Todo lo que encontraron en cuanto lugar visitaron fue destrucción y muerte, abandono y descuido, abuso y extinción. Viajaron por el mar y fueron testigos de la manera en que las ballenas, los delfines, y en general todas las criaturas marinas eran masacradas y asesinadas sin piedad. Observaron cómo las industrias, las plataformas petroleras, las grandes potencias con sus pruebas nucleares estaban contaminando el mar y terminando con todo rastro de vida ahí.
Conocieron las partes heladas del planeta, que ahora se estaban derritiendo porque los rayos solares llegaban directo, sin el escudo de la capa de ozono. Presenciaron la masacre de los lobos marinos que amigables corrían al encuentro de los hombres tan solo para recibir dolor, muerte lenta y sufrimiento.
Con un gran sentimiento de pesar siguieron buscando aún con la esperanza de encontrar algo bueno del otro lado del paraíso. Llegaron a África ¿dónde estaban los animales? ya no había elefantes, ni leones, ni nada. Los niños estaban muriendo de hambre, no había qué comer.
En el desierto fue imposible permanecer, no por el sol, ni por las condiciones extremas de sus características naturales sino porque se hallaba sitiado por militares que detonaban bombas y liberaban químicos que agravaban la situación. Las grandes ciudades solo les mostraron violencia, egoísmo, la gente tenía tanta prisa por llegar y cumplir con sus obligaciones que no se daban cuenta que estaban viviendo dentro de una burbuja de humo mortal que enfermaba sus pulmones.
¿No se suponía que el hombre tenía capacidad de raciocinio? Los bosques no tenían árboles, las plantas estaban secándose, el agua agotándose, los alimentos ya no eran otorgados por la naturaleza sino creados a partir de fórmulas químicas que supuestamente mejoraban los nutrientes de los verdaderos.
Además, la gente se empeñaba en no comer, todo era malo, todo enfermaba, todo engordaba...¡hasta el agua! que solo se conseguía embotellada y no había nada gratis, había que pagar para adquirir lo que en el paraíso tenían a montones y gratis. Después de mucho pensarlo, decidieron volver al edén.
-No podemos dejar a nuestros hermanos aquí, no podría volver a sentirme feliz sabiendo que están a merced de estos monstruos -dijo el halcón.
-Pero ¿cómo podríamos llevar a todos hasta allá? ¡Somos tan pequeños para cargar con ellos! Mira cómo hemos envejecido. No sabemos cuánto tiempo de vida nos quede podríamos morir si no llegamos a tiempo.
La golondrina propuso entonces pedir la ayuda de Dios, quien, conmovido, les dio una solución:
-Deben construir un nido enorme. Cada que toquen con el ala a un animal éste se convertirá en una rosa dentro del nido y será como vitaminas para sus cuerpos, solo tendrán una oportunidad de hacerlo, se salvaran los que quepan dentro de él y que puedan ser transportadas por ustedes, pero recuerden que acá son mortales y pueden salir dañados. Yo en lo único que puedo ayudarlos es mostrándoles el camino más corto para llegar a los destinos más críticos y donde estén aquellos con una situación más desesperada,
Tardaron muchos días en construir el nido, pues debían seleccionar materiales que no pesaran tanto para poder volar con él. Una vez terminado, iniciaron su incansable labor transformando elefantes, rinocerontes, lobos, perros maltratados y abandonados en las grandes urbes, algunas aves, águilas, delfines, ballenas...todos los que se cruzaban en su camino eran convertidos en rosas con el roce de las alas y metidos en el nido.
-Ya no vamos a poder con más - dijo el halcón-está demasiado pesado. Recuerda que el viaje es largo.
-Pero... -respondió con tristeza la golondrina -nos faltan las focas canadienses. ¡No podemos abandonarlas!
-Bueno -accedió no muy convencido -pero solo algunas, las más pequeñas, salvemos a algunos de los bebés y ya, si nos excedemos corremos el riesgo de caer muertos de tanta fatiga y entonces todo habrá sido inútil.
Cada uno tomó un extremo del nido repleto de rosas y levantaron el vuelo con algo de dificultad. Tardaron mucho en llegar a su destino pero coincidieron con la llegada de los cazadores.
-¡Debemos apresurarnos! -dijo el halcón -solo unos cuantos
La golondrina se esforzaba lo más que podía en rozar a la mayor cantidad de focas, pero los hombres eran veloces y muy eficientes asesinándolas sin piedad ni compasión.
-Vámonos –gritó el halcón -ya son demasiadas rosas.
La golondrina iba a levantar el vuelo hacia su amigo cuando vio, detrás de una roca una foca tratando de cubrir con el cuerpo a su bebé. Con el único ojo útil, logró ver al cazador que se acercaba hasta ellas.