Las campanas echaron a volar furiosas avispas sonoras que se regodearon picando campesinos nativos inoculándoles afanes religiosos y, después de los oficios en la iglesia, repicaron tañidos de moscas tse tse que metieron en los feligreses virus de descansos obligados. El santo padre Querubín, flotó entre los vapores de calor y excrementos de animales asustándolos; los foráneos se preguntaban después, recuperado el juicio, si había sido su imaginación o si durante la borrachera ¿sería verdad que volaba un chulo con cara de cura?; Ananías Villalba les explica que realmente era el párroco declarado santo por voluntad del pueblo y si no se habías asustado era por la cantidad de alcohol que tenían metido entre el cuerpo: ellos le contestaban “Que va, los brujos del llano adentro rezan animales, secan personas, crean y conjuran enfermedades, preparan contras Y filtros, echan o quitan sal, preparan contras para el mal de ojo y la mala suerte y descomponen hechizos, también vuelan y nosotros ya estamos acostumbrados”
En la escuela de misiones, sagrada y sellada a causa de la feria las monjas, las postulantas y los niños internos sólo sintieron aumentar el sonido del viento como un mugido que elevaba el volumen y después el golpeteo de pezuñas sobre el suelo pedregoso de las calles que se confundió con el coro de versos, rezos y cánticos al señor de los ejércitos, a nuestra señora, a la Santísima Trinidad, santos, santos, santos; castigo para los incrédulos, impíos, liberales y masones.
Don Fructuoso, vio morir a su hijo Tarsicio desesperado por los dolores ocasionados por los sonidos de las campanas de furia, se conmovió con las boberías de Eulalio, descubrió que Engracia no había perdido a ninguno de sus hijos y que los nuevos trillizos idénticos realizaban sus movimientos tan exactos que su mujer quedaba pensando siempre que uno había mamado menos; escuchó a Cantalicio con su hermosa voz para el cantar del llano desde sus ocho años, alzó al enorme Capitolino que por poco mata a la madre en el parto, María del Carmen Baquero y caviló sobre sus amarguras adentrando en su enorme soledad.
Sus mujeres dieron a luz en los seis pueblos: María del Carmen en san Lorenzo del Oro a Ernesto, el segundo; Encarnación en Santa Úrsula de los perdidos a Fructuoso segundo porque el anterior había sido abortado y ella agregaba ingenua “a la hora de nacer”; Mercedes en El Paraíso no tuvo hijos porque ya tenía los seis completos; en Fiquiteva, Engracia Reina estaba muy demorada pero ya completaría la media docena; en san Antonio de los Mechudos nació Rosendo completando los seis, pero, su hermano Eulalio se fue en una carcajada de bobo eterno cuando miró al recién nacido y se fue transformando en sonido de carcajada tonta mientras disminuía de tamaño y desaparecía corporalmente perpetuándose en un eco de risa tonta que resonaría en la pieza como recuerdo perenne, en adelante, nadie pudo dormir en ella porque en las noches saltan chispitas de colores que cambian sus tonalidades según las variaciones sonoras de la risa. En Quente, nació Benjamín, quien habría de dar su nombre a sus seis hermanos nacidos después que lo dieron por muerto, cuando los perros del alemán se lo llevaron hacia la selva; treinta años más tarde lo encontraron unos antropólogos gringos y lo exhibieron como el hijo de la selva; su papá, entonces, ordenó a sus mujeres que los siguientes hijos fueran llamados Benjamín. A Engracia Reina le tocó nombrar así a su hijo de esta tanda que llegó demorado.
Llegaron los vientos de la guerra más larga en que participaría don Frutos con sus cinco llaneros, cinco habían dejado ya sus vidas en el pueblo: Tobías Villalobos despedazado por los perros; Ruperto Devia, tasajeado y repartido por las calles; Vicente Trejos, atorado con una pepa de mango; Jacobo Barbosa en la trifulca de la gallera, cuando balearon a los perros y casi dejan sin ejército al cura cabrón; Jaime Angel ya les había explicado el significado de la palabra inaplicable a su tío pero continuaban llamándolo así; y Julio Mantilla que dejó de existir cuando la estampida de la última feria que se llevó por delante a personas, animales, chozas, toldos de fritangueras, la gallera, las puertas del café “El Tunebo”, los parales del parador de las mulas, los portales de varias haciendas, las faldas de tres putas, la ropa que secaba al sol misiá Encarnación Guavita, los palos del gallinero de Carlina de Pérez y diez aves que cayeron sobre los lomos de las reses y viajaron en vaca durante los cinco días que duró la carrera, finalizada por debilidad, los animales quedaron extenuados, bajos de peso y sin alientos; se arrodillaron como para pedir perdón al terminar el tropel y las gallinas empezaron a comerles las garrapatas; en ese desorden se vio enredado Julio Mantilla cuando estaba orinando contra un árbol, quedó enganchado en los cuernos de un toro padrote que lo lanzó hacia atrás y viajo de cuerno en cuerno hasta su tierra natal, él, sería el único de los diez en dejar su cuerpo en la tierra que lo vio nacer, la vida había quedado en la salida de Quente.
Como no dieron resultado las banderas ni el encierro de las mujeres castas, ni los cánticos y rezos de las monjas y los niños de la escuela misional, ni los repiques especiales de las campanas, el párroco decidió tomar medidas extremas para terminar con las ferias que traen el pecado. “Lo que ordene monseñor, si padre. Como diga santo padre. ¿Usted organiza todo?... ¿y es un castigo de Dios. Los perros ayudan?, bueno, yo tengo un cuero tigrillo, yo de ocelote, yo…” Los truenos de volador retumbaron en las calles pum pum pum, se oyó; los muchachitos de la escuela agitaron los cueros para que el viento llevara el olor a la manada; pum pum pum, sonaban los truenos entre las patas de las reses; “Virgen Santísima, miren lo que se nos viene encima” –dijo una de las mujeres de la feria que comía fritanga y fue la primera en dejar las faldas en las cornamentas, milagrosamente escapó con vida con algunos rayones de cachos en las nalgas, el alcalde la apodó luego “La Culirayada”; y todo el mundo a perderse en las casas, en los solares, sobre los árboles de la plaza. Murió un peón de don Frutos, falleció una de las vagabundas, se que marón las manos con pólvora dos niños de la escuela, las vacadas voltearon las mesas de billar y en las afueras tumbaron el rancho de los padres de Rita Guavita, una sirvienta de Aminta que trabajó con ella cincuenta años; estas fueron las desgracias inmediatas, durante los días siguientes, llegaron noticias del recorrido de la estampida; a las dos semanas se conoció el final De Julio Mantilla encontrado vuelto girones del llano en el pico de las paraulatas, en el plumaje de sangre de las corocoras, en el murmullo de vida de los caños donde pararon los animales, en el vuelo del gabán, en la mirada agónica de los gallinazos que probaron su carne de macho, en el cabeceo de las palmas reales y en el susurro del viento que les dijo: “Aquí estoy camaritas”, en el aleteo de las garzas blancas y en la canción de los morichales que hablaba de un llanero muerto volando en los cuernos de miles de animales y llevado durante muchas leguas en su muerte desbaratándose en plumajes, pieles, susurros y cantos de llanura, morichal y selva.
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