La mujer se desató en llanto incontenible e incontrolable mientras balbucía frases desgraciadas por su mala suerte, asegurándole, entre sollozos, que, afortunadamente no quedaba sola, como cuando él se fue, dejándola en el completo abandono, sino que su compañero fallecido si le había dejado una abundante prole para que su marcha al más allá fuera menos dolorosa y ella pudiera consolarse día y tras día cuidando los hijos de su unión.
- Bueno – trató de explicarle- si algo puedo hacer para ayudarte a solucionar tus problemas…
- ¡Claro que puedes hacer por mí! –le contestó, sigue pagando las cuotas de la casa y las cuentas mensuales.
- Pero, es que… legalmente a mi no me corresponde pagar ni responder monetariamente por hijos ajenos, y la situación no está como para aumentar mi apoyo que durante todos estos años no te ha faltado.
- No te pido que me des más, colabora igual que hasta hoy, pero por Dios Santo, no condenes a estos pobres inocentes a la absoluta miseria.
Algo dentro del hombre se rebelaba contra la idea de mantenerle hijos a otro, que además de morirse a destiempo, había gozado con su mujer, en su casa y con su dinero; ahora, dejaba indigentes a su mujer y a unos niños sin ningún respaldo económico.
- ¿Cuántos hijitos son? –preguntó desconsolado.
- Veinticuatro –respondió ella imperturbable.
- ¿Veinticuatro… en siete años?
- Si –dijo ella entre sollozos- es que mi pobre anturio, después de alcanzar la mayoría de edad se volvió muy prolífico.
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