"Pradera ha quedado lejos"
Nadie en el cuarto esperándome
a media tarde de Febrero, diciéndome
que lo dulce de esperarme
es sentir mis brazos acogiéndole hasta el aire
que exhala su soledad.
A quién más pienso,
sino a tu sombra fabricando juramentos
de mirarme a eso de la noche
así como tú.
No me di cuenta cuando te fuiste,
me atuve a creer que siempre me querías:
un cariño muerto,
cuando a las cinco yo veía tus sueños tristes
escapándose entre las ventanillas
de un silencio amañador.
Lo lamento, Pradera ha quedado lejos
y con ella mis mejores momentos
entre ellos tu risa o la lluvia,
algo tuyo.
Nos juramos que si alguna vez
uno de los dos tendría que dar vuelta atrás
yéndose para nunca más,
Amaríamos todo el ayer
esperando nunca nada olvidar
y sonreír porque qué más da,
nadie me espera.
"
Corre una llovizna desde un cielo nublado
que empapa la ciudad
de la forma en que lo hizo tu llanto
al morir para siempre
la ilusión que prometía vernos escapar
entre callejuelas de un pueblo para nunca olvidar
y amarnos en la noche más intensa,
más oscura…
"
Ya pronto anochece y hace frío,
llueve entre montañas de una ciudad
en neblina,
lucecitas lejanas iguales a un cristal
cuando parpadean a distancia de una sonrisa,
la distancia de los dos.
Aún te quiero
pero sé que recibes otras caricias
indiferentes ante todos mis besos
tatuados en ti.
Nos juramos que si alguna vez
uno de los dos tendría que dar vuelta atrás
yéndose para nunca más,
amaríamos todo el ayer
esperando nunca nada olvidar
y sonreír porque qué más da,
nadie me espera.
"
Corre una llovizna desde un cielo nublado
que empapa la ciudad
de la forma en que lo hizo tu llanto
al morir para siempre
la ilusión que prometía vernos escapar
entre callejuelas de un pueblo para nunca olvidar
y amarnos en la noche más intensa,
más oscura;
y nunca pasó,
porque a ti nada te costó verme partir
de la forma más solitaria, sin el amor,
aunque yo también tenga que extrañarte,
aunque en donde esté
siempre quiera buscar el aire
que exhala tu soledad.
“
Sé que hoy ya no me esperas
y qué más da, no volveré.

Soy de los afortunados que puede ir caminando de la casa a la oficina todos los días. También aprovecho para almorzar en la casa y regresar después al trabajo. Lo único malo del asunto es que debo atravesar el cruce de dos de las principales avenidas en Bogotá. Claro está que, después de los años, este cruce me ha enseñado a ver el reflejo de la realidad de la ciudad, la sociedad e, incluso, el país mismo.
Los que están por encima de todo
Por ejemplo, hace poco, mientras caminaba a la casa, vi una aglomeración de carros en el cruce, sirenas de policía, motos policiales atravesadas en todos los costados, impidiendo el tráfico. Al principio pensé que hubo un accidente, frecuentes en ese cruce, pero estaba equivocado. Cuatro policías bloqueaban el tráfico vehicular, dejando habilitado únicamente un carril. No dejaban pasar a nadie. El semáforo alcanzó a cambiar un par de veces y los conductores de los carriles que intentaron pasar, quedaron atravesados, bloqueándose mutuamente el camino, ya que los policías no dejaban pasar a nadie. Después de un par de minutos interminables, apareció una caravana de vehículos (asumo que oficiales), yendo a gran velocidad, irrespetando semáforos, peatones, vehículos particulares y a todos los demás por igual. Los policías esperaron a que la caravana oficial pasara, se subieron a sus motos y se fueron sin más, dejando un atasco monumental en el cruce, sin siquiera preocuparse de organizar de alguna manera el tráfico.
Fiel reflejo de cómo los funcionarios públicos tratan a la gente: prima el interés de ellos y lo anteponen a los demás. Afectan el día a día de las personas, trastocan el orden de las cosas y las prioridades, causando más problemas de los que solucionan, dejando a la gente en más dificultades que antes. Acompañados por sus guardaespaldas intimidan a los demás, con o sin intención. La sociedad les importa un carajo. Y la fuerza pública que los acompaña es como un escudo para aislarlos de la sociedad y la realidad mundana, y al mismo tiempo sirve como un agente disuasorio en caso de que un plebeyo decida acercarse (a menos que sea época de elecciones).

