-Déjame ayudarlas -suplicó

-¡No! -Gritó el halcón -ni una más. Vámonos.

La golondrina voló con todas sus fuerzas  y logró rozar a la foca madre que en seguida se sumó a las rosas sobre el nido gigante, pero faltaba la pequeña que comenzó a llorar a grito abierto en cuanto sintió la falta de su madre.

La valiente y pertinaz avecilla dio vuelta y planeó peligrosamente bajo para rozar a la pequeña. ¡Lo logró! Pero el cazador también consiguió darle un golpe terrible en la cabeza al pajarillo que cayó desmayado en la nieve.

Con rapidez, el halcón, que ya iba en su rescate, la transportó en su pico para depositarla sobre las rosas y como pudo arrastró el cargamento hasta el agua en donde, como si viajaran en una balsa, se alejaron navegando. El viento los llevó hasta mar abierto. Fuera del alcance del hombre.

La golondrina recobró la conciencia, pero el golpe recibido la había dejado completamente ciega y con el pico roto. Aún así, convenció a su amigo de emprender el vuelo pues por mar no llegarían a ningún lado.

-Debemos encontrar el arco iris entre las montañas y atravesarlo -le recordó.

-Pero ¿cómo pretendes volar así? no vas a resistir.

Tú serás mis ojos -pidió la golondrina -me duele mucho todo mi cuerpecito, pero más me ha lastimado la crueldad de nuestro hermano: el hombre. Debemos rescatarlos.

Con gran dolor, la avecilla se las arregló para asir el extremo del nido mientras su compañero alado trataba de llevar la mayor parte del peso sobre su espalda. Cruzaron el océano, llegaron hasta el valle y después de varios días apareció a lo lejos el arco iris entre las montañas.

Para entonces, el halcón ya tenía la espalda deshecha y un hilo de sangre escurría por su pico, sin embargo, pacientemente dirigía a su amiga y le describía los caminos que iban recorriendo.

Naturalmente, se detenían con bastante frecuencia a descansar, Dios estaba con ellos y una lluvia fina los acompañó durante el trayecto  con lo cual las rosas se mantenían hidratadas y ellos podían beber  agua. Aún así, los honorables rescatadores se sentían enfermos, hambrientos y muy cansados. El dolor era tanto que había comenzado a anestesiar sus cuerpecillos.

Haciendo un esfuerzo sobre humano, volaron a través del arco iris, el halcón feliz le gritó a su amiga que la entrada al paraíso estaba prácticamente frente a ellos. Pero ella ya no pudo escucharlo, se había quedado sin fuerzas y cayó provocando que el nido se volcara y las rosas se precipitaran al suelo. Algunas lograron quedar dentro del edén volviendo a su forma  animal en seguida, pero otras estaban fuera y siguieron siendo rosas.

El halcón, que había conseguido alcanzarla antes de que chocara irremediablemente contra el suelo, la depositó con suavidad sobre el césped y mirando el estado lastimero de su compañera lloró de impotencia. La golondrina, todavía medio inconciente, lo llamó con voz trémula:

-¡Sálvalos! -pidió -Sálvalos a todos, sálvate tú y entra con ellos para que dejes de sufrir. No creas que no me di cuenta que casi cargaste tú solo el nido todo el trayecto. Acaba con nuestra obra.

Pero ¡eran tantas las rosas derramadas fuera de la entrada y él estaba tan cansado y enfermo! En ese momento, llegaron todos los animales habitantes del paraíso que habían sido alertados por los recién llegados, y sin pensarlo dos veces salieron en estampida de su hábitat hermoso, seguro y feliz arriesgándose con el único propósito de meter las rosas faltantes con cuidado.

Ninguno advirtió que los dos amigos plumíferos estaban agonizando, uno junto al otro, fuera del paraíso. Fue aquella foca madre la que con cuidado especial recogió el cuerpecillo de la golondrina y logró meterlo antes de que exhalara el último suspiro, mientras su pequeño hijo hacía lo mismo con el halcón.

Cuando abrieron los ojos, estaban en el edén, junto a todos los demás rescatados que miraban a su alrededor maravillados:  el agua cristalina, la tierra sana, el aire puro y la belleza que los rodeaba ahora. La golondrina seguía sin poder ver, pero no porque siguiera ciega, sino porque las lágrimas de felicidad no se lo permitían, mientras, el halcón, daba gracias a Dios por su condición de ave.

Todos coincidieron en que eran afortunados de ser animales y de no contar con esa “inteligencia” que hacía del hombre lo que era: un ser  soberbio y cruel capaz de terminar con el planeta entero y sus semejantes.

Elena Ortiz Muñiz