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La hipocresía, las modas, parecen estar ganando terreno en nuestra sociedad. El otro día en el recreo vi a unos chicos abusando de otro: tirándole trozos de pan, comida del suelo, incluso gusanos. Un acto muy duro de ver que me causó especial repugnancia hacia estos chicos y lo que eran capaces de hacer.

Sin importarles como se sienta, lo único que buscan es pasar un buen rato y sentirse superiores, sin una pizca de compasión o de lástima. Aunque les llames la atención, no cesan en su intolerable tarea. Pero la mejor parte viene ahora, todos están contra el maltrato animal. Manifiestan enérgicamente que su rechazo a estas actividades, porque causan el sufrimiento de un animal. Así se limpian la conciencia, maltratando a personas y diciendo que los toros son una barbarie. Lo que destaca de estas personas es su gran hipocresía como podéis observar, maltratan a los de su alrededor y proclaman que lejos de ellos se cometen masacres.

Claro que esta opinión de estos chicos, no viene de pararse a reflexionar sobre el tema, viene de lo que la mayoría de la gente piensa. Incapaces de forjar su propia opinión adoptan la del resto, olvidándose de las cosas que ellos mismos podrían solucionar, en lugar de actuar impulsivamente como animales. La gente va defendiendo a las mujeres y  posteriormente comentan el estado de su culo, con los colegas, van de solidarios y pasan al lado del pobre sintiéndose superiores, como si su dinero los posicionara en un rango superior, ven las torturas de yihadistas, etc y en su cerebro lo único que cobra importancia es el resultado del partido de fútbol.

Algunos pocos, si nos damos cuenta de esto, por mucho que luchemos la situación no se arregla, ya que nos falta el apoyo del resto para construir un mundo mejor. Creo que peco de utópico, pero la realidad es que no aguanto estas fechorías, imagino un mundo mejor que me gustaría que existiera. Dónde las personas no vayan a las manifestaciones solo cuando les afectan a ellos, si cuando también les afectan a sus vecinos, dónde antes de arrojar una piedra al prójimo se pongan en su pellejo, dónde un producto no nos cueste poco dinero a costa de la explotación de un niño, asi como tantas injusticias sin solucionar.  Claro que como su denuncia no está de moda, la mayoría de la gente no repara en ellas.

Poco a poco vamos perdiendo la esperanza de conseguir nuestros propósitos, ya que otra actitud de moda es la de pensar poco. Existe una posibilidad de que esto se arregle que será cuando el hombre salga de su minoría de edad, mecionando a un gran filósofo de la Ilustración. Mientras tanto nos evadiremos leyendo, sintiéndonos acompañados por tantos escritores y poetas que ya en el pasado se dieron cuenta del alto nivel de hipocresía, y navengando entre sus versos nos sentimos reconfortados.

 

2014MONOLOGO

Una madre con ocho hijos, todos incrustados en una humilde casita en los suburbios de la ciudad, pincelaban este miserable cuadro en donde vivía el niño. Era esmirriado, con una mirada envejecida por el dolor. Su pelo renegrido y áspero como la lana recién esquilada, su presentación. No conocía el colegio, no había tiempo para ello. El trabajo temprano fue todo su destino. Las pocas monedas que podía conseguir junto con sus hermanos mayores, mitigaba escasamente el hambre.    

Un día ingreso a su pueblo un gran circo. Allí actuaba un payaso llamado “Chocolate”. Era un hombre de origen brasilero, moreno, fornido y de muy mal carácter cuando bebía.

Esa noche se le acercó a la madre del niño y le propuso enseñarle el oficio de acróbata. La mujer, pensó que por lo menos comería todos los días y aprendería un oficio. Se lo dejo en custodia. Con solo nueve años, comenzó a ser parte del Circo.

La fantasía del niño fue pronto dando paso a la crueldad de este payaso. Lo golpeaba ferozmente cuando no lo asistía correctamente. En esas noches oscuras, junto al olor nauseabundo del excremento de los leones, el niño trataba de entender su destino, luego de un llanto silencioso.

