llena de humo y abríamos las ventanas para que la gente de la casa pudiera ver por donde andaba.
Tan pronto salí a la libertad, así me sentía después de seis largos de encierro educativo, comencé a trabajar y lo primero que hice fue irme de la casa paterna. Podía darme el gusto de fumar, beber y jugar sin restricciones. Hoy por hoy los adolescentes hacen lo que les viene en gana; por entonces la mayoría de edad era a los veintiún años y hasta esa edad uno pedía permiso a sus padres para todo. Bueno, los transgresores como yo, con dinero entre el bolsillo, determinábamos nuestro rumbo, pero esa es otra historia que ya contaré en su momento, por ahora es el cigarrillo el tema.
Con dinero disponible para gastar, libertad para dilapidarlo y ganas de experimentar en la universidad de la calle, comencé por ensayar marcas de cigarrillos, nacionales y extranjeros, con filtro y sin filtro, rubios, morenos, mentolados, aromatizados, etc. Muchas marcas no existen o salieron del mercado colombiano pero dejaron sus huellas indelebles en mis pulmones. Cuando llegaba el pago al fin de mes fumaba americanos y extranjeros. Los de siempre: Kent, Marlboro, Parliament, Camel, Lucky Strike; pero también Mapleton, un cigarrillo delicioso para los contertulios por su aroma, el que lo fumaba no percibía el olor pero los demás sí; era el preferido de los chicos para impresionas a las niñas en las fiestas vespertinas. Ah, es que esas rumbas de ahora con amanecida no se daban por entonces. El uso eran las coca colas bailables de dos a seis de la tarde, jajaja. A esa hora las niñas salían corriendo para sus casas temiendo el castigo… igual que ahora.
El mercado nacional se daba el lujo de competir en nicotina con los extranjeros y con el Pielroja y Nacional tradicionales la Compañía colombiana de tabaco sacó al mercado el Nacional con filtro, President, Continental, Nevado, Mustang y otros que se me van del recuerdo. Había extra largos, normales, cortos, gruesos, delgados, mejor dicho el que no fumaba no era hombre, le decían al adolescente y tenía una amplia gama de portadores de nicotina para escoger. Olvidaba nombrar Premier y Half and Half… igual, ustedes me perdonarán los olvidos involuntarios pero es que metí tanto humo entre mis pulmones y cerebro que algo se dañó, con seguridad.
Los muy jóvenes deben pensar que la prohibición de fumar en sitios públicos es antigua, pues no, en mis años jóvenes uno fumaba donde se le venía la gana: en buses, restaurantes, teatros, salas de velación y algunos descarados hasta en los templos. Yo entraba al restaurante de siempre a mi almuerzo y mientras me servían tenía un humeante chicote en mis manos y el correspondiente cenicero sobre la mesa. A propósito, la industria de ceniceros debió entrar en quiebra por falta de consumidores. En aquel pasado en todas partes se encontraban ceniceros, de manera que era una autorización tácita para fumar. Hasta en las salas de espera de los hospitales y consultorios uno encontraba recipientes para depositar sus cenizas.
Uno entraba a ver una película y prendía su cigarrillo impunemente. Los vecinos de silla no fumadores casi siempre se levantaban y cambiaban de puesto, no existía la costumbre de silletería numerada y uno cambiaba de lugar a la hora que deseaba. Algunos teatros sugerían con avisos en la pantalla fumar en el foyer y muy pocos salían a eso. En los aviones había determinado momento para prender los cigarrillos; pero el ambiente en Colombia estaba cubierto por una permanente cortina de humo de los millones de cigarrillos que se consumían a todas horas. Pero estoy pensando en un pasado agradable, como si el cigarrillo con su nicotina y alquitrán y cientos de sustancias nocivas para la salud fueran la octava maravilla del mundo, pues voy a hablar de lo que fue mi adicción a esta porquería que me martirizó dos décadas bien contadas.
