En el exterior, sentado en el suelo de la calle, el mestizo me ayudó a desenfundarme la escafandra ¡¿Qué carajo ha pasado?! –quiso saber inquieto-. Tuve que aquietar la respiración antes de contestar, el pecho me ardía como si hubiera tomado una ración extra de tequila ¡Hay alguien ahí abajo!, ¡una persona! ¡He visto su mano! ¡Pinche buey!, ¡gringo del carajo! –exclamó el viejo aliviado-. Son muertos, los hampones se deshacen de sus víctimas arrojándolas por el alcantarillado ¡Despierta chavo! –rugió-. Esto es el D.F. ¿Por qué crees que nos escolta la policía? Sin su protección, cortarían la manguera de aire y robarían el compresor después de que me ensartaran unas cuantas puñaladas. Fuera de tu territorio habitual, la vida adquiere mucho peligro. Pero… se movía, ha llegado a tocarme. Varias veces –insistí-. No me sea atolondrado, gringo. Los muertos no se mueven, ni siquiera en Méjico. La corriente que se formó al abrir la compuerta hizo que el cadáver danzase en torno a usted. Agradecí en silencio la deferencia que Manuel me otorgaba al tratarme de usted. La imprevista muestra de respeto logró apaciguarme.

Arropados por la rutina de un consumo de cerveza en un bar de mala muerte, el viejo mestizo me habló de nuevo de su compañero de trabajo. Se llamaba José y no tenía más de veinte años. Era competente y servicial, pero una idea le obsesionaba. Había perdido a su hermana, una morocha contundente desaparecida en la noche inmensa del D.F. .Creía que había sido asesinada y oculta para siempre entre las inmundicias de las cloacas. Escogió el trabajo para encontrarla. Tuve que ponerme serio con él, me traía a la superficie todos los cadáveres que encontraba ahí abajo. Aparte del espectáculo horrendo de la pesca, la policía nos hacía rellenar formularios interminables, entorpeciendo los trabajos de mantenimiento. Los muertos no son asunto nuestro, si la policía no se interesa por ellos, ¿por qué deberíamos hacerlo nosotros, simples operarios de la brigada municipal? Después de prohibirle que subiera los muertos, se encerró en un silencio terco. Parecía sonámbulo. Al final ocurrió la tragedia.

 

 23 de junio de 2007

La jornada de hoy ha sido tranquila, aunque durante el transcurso del horario laboral no pude sacarme de la cabeza la impresión de aquella mano femenina contra el vidrio de mi escafandra. Fantásticas historias circulaban por mi mente, fábulas con las que intentaba explicarme el porqué de una mujer estremecida, viva y seductora, moviéndose en el fondo del alcantarillado. El D.F. se encontraba tierra adentro, lejos del mar y de cualquier río con caudal suficiente al que verter sus residuos urbanos. Todo el entramado de tuberías, que drenaba los deshechos de Méjico capital, derivaba hacia un conducto principal que arrojaba todo su aporte en una planicie desértica. El agua putrefacta formaba un lago inmenso en una región, por lo común, desprovista de humedad ¿Quién podía saber qué cosas era capaz de producir semejante alteración? El lago originado por las deposiciones del D.F., limitado por orillas fangosas como de alquitrán, atravesado por remolinos de metano, poblado de remansos donde moscas y mosquitos confiaban sus huevas al calor nutritivo de una putrefacción siempre en auge, era una copia grotesca del pantano ubicado en el reino de Hades: una enorme laguna Estigia surcada por barqueros enloquecidos en su superficie y por sirenas de pesadilla en sus profundidades. Quizá fuera eso la cosa con la que me tropecé en el submundo del D.F., una sirena procedente del océano de residuos alimentados por la necesidad gregaria del hombre. O acaso la ciudad, todas las ciudades del mundo, podía ser otra cosa que una negación desesperada de la soledad humana, tan inútil como hipócrita.

 

24 de junio de 2007

Al acabar el trabajo, cuando me retiraba de una tubería especialmente angosta, escuché una canción. Creo recordar que la letra decía lo que aquí apunto: me cansé de rogarle/ me cansé de decirle/ que yo sin él/ de pena muero/ No quiso escucharme/ y si sus labios se abrieron/ fue para decirme/ “ya no te quiero”. Acostumbrado a ellos, el cerebro humano fabrica estímulos si deja de recibirlos. El aislamiento sonoro al que me condena el equipo de buceo, adquiere substancia en un persistente zumbido. Alteraciones, balbuceos incoherentes de una nada insonorizada que mi mente reúne y da forma ¿Qué otra explicación puedo aceptar sin caer en la locura? Y si el oído puede embadurnarse con la fantasía de manera tan fácil, ¿por qué no los ojos? Tal vez aquella mano fuera un espejismo, una recreación de la conciencia ante la insoportable desnudez visual que crece arrogante al otro lado de mi escafandra.

 

25 de junio de 2007

Hoy, en la cloaca más profunda del D.F., he vuelto a escuchar la canción: fue para decirme/ “ya no te quiero”./ Sentí que mi vida/ se perdía en un abismo/ profundo y negro/ como mi suerte. Algo me tocó de nuevo, estoy seguro. Como el mero de la plataforma petrolífera, la dueña de la mano, la mujer que habita en el submundo del D.F., me sigue por los conductos y murmura junto a mi escafandra tristes canciones de amor. Le pregunté al viejo mestizo cómo se llamaba la hermana de José. Hipólita, me respondió, sus ojos hundidos en una mirada de preocupación. A partir de ahora, llamaré Hipólita a la sirena que custodia mi tanteo ciego en la profundidad de las alcantarillas.

 

15 de julio de 2007

Esta mañana, ahí abajo, sentí su presencia con una intensidad sobrecogedora. Durante el trayecto en el interior de una tubería de corrientes imprevistas, Hipólita me dio la mano por un breve espacio de tiempo. No tuve miedo. Es más, la busqué en vano cuando dejé de sentir la presión de sus dedos en mi mano enguantada.

 

29 de julio de 2007

Escuché otra vez la canción: sentí que mi vida/ se perdía en un abismo/ profundo y negro/ como mi suerte. Me situé inmóvil en el centro del conducto, alcé los brazos y cerré los ojos. Hipólita acarició mi traje. Sentí su tacto en mis manos, piernas, pecho y espalda. Se aproximó a la escafandra, abrí los ojos y volví a ver su mano impresa en el visor. La quiero, deseo a esa mujer. Pero pertenecemos a dos mundos contrapuestos, soy un simple mortal de superficie y ella una sirena del submundo; tal vez inmortal ¿Cómo sino conseguiría trascender, a un tiempo, la extrema anulación de la muerte y habitar en un entorno hostil a cualquier criatura?

 

8 de agosto de 2007

No consigo borrar de mi cabeza el recuerdo de la mano de Hipólita. La canción susurrada a través de mi escafandra, me cansé de rogarle/ me cansé de decirle/ que yo sin él/ de pena muero, se reproduce una y otra vez en mi mente durante el trabajo, en mitad de las conversaciones triviales con Manuel, en las horas de descanso que me obligo a seguir en la pensión donde doy cuenta de mis percances en este diario. Sentí que mi vida/ se perdía en un abismo/ profundo y negro/ como mi suerte.

Tengo que unirme a ella como sea. Mañana, cuando llegue ahí abajo, me quitaré la escafandra.           

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