Pasaron un par de años cuando un famoso empresario cinematográfico lo vio actuar en una sencilla intervención en escena, cuando el payalo lo dejaba. De inmediato fue llamado a realizar pruebas. Su aspecto pequeño, armónico y su mirada triste, asemejaban muchísimo a “Cantinflas” en sus mejores momentos.  Tenía una simpatía que atrapaba al público, a pesar del trato que recibía. Fue contratado para realizar algunas películas hasta que finalmente le llego la fama.

Pasaron varias décadas cuando una noche decidió ir al circo en donde trabajó, que aún existía y daba espectáculos.   

Compro la entrada y cuando se disponía ha ingresar, vio un figura grotesca. Un viejo negro, con la cabellera muy blanca. Sus ojos desorbitados y enrojecidos. Como estaba encorvado, casi no podía ver de frente a las personas. Vivía de la caridad del circo que alguna vez lo vio triunfar.

Lo reconoció de inmediato; comenzó a recordar esos golpes, ese inhumano trato hacia un niño. Su corazón se aceleró. El odio se mezclo en su sangre. La venganza y el regocijo del caído, del que tuvo su castigo, hizo metástasis en su cuerpo.

Se le acerco y pregunto:

- ¿ Eres el payaso Chocolate ?.

- ¡ Quien pregunta ! - Respondió soberbiamente el moreno.

- ¡ No importo eso!.  Solo dime una cosa. ¿Si pudieras reparar todo el daño que has hecho en tu vida, lo harías? ¿Te arrepentirías de corazón?

Casi con indiferencia, respondió:

- Nunca he causado daño a nadie.

El hombre se indigno, lo tomo bruscamente de los hombros y lo forzó a verlo a los ojos.

-  ¡No me recuerdas ahora!

El viejo se puso de pie con la única pierna que poseía, con lágrimas que inundaban su rostro y una voz que apenas podía oírse, le dijo:

- Hijo mío, en esos años yo era un monstruo, dominado por el alcohol y el resentimiento. ¡Si!...es verdad te hice mucho daño, pero la justicia divina se ha encargado de mí. Pero si acaso eso no fuera suficiente, si buscas la venganza, ¡aquí me tienes, cóbrate de lo que queda!

El hombre se conmovió por las palabras de ese viejo. La voz se le astillo y solo pudo decir:

- Te perdono.

En una noche llena de luces y diversión, un triste payaso se redimió y un niño recupero la misericordia. Fue una noche de plegarias silenciosas.

 

* Nota del autor: la historia esta basada en hechos reales. Vida de “Pepe Biondi”, gran cómico argentino, fallecido en 1.975 (ver wikipedia).

 

2014MINICUENTO

Hoy amaneció más temprano que de costumbre, parecía un día especial, bien diferente a la cotidianidad de los días anteriores; me despertaron a las 4 de la mañana, cuando normalmente lo hacen a las 5; pero que importa, pensé en el momento, si es un día diferente a los demás, eso sí como siempre me costó ponerme de pie, pero tal vez un poco más que de costumbre. Mi primera rasión también fue más temprano que de costumbre, y no fue esa rasión rendida con hollejos de papa, y melaza, revuelta con pasto seco; hoy por ser el día que es, recibí 2.0kilos de comida de mejor calidad; hacía mucho tiempo no gozaba de una primera comida tan exquisita, como hace mucho tiempo no gozo de la posibilidad de que me vean y cuiden mis 44 dientes, que aun poseo; de una sesión de belleza, lavado y cepillado de mi pelaje, de que me le hagan mantenimiento a mis cascos, o lo que de ellos queda. Ya desayunado y habiendo abrevado suficiente agua, estoy listo para iniciar mi jornada; mi dueño, inicia la tarea de montar brida y asideros, asegura con violencia las correas; por ahora puedo mover mi cabeza y girar mis ojos para mirar el rededor; amanezco como tantas mañanas de los últimos días de mi vida en un pequeño establo, construido con madera, recubierto de latas, tejas y escombros, un piso tosco y averiado, a un costado la vasija para el agua, unos palos con utensilios, y unos compañeros de infortunio, acechando, son inquietos insectos que logro espantar o controlar con mi cola. Llega el momento en que me quitan la posibilidad de mirar a mi alrededor, me colocan las anteojeras, y ya solo veré hacia el frente y nada más, cuando eso sucede me da tristeza, y quisiera llorar, me siento humillado, pero igual soy solo un animal, tal vez no debería ni sentir, con resignación lo acepto. Ya aseguradas a mi espaldar ese montón de tablas desiguales y desgastadas, que conforman la vieja carreta, con unas correas gruesas y fuertes, y unos palos que llegan a mí lomo y lo tallan permanentemente, estoy listo para la jornada.