Al comienzo, en el internado, era uno o dos cigarrillos diarios. La dosis aumentó lentamente y, al terminar mi secundaria, seis años después ya fumaba diez o doce pitillos al día. Dueño de mi vida y de mi sueldo, cargaba paquete y encendedor entre mi chaqueta, hoy los sacos ya no traen el dichoso bolsillo. Los encendedores más codiciados eran marca Ronson;por supuesto, como yo tenía para comprarlos tenía tres o cuatro, ah, y los cigarrillos en pitillera metálica donde se acomodaban diez o doce. Era de buen gusto ante las mujeres sacar la pitillera y el encendedor y, si los cigarrillos eran americanos el efecto mejoraba, daba prestigio. No fumar era signo de poca hombría y falta de mundo. Mi consumo subió a una cajetilla o más por día y los dedos de la mano derecha se pusieron amarillentos por la nicotina, igual pasó con mi dentadura y el bigote.
Amanecía con la garganta reseca y una tos de perro enfermo que no se me pasaba hasta mediada la mañana y después de consumir dulces o chicles para suavizar el aliento. Para ayudar a suavizar la maltratada garganta, cuando despertaba prendía el primero de muchos cigarros en el día, y tosía y fumaba sin descanso, es que hasta cuando me bañaba cerraba el paso del agua y medio me secaba y prendía un chicote. En los últimos años como fumador activo llegué a consumir cuatro cajetillas, cada una de veinte unidades. Eso me hizo sacar cuentas, de manera que en el mes quemaba 120 cajitas multiplicadas por veinte cilindros de tabaco sumaban 2400 en el mes y 28800 en un año. Uf, que desgracia pensé y me decidí a dejar de fumar.
Dicen que dejar el vicio de fumar es difícil, yo lo deje como veinte veces; una vez soporté tres meses y recaí, y cuando se retorna a la adicción el cuerpo pide más. Dicen los investigadores que la nicotina es la segunda sustancia más adictiva después de la heroína; como nunca he probado esta me queda imposible opinar pero respecto del tabaco si puedo decir que dejarlo es muy difícil. Después de una abstención el cuerpo me pedía más y más humo y yo se lo daba. Todo lo que lo rodea a uno huele a tufo de fumador, incluida la ropa y el sudor, guácala, como dicen ahora, ese olor fétido lo perciben los demás porque como hace parte de uno pues el olfato propio no lo detecta.
En noches eternas con lluvia incluida me despertaba a media noche y buscaba un maldito tabaco; no lo encontraba y empezaba la desesperación porque sabía que nada estaba abierto para comprar aunque fuera un mísero cigarrillo. No se otras personas, pero yo buscaba y revolcaba todo el apartamento y al no hallar ese pequeño cilindro blanco, miraba los ceniceros en busca de la colilla más grande. Si la encontraba la encendía dando gracias a Dios por el favor recibido; si en los ceniceros no encontraba el alivio a mis males revolcaba la basura… si, como lo oyen, la maldita basura en busca de una o varias colillas aprovechables y si eran muy pequeñas las desarmaba sobre una hoja de papel y con las migajas de tabaco armaba un cigarrillo “decente” para calmar mi obsesión.
Llegó un día en que leía y fumaba, comía y fumaba, hacía deporte y fumaba y hasta soñaba con el cigarrillo en los labios y el humo en mis pulmones. Hasta que una tarde apareció en la TV Yul Brynner el actor gringo de tantas películas como Los diez Mandamientos y Taras Bulba y dijo, palabras más o menos: “Cuando usted vea este comercial yo habré muerto de cáncer pulmonar debido al exceso de cigarrillo”. Hijuemadre, yo tenía treinta y pico de años y ni pisca de ganas de morirme. Fue en ese momento que tome la decisión definitiva de mandar el tabaco para los profundos infiernos que debe ser el sitio de donde salió. Un 19 de marzo me fumé el último cigarrillo de mi vida. Hace como treinta años. Nadie que me conociera pensaba que podría soportar más de una semana sin humo de tabaco… pero lo hice y para mi fortuna hace unos años salió la reglamentación antitabaco. La ansiedad se esfumó y hasta soporto estar con fumadores. Escribo esto como terapia personal. No soy san Edgar y jamás lo seré pero vivo sin nicotina y sin joder a los no fumadores.
