TOMO I
Capítulo 1
Ciudad de México 1976.
Federico partió rumbo a Asunción, donde tomaría el avión que lo llevaría a México. Nueva identidad, pasaporte falso, un extraño paquete a entregar cuando llegara a la capital mexicana. Todo un desafío pero, debía probar, no tenía escapatoria, era su última posibilidad. Francia no podía ser su destino final, era peligroso, además, Pérez le había dicho “no, Francia para ti no, eso cuesta mucho, pero muchos dólares y tú no tienes donde caerte muerto”. La negativa de Pérez y la probabilidad de ser descubierto en Ezeiza, le negaban toda posibilidad de viajar a París. No era su destino reencontrarse con su familia. En el Aeropuerto de Asunción no tuvo problemas con su pasaporte ni le revisaron el famoso paquete. Abordó el avión un Douglas DC 9 y esperó tranquilo el vuelo que lo llevaría a su destino final: México.
Cuando el Douglas aterrizó en el Aeropuerto Internacional de México, en Argentina se había producido el 24 de marzo de 1976 un golpe de estado que derrocó a María Estela Martínez, la viuda de Perón. Una junta militar integrada por el Teniente General Jorge Rafael Videla, el Almirante Emilio Massera y el Brigadier Agosti instalaban en el país una durísima dictadura con el beneplácito de los diferentes grupos de presión, partidos políticos y de la sociedad en general.
Federico se encaminó hacia la aduana y allí comenzaría una larga agonía, que duraría veinticinco años. La autoridad mexicana observó el pasaporte de Federico, lo retuvo por unos minutos, hubo consultas, no le colocaban el sello, los minutos se hicieron eternos para Federico, por último lo invitaron a pasar a una sala privada. Federico accedió, sintió que todo se le volvía en contra. Le retiraron su pequeña maleta y el paquete con el destinatario para Victorio Palacios. Un desconocido para él. Cuando lo condujeron a la pequeña sala, un inspector de la policía federal de México lo entrevistó:
-Señor Emmanuel Rodríguez Alba, soy el inspector Durán.
Federico trató de incorporarse para tenderle la mano, pero lo asieron con fuerza y lo volvieron a sentar, comprendió que las cosas no venían bien:
-Usted viaja con pasaporte falso, señor, usted no es ciudadano mexicano – fue la acusación certera del inspector – además ¿sabe usted que es portador de gemas de diamantes por un valor varias veces millonario?
-No tengo nada que ver con ello – alcanzó a decir Federico.
-Queda usted detenido por falsa identidad y contrabando. ¿Tiene usted un abogado?, si no lo posee la Procuraduría del Estado le ofrecerá uno. Tiene todas las garantías del debido proceso. Todo lo que diga a partir de ahora puede jugar en su contra.
Federico no entendía nada. Había sido víctima de un contrabando millonario y no sabía ¿por qué?, algo no le salía bien, desde aquel secuestro en Buenos Aires. Los milagros inesperados, lo habían salvado, hasta hoy, aquí ya no. Lo esposaron y lo condujeron a la alcaldía. Allí quedó detenido preventivamente. Se le proveyó de un abogado de la Procuraduría Federal, el que se presentó de inmediato ante Federico:
-Señor Rodríguez Alba, soy Leonardo López Ríos, su abogado provisto por el Estado Mexicano, deberá confiarme todo lo que sabe respecto del cargo más grave, contrabando de diamantes. Usted proviene de Paraguay y según su pasaporte es ciudadano mexicano, pero, lamentablemente esto deberá probarse por qué el mismo es falso, entonces… - se detuvo y se disculpó ante la mirada atónita de Federico - creo que he ido muy de prisa, es que debo preparar su defensa, y debo saber todo en detalle. Señor ¿Quién es usted?
Federico lo observó detenidamente, era un joven profesional, muy joven, casi inexperto, lo advirtió por su nerviosismo, cuando le tendió la mano para saludarlo, sus manos estaban sudorosas, la frente brillante por el sudor que corría por su rostro. Leonardo López Ríos era bien parecido, un joven mexicano recibido posiblemente en la Universidad Autónoma, su delicado manejo del idioma, le hizo recordar su juventud en la estancia de los Rivera Moscoso. Al fin le dijo:
-¿De qué defensa me estás hablando muchacho?, ya estoy condenado, mi nombre es Emmanuel Rodríguez Alba, soy mexicano, de Oaxaca como reza el pasaporte, hace muchos años que no vivo en mi país, soy profesor en Letras y me he recibido con honores en la Sorbona. Puedes averiguarlo – se arriesgó – pero de nada servirá aquí.
-Disculpe usted – interrumpió Leonardo López Ríos – eso debo evaluarlo yo, por favor coopere y dígame la verdad. La República Mexicana es un país libre, democrático y justo, tenga presente lo que le digo, profesor Rodríguez Alba.
-¿Usted quiere la verdad? – preguntó - ¿desea saber todo sobre mí?
Leonardo lo miró fijamente, luego respondió:
-Sí, señor, toda la verdad. Es la única forma en que podría salvarlo.
-Pero me entregarías a un censor más peligroso, cruel lo cual significaría perder la vida de inmediato. Por lo menos aquí iré preso por mucho tiempo, allá es muerte segura.
-¿Dónde es allá…señor?
-Argentina – respondió Federico – me extraditarían.
-Señor. Dispongo de todo el tiempo que desee. Cuénteme toda la verdad, por favor.
-Mi nombre es Federico Montemaggiore – dijo al fin – soy argentino, naturalizado francés, me secuestró la guerrilla para adoctrinar, soy izquierdista y ateo, o por lo menos lo era – recordó el milagro producido en ocasión de su odisea con el ejército - ¿puedo seguir?
-Lo escucho.