Hora de salir, ya despinta el sol en el amanecer, que me muestra un día diferente, y sí que lo va a ser.

Mi amo da inicio a la jornada, pega sus primeros latigazos, y por reacción empiezo a caminar; me duele un poco al pisar, pero no me detengo, veo al frente, que es al único lugar que ahora puedo mirar, y puedo observar este precioso amanecer que cubre toda la ciudad, abajo en esa jungla de cemento a la que pertenezco por asares de la vida desde hace algunos años, y la cual recorro a diario, cargando en la carreta todo tipo de artefactos inservibles.

Mi nombre Negro, un caballo de pelaje prieto; primogénito de dos hermosos y reconocidos ejemplares; Sultán, un caballo fino de carreras, de color café, hermoso, descendiente de la más alta alcurnia equina venida de Europa, nacido y criado en Alemania, y Tormenta una preciosa yegua negra de paso fino, nacida en las rancherías de crianza mexicanas; ambos fueron traídos a este País, con el único propósito de explotar sus cualidades, su talento y su belleza. Estuve cerca a ellos y especialmente cerca a mi Madre durante muy pocos meses, en los cuales me amamanto, me cuido, me entrego el amor, que aún hoy guardo en mi corazón. De allí fui trasladado a unos corrales en donde estábamos un grupo de jóvenes ejemplares, briosos, deseosos de comernos el mundo, y todo ese pasto que se veía a la distancia; el lugar, espectacular; ubicado en una meseta verde, muy bien cuidada, con unos establos hermosos, en donde cómoda y plácidamente podíamos dormir, y en el día nos llevaban a entrenamientos, y nos trataban muy bien, nos daban cariño, aunque debes en cuando recibíamos fuetazos para corregir nuestras malas posturas o nuestras erróneas acciones; pero todo en pro de nuestro aprendizaje. Contaba con especialistas para cada cosa, uno que era el entrenador o domador, otro que era quien me daba de comer, y de beber, me cuidaba el pelaje, me peinaba, me aseaba; otro que cuidaba mis cascos, me herraba; otro que cuidaba mi dentadura, y un último que me visitaba de vez en cuando que era quien me vacunaba, y veía porque estuviera bien de salud.