De mi libro RELATOS DE TODA MI VIDA
Edgar Tarazona Ángel
http://edgarosiris310.blogspot.com

Como todos los viernes, los dos hermanos se encontraron en el apartamento del menor de ellos y se dispusieron a degustar unos tragos e intercambiar ideas. Así era siempre. Desde su adolescencia se acostumbraron a compartir en el fin de semana tragos y compañía; cuando había chicas pues bebían con ellas y si alguno de los dos ligaba con una, el otro, prudente, se iba para otro sitio y los dejaba en el apartamento.
Muchas anécdotas eran compartidas, otras, personales, se comentaban al calor del licor y la música que atronaba en el equipo de sonido. No tenían un gusto específico y todo lo que sonara, pero con letras de amores y sufrimientos, acompañaba las horas eternas de libaciones. No siempre las borracheras eran divertidas, en no pocas ocasiones los hermanos (Gustavo y Jairo) se trenzaron en horas de discusiones por diferentes puntos de vista relacionados con el deporte, la política, la religión o las mujeres.
El día de esta historia Jairo y Gustavo comenzaron a beber muy temprano, desde las ocho o nueve de la mañana, las noticias no son precisas, y después del medio día decidieron subir al apartamento ubicado en un sexto piso. Allí se calmaron un poco los ánimos y comenzaron los abrazos y las lágrimas. Algo, nunca se supo qué, llamo la atención de los hermanos y se asomaron al balcón que daba sobre un pequeño parque con árboles y, plantas ornamentales y sitios con prado para que los enamorados se recostaran a decir frases de amor y acariciarse.
Los hermanos empezaron a silbar a las parejas que estaban en el parque y con motivo del arreglo sobre el altercado destaparon otra botella y continuaron bebiendo… uno de los dos perdió el equilibrio y comenzó a trastabillar en dirección al espacio abierto, el otro, al tratar de ayudarlo, se abrazó a su hermano y ambos cayeron al vació desee una altura de unos diez o doce metros. Jairo cayó sobre el duro cemento y Gustavo sobre él pero rodó a un prado donde quedó sin sentido.
Cuando llegaron los Cuerpos de socorro, dictaminaron que Jairo había muerto de manera instantánea; a Gustavo o trasladaron de urgencias a una clínica, en estado de coma, en la cual permaneció durante sesenta días; de allí salió en silla de ruedas y con pronóstico reservado… unos meses más tarde, cuando se sintió mejor, entró en una tienda y pidió media de aguardiente, para celebrar su buena suerte…. Pocos días después se asomaba desde el balcón, completamente borracho, para seguir el camino de su hermano.
Tomado de mi nuevo libro HISTORIAS EBRIAS
Edgar Tarazona Ángel
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Uno
Todos estábamos callados. La tarde daba paso a la noche con una lentitud perezosa y parecía que los temas se habían agotado. El último tenía relación con nuestro amigo "Cirrosis", de quien las noticias más recientes eran inciertas y preocupantes.
Por aquellos años el hombre era muy buena persona. Todavía no se le había metido el demonio entre el cuerpo -dijo "Medio litro" a los que quisieron escucharlo, mientras sus ojos opacos se perdían en la semi penumbra de la tienda- si, excelente tipo como amigo, compadre o lo que fuera. Yo, que fui uno de sus amigos más cercanos, recordé sus charlas cuando abrí uno de los cuadernos que encontré entre la barahúnda de papeles que metió entre seis o siete costales para que se los llevaran con la basura; estaba escrito en letra pareja, con una caligrafía de la de antes, la que enseñaban en la escuela primaria, o el colegio donde él estudió...
