Raimundo ocupó su puesto en la sección de montaje automatizada, se dirigió a uno de los tubos de impresión donde un sistema hidráulico, con una presión de suavidad milimetrada, procedía al sellado de la cobertura. El acabado final. Una vez terminada la operación, los mecanismos eran depositados por el mismo tubo en cajas sin pista alguna en su exterior, acerca del producto que albergaban. Tan sólo unas pequeñas cifras las diferenciaban unas de otras. En su interior, cada unidad permanecía a salvo de cualquier golpe por innumerables cámaras repletas de una substancia esponjosa. Rai alcanzó una unidad, un círculo de bordes perfectos, antes de que el tubo de impresión lo depositara en una caja con la delicadeza con que una madre tortuga deposita su puesta en la arena. Sosteniendo el artilugio con ambas manos, el operario contempló aquella cosa con detenimiento. Tenía ante sí el nuevo modelo XY, un complejo mecanismo dotado de un resorte especializado cuya activación sólo se conseguía con la presión de un “cuerpo menor”. Ese era el eufemismo utilizado por la empresa en el folleto promocional. La imagen que le hiciera vomitar aquel día volvió a su mente. Un zapato viejo encolado a una barra de hierro substituía la pierna de un niño, el “cuerpo menor” al cual se refería el folleto, en la conciencia del operario. El niño mutilado arrastró su carencia por el interior de la cabeza de Raimundo, aún unos instantes después de que éste consiguiera calmarse. La visión  de un infante cercenado y maltrecho desmoraliza al enemigo, máxime cuando el crío es hijo o sobrino de algún combatiente, y si alguien accede a la demanda otro alguien reaccionará con la oferta. Esas eran las leyes del mercado y esas eran las leyes, y no otras, las que regían el mundo ¿Qué podía hacer él, como individuo aislado, para detener aquello? Depositó con cuidado el nuevo modelo de mina anti-niño en una de las cajas que la cinta transportadora se ocupó de alejar de su vista, en dirección a algún que otro conflicto bélico perdido en el mapamundi de un noticiario matutino.

Con la sirena del desayuno acompasada a sus movimientos, se dirigió a su habitual rincón del banco. Efraín se encontraba ya allí.

—Te he visto con el nuevo modelo en las manos –dijo, a modo de saludo. Y bien, ¿qué te ha parecido?

—Una maravilla de la tecnología –respondió Rai.

—El nuevo resorte responde a una presión de entre veinte y veinticinco kilos –agregó Efraín.

—Sí, tiene un sistema de pulsación con un margen de error de unos pocos miligramos.

Desenvolvió su bocadillo sin premura, se lo llevó a la boca y lo masticó con detenimiento, con la mirada perdida en las instalaciones de la fábrica. Estaba relleno de jamón dulce untado de mantequilla que asomaba en ribetes por entre la barra de pan. La mantequilla se pegó a las comisuras de sus labios, las limpió con un rápido paso de la lengua, como si aquel músculo fuera un engranaje automatizado más. Sin darse cuenta devoró el bocadillo. Estaba bueno, pensó. Inspiró aire con fuerza, satisfecho de haber encontrado unos instantes de paz interior. Después de todo, la vida se componía de pequeños momentos de placer.