Gracias a mis entrenamientos, llegue a ser un caballo de paso fino, tan talentoso como mi Madre, sin duda de ella lo herede; sin embargo, llego el momento de devolver a mis entrenadores lo que me habían proporcionado, y fui vendido con tres compañeros más, a un hombre gordo, de voz gruesa, torpe y fuerte para hablar, pero dueño de una gran fortuna, y unas finas y extensas tierras, a las cuales fui a parar. Allí comenzó una gran carrera, y aunque contaba con los mismos y hasta mejores cuidados que en mi anterior hogar; viajaba largas horas de un lugar a otro mostrando mi talento y haciendo que mi dueño se sintiera orgulloso ganando durante mucho tiempo todo tipo de concursos de paso fino, llegue a ser de los mejores en mi oficio, y nunca me prive de dar lo mejor de mí, quería ser el primero. Tantas jornadas, tantos viajes, tantos trotes, tantas actividades, tantos lugares, a pesar de los cuidados hicieron que un día me enfermara, tuve episodios de insomnio absoluto, y cólicos insoportables; fiebres insistentes e incontrolables, y dure varios días postrado, bajo tratamiento veterinario. Al cabo de un par de meses, logre sortear la enfermedad, y volví al trote, logre salir de nuevo a los pastales y a gozar de su belleza; sin embargo, ya no pude ser el mismo; mis patas se enroscaban y ya no las podía dominar para hacer mis presentaciones, era torpe en los movimientos, y aunque sabía que tenía que hacer, me era imposible hacerlo bien; así que fui relegado por caballos jóvenes, altivos y talentosos. Me llevaron a otros corrales, con otros caballos, y mi vida, aunque aun ligeramente cómoda, empezó a ser tediosa y cotidiana; mi comida ya no era la mejor, y la responsabilidad de mis cuidados y atención, se centró prácticamente en un solo hombre.

Un día todo acabo, el hombre gordo, fue sacado a golpes de su casa, junto con muchos de los que nos cuidaban. La hacienda fue invadida, y ya no contábamos con cuidados, y padecíamos de todo tipo de vejámenes. Iniciaron un proceso de selección, en el que llevaron a un lado aquellos caballos más jóvenes y con mejores condiciones físicas, y al otro quienes estaban enfermos, o habíamos tenido algún episodio de salud y que se evidenciaba de alguna manera en nuestro cuerpo; nos trasladaron a otros corrales más incomodos, casi que nos pisábamos unos a otros, no había pastizales, y la comida que nos traían era tan poca que la teníamos que pelear. Algunos enfermaron, y murieron. Yo me volví agresivo, y luchaba por mi espacio, y ración de comida; rogaba porque otro muriera, así el espacio se hacía mayor. Pasaban los días en la monotonía de esas dificultades, sin ver el cielo abierto, sin probar pastales, con cantidades medidas de agua, sin que nos visitara el veterinario, a pesar de los males que aquejaba el grupo. Un día llegaron por mí, me enlazaron, y me sacaron del sitio; Pensé que era realmente una nueva oportunidad de vida, pero empezó una etapa aún más dura, mi trabajo empezó a ser rudo y fuerte, debía arrastrar una carreta, en medio de un lugar árido, frio y atiborrado de personas, calle abajo y calle arriba sin detenerme; pronto mi kilometraje disponible fue acabando, y cada vez me fue más difícil. Esta mañana sentí esa carreta más pesada que de costumbre; hace unos segundos su peso se hizo mayor, imposible de arrastrar y aunque como siempre lo hice, puse todo de mí, me esforcé; pero no fui capaz, mi pesado cuerpo se desplomo, cayó sobre el frio y duro pavimento, y sonó tan fuerte como una inesperada explosión, de verdad que sentí el duro golpe, estaba en el suelo; mientras ello sucede pienso en cada minuto que la vida me dio, esos hermosos momentos y aquellos duros y amargos; las personas que estaban a mi alrededor me jalan de un lado y del otro tratando de que este cuerpo cansado se vuelva a levantar, incluso me dan correazos pensando tal vez que es negligencia o pereza, y de verdad que lo intento, sufro porque no puedo, y de nuevo lo intento; me canso, mi débil y agotado corazón late cada vez más despacio, y luego ya no me esfuerzo, mis ojos miran hacia el infinito, ahora todo se me hace borroso, parece que ya no siento, y mis ojos se van cerrando poco a poco, poco a poco; sabía que hoy sería un día distinto, y mis ojos se cierran poco a poco, poco a poco.

 

2014CUENTO

Entre los dos hay un velo

Portal de lo imposible.

Y nos separa y nos ciega,

Nos hace invisibles.

 

Entre los dos hay universos,

Vacíos infinitos.

Y soles llenos de energía,

Y mundos de otros mitos.

 

Entre los dos hay muchas vidas,

Cruzando los destinos.