-Bien, pero, lo que diga aquí, en el estrado negaré todo. No puedo arriesgarme a una eventual extradición. Para mi familia soy un desaparecido, ¡qué más da! Amigo mío. Te contaré mi historia, espero no aburrirte. Pero, quedará entre nosotros. Tú imagina después la estrategia para que mi condena aquí no sea muy larga.
Y Federico Montemaggiore le contó toda su historia hasta su apresamiento en el Aeropuerto de México.
***
El juez le dictó la prisión preventiva, sin posibilidad de pagar una fianza. El delito era muy grave y por ello, Federico fue llevado a una de las prisiones del Distrito Federal, un centro preventivo en el ala norte de la ciudad. Allí esperó cinco meses Federico para ser juzgado en juicio oral, era totalmente inocente, su abogado defensor lo sabía, ya que Federico le reveló su historia, pero no tenía la autorización para contar esa historia, además, podría correr el riesgo que el gobierno militar de Argentina pidiera su extradición por considerarlo un “ideólogo peligroso de la guerrilla argentina”, cuestión que no era cierto, pero, las circunstancias del caso, así lo delataban, aún más, se lo creía partícipe en los sucesos de la Provincia de Tucumán, situación ésta que agravaba aún más su condición de “reo de alta peligrosidad”, sin huellas digitales, sin documentación que respaldaran sus dichos, la defensa se caería por sí sola. Mantener la inocencia de un tal llamado Emmanuel Rodríguez Alba era casi imposible, documentación falsa, agravado por el delito de contrabando y su “eventual relación con el mafioso Hipólito Navarrete, cuyo uno de sus alias era precisamente Victorio Palacios, buscado por la policía del Distrito Federal y con pedido de captura internacional, narcotraficante, contrabando de piedras preciosas, tales como diamantes y esmeraldas, con vinculaciones en Colombia, Estados Unidos y Paraguay. ¿Qué sabía Federico de éste personaje?, nada. ¿Por qué lo complicaron en esa misión tan peligrosa?, precisamente, por él no conocía a nadie, no había vinculaciones con ningún miembro de la banda y porque su presencia no lo vincularía jamás a ese tipo de relaciones. Pero, para mal de Federico, rápidamente fue descubierto y ahora debía enfrentarse ante un tribunal que lo condenaría sin más trámites. Una defensa sin estrategias para descolocar las acusaciones de la Fiscalía, todo se desarrolló en un clima de rechazos por parte de la Defensa, pero que no tenían sustentos firmes. La condición de declararse inocente, fue el único y verdadero acierto de esta triste situación por la que debió enfrentar definitivamente Federico Montemaggiore. Al fin la condena se dictó a veinticinco años de cárcel, sin posibilidad de reducción de pena. En 1977, a un año de su detención, Emmanuel Rodríguez Alba, ese era el nombre que mantuvo hasta el final Federico, fue trasladado a la prisión del Distrito Federal de máxima seguridad, dada su “vinculación” con el narcotraficante Hipólito Navarrete. Allí pasaría el resto de sus días. Tenía treinta y tres años cuando ingresó al penal y tuvo por compañero de celda a Eliseo Vázquez, un convicto por tráfico de armas, con una condena de treinta años, llevaba en prisión ya diez años. Tenía mucho por compartir con Federico Montemaggiore. Pero, antes de lograr su “estabilidad en prisión” debió sufrir los avatares de todo novato, el maltrato de los propios reclusos, el hacinamiento, por último la violación. Fueron dos años de penurias y desgaste para éste hombre recibido en la Sorbona, nacionalizado francés, buscado en Argentina por presunto partícipe de asaltos y crímenes, que no había cometido, buscado casi febrilmente por su familia y por el gobierno de Francia. Nunca se supo sobre su paradero, era un desaparecido de la dictadura que caía tras la derrota de la guerra de Malvinas en 1983. Los reclamos del gobierno francés, los reclamos de la familia de Federico, especialmente de Rocío, hasta el final de sus días, no pudieron dar con quien un día desapareció, producto de un secuestro de la propia guerrilla con la intención que fuera un ideólogo revolucionario y que adoctrinara a los nuevos reclutas. Toda una red de desaciertos que se concatenaron y terminaron con un cargo de adulteración de documento público y contrabando agravado por su vinculación con el narcotráfico. Toda una farsa, toda una mentira, de un hombre entero que se negó a someterse a la justicia de su país, sabiendo lo que le esperaba con un gobierno dictatorial, totalitario y exterminador de aquellos que pensaban diferente. Prefirió la cárcel de un país que conocía de lejos, que tenía presente de sus fuertes valores de democracia, libertad y justicia. Precisamente, con él, no se hizo justicia y padeció las desventuras más trágicas que un hombre podría haber resistido.
Solo el poder escribir su historia, día a día, desde aquel comienzo cuando llegara al pueblo de los Rivera Moscoso un diciembre de 1961 pasando por su período vivido en París y sus tribulaciones cuando llegara a su país de origen a finales de 1973.
Con su compañero de celda, Eliseo Vázquez trabó una excelente amistad, tenían la misma edad y habían pasado por la prisión los mismos momentos desesperantes. Tenían para compartir mucho, por qué mucho era el tiempo que tenían para estar juntos.
