Y aquí va. Abajo, en la parroquia, sus leales amigos recibieron, hace una hora, la última comunicación suya avisándoles del cambio de planes. Le respondieron con ruegos para que desista. Le dijeron en tono enojoso que regrese. Finalmente, resignados, admitieron que el padre Rodario sería capaz de viajar hasta el fin del mundo.
Aún en tierra les había adelantado –“No bien le tome la mano a los controles, al globostato lo llevo adonde yo quiera, no se mortifiquen” Alguien le recordó, tímidamente, que su aparato carecía de instrumental de vuelo. -“El altímetro es suficiente”- le respondió sonriente.
Varias veces ha movido su cuerpo sobre la silla, de izquierda a derecha y agitado los brazos para efectuar un giro que no logra producir.
Todavía no acierta a saber si es apropiada la cantidad de globos y en qué medida debe soltarlos paulatinamente. Le bastaría con fijarse en el ascenso, que no parece tener fin, para darse cuenta de la excesiva carga de gas. El globostato se comporta como una pluma en el aire. La orientación lo perturba. Intenta variarla soltando trescientos globos de un solo tirón del cordel correspondiente.
Un viento adverso sopla desde atrás, contra su voluntad. Hace tiempo, más de dos horas, que cruzó la línea fronteriza entre la provincia de Misiones y el territorio de Brasil. La traslación es suave y andante, como una metáfora del concierto número veintiuno de Mozart.. Sus manos hacen el ademán de tomar una palanca que no existe; sus pies insinúan apoyarse en un pedal que no encuentran. Rodario desearía contar con un volante al cual aferrarse para girar hacia la izquierda. Pero no lo posee.
Sin una proa que apunte adelante ni una paleta de cola, le resulta imposible manejar el armatoste. Unos pocos de los cordeles se comportan de manera dócil y con ellos insiste en soltar muchos globos que salen disparados como eructos. Nota un inconveniente en algunas de las parrillas que parecen atascadas, con sus varillas que observa torcidas. El ascenso no se detiene, como si los astros lo absorbieran para deglutirlo.
Aún así, el padre Rodario no pide a Dios que oficie de copiloto. Nunca abusa de la tutela divina, pese a que muy bien le vendría, en este momento, encomendarse al altísimo, atento al sagrado servicio que le presta todos los días.
El aire enrarece, pero se abstiene de usar la mascarilla con el fin de ahorrar oxígeno. Piensa que más adelante podría necesitarlo si tuviese serias dificultades para respirar. Por ahora solo padece de una sugestión por un posible ahogo.
Intuye que con la atmósfera no se juega. Es constante el sonido a pelotas amontonadas proveniente de los globos apretujados y tensos por el helio..Quinientos cuarenta y cinco metros señala el altímetro de mano.
Calcula mentalmente la velocidad en cuarenta millas la hora y a la distancia recorrida, en cuatrocientos cincuenta kilómetros. Bastante para las nueve horas que lleva de vuelo, sin un destino seguro, lejos de los aires de su pueblo.
Forcejea con las parrillas trabadas que le impiden soltar otros muchos globos que le serían imprescindibles de desprenderlos para descender..A mucha distancia quedó atrás la provincia de Misiones. Al frente, si prosigue su marcha, se dará de narices con el océano atlántico.
Hay paciencias santas que pueden agotarse -“Un valiente es el que teme, pero hace lo que debe a pesar del miedo”- se repite a si mismo. Aparta de su imaginación la figura de un meteorito que podría precipitarse y pulverizar los globos. En eso no quiere pensar. De un plato volador no teme, por el contrario, espera se le presente si es que, como dicen, suelen dar volteretas incandescentes de vez en cuando. Observa muy abajo un escenario difuso de pueblos, ciudades, ríos, carreteras, campos, algún que otro manchón de tierra desierta. Su celular no tiene sintonía y el GPS no emite señal.
Lo irrita la paradoja de surcar los cielos donde pululan lo satélites y no tener contacto satelital para comunicarse con la tierra.
Ve pasar arriba suyo, tan veloz como indiferente, a un enorme avión del que imagina su interior repleto de pasajeros atados a los hilos del azar y a la pericia del piloto.
El sol va camino del ocaso. Apunta en dirección al horizonte, por donde se pondrá en pocos minutos para asomar, enseguida, al otro lado del mundo.
El padre Piedrabuena respira un aire frío en la creciente semipenumbra. Abajo, el mar es una comarca infinita, de azul profundo. No permitirá que el globostato se precipite a las aguas frías ni caer él en la superstición. Si quisiera hacerlo podría fantasear con el más allá, imaginándolo cercano,. mucho más próximo que desde el púlpito adonde todos los días, en misa, se refiere a la vida eterna.
Pasa que Rodario, a pesar de sus hábitos sacerdotales, no saca habitualmente los pies de la tierra para andarse por las ramas celestiales. Por lo tanto, en esta situación de desvarío aéreo, se esfuerza por no divagar. No apela, por caso, a la idea de sentarse a la diestra de Dios. No obstante lo percibe a su lado, mientras aguarda el amanecer.
De repente lo asalta la culpa propia del pecador que reniega de su fe. Se reprocha por tener sensaciones mundanas y vulgares como la del terror a la muerte, por ejemplo. Pasa que lo inquietó recordar de golpe, impensadamente, la definición de helio: “Un gas escaso en la corteza terrestre, abundante en el universo, así como en el sol, en otras estrellas y en el aire atmosférico; más liviano que el aire tiende a elevarse sin encontrar límites”.
Rene Bacco