Tras un período de conflicto internacional y tensión social interna, la erradicación de la familia se había impuesto en la mayor parte del mundo. Un gran logro del nuevo orden, pese a todo, desvirtuado por la supervivencia de atavismos sociales. En los suburbios, en los límites asilvestrados de las ciudades, podían encontrarse aún organizaciones sociales basadas en ella ¿Cuáles habían sido las contingencias históricas que habían llevado a la supresión de la unidad familiar? Se embarcó en la reformulación de una serie de argumentos que mantuvieran viva su decisión de asesinar a la mujer indefensa que, en aquellos momentos, se encontraba en la cocina ajetreada con un horno y una tarta de manzana: La familia había mantenido la sumisión de la mujer, con ayuda de una agresiva estructura patriarcal. Asimismo, fomentaba la rivalidad y la envidia entre hermanos, al igual que la competencia exacerbada con otros núcleos familiares. Desde el desvío moral de aquella plataforma, se estimulaba la codicia y la insolidaridad a nivel social. Era un foco de frustraciones y traumas, un ariete con el que reventar la personalidad del niño haciendo uso de la agresión, tanto física o psicológica, como sexual. Nacida del sentimiento de propiedad, se trataba del primer resorte de una sociedad abyecta, de una metástasis que amenazaba con impregnar de células cancerígenas al conjunto de un modelo social novedoso y liberador. Debido a que el tipo de organización perversa a la que se enfrentaban era reacia a desaparecer, el peligro de un brote a gran escala era algo que no podía subestimarse. En los últimos años, no se tenía constancia de ningún parto vivíparo; pero la posibilidad de que semejante abominación ocurriera era alta, a pesar del trabajo de instituciones como el Centro de Inserción.

En los antecedentes de la supresión de la familia había jugado un papel muy importante la matriz biomecánica, un artilugio que permitía el desarrollo embrionario a lo largo de los nueve meses de gestación. La matriz, junto a lavadoras y frigoríficos, se convirtió en un electrodoméstico más cuyo funcionamiento facilitaba la vida de las mujeres, evitándoles las molestias del embarazo. El estado asumió muy pronto la producción industrial de los recién nacidos, de acuerdo al relevo generacional o a necesidades coyunturales que aconsejasen un aumento de población. Pareja a la producción a gran escala en centros especializados, las autoridades decidieron prohibir el acceso a la reproducción por parte de particulares. Las mejoras técnicas en las matrices artificiales, consistentes en cubículos metálicos externos y en esponjosidades capilares internas, diseñadas de forma orgánica, popularizaron el sobrenombre de “tanque” para tan elaborado electrodoméstico. De este modo, la letra “T” acompañaba el número de serie que cada ciudadano exhibía sobre su vestimenta. Stevenson se llevó una mano a la numeración insertada en su pecho, a modo de insignia.

Completar el proceso embrionario de cada nacimiento en el interior de un tanque, evitaba las taras genéticas, mejoraba las aptitudes físicas y mentales y, además, cortaba de raíz la influencia perniciosa de la familia sobre el niño. Familia, cómo odiaba aquella palabra. Personas como la señora Matthew, con su apego irreductible a esa organización social caduca, ponían en peligro el sistema de vida al cual servía. Al fragor de todas las razones ordenadas en su cabeza, la resolución que había tomado con respecto al destino de la vieja aumentó. Alimentada por la desidia de compañeros de trabajo como Denis, la persistencia de la mujer en su error constituía una amenaza que no estaba dispuesto a pasar por alto.

El olor de la tarta de manzana sacudió sus pensamientos. De modo inesperado, su determinación tembló. Contrariado, depositó de nuevo el retrato sobre la mesa. La imagen que había retenido entre sus manos de manera insistente, cimbreó dentro del marco de plata de imitación ¿Era posible experimentar nostalgia por las cosas no vividas?, ¿sufrir de melancolía por aquello que nunca se tuvo? El aroma de la tarta saturó su nariz, despertó en él dos necesidades que nunca había tenido: el calor de una casa y las manos de una madre. Entonó un rezo y una blasfemia, santo y pecador a un tiempo, cubierto con ropajes de víctima y verdugo, comprendió que no podía hacerlo. Se tapó la boca con la mano derecha y lloró en silencio, mientras con la izquierda arañó el número de placa cosido a su pecho, T-2481. En un vano intento por arrancarse la identidad.      

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