Corregida la deficiencia de la red, Manuel y yo fuimos a tomar unas pintas. Si se lo proponía, el viejo mestizo podía llegar a ser simpático ¿Qué le pasó a mi antecesor?, ¿no aguantó el trabajo? Murió en un percance laboral –me respondió, con espuma de cerveza en sus labios resecos- ¿Un fallo del compresor? –aventuré-. No, ¡pinche buey! Era sólo un chavo y su vida estaba a mi cargo. Se suicidó, ¡el hijo de la gran chingada se quitó la escafandra ahí abajo! Sus pulmones se llenaron de mierda.
20 de junio de 2007
Hoy, el mismo coche de policía con los mismos agentes, ha precedido nuestra marcha hasta una nueva calle amenazada por la irrupción del subsuelo líquido sobre los adoquines. Manuel y yo abrimos la tapa de una alcantarilla con ayuda de una palanca. La mierda había ascendido hasta el nivel de la calle, sumergiendo las escaleras de acceso al alcantarillado. Es cuestión de tiempo que desborde –advirtió el operario-. En esta zona hay dos líneas; si conseguimos intercomunicarlas, haremos que el caudal fluya más ágil. Manuel desplegó un plano ante mis ojos. Aquí, -señaló en el papel- cuando abras esta compuerta tu trabajo habrá terminado por hoy. Así que se trata de realizar un “bypass” ¿Un by qué? –interrogó el mestizo-. Sí, ya sabes, conducir la sangre de una arteria a otra por un conducto alternativo, mientras se procede con una operación a corazón abierto ¡Gringo pendejo!, ¡no me utilice palabrotas y ande para abajo! Mi ayudante es un tipo de vocabulario fijo, al que no agradan las novedades lingüísticas. Intenté no olvidar esta peculiaridad, mientras me introducía con mi equipo en el sistema de alcantarillado, el ronroneo excitado del compresor a mis espaldas. Avancé a tientas por el conducto, las manos pegadas a la pared de la tubería, en la misma dirección hacia donde debería fluir el río de deshechos producidos por los habitantes de la ciudad. Mis pies trastabillaban, se movían inseguros inmersos como estaban en esa sopa opaca, densa y maloliente, constituida de orines, aguas de fregadero, duchas vespertinas, residuos de taller clandestino y alivios de bajo vientre. Una sopa donde podían encontrarse fragmentos en suspensión formados por todo tipo de materiales, de cuya procedencia daría cuenta la historia más peregrina. En aquel progreso de ciego por el submundo del D.F., la manguera de aire tras mis pasos, encontré la bifurcación que buscaba. El nuevo conducto por el que transitaba había sido diseñado, en un principio, como un ramal seco; una vía de servicio paralela a la tubería “legítima” de la cloaca. Me topé con la compuerta de sopetón; no parecía un trabajo difícil, la mierda había colmatado ambos conductos y la mejor estrategia era intercomunicarlos, conseguir que se convirtieran en uno. Mis manos enguantadas palpaban ya la puerta cuya apertura lo haría posible. En esa parte de la ciudad, las tuberías del alcantarillado sólo estaban dotadas de un pequeño desnivel; por lo que, según me aseguró Manuel, no encontraría un vacío tras la compuerta que dificultara o impidiera el abrirla. Los dos lados se encontraban cegados por las excreciones del D.F., una gigantesca y amorfa criatura orgánica que orinaba y defecaba sin descanso. Si ambos lados están hasta arriba de mierda, ¿en qué se ha de notar una puerta abierta de más o de menos? –pregunté a mi ayudante-. Pinche buey, al ajuntar el cubicaje de dos ramales “el promedio de desplazamiento inercial aumentará”, la mierda resbalará hacia abajo a mayor velocidad. No te quepa duda, gringo. Se lo oí decir a un técnico armado de un portafolios y una corbata a juego. Golpeé la compuerta con la palanca que llevaba conmigo, parecía estar hecha de un metal grueso, me recordó la escotilla de un barco hundido. Tras un breve forcejeo, logré abrirla un palmo. Noté una leve succión. Cuando juzgué que las densidades de las dos corrientes se habían homogeneizado hasta estabilizarse, empujé la compuerta contra la pared del conducto y coloqué la palanca, a modo de cuña, bajo la ranura que crecía famélica entre el metal y el suelo. La operación de abrir y trabar la puerta me permitió reflexionar sobre la desenvoltura humana, capaz de seguir adelante aún a ciegas y en las circunstancias más adversas.
Una vez obstaculizada la posibilidad de que la compuerta se cerrara de nuevo, me alcé satisfecho. Erguido en mitad del alcantarillado, sumergido en un río de detritus tan ciego como el buzo que tutelaba su lento discurrir, fue cuando noté la extraña presencia. Algo propinaba pequeños golpes en mi escafandra, rozaba mi traje con apenas una caricia. Un roce en un antebrazo, en una rodilla, en la espalda. Recordé una reparación efectuada en los cimientos de una plataforma petrolífera, necesité varios días para arreglar una tubería de extracción y durante el trabajo recibía la visita puntual de un enorme mero. La curiosidad del pez le hacía aproximarse a mí, a inspeccionar el equipo de inmersión con el único utensilio del que disponía: su boca. El mero besaba la escafandra y mordisqueaba el traje de buzo, desde las espalderas a los guantes, de manera delicada, con la dulzura de una ninfa ingrávida, dueña y anfitriona de las aguas cristalinas de un lago. Pero no estaba en un lago, ni mucho menos en mar abierto. Me movía inmerso en un abismo de hedor y oscuridad, junto a una cosa que, indudablemente, no era un mero. Me asusté. En un claro intento de indagación, la cosa seguía palpándome. No podía tratarse de un pez, ninguna criatura con branquias aguantaría la falta de oxígeno de unas aguas teñidas por la putrefacción. Pensé en las leyendas urbanas que hablaban de caimanes perdidos en el laberinto de las cloacas, de ratas gigantes ávidas por succionar la sangre de operarios extraviados; la imaginación suplía las lagunas del conocimiento por medio de imágenes, agradables o terribles. Fui retrocediendo por el conducto en dirección al exterior, casi podía oír las burbujas desprendidas de la escafandra a través de la válvula de expiración situada junto a mis labios. Una respiración regular y tranquila, producto de años de buceo, se estaba convirtiendo en la agitación de un fuelle descontrolado. De improviso, los golpeteos cesaron. La calma de alrededor consiguió aumentar mi nerviosismo. Entonces la vi, fue una visión fugaz; pero la imagen permanece a fuego en mi memoria, donde habrá de enquistarse hasta mi muerte. Una fuerza presionó el visor de la escafandra hasta formar sobre el cristal un relieve definido, cuya nitidez de detalles consiguió desplazar la opacidad de los deshechos que me envolvían, apoyándose en la luz interior que brotaba de mi escafandra y a la cual no había renunciado. El relieve plasmaba una imagen capaz de desvelar los sueños de cualquier hombre, para condenarlo en mitad de la noche al destierro de los insomnes. Una imagen precisa que reproducía el contorno de una mano femenina, de dedos largos y delicados, de uñas bien cuidadas. Grité a través del intercomunicador, agité los brazos y un remolino se formó en torno a mí. Tenía que alejar al monstruo o lo que quiera que aquello fuese. Avancé por el conducto con toda la rapidez que me fue posible, las imprecaciones de Manuel acompañándome en mi huida.
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