El ciudadano del común
También es interesante observar a los peatones que, como yo, tratan de pasar de una calle a otra. El cruce está equipado con semáforos tanto para vehículos como para peatones. Muchas veces los peatones ignoran los semáforos y cruzan la calle. De esos siempre hay los siguientes tipos:
- El que espera a que el semáforo peatonal autorice el cruce. De esos hay pocos. Son una rareza extrema, podría asegurar. Pero sí existen. Esperan pacientemente (venga carro o no) para atravesar la calle. Son el ejemplo típico de los que respetan la ley y respetan las prioridades y necesidades de la sociedad en general.
- El que se asegura que no viene un carro. Se asegura de que ningún carro viene y cruza, sin importar si el semáforo está en verde o no. Es el típico ejemplo del trasgresor de la ley cuando “nadie está mirando”. El que de vez en cuando antepone sus necesidades para alguna acción, siempre y cuando no afecte la vida de otros.
- El que pasa sí o sí. Tristemente son la gran mayoría. No importa si el semáforo está en verde o no. No importa si vienen carros o no. Este peatón, si ve un “hueco”, se lanza a la buena de Dios. En más de una ocasión he visto a estos peatones atropellados por vehículos que ellos no veían por lanzarse frente al bus o por una moto que adelantaba por la derecha. A este peatón le importa un carajo si arriesga su vida y la vida de los demás. Sus necesidades están por encima de la sociedad. Los que le rodean en la calle le importan una mierda, a menos de que ÉL / ELLA tenga necesidad de ellos. En ese momento su actitud cambia, buscando el beneficio personal. Son los que trasgreden la ley cada vez que pueden. Y lo triste es que cuando la ley los agarra con las manos en la masa, gritan voz en cuello: “¡Dios mío! ¿Por qué si yo que soy tan bueno?”
Este último es el más peligroso por el efecto de manada que ocasiona. Cuando se lanza, los del punto dos y uno, a modo inconsciente lo siguen. Y a veces, sin querer, provocan accidentes o terminan siendo parte de uno. El mal ejemplo es contagioso, dicen, y con este tipo de personas ello es evidente.
El distraído o inmerso en su ego universal
Estos son fáciles de detectar. Ya sea peatones, ya sea en un vehículo, son los que parecen no darse cuenta de que existe un mundo a su alrededor. No ven los cambios de semáforo, que vienen en contravía, que afectan a los demás. Simplemente los demás NO existen para ellos. Inmersos en su mundo, en su realidad, se sorprenden cuando la realidad los golpea (literal o metafóricamente).
Así como van por la calle, van por la vida. No se dan cuenta de la infinidad de existencias que se cruzan por su camino. El mundo no existe para ellos y no les importa. Tan sólo se dan cuenta de la existencia de la sociedad y del prójimo, cuando su microcosmos universal entra en directa dependencia del mundo exterior. Solo ahí se dignan a “ingresar” al mundo real para conceder un par de frases despectivas (para nosotros), pero desde su punto de vista: comprensivas. Y cuando el país los necesita, ellos no están. No porqué el país no les interese, no; sino que están tan inmersos en ese universo personal, en esa rutina cotidiana, que simplemente no se dan cuenta lo importantes que son o pueden llegar a ser para la nación y la sociedad con la cual conllevan el día a día.
Los que tratamos o preferimos ignorar
Entre el montón de gente que diariamente veo cruzar las esquinas de esas dos avenidas, o simplemente pasar el rato en sus andenes, están aquellos que forman parte del montón; del paisaje. Pero que los demás sólo notamos cuando ellos se hacen notar o nosotros los necesitamos.
