De la serie cuentos de una hoja para adolescentes

 

Al llegar a un paraje solitario de la bahía San Blas denominado Los Andriles, nombre este conocido por muy pocos lugareños y dirigiéndose hacia el nordeste rumbo al mar. Existe un escondido sendero que algunos niegan conocer. Este camino esta bordeado por altos matorrales que cubren toda la zona, y a veces se pierde interrumpido por tenaces espinillos que crecen descontrolados y cómodos en la senda, por ser esta poco transitada. Solo rocas de gran tamaño y los fuertes vientos impiden que la vegetación sea mas cerrada.

Por ese camino misterioso se puede llegar al cementerio de los caracoles.


Sin embargo, no cualquiera se atreve a realizar la travesía; algunos con espíritu aventurero lo intentaron pero abandonaron antes de la mitad del viaje; otros se perdieron y con grandes esfuerzos pudieron regresar luego de penosas horas de incertidumbre jurando que jamas volverían.


Es que por ese camino suelen encontrarse algunas variedades de serpientes que si bien no son venenosas, aparecen sorpresivamente y atemorizan , hubo también quien aseguró haber visto peligrosos animales salvajes, pero esto no es cierto. El lugar también es habitado por aves de gran tamaño que sobrevuelan para vigilar la llegada de extraños y cuando se posan en las ramas, sus ojos escrutan con penetrante mirada a todo ser viviente que pase por allí.


El fin del sendero llega a la parte superior de una profunda barranca con hermosa vista al mar, que ya deja oír sus rumores por la cercanía. Allí se debe descender hasta la angosta playa, siendo el único lugar por el cual se puede continuar la aventura, una vez llegado a la playa hay que transitar por la arena debiendo soportar los golpes del agua que sube hasta los tobillos, golpea el paredón de la barranca y se retira, repitiéndose constantemente haciendo a veces trastabillar los que se aventuran.


Luego de andar media hora comienzan a verse en las paredes de la barranca , una innumerable cantidad de pequeñas cuevas que dan refugio a grandes cangrejales.


Por fin, se llega a un lugar donde la playa se hace particularmente ancha y solitaria.



El silencio es invadido por el rumor interminable del mar y el graznido entrecortado de las aves. Al fondo, playas infinitas tapizadas de blanco por millones de caparazones de caracoles, la pared de la barranca esta allí llena de cavernas.


El panorama sorprendente, pero naturalmente calmo, impone solemnidad.


Se diría que en determinada época del año llegan allí para morir, oleadas de caracoles, buscando depositar sus cuerpos en las cuevas; luego la alta marea los busca y desparrama por la inmensa playa.


También se pueden ver restos de maderos de un viejo buque que quién sabe en que remoto tiempo fue también allí para dejar sus restos junto a los caracoles.


Decir que la muerte es bella no debe ser acertado, pero la belleza de las innumerables formas y el colorido de los caparazones que allí se ven , deja la sensación de que a veces la belleza no muere con el ser, sino que lo sobrevive.


Los lugareños procuran ocultar el sitio y los más viejos aseguran que ese es el fin del mundo para aquellos moluscos, que vienen a este solitario lugar desde los más remotos mares de la tierra.


Allí cumplen con su destino final; que sus caparazones desaparezcan, como desaparecieron sus cuerpos al morir, evitando la profanación y la afrenta de ser exhibidos en una vidriera, hasta que alguien se lo lleve y lo separe definitivamente del que fuera su mundo, para adornar quien sabe que macabra estantería. Al fin y al cabo son restos de cadáveres.