Hay corazones doloridos,

Y amores desteñidos.

 

Entre los dos hay traiciones,

Y hay egoísmo eterno.

Hay muchas otras emociones,

Tratando conocernos.

 

Entre los dos hay un desierto,

Cuando nos separamos.

Hay tanta arena tormentosa,

Cuando ya no amamos.

 

Entre los dos hay un presente,

Basado en un pasado.

Creamos juntos el futuro,

Y juntos lo forjamos.

 

Entre los dos hay tanta vida,

Momentos inolvidables,

Que sanan siempre las heridas,

Cuando nos peleamos.

 

Entre los dos la vida misma,

Parece inabarcable.

Viviendo siempre a tu lado,

Parece interminable.

 

Entre los dos, tantos momentos,

Tristes, bellos, felices.

Hay tanto más que puedo darte,

Cuando “Te Amo”, dices.

 

Entre los dos, llegando a viejos,

Mirando el pasado.

Amar podremos sin miramientos,

Como por Dios es dado.

 

Entre los dos, entre tú y yo,

Incluso en la tumba,

Siempre que estemos juntos,

No hay muerte que sucumba.

 

Lunes, diciembre 16 del 2013

 

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2014POEMA

 

Tratado de simiología

 

Como primatólogo, un día descubrí que existían más especies de monos de las descritas por la ciencia zoológica. Existe el mono culo que aparte de tener un culo enorme posee un solo ojo. Eso sí, un ojo aristocrático con el que suele mirar con soberbia o desdén cuanto le rodea. Está el mono corde, se trata de un primate con un solo tono de voz aflautado y dulce, por eso, cuando se enfada, nadie le toma en serio. El mono tono pudiera parecer similar, pero el tono no se refiere a la naturaleza de su voz si no a su talante. Blandengue y civilizado, quisiera ser uno de esos machos de espalda plateada que acaparan todas las hembras y que recurren al infanticidio en caso de producirse, dentro del harén, una concepción en la que tenga serias dudas por lo que respecta a la interposición de su semilla en el embarazoso asunto. De presentarse una infidelidad en sus relaciones de pareja, el mono tono, como buen pusilánime que es, simplemente recurre al divorcio.

 

            El mono temático aburre a sus oyentes. Obsesivo hasta la extenuación, en cuanto coge un tema no lo suelta hasta analizarlo desde todos los ángulos posibles. Cuando consigue extraer cada una de las premisas o conceptos derivados de él, el tema no tiene ya mayor consistencia que un limón estrujado. Pero, para entonces, su público ya se ha dado a la fuga. En respuesta, el mono temático subirá a las ramas más altas y vociferará su discurso a la selva entera, para que todos sepan que la obsesión da sus frutos, que el tema, una vez vapuleado y mareado lo suficiente, da para otros subtemas que a su vez generan otras líneas colaterales que invariablemente desembocan en otras subtemáticas que… Y así hasta la saciedad.

 

            El mono plaza no deja subir a nadie en su auto, se niega en redondo a compartir transporte. Se la trae al pairo la ecología, el ahorro de combustibles y la disminución en las emisiones de gases de efecto invernadero. Cuanto más dióxido de carbono disuelto en la atmósfera, razona, más altos crecen los árboles y más densas son las selvas. Y, como mono, eso último es lo único que le importa. Y no le falta razón.

 

            El mono parental odia la familia. Es único, se hizo así mismo o tal vez su madre lo abandonara en el arroyo; algo más que probable. En cualquier caso, no le debe nada a nadie y sigue su camino en soledad, al margen de toda ley o principio. Por navidades le acosa la nostalgia y gruñe, echa de menos a alguien aunque no sabe muy bien a quien. En los momentos más agudos de esta tristeza insomne, falto de ternura y consuelo, sube al tejado y aúlla a la Luna. Al no recibir respuesta del astro, rompe las tejas, se cuela por la chimenea, vuelve a subir armado de la guía telefónica y el móvil y llama, así, a pelo, a veces al tun tun y otras siguiendo el orden alfabético de los apellidos allí enumerados. Gruñe al recibir una voz del otro lado del inmenso vacío, corta y llama a otro número. Y así hasta que se calma. Cosas de monos.