- Los vendedores ambulantes. Ya sea sobre el andén con su mercancía regada por el piso, ya sea esquivando motos y bicicletas para ofrecer sus productos a los conductores y pasajeros de carros particulares, pululan aquí y allá. Son molestos cuando uno no los necesita, pero indispensables cuando tienen el producto que uno necesita de inmediato. En la jungla citadina se les puede encontrar en cualquier semáforo, pero los embotellamientos son sus aguas favoritas para navegar. Y cientos de ellos se pueden extender cuando hay un trancón de varias horas (y como Bogotá es la, tristemente, número uno en el mundo en embotellamientos, los vendedores ambulantes nunca faltan). Por lo general son gente trabajadora, pero entre ellos también se camuflan los asaltantes o “raponeros”, quienes esperan una oportunidad para despojar al prójimo de lo trabajado.
- Los payasos, circenses y equilibristas. La falta de trabajo y recurso ha obligado a muchas personas (en su mayoría jóvenes) a buscar el peso que les falta en las calles, haciendo maromas o tratando de entretener al público de cualquier forma posible. Por lo general sus actos duran lo que dura en rojo el semáforo. Y, mientras los vehículos arrancan, recorrer las primeras filas de estos tratando de atrapar la moneda que de vez en cuando les lanza un conductor. Al contrario de los vendedores, estos no gustan de los embotellamientos. ¿De qué sirve mostrar el mismo acto al mismo público? Ellos son el reflejo de personas con capacidades, pero sin oportunidades laborales, quienes buscan una forma de conseguir para la comida diaria.
- Limpiavidrios. Como los circenses, buscan ganarse la moneda del día limpiando los vidrios de los carros. Pero estos se dividen en los que preguntan si es necesario el servicio y los que literalmente tienden emboscadas a los carros, limpiando el vidrio a la fuerza, más si el conductor es una mujer, para después exigir a gritos su moneda. Hay veces en que incluso amenazan a los que no dan la moneda por un trabajo no solicitado. En contadas ocasiones llegan a dañar el vehículo que acabaron de limpiar. Lo peor es cuando rodean entre cinco o seis a un vehículo. El conductor no tiene otra opción que ser víctima de una extorsión a plena vista del público y los oficiales de policía que cuidan el tráfico y que jamás intervienen. Esta es la parte de la sociedad que es como un reflejo sombra de los que están por encima de todo: intimidan y a la fuerza quitan lo que no han ganado. Y poco o nada les importa el esfuerzo de los demás. La diferencia es que estos están entre la sociedad y forman parte de ella. Saben que la sociedad les teme y se aprovechan de ello.
- Limosneros. Nunca faltan en el cruce. Ya sea pasando entre los carros, ya sea parados sobre el andén; ciegos, sordos, con malformaciones (reales e imaginarias), piden a los transeúntes su moneda. Los hay de todos los colores y sabores. Algunos visten elegantes y siempre dicen que les acabaron de robar. También están los cubiertos por harapos: estos veladamente amenazan robarlo a uno si no se les da la monedita.
- Demás. Entre todo ese gentío también están los misceláneos: repartidores de volantes, representantes de Unicef, misioneros, vendedores de alguna marca, etc. Y todos buscan la forma de engancharte para que gastes tu dinero ya sea en cosas que no necesitas, en aportes o en limosnas “oficiales”.
Las cosas que pasan
Lo triste o lo bonito del asunto es que en ese cruce se puede encontrar a Colombia entera. El día a día de la sociedad bogotana reflejada en su comportamiento. La realidad del país y la relación de su gente. Y, por lo general, todos van tensos, furiosos, listos a estallar en cualquier momento por la presión de todos los que quieren sacarte dinero o aprovecharse de ti. Los que no respetan a los demás y por ende a los que tampoco vas respetar: un comportamiento que se ha convertido en ley en las calles bogotanas.
Tan solo un cruce refleja todo eso y me deja un mal sabor de boca. Ya que a través de los años que he recorrido el mismo camino, día a día, una y otra vez, tan sólo he visto empeorar a los transeúntes y conductores, así como ha empeorado la vida diaria de los bogotanos. Los he visto volverse cada vez más y más violentos. Cada vez más reacios a saludar o devolver un saludo. Y cada vez aumenta la desconfianza en la calle a cualquiera que esté a menos de dos metros al epicentro que es uno. Cada vez son más los que se encierran en su rutina y tan solo quieren llegar rápido al trabajo en la mañana y a la casa en la noche, sin ver que a su alrededor hay vida. Sin capacidad de detenerse y yendo tan solo por inercia, cual zombis sacados de una mala película de ficción.
