Cuando abrieron el telón para mostrar el ring improvisado las emociones alcanzaron casi el punto culminante; nadie apartaba la vista del escenario. Un presentador salió a gritar por el micrófono y a pedir silencio; nadie quería oír, lo que deseábamos todos era acción; nosotros estábamos prácticamente debajo de la tarima y ya nos dolía la nuca de tanto mirar hacia arriba. Cuando por los parlantes anunciaron a nuestros ídolos ahí si se nos humedecieron los ojos con lágrimas vivas; “Santo” iba a luchar en nuestro pueblo y el “Tigre colombiano” (dos campeones mundiales), “El enfermero” de Méjico, uno de los rudos más rudos, y “El espanto”, creo que argentino y otros cuatro de nombres desconocidos para nosotros. Todo se desarrolló según un plan preconcebido y patadas, puños y mordiscos llovieron en el escenario para regocijo del público. Aunque nos dábamos cuenta de que casi todo era una farsa, gozábamos con lo que representaba la realización de nuestros sueños.

En algún momento uno de los luchadores cayó sobre los espectadores con tan mala fortuna que allí se encontraban los ricos del pueblo. Estos, acostumbrados a ser respetados no soportaron la afrenta y desenfundaron sus armas. Uno de los luchadores se percató de esto y como desconocía la importancia del personaje, pensando únicamente en su seguridad, lo levantó sobre su cabeza y lo arrojó a la muchedumbre; el otro gladiador le aplicó una tenaza al otro ricachón y luego lo envió por el mismo conducto sobre la muchedumbre; los otros dos alcanzaron a disparar y ahí se armó un mierdero de los mil diablos; todos contra todos y sin límite de tiempo. Los restantes luchadores bajaron a colaborarle a sus compañeros enmascarados y comenzaron a repartir puños y bofetones a diestra y siniestra… hasta que alguien (creo que mi amigo Ricardo) tuvo la idea genial de apagar las luces.

Nosotros, como estábamos cerca del baño nos refugiamos en este sin apartar la vista de las sombras que luchaban en la oscuridad. Cuando retornó la luz medio teatro estaba en ruinas. Los luchadores habían salido abriéndose paso a los mierdazos y la mayoría de espectadores estaban con las ropas desgarradas, despeinados, sudorosos, salpicados de sangre. Los brazos de los asientos se habían convertido en armas contundentes y por todas partes se notaba el estropicio de esta batalla campal (eso dijeron después pero yo nunca estuve de acuerdo; para mí campal es en el campo y este combate se dio en un recinto cerrado). Los daños ocasionaron el cierre de la sala varios meses y se descubrió que los luchadores y sus manejadores al salir recogieron también el dinero de la taquilla, bueno, lo de las ventas del día.

Jamás se volvió a saber de los personajes pero el suceso dio tema para conversaciones durante mucho tiempo. La pasión por la lucha libre aumentó pero los aficionados viajaban a la capital a presenciar los combates. Al final el único jodido con la presentación de los luchadores en el pueblo fue el dueño del Teatro Califa. Ah, también se descubrió que ninguno de los luchadores era el auténtico, por lo cual nadie quiso colaborarle para recolectar fondos y restaurar la sala. Los ricachones nunca comentaron lo sucedido pero si disminuyeron su prepotencia, parece que eso de ser lanzado por los aires como un bulto de basura no es muy agradable; si a eso se suman los golpes de la multitud que aprovechó la oportunidad de vengarse de algunas afrentas pues…

La lucha libre es tema para muchas páginas. Ahora es un espectáculo grandioso que sigue atrayendo seres ávidos de emociones y, a pesar de que todos saben que es un montaje, los aficionados a este “deporte”-espectáculo aumentan en todo el planeta. Al final, el único perdedor fue el señor Santos, el dueño de la sala y promotor del espectáculo. Como en todos los pueblos los burlones abundan  y aprovechan cualquier motivo para sus bromas; cada vez que querían ver enojado a Santos le decían: “oiga don Santos, ¿cuándo vuelve a traer los luchadores?”

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