De pronto, una niña (una laura infantil y acomplejada) que se encontraba en una esquina con los pantalones mojados, mientras otros niños la señalaban y se reían de ella, empezó a desaparecer. Y así ocurrió, poco a poco, con otros recuerdos vergonzosos. Alguien dijo alguna vez, que los recuerdos reprimidos son los mas resistentes de todos. Pero finalmente, estos también estaban siendo borrados. Mi temor acaba de ser confirmado. Laura estaba muriéndose. De hecho no era tan extraño. Hacía muchos años que el verdadero Lucas había muerto. Y Laura debía ser en estos momentos una anciana. Pero es difícil calcular el tiempo dentro de la cabeza de las personas. Aquí los recuerdos no envejecemos, o al menos, algunos no envejecemos.
Por mi cabeza empezaron a agolpar todos los recuerdos que Laura tenía de Lucas. Del verdadero Lucas. Entonces recordé una vieja promesa. Un deseo mejor dicho. Un día, para endulzar la celebración de alguna fecha importante, que ahora está siendo borrada, Lucas le regaló un colgante. Era un tríptico de plata en miniatura en el que al abrirlo aparecían la foto de Laura y la de Lucas a los extremos. Y en el medio un paisaje de una playa de Capri. El lugar favorito de ambos. Y por ende mi lugar favorito. Era un lugar espectacular. Desde aquel punto se podían ver los fantásticos “Fraraglioni” asomando majestuosos desde el mar mediterráneo. Prometieron que envejecerían en aquella isla, y que cuando sus últimos días asomaran, se sentarían en la playa y cogidos de la mano esperarían su muerte. Juntos. En paz. Rodeados de aquella belleza. Aquello no pudo ocurrir en el mundo real. Lucas murió sin poder cumplir su deseo. Pero quizás todavía no fuera demasiado tarde para que aquello pudiera ocurrir en la cabeza de Laura.
Debía encontrar aquella playa. Sabía que Laura estaría allí sola, esperando a Lucas. Esperándome. Así que corrí…, corrí… y seguí corriendo.
Al fin la vi. Estaba sentada en una roca mirando al mar, contemplando el precioso espectáculo natural que ofrecía aquella fantástica isla. No se giró para mirarme cuando me senté a su lado. Sólo me abrazó sin apartar su mirada del mar y acercó mi cabeza a su pecho. Estaba preciosa. Tal y como la recordaba. No habían pasado los años por ella. Es más, diría que a la luz de aquel sol radiante, estaba más preciosa de lo que jamás había estado. En sus labios asomaba una cautivadora sonrisa. Me acarició el pelo, tal y como solía hacer siempre, para hacerme ronronear. A ella le encantaba. A mí también. Al final habíamos cumplido el deseo de Laura y Lucas. Aunque ni el verdadero Lucas ni la verdadera Laura estuvieran en aquella playa. Los dos sabíamos que nuestras vidas acabarían en breve. Pero aquel instante era mágico. Era eterno.
Mientras, una anciana daba los últimos estertores de vida en la camilla de un hospital.