Eliseo Vázquez fue el compañero de celda de Federico, desde el primer momento en que Federico entró a la celda, hubo una comunicación entre ambos que los conectaba interiormente, no hubo recibimiento amenazador, ni mínimas discusiones por cuestiones domésticas propias a la convivencia en un habitáculo de tres metros cuadrados. Federico tenía lo único que había solicitado, papel y lápiz. Pocas cosas necesarias para la higiene de un hombre, una afeitadora eléctrica, jabón, toallas y ropa interior. Para su actividad diaria, Federico había solicitado trabajar en los talleres gráficos, la imprenta de la prisión que se ocupaba de trabajos que el Estado solicitaba y cuyo costo era mucho menor que si lo entregaban por licitación a empresas privadas. Claro, no podrían hacerse todos los trabajos, ya que el taller no contaba con maquinarias de avanzada, como así tampoco de muchos convictos que quisieran trabajar en ese ambiente con olor a papel y tinta. En cambio, Eliseo se desempeñaba en la cocina. Era buen cocinero y le había impuesto de un nuevo estilo a las comidas que se le servían a los convictos especialmente cuando se trataba de mayor número de los que se habían presupuestado. Él siempre podía encontrar soluciones simples que alcanzaban para dar de comer a un número superior al esperado. Ambos se reunían después de las actividades en el gran patio de la prisión, donde compartían amenas reuniones con otros convictos afines a sus modales y expresiones, por lo general no eran muy molestados por otros tipos que solo buscaban peleas. En algunas oportunidades, Federico tuvo que enfrentarse a éste tipo de situaciones, pero, pronto se apartaban, ya que lo consideraban un miembro del temido Hipólito Navarrete, el narcotraficante que se encontraba prófugo de la justicia. Pero, otros como los que se movían al lado de Ramón Hernández, solo esperaban una buena oportunidad. Los días pasaban y cuando llegó a oídos de Federico que la democracia había vuelto a la Argentina, demasiado tarde para él. Su abogado le aconsejó que pidiera informes a la cancillería argentina para analizar su situación, incluso, el gobierno francés reclamaba por su desaparición. Pero, Federico Montemaggiore, cansado de sus sufrimientos se negó a todo lo que le propusieran, era una incongruencia, según su abogado López Ríos, pero, Federico no iba a mostrarse así ante su Rocío, su eterno amor, ni ante su hijo. Acabado, destruido moralmente, enfermo, al borde de una muerte segura, sin tiempo de confirmación, pero segura al fin. No quiso hacerlo, sus seres queridos tenían que conservar la imagen que de él tenían, sin darse cuenta, que todos aquellos amores, sufrieron su desaparición hasta sus propias destrucciones.
***
Eliseo observaba con detenimiento los movimientos de Federico dentro de la celda. Colocaba su mesita delante de la cama y colocaba el papel prolijamente y después comenzaba a escribir. Al principio, Eliseo no se atrevía a preguntar sobre qué escribía, pero, un día la curiosidad pudo más que la discreción y en consecuencia le preguntó:
-¿Qué estás escribiendo?, ¿puedo saber?.
-Claro. Es más – se animó a confesarle – tú serás depositario de éste libro.
Eliseo lo observó con sorpresa:
-¿Yo? – preguntó - ¡ándale!, - le salió una expresión bien mexicana que causó gracia en Federico - ¡qué va, hombre!...¿qué he hecho yo para merecer esto?
-Mucho – respondió Federico – me defendiste en el patio de la agresión de Ramón Hernández.
-Pero, recuerda, qué tú primero recibiste una embestida en el comedor, cuando se acercaron a mí para recriminarme por qué te ofrecía más comida que a los demás, tú te interpusiste y… te la dieron a ti. Casi te desangras. Te operaron del bazo.
-Y tú me cuidaste – respondió Federico.
-Bah – exclamó Eliseo – parecemos dos viejas chismosas, tratando de ver quien hizo más.
Ambos largaron una risotada que resonó en casi toda la galería. De pronto, Federico comenzó a decirle:
-Mira, Eliseo. No llegaré a cumplir mi condena. Te confesaré algo.
-Emmanuel, no me asustes, por favor.
-Debes tomarlo con calma. Te diré lo que solo los médicos y yo sabemos, tengo el virus del HIV, en una palabra me contagiaron de SIDA.
-¿Cómo? – exclamó Eliseo – ¡cómo es eso!
Federico, trató de guardar calma y luego le relató un suceso que Eliseo desconocía.
-Recuerdas aquel día en que dos guardias me llevaron para un interrogatorio.
-Sí – respondió Eliseo – estuviste más de una semana ausente, nadie supo responderme que te había ocurrido, cuándo volviste, no me animé a preguntarte, tu rostro no era el mismo.
-La gente de Ramón Hernández me esperaba en aquella salita contigua a los baños de la Sección II. Bueno, me castigaron y por último me violaron, no sé quien fue o quienes fueron, recibí la humillación más terrible de toda mi vida ¿Por qué?, sencillamente porque aún creen que tengo relación con ese tal Victorio Palacios.
-Hipólito Navarrete – corrigió Eliseo.
-Bueno, o ¡cómo diablos se llame!, no sé quién es y no me importa, la cuestión es que me arruinó la vida. No quisiera contarte lo que he sufrido en todo éste tiempo, dos miembros de seguridad, seguramente pagados por algún personaje de Ramón Hernández, traicionaron su deber. Ellos vieron como me golpeaban, como laceraban mi cuerpo, me arrinconé en una esquina tratando de proteger mi rostro, allí, me desnudaron, y me forzaron…
-No sigas, hermano, te hace daño rememorar aquel momento.
-Es necesario que lo supieras, al tiempo, empecé a sentirme enfermo. Tú lo comprobaste, fui al dispensario del penal, allí me hicieron análisis y me confirmaron que tenía el virus del HIV. ¿Por qué?...¿por qué se ensañarían conmigo?
Eliseo tenía la respuesta:
-La banda de Ramón es contraria a Hipólito. Aquel está preso y éste se fugó. De allí viene la bronca, amigo. ¡Qué fatalidad!, mi amigo. Diosito no querrá que te mueras. Bah, siempre lo nombro y sostengo que soy ateo. – Se quejó.
-No, amigo, la suerte está echada, ya nadie puede hacer algo por mí. Solo tú, Eliseo Vázquez. Debes prometerme que cuando salgas de este infierno, viajarás a Argentina y entregarás esto a una mujer llamada Rocío del Valle, te indicaré los lugares donde podrás encontrarla, ella debe conocer mi historia y el porqué de tantos desencuentros. ¿lo prometes?
