Aburrimiento
Observaba el juicio con poco interés. Todo lo relativo a la justicia me aburría terriblemente. Sólo me encontraba en la sala por pura obligación.
Cuando la abogada empezó a dar razones por las cuales se debía conceder la fianza, yo sólo podía pensar en embadurnarla con mermelada y lamerla de arriba abajo. El fiscal con dientes de marmota estaba en contra y no paraba de argumentar con leyes y jurisprudencia que jamás había oído.
Sí, tenía nociones de Derecho, pero sólo estudié la carrera por que no tenía suficiente nota en selectividad para estudiar psicología. Y toda esa jerga de leguleyos siempre me daba dolor de cabeza.
Cuando ambos terminaron de hablar todas las miradas se dirigieron a mí. Me encontraba sentado en lo alto del estrado. Ahora me tocaba la difícil tarea de dictar sentencia, y yo no tenía la más remota idea de que iba todo aquel proceso.
El mejor
Recordó sus clases de derecho. A menudo poco didácticas, y casi nada prácticas para la vida real. Prácticamente no sabía derecho cuando se enfundó una toga por primera vez. Pero ahora era jodidamente bueno. El mejor.
Volvió a leer el sumario por enésima vez. Era un proceso en contra de un tal Manuel Botijo de nacionalidad española por un presunto delito de asesinato. Sabía que su cliente había cometido aquel delito. Y sabía que podría librarlo de la pena. Si alguien podía era él. Por eso atraía a esa clase de indeseables.
Le asqueaba su trabajo. Estaba ya harto. No quería ganar. Pensó en perder a propósito. A nadie le sorprendería, era un caso realmente difícil. Pero a pesar de sus deseos, sabía que no perdería.
Miró a la chimenea con gesto deprimido. De ella saltó un burlón fogonazo que le recordó el fáustico pacto que le unía al Diablo.