Para cerrar, mientras escribía este artículo recordé una canción del cantautor argentino (nacionalizado colombiano) Piero, con la canción “Las cosas que pasan”. Y qué triste es comprender que poco o nada se diferencia la Bogotá del 2021 del Buenos Aires de 1972.
Julio 01, 2021
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-No dejes la puerta abierta Miguelito, que se escapa el calor del cuarto, hace frío afuera, el invierno está duro este año y no quiero enfermarme. ¡Cierra la puerta Miguel...! ¿Que no escuchas acaso? ¿Tengo que levantarme y hacerlo yo? Eres un desconsiderado. ¡Miguel! Hazme caso y cierra la puerta. ¡Contesta! Estás parado ahí, sin hacer nada. ¡Cierra esa puerta!
-No puedo... Me están apuntando con un arma-
...
Truenan dos disparos en el vecindario, la policía llegó al día siguiente.
La noche era peligrosa allí y, además, hacía frío.


La noche y el día de los iguales se dio a conocer.
El 21 de septiembre, trajo consigo la lluvia y el reverdecer.
La tarde cálida, húmeda, fue su señal esta vez.
El tiempo, día y noche dividido en el hemisferio géminis son.
El sol en la línea del ecuador, tienen exactamente la misma duración.
Grises se tornan las nubes, porque de agua mucha son.
Centellas y relámpagos de gran brillo alumbrarán otra vez.
Truenos como rugidos de león sus voces son.
Estremeciendo al cielo con temor y devoción.
Sopla el aguerrido viento con gran poder.
Sacudiendo todo el follaje del bosque a su alrededor
Miles de hojas con su hoz cortó.
Como un monzón los campos regó.
La gente de los caseríos como una bendición la tomo.
Aquel verano pasado, inclemente se sintió.
Que el temor entre sembradores de la zona, pesadumbre causo.
Gracias Dios, grandes oraciones y agradecimiento se dio.
Cuando la lluvia en grandes gotas se precipitó y toda la llanura y valles y campos mojó.


CONSTELACIÓN COMETA 06
Al cruzar la puerta insípida del limbo que ofrecen en todas las fiestas, en menos de tres minutos llegué a rozar las vidas solitarias de los astronautas; comencé a flotar en estado mineral hacia la gravedad de otros planetas, más allá de estrellitas y satélites mecánicos, viendo como mi cuerpo se disolvía en un polvillo misterioso y total, culpable de mis ideas histéricas, viendo cómo la magia de viajar sin rutas ni autopistas hacía de mi risa un concepto inteligible, quedándome sin aire al huir de la atmósfera elemental y viendo desde el espacio el silencio universal que todos comparten, impresionante, magistral, orquestado, envidiable por guardar secretos de soles y nebulosas. Voy volando ya en partículas pero respiro y miro al Sol reclamando por la sombra que aquí arriba no existe; encuentro un cometa fundido porque el sueño que representó era de a mentiras; tropiezo levemente con la superficie de la luna flotando al ras del suelo y me doy cuenta que es fría bajo su cristal desolado. Vuelo más allá y es inevitable no cruzar atmósferas y anillos de planetas gigantescos, donde residen vidas semejantes y ciudades ozonizadas, seres y dialectos, que perciben mi disolución absoluta y me comparan, hasta volver al infinito y entender la perfección de la soledad acá arriba, maquillada de vacíos estelares.
Flotando sutil e inmaterial hasta nunca acabar, sonrío por lo que mis ojos graban si llega a existir para mí un regreso: la estrella que más brilló en agosto aferrándose a los amores que prometieron bajarla; las otras lunas en donde se dedicaron todos los besos, las constelaciones que cada uno se inventó para impresionar a la mirada que más amaban; tiempos cuadriculados y portales inversos, en donde los forasteros se pierden por el afán de que sus nombres aparezcan en los libros de historia, donde los viajes no tienen regreso porque la ley de conjuros interespaciales nunca permiten el espejo de uno mismo, aunque estemos bajo el sueño y la substancia deliciosa que cae de la nada y flota como nieve sin aire.