Los bombillos de la calle se fueron encendiendo. Primero los del alumbrado público y, luego, los de las casas. En la lejanía el sol ya no se veía; sus rayos pintaban de arreboles las nubes pero a nosotros, los contertulios del "Bar Apocalipsis", nos importaba un rábano si parecía hermoso el ocaso. Todos estábamos sin dinero entre el bolsillo y el "Tunebo", un indio puro, nos tenía cerrados los créditos hasta nueva orden; lo cual significaba que mientras no pagáramos las cuentas atrasadas ni soñáramos con una simple cerveza y, menos, una botella de trago. Ninguno era demasiado antiguo en el pueblo y menos en el bar. Perdón, don "Medio", como le decíamos para ahorrarnos el litro, sí lo conoció de tiempo atrás, desde la adolescencia, y sabía mucho de la vida de "Cirrosis"; este lo nombraba de muchas maneras pero, según explicó una noche de tragos, todos los nombres significaban lo mismo; lo llamaba Viejo, Arcaico, Vejestorio, Vejete, Vetusto, Descontinuado, Vegetativo, Deslucido y otras rarezas, según su estado de ánimo; por respeto le decía "Don Antiguo". El hombre debía sobrepasar los sesenta años de edad y "Cirrosis" no pasaba de los treinta y cinco, sin embargo eran muy amigos, mejor dicho, desde siempre, y no sé si decir fueron porque no sabemos nada concreto de nuestro compinche joven, desde hace ya algún tiempo.. Nosotros adoptamos la costumbre de nombrar al viejo por uno de sus alias y yo, en particular, imitaba en demasiados detalles al amigo desaparecido. El veterano hablaba de detalles que conocíamos todos por las charlas de borrachos que sosteníamos, cada vez que teníamos dinero o crédito para emborracharnos, y que el viejo contaba para llenar las horas eternas alrededor de una mesa que se iba llenando de botellas, de vasos y de copas. Bueno, me faltaba nombrar las manchas redondas del culo de los recipientes, la ceniza de los cigarrillos, las etiquetas a medio romper de las botellas, una que otra mosca difunta patas arriba sobre la mesa o despanzurrada por un golpe de suerte seguido de carcajadas (la ejecución tenía variadas formas: una palmada, un puño, un botellazo, con un periódico, con un zapato y, en un estado delirante de borrachera de un cabezazo). Por temporadas, que duraban poco más de una semana, preferíamos tomar en la casa del vejete. Podíamos hacer lo que se nos viniera en gana pero al cucho lo martirizaban los recuerdos de los tiempos felices pasados entre esas paredes con su difunta esposa y los hijos, que se marcharon para siempre a causa de sus borracheras, de malas, le decíamos, esos desventurados no se lo merecían a usted, viejo querido.
Algún día uno de nosotros apareció con tres botellas de chirrinche, agenciadas quien sabe dónde, y nos reunimos en la casa del viejo a beber a la salud de los muertos, a la de los vivos que se aburrían de sobrios, de las putas, de las monjas, de las niñas bonitas del pueblo, de las feotas a quienes les podíamos hacer el mandado si estaban dispuestas ja, ja, ja... El vetusto tenía un aparato que, en sus buenos tiempos, debió ser una radiola y ahora era un armazón lleno de cables y de cosas rotas que sonaba por artes diabólicas; sólo cogía emisoras de onda corta porque el tocadiscos estaba dañado desde la época en que el vetusto y el “Profe” puteaban en la capital; nos gustaba una emisora que transmitía boleros y tangos y, de vez en cuando rancheras... paremos de contar. Terminada la primera botella "Medio ele" propuso que lo escucháramos leer uno de los cuadernos del desaparecido "Cirrosis". La idea nos pareció una cagada de mal gusto pero pudo más la curiosidad, eso sin contar que, si queríamos beber, los escuchábamos o nos jodíamos porque el flaco, que fue el genio de las tres botellas, sí quería quedarse a oír. "Malparidos del demonio, escuchen lo que les dejó su amigo que quien sabe si descansa en paz”, nos dijo el viejo y empezó:
- "Cuando mi padre bajaba al pueblo a visitarnos tenía la costumbre de llevarme a las tiendas donde se reunía a beber con sus amigotes, yo era su orgullo por el motivo de ser su primogénito, y conversaba delante de mí de todos los temas que ocupan a los varones en este tipo de actividades: deportes, negocios, conflictos de diferente índole y, sobre todo, de mujeres. Allí me enteré de muchas conquistas de mi padre, sus amigos poco salían del pueblo y este era muy pequeño para permitir aventuras extramatrimoniales y las pocas mujeres que prestaban su cuerpo ya se sabía a quienes pertenecían, claro que estas conclusiones vine a sacarlas muchos años después; en ese entonces yo me enorgullecía de mi padre porque sus amigos se asombraban de sus proezas varoniles y después de mucho tiempo comprobé que eran ciertas; allí empecé a tomar, sobre las rodillas de mi papá o jugando en una mesa vecina que estuviera desocupada, en la que iban acomodando las botellas vacías o a medio vaciar, cuando no me miraban tomaba sorbitos que me hacían sentir extraño pero para nada mal. Sólo un día sentí unos malestares horrendos y fue cuando mi padre, viéndome tomar con agrado de su cerveza, me dio media copa de aguardiente y vomité hasta las tripas, mi abuela, que era la madre de él, lo maldijo y lo trató muy mal cuando me vio y se dio cuenta de la causa de mis males. Durante una larga temporada mi padre dejó de llevarme a sus tomatas y si mal no recuerdo ni me hicieron falta pero, cuando salía con mi abuelita por la calle (nunca me dejaban salir solo), y pasábamos por el frente de los establecimientos donde vendían licores, la cerveza me volvía agua la boca y el trago me rebotaba el estómago. Mi infancia fue una cosa rara porque me crié con mi abuela, una tía abuela y la muchacha del servicio y eso, hasta donde recuerdo, me convirtió en un solitario.
Tomamos un buen trago de la segunda botella llenos de recuerdos y añoranzas por ese amigo desaparecido que tantas horas compartió con nosotros. El trago es buen amigo de los amigos –pienso- porque nos trae imágenes y palabras que en sano juicio nunca recordamos. Pasada la ronda de trago que mermó el líquido como a la mitad, “Medio L”x prosiguió con la lectura:
- “A los seis o siete años, y sin saber el motivo, resulté de acólito en la iglesia del pueblo, un edificio enorme para un pueblo tan pequeño pero como la fe de sus habitantes era más grande que sus necesidades reales y como no existían en la población miserables absolutos la iglesia se construyó con la contribución de todos y hasta el reloj lo donó un familiar lejano de mi madre, tal vez como expiación de sus pecados porque, según me contó ella, era un fornicador empedernido que nunca tuvo hijos con su esposa legítima y si con varias mujeres del campo con la cuales sólo engendró mujeres que su esposa crió y educó con una paciencia de santa. En la penumbra de la sacristía me reencontré con el que habría de ser mi más fiel y asiduo amigo, de toda mi existencia, metido entre las botellas: el delicioso y nunca bien ponderado vino de consagrar que me convirtió en católico fervoroso pues me hizo pensar que si esa era la sangre de Cristo ese señor tuvo que ser una persona excelente. Como tres años me duró la dicha, y la fe, porque todos los días el curita celebraba la misa y era parco en el beber, de manera que en las vinajeras quedaba casi completa la sangre de Jesús que “salvaste al mundo” y yo no podía dejar que se perdiera este líquido sagrado, de manera que lo libaba con una fe extraordinaria. Además, me ayudaba el buen ejemplo del sacristán, un viejito que tenía una gran estimación por la sangre de Nuestro Señor y acumulaba botellas detrás del altar mayor. Parece que con un cambio de sacerdote descubrieron que el pobre sacristán estaba embriagado con mucha frecuencia por la dicha de tener al Señor en su interior y lo echaron. Para mí se acabaron las motivaciones de acólito; el cura que llegó era prácticamente abstemio en todo sentido y todo lo tenía medido y guardado; años después lo recordé en las líneas del maestro Quevedo y su obra El buscón. En algún momento, para ocultar mi estado, comencé a inventar mareos y dolores de cabeza que mi madre no creyó por pura intuición materna pero como mi palabra era ley para mi abuela, sí señor, adiós a los hábitos religiosos.
