Los utensilios requeridos por los copistas eran la penna (pluma o peñola), el rasorium o cultellum (raspador) y atramentum (tinta). Para realizar su labor sujetaban la peñola con la mano derecha y el raspador con la izquierda, éste último servía para corregir errores en la escritura pero también para arreglar desperfectos y arrugas en el pergamino, vitela o papel. Este oficio se aprendía desde niño a través de la enseñanza de un copista experimentado.
El Dominus o Señor hacía copiar a sus esclavos los textos para acrecentar su biblioteca personal, también había copistas que comercializaban los manuscritos y que tenían a su cargo un buen número de copistas para satisfacer las necesidades de la reproducción.
El panorama cambia cuando los centros monásticos se convierten en los encargados de transmitir y salvaguardar el patrimonio de los libros escritos. La confección de libros quedó en manos de los benedictinos, quienes acostumbraban a escribir ya sea aislados en su celda o en el scriptorium que era la oficina donde se copiaban los libros, aquí escribían al dictado con lo que podían efectuar varias copias simultáneas. El arduo trabajo que realizaban los obligaba a forzar la vista debido a la escasa luz que penetraba en los monasterios. No obstante, tenían una caligrafía exquisita y tipografía delicada con pálidas sombras que convertían en piezas únicas esos libros que les llevaban meses, y a veces hasta años, elaborar.
Los copistas de las escrituras, que trabajaban aún en volúmenes, eran extremadamente cuidadosos con su trabajo. No solamente contaban las palabras copiadas sino que también contabilizaban las letras. Si una sola letra estaba mal escrita toda la sección del rollo se rechazaba como no apta para la sinagoga y se reemplazaba con una nueva sin errores. Antes de escribir la palabra la leían en voz alta pues transcribirla de memoria se consideraba un pecado grave.
Al transformarse la escritura en el siglo XII aparecieron junto a los escritores monacales los de los reyes y grandes magnates con lo cual, se multiplicaron los ejemplares.
Fue entonces cuando la imprenta llegó a transformarlo todo. Los estudiosos aún no logran determinar quién la inventó cuándo y dónde. En lo que se refiere al arte de imprimir los chinos tienen la primicia pues practicaban esta actividad 3 siglos antes de que naciera Cristo. Hay investigadores a quienes se les atribuye la invención de la imprenta como es el caso del italiano Pánfilo Castaldi, el holandés Lorenzo Janszoon Coster y el alemán Coster, pero la impresión a base de tipos móviles con la ayuda de una prensa adecuada es mérito del inventor Johannes Gensfleisch Gutenberg en 1440, y con ello, dio paso a la fabricación del libro en plena era industrial, éste, dejó de ser un objeto fabricado de acuerdo a la demanda. El libro en forma de códice, impreso en papel tal y como lo conocemos actualmente apareció a finales del siglo XV.
A los libros impresos que aparecieron antes del 1 de enero de 1501 se les conoce como incunables. Generalmente son ejemplares que carecen de portada, faltaba la división del texto, carecían de división de imprenta, estaban foliados más no paginados, impresos en gran formato, sin signos de puntuación, con un exagerado empleo de abreviaturas, caracteres imperfectos, márgenes muy amplios y papel grueso y defectuoso.
A partir de la imprenta los conocimientos que antes habían permanecido retenidos como beneficio de unos cuantos salieron a la luz difundiéndose y llevando ideas y conocimiento a todas partes, que además, al estar escritas permitían la reflexión, la introspección de lo leído para ser procesado y asimilado de una manera más pura y completa.
Después del siglo XV las innovaciones más importantes las constituyeron la aparición de las prensas a base de vapor para imprimir así como los molinos de papel funcionando con vapor, ambas ayudaron a elevar el tiraje y a que se redujeran notablemente los precios de los libros haciéndolos más accesibles a todos.
A la Iglesia Católica no le agradó de modo alguno la imprenta de Gutenberg, pensaban que era una tontería equiparar una de las obras de arte realizadas con tanto esfuerzo por sus monjes con alguno de esos ejemplares simplones que tenían tras de sí 20 o 50 idénticos a ellos, pero en realidad, la preocupación se debía a que el conocimiento llegaría a más personas y el conocimiento les otorgaría poder, ese mismo poder que hasta entonces estuvo bajo su dominio. Comenzó la persecución de escritores, la quema de libros y las condenas inquisitorias que ya he detallado anteriormente en el ensayo “Bajo las llamas de la infamia…las cenizas de la palabra”.
Desde la aparición del primer libro impreso de que se tiene noticia a manos del chino Wang Chieh en 868 hasta la Biblia de Gutenberg transcurrieron menos de 6 siglos. Al principio solo literatos con gran reconocimiento gozaban de los privilegios de la masificación de los libros, entre ellos estaban Shakespeare, Cervantes y Moliere. Otros, como Dickens, Poe, Balzac y Dostoievski alcanzaron la popularidad gracias a los folletines.
Hasta la segunda década del siglo XX fueron posibles los grandes tirajes dirigidos a sectores que tenían oportunidades escasas o nulas de acceder a un libro.
En Estados Unidos e Inglaterra comienzan a definirse los géneros populares: ciencia ficción, policial o novela negra. La cultura se democratizó ofreciendo nuevas perspectivas, panoramas distintos y contenidos valiosos.