-¡Pues sí, amigote!...pero, tú no te vas a morir. Te lo puedo prometer.
-Mira, Eliseo, te contaré una historia, hay aquí en México una sola persona que la conoce, esa persona fue mi confesor civil: mi abogado defensor. Ahora la conocerás tú.
-Será un placer escucharla Emmanuel.
-Aquí está todo escrito, pero no quiero aburrirte con la lectura, te conozco que eres remiso a leer, pues entonces, te narraré mi historia.
Y así Federico Montemaggiore le contó a Eliseo Vázquez sus tribulaciones a partir del desencuentro con sus seres queridos.
-Mi verdadero nombre es Federico Montemaggiore, soy argentino, naturalizado francés…
Comenzó a contarle y Eliseo atento a su confesión, lo escuchó a la vez que algunas lágrimas comenzaron a correr por su rostro.
***
Eliseo Vázquez cuidó de Federico durante todo el tiempo que duró su enfermedad. En la clínica que fuera internado, bajo custodia policial, Eliseo solicitó un permiso extraordinario para cuidar a su amigo, habló con el alcaide de la prisión:
-Siento el deber de hacerlo, señor – le explicó Eliseo – este hombre siempre fue inocente y está pagando una culpa muy cara.
-Todos dicen lo mismo, señor Vázquez. Usted lo ha dicho en diversas oportunidades, ¿por qué debo creer en la inocencia del señor Rodríguez Alba?.
-Sí, es verdad, señor. Yo lo dije, pero tenía una razón, quería salvarme, tenía que inventar un pretexto. Pero, el caso de Emmanuel, es distinto, todo fue un engaño, un vil engaño y ahora sufre las consecuencias de esa confusión. Tiene SIDA, señor, permítame estar a su lado.
-Voy a pensarlo. Por lo pronto, puedes acompañarlo en la sala del penal, hasta que lo internen mañana. Veré lo que puedo hacer.
Eliseo se retiró con la esperanza de poder cuidar a su amigo. Federico estaba muy enfermo. Le sobrevino una neumonía que con los antibióticos que le proporcionaban en la sala de primeros auxilios del penal, no combatían la bacteria que infectaban sus pulmones. Las complicaciones se extremaban dada la enfermedad que padecía desde hacía tres años. En la noche, el cuadro se complicó y tuvieron que entubarlo con respirador artificial y trasladarlo a la clínica estatal. Eliseo no pudo acompañarlo. No obtuvo el permiso esa noche.
A la mañana siguiente, en su celda, por primera vez, Eliseo tomó el cuaderno que contenían cientos de hojas manuscritas y comenzó a leerlo: La dedicatoria estaba dirigida a: “Rocío, mi único y verdadero amor y para mi hijo Jean, para que conozca mi historia.”
Continuará…

Por fortuna, algunas costumbres de nuestros ancestros pasaron a mejor vida; los abuelos insisten, con una frecuencia inusitada que todo tiempo pasado fue mejor y muchos se los creen, la verdad es que, para mí, toda época tiene sus mas y sus menos, no todo lo que brilla es oro en ningún tiempo histórico y menos para todo el mundo, que lo digan las clases menos favorecidas. El asunto que me ocupa lo ubico en los comienzos del siglo XX y se extiende hasta los años sesentas. Estos sí, marcaron un rompimiento total con las costumbres del mal llamado mundo occidental, comenzando por la música.
Pero como lo de otros países no me consta y no quiero meterme en los libros de historia mi artículo está basado en lo que vi, oí y viví de manera directa con mis abuelos y otros antepasados de larga vida, o en carne propia:
1- El pañuelo y peinilla.
Desde los primeros años en el colegio o la escuela primaria al niño le inculcaban el aseo de su persona y estos dos artículos eran básicos para el correcto cuidado de su persona. Hasta aquí suena bien y parece adecuado, pero es que la mayoría de mis lectores no vieron lo que ocurría con los dichosos pañuelos y ni se diga de las peinillas; algunas personas usaban el mismo trapo por semanas y lo cargaban entre el bolsillo lleno de mocos y arrugado; había que ver durante las misas, en mi tiempo de acólito, como los campesinos, en particular, sacaban ese pedazo de tela mugriento y pringoso de sudor, mocos y otras sustancias naturales; los niños de escuela no escapaban de esto porque hay que agregar que cuando peleaban y se rompían las narices la sangre iba a parar al trapo en mención. Con los peines y peinillas, de uso obligatorio, se repetía la acumulación de mugre y otras porquerías. La caspa y la grasa natural del pelo acumuladas por meses, daban un aspecto poco atractivo cuando el dueño sacaba el peine para arreglarse el cabello. Después de una comida si alguien se sonaba o se peinaba le dañaba la digestión a los de estómagos poco acostumbrados a este espectáculo… dejo hasta aquí, porque se me revolvieron las tripas con los recuerdos.
2- Las escupideras.
No sé desde cuando existía esta puerca costumbre ni cuando desapareció. Estas eran unos recipientes que se colocaban en el suelo, en las salas, junto a las sillas para que los señores, óigase bien, los caballeros escupieran en el transcurso de la charla. En especial los fumadores y mascadores de tabaco solían fumar o mascar y escupir, era una mala costumbre social aceptada. Los pobres simplemente escupían en el piso y punto. Las escupideras se encontraban de diferentes tamaños y calidades: de peltre, de lata, esmaltadas, de porcelana y, atérrense, hasta de plata. La costumbre daba para chistes y caricaturas que ya no hacen reír porque casi nadie, que esté vivo, conoció esta cochinada.
3- Las bacinillas.