 

            El mono sílabo es un primate carente de verbo, poco hablador. Lo resuelve todo con un sí o un no. El depende o el quizá escapan a sus habilidades vocales. En extremo taciturno, siempre existirá la duda de si su postura contraria a la comunicación es debida a su gran inteligencia. El mundo, cada día que pasa, a cada hora y a cada minuto, recibe cientos de miles de idioteces en forma de vertidos verbales. El mono sílabo, en su sapiencia, se abstiene de colaborar en semejante polución ambiental. Por el contrario, quizá su silencio se deba a una supina estupidez que le impide articular una sola idea, pues éstas requieren de demasiadas palabras para su concepción. Nunca lo sabremos.

 

            El mono lingue se niega a hablar otras lenguas que no sean la suya, las demás le producen rechazo y estupor a partes iguales. El mono lingue no acaba de asimilar la caída de la Torre de Babel, cree que su lengua es la única capacitada para alcanzar una comunicación fluida y razonable. Hostil a cualquier idioma, dialecto o bifurcación lingüística que pueda engendrar otra lengua, intentará arrebatar la palabra a todo aquel que se exprese con otras distintas a las suyas. ¡Habla en cristiano perro catalán! Con los vascos no se atreve porque teme a las bombas-lapa, unos moluscos univalvos que se adhieren a los bajos de los coches y que se activan cuando lo que oyen no es eusquera. La lengua que hablábamos todos antes de que Babel se desmoronara.

 

El mono logo no escucha a nadie que no sea a sí mismo, el sonido de sus palabras le causa un placer insano. En los casos más graves llega a masturbarse al compás de su discurso dilatado, vasto, inabarcable e inacabable. Aunque alcance el orgasmo a los pocos minutos de iniciar su perorata, tras el feliz evento continuará su parloteo durante horas, en busca de un segundo, un tercero o un cuarto orgasmo. Como buen verborreico que es, el mono logo gusta en esparcir su discurso con la eficacia de una ametralladora. A veces se atropella, pierde pie y balbucea. No pasa nada, retoma el hilo con la trascendencia e inmortaliza sus palabras en el aire de una sala de conferencias, de un púlpito, de un aula, de un callejón. Ignora la existencia del papel o las ventajas del formato digital. Nada como la garganta para emitir el sonido que amalgama las oraciones y nada como el aire que las acoge. Al fin y al cabo, en un principio fue el grito, luego el grito formuló al mono. Por eso, allí en la selva, primero se oye el griterío del simio y luego se le ve. Prueba evidente de que el primero produce al segundo.

 

El mono cromático siente devoción por un solo color, el que sea. Una vez escogido un cromatismo al cual adorar de entre todo el espectro del Arco Iris, no abandonará el culto fácilmente, rendirá pleitesía a ese color en concreto el resto de sus días de no remediarlo un golpe en la cabeza, un descreimiento agudo o una desprogramación practicada en el sótano de un extrarradio. El mono cromático buscará la compañía de otros adoradores, se organizará en un clan unicolor que expresará su faceta más agresiva contra los clanes de otros colores. La bestialidad, el instinto primario,  la insania de la competencia se convertirán en la tarjeta de presentación, en las características más reseñables del grupo organizado de monos cromáticos. Hundidos en el barro hasta las rodillas, se enfrentarán contra el clan rival por la posesión de una charca hedionda, emponzoñada de agua sucia y larvas de mosquito. La confrontación entre los dos grupos se materializará a golpe de fémur o de quijada, y tan sólo cesará con la imposición de una tregua o de una retirada estratégica por parte de uno de los dos bandos; eso sí, después de ser abatido el líder respectivo con el primitivo método de un impacto de hueso.

