El silencio es invadido por el rumor interminable del mar y el graznido entrecortado de las aves. Al fondo, playas infinitas tapizadas de blanco por millones de caparazones de caracoles, la pared de la barranca esta allí llena de cavernas.
El panorama sorprendente, pero naturalmente calmo, impone solemnidad.
Se diría que en determinada época del año llegan allí para morir, oleadas de caracoles, buscando depositar sus cuerpos en las cuevas; luego la alta marea los busca y desparrama por la inmensa playa.
También se pueden ver restos de maderos de un viejo buque que quién sabe en que remoto tiempo fue también allí para dejar sus restos junto a los caracoles.
Decir que la muerte es bella no debe ser acertado, pero la belleza de las innumerables formas y el colorido de los caparazones que allí se ven , deja la sensación de que a veces la belleza no muere con el ser, sino que lo sobrevive.
Los lugareños procuran ocultar el sitio y los más viejos aseguran que ese es el fin del mundo para aquellos moluscos, que vienen a este solitario lugar desde los más remotos mares de la tierra.
Allí cumplen con su destino final; que sus caparazones desaparezcan, como desaparecieron sus cuerpos al morir, evitando la profanación y la afrenta de ser exhibidos en una vidriera, hasta que alguien se lo lleve y lo separe definitivamente del que fuera su mundo, para adornar quien sabe que macabra estantería. Al fin y al cabo son restos de cadáveres.