Edgar Tarazona Ángel
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Como ya cogí impulso y no puedo parar, les prometo un ensayo, con todas las de la ley, con todos los dioses de la mitología griega pero en este estilo humorístico. No sé si les agrade, pero mientras el administrador de EL RINCÓN DE LOS ESCRITORES no diga lo contrario y alguno me lea, seguiré gozando con este trabajo.
El suplicio de Prometeo
El Olimpo es una montaña griega, y en esta montaña ubicaron los antiguos griegos el conjunto residencial de los dioses. Allí también había estratos pero no socioeconómicos, ni se lo imaginen, se dividían en otras jerarquías que ya nombré en un artículo anterior y en la cual no quiero insistir, por ahora, porque se me van y no esperan la explicación.
Prometeo fue un gran benefactor del género humano. Un buen tipo, según los cánones actuales, Pero, igual que ahora y siempre, desobediente con las personas mayores. Por eso su padre Zeus le tenía una bronca terrible. Bueno, por ahora no quiero meterme en la genealogía de los dioses, porque hay varias versiones de la paternidad de Prometeo y en esa época no existía la prueba de ADN, entonces dejemos así por ahora.
La primera gran desobediencia se debió a la repartición de un buey (o güey como dicen los mexicanos).Cuando hizo la partición en dos partes en la primera puso el cuero, las vísceras y la carne; en la otra los huesos recubiertos de grasa apetitosa. Dejó que Zeus eligiera cual de las dos porciones apetecía y este eligió la de la grasa; cuando el viejo se dio cuenta del engañó se llenó de ira y se las guardó para más tarde. Ese es el origen de quemar los huesos en los sacrificios a los dioses y la carne si se la comen.
Qué cosa, siempre resulto saliéndome del tema. Pues Zeus quedó con resentimiento con Prometeo a causa de este engaño y como castigó dejó a los hombres si el fuego, entonces Prometeo, que había sido expulsado del Olimpo, subió a robarlo y lo cogió del carro de Helios (otros afirman que de la herrería de Hefestos y lo bajó en una antorcha para entregarlo a los humanos que morían de frio. Para vengarse Zeus ordenó a Hefestos que hiciera una mujer de arcilla y la llamó Pandora (la de la caja. A propósito, la etimología de Pandora dice que significa= la que todo lo da. En conclusión, en nuestra época existen muchas Pandoras) y se la entregó a Epimeteo, hermano de Prometeo, el resto ya se lo conté.
Lo de la caja y las calamidades que de ella salieron lo hizo Zeus para vengarse de la humanidad, ahora faltaba desquitarse de Prometeo y el viejito se ingenió un cruel tormento. Recuerden que en su condición de dios, Prometeo era inmortal, de manera que Zeus ni modo de mandarle sicario a que lo diera de baja. ¿Qué hizo?... ordenó a Hefestos que lo encadenara a una roca en el Cáucaso (cordillera de Europa) para que durante el día un águila le devorara las entrañas. Ahí no para la venganza; llegando la noche el pajarraco se iba y a Prometeo le volvían a crecer las tripas. Al otro día volvía la maldita a destrozarle el vientre y devorarle el hígado y demás asaduras. Y así eternamente…
Uffff, me dolió la panza de solo pensarlo. Pues como dice el refrán, “no hay mal que dure cien años ni estómago que lo resista”, Heracles (Hércules), pasaba por ahí rumbo al jardín de las Hespérides y le clavó una flecha al pájaro y liberó a Prometeo del suplicio. Después les cuento el enredo tan hijuemadre porque Hércules también era hijo de Zeus y estaba desobedeciendo a su papá (su papá de él), pero como tenía que cumplir otras tareas, Zeus lo dejó sano para el futuro joderlo (esa es otra historia).
Así fue liberado Prometeo pero con la condición de llevar un anillo metálico unido a un trozo de roca donde estuvo atado. En agradecimiento con su medio hermano (que relajo ¿no?), le reveló el secreto para apoderarse de las manzanas del Jardín de las Hespérides.
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