Estas vasijas, para llamarlas de algún modo, estaban en todas las alcobas y debajo de todas las camas para que los durmientes hicieran sus necesidades fisiológicas sin necesidad de salir del cuarto.
Los lectores de Cien Años de Soledad encuentran un episodio relacionado con las bacinicas cuando la hija de Fernanda del Carpio para unas vacaciones llega a Macondo con dos monjas y sus compañeras de curso, a cada una se le da una bacinilla y cuando se van se arruman en el cuarto del coronel Aureliano.
Esta asquerosa costumbre se debía a la distancia entre las alcobas y el inodoro. Las casas de antaño ubicaban el sanitario en el solar; algunas casas tenían letrina y, para e vitar los malos olores dentro de la vivienda, el cuartico estaba a unos treinta o cuarenta metros. La bacinilla remplazaba el wáter y pueden imaginarse el olor de las alcobas donde pernoctaban cuatro o cinco personas algunas solo orinaban pero otras defecaban, escupían y hasta vomitaban en los blancos recipientes. Por fortuna para todos, esto es tiempo pasado.
4- Los ceniceros por todas partes.
Por fortuna en Colombia y muchos países se prohibió la costumbre de fumar en público y en sitios donde hubiera concurrencia de gente. Hasta no hace muchos años el fumador podía encender su chicote donde se le diera la regalada gana y llenar de humo a quienes lo rodeaban. Como eso no afectaba a nadie, se suponía, en todas partes colocaban ceniceros para que el personaje bota humo pudiera sacudir las cenizas de su maloliente cigarrillo o tabaco; hasta en los hospitales había ceniceros y todos los carros venían equipados con el bendito artilugio.
5- El bofe de las tiendas.
Los pulmones de las reses, llamados también bofes, eran sometidos a una dosis de sal y colgados de un garabato en lo alto de las tiendas donde se vende cerveza, licores y víveres en general. Con el paso de los días el bofe se seca y adquiere una consistencia de cartón. Por encima desfilan en las noches ratones y cucarachas y durante el día las moscas y mosquitos se dan su banquete, creo que los excrementos de tanto bicho son los que daban el sabor especial a dicho bofe que era la delicia de los borrachitos que lo saboreaban con deleite, entre ellos mi padre y otros miembros de mi familia.
6- La telaraña para las heridas.
Que el niño se cortó, pues aplicarle una dosis de café molido y envolverle el dedo en una telaraña. Que la señora se cortó en la cocina, pues el mismo tratamiento. Ahora sé que eso no sirve para nada y si se corre el riesgo de mayores infecciones, así en mi familia todavía digan lo contrario algunos de sus integrantes. Yo recuerdo con asco mis dedos enrojecidos y los coágulos de sangre con un emplasto inmundo de café y telaraña que reflejaba todo menos salud.
7- Los purgantes fuertes.
Cada año los niños debíamos pasar por la tortura del purgante; ahora también se purga la gente, eso está claro, pero es que los purgantes de antaño eran un bebedizo preparado por alguna bruja sádica para torturar a los infantes. Recuerdo el quinopodio y otro más suave que venía, dizque, con sabor a limonada y se llamaba Limolax. Para el primero tenía que agarrarlo a uno entre dos o más adultos y abrirle la boca a las malas, mientras otra alma caritativa le tapaba a uno la nariz y le zampaban su dosis de purgante, claro, uno para no ahogarse pasaba el asqueroso líquido y listo, con un pedazo de naranja suponían que se le quitaba el nauseabundo sabor; este permanecía con uno por dos o tres meses y hast en sueños aparecía en pesadillas; en media hora o menos empezaba la romería al inodoro; en 24 horas uno arrojaba hasta pedazos de bofe y estómago. La mayoría éramos delgados tal vez porque en cada purga uno rebajaba el 50% del peso. Recuerdo que la mayoría teníamos parásitos y lombrices en el estómago y, para comprobar la efectividad del purgante, a las primeras cagadas nos sentaban en la bacinilla para comprobar si arrojábamos lombrices, si no salían bichos era porque faltaba otra dosis de vermífugo.
8- Heredar la ropa de los hermanos mayores.
Como las familias eran numerosas, de siete hijos en adelante, y la que tuviera menos se exponía al escarnio público, al hombre lo trataban de desnutrido, falto de calcio, maricón y otras lindezas, por eso para mantener la imagen de macho el tipo, en contra de las súplicas de su esposa, se dedicaba en cuerpo y miembro a darle al asunto para que la prole creciera, además era obediencia a la Sagrada Biblia que decía por alguna parte: “Creced y multiplicaos”… como el tipo culiaba y trabajaba y la plata no alcanzaba pues la ropa de los mayores se heredaba a los menores. Esto a veces era cómico porque algunos mayores eran bajitos y enclenques y sus hermanitos robustos, gordinflones y altos; no señor, todas las señoras tenían su máquina de coser y arreglaban la ropa. Era de verse unos tontorrones con los pantalones del hermano mayor que les llegaban hasta las espinillas y con camisas que no podían abotonarse. Otra situación complicada se presentaba en familias con mayoría de un género. Imaginen seis mujeres mayores y un varoncito; este casi siempre terminaba parecido a las hermanas con ademanes y todo. Si era al revés la niña peleaba a puños en la escuela y decía todas las groserías que escuchaba a sus hermanos; hoy no es raro porque maldicen parejo los chicos y las chicas, pero hace 50 o más años las niñas eran decentes. Y con la ropa… pues al niño lo vestían de niña hasta los siete u ocho años y punto.
9- Los pantalones cortos.