No soy la respuesta de la Astrofísica Experimental, no soy la ecuación matemática de los sueños sin reversa, sólo soy una ilusión desintegrada que vuela solitaria por asteroides milenarios; solo soy una proyección de cómo el tiempo pasa y al final regala lujurias de cocaína, mientras floto sin peso ni gravedad calcando nostalgias de otros astronautas, riendo por su magnífico destierro, flotando dentro de máquinas, máquinas dentro de máquinas, mentes o universos propios, sin captar el sonido de ecos extraterrestres; y yo me asemejo a la arenisca de Saturno que llenan de fiestas las noches de mi mente. Vuelo eterno hacia el punto más lejano de la escena sideral, soplando el humo que todos aman por provenir de nuevas galaxias; floto sin mapas de caminos inhóspitos, con el pase en donde estoy más dichoso, hacia un lugar que nadie conoce ni tiene nombre, el universo X, a donde todos morimos felices porque siempre viajamos según la brisa de nuestras ideas, carcajadas y alucinaciones, melancólicos, olvidados, sin nada que extrañar, porque el amor prefirió cien veces sonreírle a la soledad. Volamos asombrados por tanta majestuosidad reflejándose en nuestros espejos mentales, como si estuviéramos bailando la enésima sinfonía brillante en los vaivenes de nuestras cenizas.
Las estrellas formaban caras, miradas, palabras y lunas pulverizadas que aún me faltan por pisar, recuerdos y constelaciones que se dibujaron a sí mismos en la fotografía de mi vida terrenal, y en sólo una de esas constelaciones vi la forma de una alegría adolescente que jugaba a ver cometas en la noche, cómo pasaban calcinándose, y precisamente Constelación Cometa 06 hace de toda mi muerte millones de partículas flotando, y yo en el espacio soy el gramo de polvo más ínfimo deshaciéndose místico; precisamente Cometa 06 hace de mi estado mineral un viaje maravilloso que trasgrede superficies y realidades (…)
Al cruzar la hierba nebulosa y nocturna que ofrecen en todas las esquinas de un planeta amarillo, creí naufragar por el cosmos como hoja de otoño, volando único y autómata ante el sabor del nitrógeno y tabacos, marchitando a mi paso un mundo de flores marcianas, rojizas y doradas, maravillosas, que adornaban el destierro más bello y más inhumano de brisas metafísica. Flotaba lejos de mi atmosfera y lejos de mí, dando círculos alrededor de nada, viendo desde cerca nebulosas de helio y azulejas, que se mueven según el humo de sus estrellitas y lunas efímeras; naufrago según los vientos misteriosos en la eternidad de la noche, vientos que se escapan de sus planetas haciendo que yo camine descalzo por el aire de Cosmósfera, y muero de la manera más increíble yendo hacia el punto cero y hacia el fin en donde mueren también todas las respuestas porque simplemente vivo.
Moriré eternamente por ser capaz de cruzar el cielo y los cielos de mis cielos al caer en cuenta que toda mi alegría dependía de la soledad, porque todas las carcajadas eran mías, porque en las fotos sólo estaba yo; y así crucé la puerta insípida de la que no hay reversa, y por eso hoy sé que todos desearía morir con la sonrisa más entrañable sobre sus rostros de tumba y lápidas y rosas de sangre. Le pregunto entonces a Constelación Cometa 06 en dónde se quedarán los restos de mi desintegración, pero con todo y figura me reafirma que flotaré en estado mineral hasta siempre, yendo más allá del primer punto de la escena sideral, de la estrella y la partícula más primitiva, hasta ver anochecer en planetas nunca vistos creyendo sentir que a estos lugares siempre pertenecí. Constelación Cometa 06 alguna vez reflejado en el cielo de mi vida me cuenta que voy hacia un punto cualquiera de nunca acabar, de nunca regresar, en donde la hierba nebulosa y los sueños de la substancia deliciosa hacen de mí vuelo y de mi muerte la nube más rojiza yendo hacia el único Sol de la tarde interestelar.