 

Todas estas algaradas, todo este trajín de monos, con dentelladas, golpes y tirones de oreja, son la razón misma de la existencia del mono cromático; pues, sin el conflicto con el rival, se siente turbado, desahuciado y andrajoso, en una palabra: perdido. La noción de individuo lacera su cordura, el esfuerzo por ser el mismo le lastima y perturba profundamente. El individuo debe disolverse en el grupo para alcanzar la integración social, antesala de la felicidad. El mono nace y se expresa en la horda, sin ella no puede afianzarse como primate de pro. La horda dirige sus pasos, consuela su extravío, alienta su desatino y amortigua su estupidez, intrínseca e individual, al tornarla en colectiva. Todos somos uno, dice el mono cromático. Y ese todos se transforma en un multiorganismo propenso al linchamiento y al odio en vena. Cosas de monos. 

 

El mono teísta es el primate más irreductible de nuestro particular listado en el que intentamos ilustrar toda la variedad existente en el planeta de los simios. El mono teísta cree en un dios absoluto, omnisciente y omnipotente. La unicidad de su dios, corroborada a sí mismo por un libro también único, le lleva a despreciar a otros dioses o a la que sería su parte contrapuesta: el politeísmo. Una creencia nada desdeñable, dado que si uno está dispuesto a creer en dios, ¿por qué no en dos, en tres o en veinte?

 

El mono teísta sigue los pasos del mono ateo; pues, al igual que este último, tampoco cree en Osiris, en Anubis, en Zeus o en Odín. Por tanto, su liberación de Yahvé, Jehová o Alá anda cerca. O tal vez no. Cree fervientemente en su dios, consciente de que su fe evita que éste se disuelva en la nada, como les sucediera a otros dioses. Algunos de estos peculiares simios matarían por su divinidad, decapitarían a todo mono que no guardara el debido respeto hacia ella. Teniendo en cuenta que, para ellos, la incredulidad es una falta de respeto en si, la cosa no deja de ser inquietante.

 

En realidad, el mono teísta está compuesto por tres monos en uno, enrevesado aspecto teológico que refleja, aparte de la Santísima Trinidad, la fábula asiática de los tres macacos obtusos. El primero se niega a ver, el segundo a oír y el tercero a hablar (en la cultura japonesa se les conoce como “los tres monos sabios” o “los tres monos místicos”, su principal virtud era la ceguera, la sordera y el mutismo que se manifestaba en cada uno de ellos por separado. Un código de conducta de sumisión al poder que abogaba por la prudencia de no ver ni oír la injusticia, ni expresar la propia insatisfacción).

 

En El planeta de los simios, cuando Taylor es conducido a la oficina del ministerio para ser juzgado y analizado por su naturaleza atípica de humano parlante, los tres orangutanes que revisan su caso, con el Doctor Zayus a la cabeza, se niegan a prestar atención alguna a los razonamientos del astronauta. Como los macacos, se tapan ojos, oídos y boca. El mono teísta es experto en eso, en ocultarse así mismo las herramientas necesarias para percibir el mundo sin el recurso de la tradición, de la palabra impuesta por el sacerdote o la figura de autoridad pertinente. El acatamiento de la jerarquía le impide disentir, mientras el patriarcado estrangula su sentido crítico. Si ascendemos por los peldaños de la jefatura llegamos junto al máximo líder, dios, que, curiosamente, es siempre un primate de poblada barba. De género masculino, claro está. ¿Se necesita una prueba mayor para convencerse de que las creencias del mono teísta son una consecuencia, una deformación, un subproducto de la cultura en la que vive?

El mono teísta hará oídos sordos a todo razonamiento contrario a sus ideas, tapará sus ojos para no verlo y su boca se secará ante la falta de argumentos. Lo suyo es la fe, esa cosa contraria a la inteligencia. Temeroso ante el umbral desconocido de la muerte, rezará todos los días y seguirá los preceptos de su religión, por absurdos que sean, para conseguir entrada en un hipotético reino celestial. Cosas de monos.        

 

2014ENSAYO

  1. Caos

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