Esta costumbre si alcancé a vivirla. Los varones usábamos pantalón corto hasta los catorce o quince años y hasta la misma edad las niñas se vestían como niñas. Era en el baile de los quince que comenzaban a usar tacones y un maquillaje discreto. Se parece a lo de ahora, me dicen mis amigos con hijas quinceañeras que les dio por pedir en cambio de fiesta, crucero o computador portátil operaciones; ¿como la ven?, las niñas exigen de sus progenitores operación para agrandar o achicar los glúteos o los senos, arreglarse la nariz o cualesquier otro pedazo que consideran que no cumple con las normas de moda. La idea de las madres de antaño era que la piel crece pero la tela no y que la inquietud de los chicos de todas partes es subirse donde no los llaman y meterse donde menos es conveniente con el consiguiente daño a la ropa. Como la situación era tan difícil, pues mi chinito querido, se peló las rodillas o se despellejó las espinillas? Aguante que el cuero se remienda solo, si señores y uno exhiba pierna todo el tiempo.
10- Los castigos crueles.
Para mi es de lo mejor que ha ocurrido, la abolición casi total de los castigos físicos. Que se siguen dando es innegable, pero su disminución es grande. Es la peor de las costumbres de antes que por fortuna desapareció casi por completo. Con mi costumbre de enumerar algunas situaciones voy a dar una lista de los castigos de antes:
- La vara de rosa. No hay explicación que justifique que unos padres corten un gajo del rosal y le dejen las espinas para azotar a su hijo desobediente; claro que sacaban sangre y dejaban huellas pero, los padres de antes creían tener la autorización divina y humana para ensañarse con su prole.
- De rodillas sobre granos de maíz con dos ladrillos en las manos. Sólo imaginen el dolor. Uno arrodillado sobre granos de maíz con sendos ladrillos en cada mano y los brazos levantados al cielo, si se cansaba y bajaba los brazos, ahí estaba la vara de rosa para recordarle que debía conservar la posición. Este castigo era usado con frecuencia por los profesores por aquello de “La letra con sangre entra”.
- Dar vueltas con el dedo apoyado en el piso. Solo visualicen esta posición: de pié, con el cuerpo inclinado y uno de los dedos índices contra el suelo (no se podía despegar porque funcionaba la vara que sabemos) y a dar vueltas sobre este eje. Después de varias vueltas llegaba el mareo normal pero con la varita mágica se le quitaban al desobediente todos los vértigos.
- Mojarlo en la alberca y luego azotarlo. Sin comentarios, imagínenlo.
- Colgarlo de las manos y azotarlo. Igual.
- Coscorrones y jalones de orejas. De recordarlo me duelen las orejas y el cráneo.
- Mechoneo. Lo usaban las madres y las profesoras por diversos motivos; uno era no tomarse la sopa y otro no hacer las tareas.
- Cuclillas. Posición muy incómoda con las manos entrelazadas en la nuca y dar 30 vueltas o más al patio de recreo.
- Fuete común y silvestre. Lo administraban los papás con una destreza y frecuencia digna de otra causa. Usaban el cinturón, un lazo, el cable de la plancha, una manguera delgada o una fusta de las de arrear a los caballos.
- Encerrados en cuarto oscuro. Para los que sufrimos de claustrofobia o miedo a la oscuridad este era uno de los peores castigos.
NOTA. Yo viví algunas de estas malas costumbres. Lo de los castigos no me correspondió porque fui un niño formal. A mis hermanos si les quedan los recuerdos.
Edgar Tarazona Angel
http://edgarosiris310.blogspot.com

Después de seis años de una relación muy agradable, por no decir feliz, las cosas empezaron a cambiar entre ella y yo. No sé cuál de los dos fue el primero en comenzar con sarcasmos, ironías y comentarios mal intencionados contra las actividades del otro. Lo cierto es que nuestro amor, o lo que fuera, se deterioró hasta el punto en que decidimos tomar cada uno nuestro rumbo y comenzar de nuevo con otra persona.
Como seres civilizados acordamos dividir todo, de acuerdo con lo que cada uno había aportado durante el tiempo que lo nuestro duró. Hicimos un inventario de común acuerdo y decidimos que ella se fuera antes. En el contrato de arrendamiento yo figuraba como responsable del inmueble y, como aun restaba unos días pensamos que no era justo regalarlos y entregar el departamento en la fecha de vencimiento.
Ella se fue pero no me entregó sus llaves, detalle que descubrí más tarde. Yo viajé a otra ciudad para buscar alojamiento, con la relación sentimental terminada no quería permanecer ni un minuto más en esta ciudad que me llenaba de recuerdos, así que dejé pasar dos horas después de que ella sacó sus pertenencias y viajé a una ciudad cercana con la intención de regresar el día anterior al cumplimiento del contrato.
Algo me dolía, seis años de convivencia dejan rastros en el cuerpo y en el corazón, yo la quería y creo que ella me correspondía pero, había algo que nos alejaba cada día más. Nunca pensé que ella se llevara los motivos de la separación. Fue su venganza. En mi ausencia la maldita regresó y se llevó el Wi, el DVD y el TELEVISOR.
Edgar Tarazona Angel
http://edgarosiris310.blogspot.com

Emilio no había podido desentrañar el sentido de la vida... y decidió adentrase en el conocimiento de la muerte. Bueno, más que en el entendimiento del sencillo proceso de morir, buscaba la comprensión del más allá, adelantarse a lo que tarde o temprano le depararía el destino.
Deliberadamente había descuidado su cuerpo. Ni su salud ni su aspecto eran motivo de mayor preocupación. Lo atribuía al rechazo de vanidades y delicadezas que no iban con su hombría. Era consciente de las consecuencias de su negligencia, “pero si he de morir qué más da que el momento se atrase o se adelante”.
“No te quieres, le insistía Adriana”, reprochando su desidia. En un comienzo le pareció lógica la conjetura de su amiga. Aunque no lo sentía así, ahí estaban las señales que hacían imposible refutarla.
