_Sí, pero no nos vemos desde hace cincuenta años ¿Se acuerda de mí…?, soy…

_Sí, sí…, a ver…, dejame ver…, sí, sí, ¡pero hace tanto tiempo…!_ dice, frotándose la pera. ¡Cómo no me voy a acordar…!

_¿Y doña Elena… y  sus hijos?

_La patrona murió hace más de veinte años…_ me cuenta con tristeza _ y los chicos…_ Después de un corto silencio, prosigue: _Pocho tiene setenta y cinco y Panza debe rondar los cuarenta. Se casaron y me dieron un montón de nietos…

Al hablar de los nietos le cambia la cara y la tristeza se esfuma inmediatamente. Nos sentamos junto a un árbol y enseguida me pregunta:

_¿Y vos?, ¿qué es de tu vida?

_Y… yo, ya ando en los sesenta…_ le digo,  _me casé y tengo cuatro hijos…, también son grandes… Soy escritor ¿sabe?

_¡Conque escritor!, ¿eh…? ¡muy bien…!

Se enfrasca en un corto silencio y enseguida pregunta:

_Y tu amiga, ¿quién es…?

_En realidad, no es mi amiga. La acabo de conocer_ Me doy vuelta para presentársela y veo con asombro que María Sara no está, pero no me preocupa, ahora quiero estar con Julio, mi viejo amigo Julio, a quien visitaba diariamente en su casa, para jugar con sus hijos.

Nos acordamos de Alberto, su cuñado, el vareador, quien una vez quiso llevarme al hipódromo para varear un caballo – en aquella época vivíamos muy cerquita de San Isidro –y cuando sonó el despertador a las cuatro de la mañana y mis padres se enteraron de mi intención, cerraron las puertas y escondieron las llaves para que no pudiera salir, y como las ventanas tenían rejas… ¡qué frustración!

_¿Te acordás?, ¡cómo te enojaste, ese día! ¿Y cuando salimos a buscar al moro? ¡Horas, cabalgando para encontrar al petiso…!, ¡y cómo te quedó el culo…!_ reímos, al recordar la historia.

_¡Y claro…, no estaba acostumbrado a andar tanto a caballo! Y menos con una lona por montura… ¡terminé todo llagado…¿se acuerda?

_¡Y cómo no…!

_¡Y cuando le maté  el buchón!_ le digo eufórico, pero temeroso, recordando el mal trance.

_¡Como no me voy a acordar!_ su seriedad me asusta _¡El mejor macho del palomar…! ¡Me contuve, para no achurarte…!  ¡Si no hubiera sido por Elena, qué paliza te hubiera dado...!_, pero comienza a reír a carcajadas, mientras me palmea la espalda.

_Tenías un hermano más chico, ¿no?

_Sí, Carlos, y tres hermanas mayores.

_No…, a ellas no las conocí…

Pasaron como dos horas de charla. Los recuerdos nos llevaron de la alegría a la tristeza y nuevamente a la alegría.  Preocupado por la falta de agua, Julio mira el cielo y exclama:

-¡Qué seca…, Dios mío…, qué seca...!_ y vuelve a quedar en silencio.

El calor arrecia y las nubes son cada vez más negras. De pronto se levanta y me dice:

_¡Bueno, muchacho, no sabés cuánto me alegró haber estado con vos! Lástima que no podamos seguir viéndonos. Eso sí, si podés ubicarlos al Pocho y al Panza, andá a verlos; a las muchachas no te digo porque se fueron de casa temprano y no supe más de ellas.

Nos abrazamos, intenso y prolongado, y al separarnos vemos en nuestras caras una fuerte señal de tristeza por esta nueva separación que, obviamente, sería definitiva.

Se acerca al «P’al Poroto» que está husmeando la tal cosa tierra, en busca de una brizna de pasto que no encuentra, y lo monta con dificultad. Yo quedo mirando cómo se aleja don Julio Sánchez.

Sigo al animal, que al paso, cabizbajo y agobiado, lo lleva sin necesidad de que lo conduzca; se detiene junto a la puerta del corral, Julio lo desensilla y lo suelta junto a la yegua y el percherón.

En un cuadrante contiguo, una treintena de vacas, con sus ancas huesudas y sobresalientes y las costillas casi a la vista, forman un grupo compacto, lastimoso, que mira hacia el norte, señal ésta de que la tormenta, cuando llegue, lo hará desde el sur.

Una pequeña bandada de tordos abandona un árbol que no le proporcionará resguardo. La copa queda solitaria, con sus ramas peladas semejando lenguas retorciéndose en una danza incomprensible, y yendo en vuelo nervioso y desparejo, se cobija bajo el alero del rancho, compartiéndolo con algunas palomas.

Con su cuerpo cansado y dolorido, Julio Sánchez se detiene a pocos metros de la galería; apoya sus puños en la cintura, sobre los riñones, y arqueándose mira los amenazantes nubarrones negros, cuando de pronto, un rayo serpentea luminoso y segundos después, junto al estruendo que produce, cae una gota sobre la cara del viejo y rueda sobre su mejilla, como una lágrima de felicidad porque la lluvia, tan esperada, comienza a caer copiosamente, haciéndole renacer sus ilusiones de vivir sin detenerse.

Lo miro por última vez y emprendo el regreso y me encuentro nuevamente con María Sara, que se acerca y me dice:

_Quise dejarlos solos; tenían mucho de qué hablar. Yo, soy sólo una lectora entrometida y finalmente, al terminar de leer el cuento, me iba a enterar de todo…

Me pareció muy acertada su actitud. Yo hubiera hecho lo mismo al ver a dos amigos encontrarse, después de tanto tiempo y con tanto qué recordar…

¿Encontrarse, dije…?

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