¿Pero su seguridad, el aprecio por el producto de su raciocinio, la jactancia de su inteligencia, el alarde de su intelectualidad podían ser demostración y efecto del desinterés en sí mismo? ¡No! No era que no se quisiera, era que siempre había enaltecido la función cerebral sobre cualquier otra actividad orgánica. Él era el producto de su actividad mental; los órganos, salvo el cerebro, eran apéndices sin relevancia. La deducción le pareció correcta.
Se estimaba y mucho, pero estimaba su ser mas no su cuerpo. Bueno, tampoco era que lo despreciara, al fin y al cabo era el medio en que se trasportaba en este mundo y el vehículo de sus dichas terrenales. Pero tampoco estaba dispuesto a ser su esclavo, convencido como se hallaba de que algo más trascendental tenía que aventajarlo.
Sin embargo la inmortalidad, en el fondo de su ser le interesaba, así que le refregaba al cuerpo su finitud, su carácter perecedero, su tránsito fugaz; su carácter mortal que truncaba de paso la actividad del cerebro, el más apreciado de sus órganos. Si no iba a existir materia gris para seguir pensando, dedujo que debía escribir su pensamiento para inmortalizarlo. Sí, escribir sería una forma de trascender, de no morir definitivamente. Y alternando los gozos, esos si de su materia, con la fascinación carnal que le brindaba Adriana, razonó, enjuició, dilucidó, pontificó y escribió, escribió y escribió para dejar su impronta en este mundo.
Pero llegó el día en que le pareció insuficiente perdurar tan solo a través de sus escritos. Dejar a la posteridad su pensamiento apenas lo estimó un consuelo: no la idea, sino su autor debía ser inextinguible. Si el cerebro era mortal y fallecía, no debía ser, probablemente, el artífice de ideas que perduraran, sino un vehículo apenas del que su alma se servía. Un medio físico para exteriorizar un mundo psíquico intangible. “El cuerpo, entonces, apenas es ropaje. Un atuendo que alberga mi ser en esta tierra. ¡Qué ignorancia: dizque el hombre ansiando eternidad cuando es eterno¡”. Le gustó la conjetura. “Probablemente la gente confunde el cuerpo con el ser. El cuerpo es una indumentaria, una simple prenda que utiliza el alma”. Y empezó a buscar argumentos que la sustentaran.
Comenzó a discriminar cuerpo y alma en cada ser humano; a ver a sus semejantes más allá de su aspecto y de sus formas. Halló cuerpos que fascinaban por su lozanía, físicamente bellos, sobre todo por los encantos de su juventud. Cuerpos, también, ajados y marchitos, objetivamente sin atractivo alguno; infames con los seres adorables que llevaban dentro: almas nobles agobiadas por los dolores corporales, almas hermosas albergadas en una materia deslucida. Intuyó dentro de la sustancia corruptible una llama inextinguible, una luz eterna y apacible, e imaginó en la muerte el parto del espíritu, la liberación del alma. Fue entonces cuando le dijo a Adriana que imaginaba su alma atrapada en un cascarón que era su cuerpo. Y que presentía que cuando esa cubierta se quebrara, como en el nacimiento de un pichón que brota del cascarón del huevo, su alma emergería del cuerpo y recuperaría la libertad que lo cohibía. Entonces se volvieron rutinarias sus críticas a lo material del ser humano. “Esclavizado por el cuerpo se le va al hombre la vida en esta tierra”. Y Adriana reaccionó creyendo que había hecho presa de su amigo la locura, de pronto, el fanatismo de una secta religiosa. ¿Cómo iba a imaginar su cuerpo como esclavo padeciendo al recordar la dicha de Emilio disfrutando el suyo, al percibir el gozo de su tacto sobre su piel desnuda, al experimentar en su cuerpo su mirada lúbrica? Pero no, a esa esclavitud, si es que lo era, Emilio no aludía. Se refería a las acciones obligadas, nunca a las placenteras y espontáneas. Así que para evitar la confusión de Adriana amplió la exposición en estos términos: “Al cuerpo hay que darle alimento, hay que vestirlo, hay que brindarle un techo, hay que darle medicinas y otro tipo de cuidados. ¡Todo cuesta! ¡Para eso se trabaja! Se es esclavo del trabajo para satisfacer necesidades. Creo en cambio que el alma no demanda nada”.
¿Y cómo negarle el argumento en lo atinente al cuerpo si los más exigentes, los del recién nacido y del anciano, son incapaces de cuidarse solos? Perecerían sin alguien que se apiade de ellos. “Se nos va la vida en la incertidumbre de la supervivencia, atesorando para no sufrir o amasando para veleidad del cuerpo. No imagino el alma hambrienta ni sedienta, padeciendo por el calor o el frío, precisando de joyas o dinero, doblada por la artritis o doblegada por la enfermedad coronaria, el accidente cerebrovascular o el enfisema. Ni siquiera rendida por la vejez o por la muerte. Del alma son los sentimientos, las virtudes, lo que no tiene precio, lo impalpable. Todo lo que exige el cuerpo es material, y todo lo material se transa con dinero. Luego el cuerpo tiene que esforzarse en conseguirlo. ¡Trabajar para apenas sobrevivir toda la vida!”.
Le pareció lúgubre a Adriana la interpretación de la existencia que formulaba Emilio. “¿Y dónde queda la exaltación que nos suscita el amor, la dicha de un paisaje, el gozo de un poema, la alegría de unas notas musicales?”. “Adriana, esos son placeres del espíritu, los sentidos solo son el medio que los capta. Tener esos goces es lo que yo reclamo. Es eso radica mi protesta: que preocupado en mi manutención tenga que relegarlos. “Y los pospones tanto -concluyó Adriana llevándole la idea- que te vas sin haberlos disfrutado”. Era una frase desalentadora, pero no para Emilio, quien ya había elaborado un mundo que lo serenaba, que calmaba y explicaba sus insatisfacciones terrenales y pincelaba de ilusiones y esperanzas el universo que se abre tras la muerte. La parca no iba a ser una maldición sino una dicha. Por eso dijo: “Pienso más bien que al partir podré por fin comenzar a disfrutarlos”.
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Luis María Murillo Sarmiento ("Cuentos críticos y reflexivos")
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Introducción
Hablar de conflictos y colectividades hace ver un panorama más amplio y complejo de las relaciones entre Estados en el juego de los imaginarios de la geopolítica, sobre todo si se usa el modelo abstracto del hombre animal, del hombre territorial que sigue subyugado por sus pasiones instintivas de supervivencia, y poco le mueve el enaltecimiento a través de la razón y la cultura.
Esto nos hace pensar en la posibilidad de ver interacciones más complejas, donde no basta fijar la mirada en la imagen del hombre como la de un tigre, sino más bien en las relaciones que existen entre otros felinos como los leones, o en un grado más cercano a la primitiva forma psicológica y social del hombre en la figura de las sociedades complejas de gorilas y chimpancés, donde esta naturaleza territorial es observada entre grupos o sociedades animales, pero también al interior de ellas la traición, el engaño, la sublevación y las reconquistas, elementos que hacen honor al ejercicio de la inteligencia, pero no de la razón.
Estas formas primitivas de comportamiento pueden ser una explicación a la extensión de los conflictos y a la dura tarea de civilizar y hallar respuestas pacíficas, sobre todo si la cultura y los valores no humanizan, sino que se convierten en enclaves de suave acción de la persuasión de las potencias y las élites sobre las masas, y los Estados menos desarrollados, con un efecto fuerte sobre las consciencias y estabilidad de los pueblos. Cada conocimiento y cada avance ha significado cambios culturales, con sus propias víctimas, y la democracia es uno de estos inventos para controlar las fuerzas primitivas, y ordenar los espacios de participación colectiva que conlleven a la vida pacífica, el bienestar y el desarrollo de los pueblos, pero es inevitable la diferencia entre sociedades acerca de la evolución de este modo de vida y de régimen que toma tonalidades diversas y que desdibujan los efectos esperados de la democracia, tanto en aquellos que la tienen, como en aquellos que no, o que están en vías de adquirirla. De todos modos, es la excusa cultural y la ambición social que ha denotado más oportunidad, y que tarde o temprano se inocula en las sociedades más cerradas, y rompe con los paradigmas que hasta ahora habían permanecido.
Estos matices dibujan tendencias, como aquellas mencionadas por Dominique Möisi (2009) en su percepción geopolítica sobre una división del mundo en culturas de la emoción, en las que se fijan las sumas de los tiempos, las pérdidas y ganancias de los Estados y Naciones, en torno a una predisposición emocional a actuar en la historia y las formas de supervivencia y competencia, donde claramente expone al mundo árabe e islámico como el más afectado de todos, en una semblanza de desesperanza y humillación. Humillación que señala a Occidente como la culpable, y a los tiranos soberanos de sus Estados como los ejecutores de una lógica que contradice los nobles ideales de sus tradiciones, y profundiza la baja autoestima del pueblo árabe (Luban, 2009). Pero estos elementos tienden a ser deterministas, y no hay nada más anti científico que el determinismo, y la dogmática de la salvación o la perdición aplicada a un escenario que va más allá del bien y el mal.
Es más sorprendente observar como las emociones del dominado tienen su límite de resiliencia, y en las diminutas luces de la esperanza se rebasan las tendencias, predicciones y los juicios que dan por sentado una situación. El pueblo árabe con ciertas enfermedades anómicas (Durkheim, 1951; 1989), y con la amalgama de las esperanzas occidentales y la identidad cultural del islam ha mostrado avisos al mundo que no está destinado al mismo ciclo de circunstancias. Sin que suene novelesco, es la dinámica del agotamiento de regímenes la que ha dado tiempo para permitir la consciencia colectiva y el uso de múltiples formas de comunicación y acción, que bien puede no tener aún un norte claro, pero está marcando la diferencia entre resistir y actuar en la reconfiguración de los Estados Árabes que tradicionalmente han significado pobreza y opresión generalizadas. La Primavera Árabe es la reacción de los leones jóvenes, inexpertos pero con fuerza, de los homínidos que han aprendido el juego de la contra presión y apuestan al cambio por una democracia, que no sabemos si tendrá los encantos particulares de occidente, o si será una mediación necesaria entre tradición islámica y la novedad de la globalización y la integración económica.
Ante estos avisos asoma también la imagen de interacciones novedosas como las que ocurre hoy en día entre los países del hemisferio sur, puesto que tienden a organizarse como una asamblea en la que se reconocen cara a cara posibles actores de un nuevo proceso histórico, que aún es indeterminado. El mundo mira la Primavera Árabe y se pregunta qué repercusiones tendrá en sus propias localidades, en especial el mundo en desarrollo, el cual puede tomar esta realidad actual como una advertencia, o en el mejor de los casos en una inspiración en la búsqueda de libertad, emancipación y autonomía de las presiones de dominación.
Ante esta posibilidad, ¿Cuál es o podría ser el efecto de la Revolución Árabe en Latinoamérica?
FP: La Primavera Árabe puede considerarse como la cuarta ola de democratización en respuesta a la prolongación de regímenes autoritarios en la región geopolítica del MENA, la cual ha tenido además un efecto de contagio importante, con consecuencias diversas en el escenario latinoamericano, que animan la defensa de derechos y las dudas sobre la fortaleza de los regímenes existentes. No obstante, las características socio – políticas y económicas del proceso árabe son de distinta naturaleza a las posibles concentraciones de conflicto y cambio en Latinoamérica, por lo que no se puede hablar de una migración de los ánimos revolucionarios, pero si pone de manifiesto el proceso de multipolarización y la concentración de esfuerzos regionales cerrados que predicen cambios en el sistema internacional.
