Andrea había cometido un error, y Javier no tardaría en demostrárselo. El impacto de tan inusual arma en su espalda, simultaneo al estruendo del vidrio que protegía la foto estallando en el suelo, lo despertó de un letargo en el que se hallaba desde su más temprana niñez. Se volteó, miró con estupefacción y odio a su hermana y se abalanzó sobre ella brutalmente, tomándola por el cuello y estrangulándola sin ánimos de suspender su ataque. Solo la acertada intervención de Diana acabó con la desagradable escena y, al mismo tiempo, salvó la vida de Andrea, pues la reacción colérica de Javier tomaba un cariz medroso de enajenación.

Las consecuencias de aquella riña trascendieron significativamente. Andrea acusó a su hermano, y Rosario, presa del enojo, lo despidió de la casa, dejándolo abandonado a su suerte, hecho irracional si se tiene en cuenta que Javier no era propiamente afortunado y su actual forma de ver la vida era claramente temeraria. El sentimiento de culpa por lo ocurrido no se alejaba de Andrea, que sabía cuál era su grado de culpabilidad y hasta que punto pudo haber evitado lo ocurrido. Pero su orgullo y afán de excusarse la llevaban a exagerar los hechos y a representar el papel de una víctima atribulada por la ingratitud y obstinación de su hermano, al que, según ella, trató de ayudar por todos los medios a pesar de ser un drogadicto peligroso. Sus historias no la convencían a ella, y mucho menos a los demás, que ya conocían su carácter, especialmente Diana.   

Javier acudió a sus amigos, de modo que sin dilación encontró un lugar donde resguardarse. 

Desinhibido, libertino y mal influenciado, se entregó a una vida de desenfreno, incluso, participando en actos delictivos para financiar costosas adicciones. Conoció  a varias mujeres con las que sostuvo relaciones fugaces y   borrascosas. A muy temprana edad ya había vivido muchas situaciones propias de bandidos experimentados, y esto lo hacía sentirse orgulloso y lo impelía a hundirse más en un mundo peligroso y denigrante. Se  puede decir que la partida de Javier coincidió con los últimos días de Ramiro en el hogar. 

Su presencia repentina e infortunada se había hecho amarga y pesada, y sus intentos de agredir a Rosario fueron frustrados continuamente con desalojos temporales que cada vez se hicieron más extensos, hasta el punto que pasaron más de dos meses en que no hubo comunicación y finalmente, como era de esperarse, la perjudicial unión terminó. Sin embargo, Ramiro quiso dejar como último recuerdo una grotesca escena en la que, alcoholizado y enfurecido, golpeó por última vez a Rosario y se encargó de que todo el vecindario se enterará de los detalles de la riña. Fue la última vez que lo vieron. Tiempo después se enteraron de que había formado otra relación de contubernio con una mujer mucho más joven, pero igualmente ingenua y desafortunada, a la que dio un trato semejante. 

Andrea estaba decidida a cambiar su destino de alguna manera, y al no poder valerse de la educación y del precario sistema comercial que estaba a su alcance, emprendió la labor de buscar un hombre que le brindara afecto,  compañía y también seguridad económica. Tristemente, los candidatos resultaron insuficientes a sus aspiraciones, de modo que rechazó a la gran mayoría. Sin embargo, con el transcurrir del tiempo, el nivel de exigencia disminuyó significativamente, de seguro, por la falta de pretendientes. Muchas de sus relaciones fueron solo pasajeras; sus compañeros buscaban algo más vano y menos puro que el amor. En uno de sus  noviazgos se vio al umbral de las nupcias, pero una  noticia inesperada impidió que eso sucediera. El popular retraso, los inequívocos síntomas y las temidas pruebas de embarazo la hicieron acudir al médico para corroborar la noticia; una amalgama de ansiedad, perturbación y sentido de logro la invadieron al saber que esperaba un hijo. En ningún momento paso por su cabeza la irracional idea de abortar, aunque sabía que sus problemas aumentarían con el nacimiento de la criatura. Sus meses de embarazo se desarrollaron de modo frenético por  el  hambre, la fatiga y la inquietud sobre el futuro de su hija, a la que llamaría Isabel. Andrea se sentía invadida de felicidad por aquel nacimiento, pero su novio, el padre de Isabel, se estremeció y huyó sin que nunca más se supiera de su paradero. No se puede saber hasta que grado las cosas hubieran sido diferentes para Andrea y su hija si aquel hombre hubiera asumido su responsabilidad, pero su corta edad, su temperamento asustadizo y su proceder inmoral hacían pensar que lo mejor era no tenerle cerca. Con su nueva responsabilidad, Andrea tuvo entonces en su vida un periodo de tregua en el que solo se dedicaría a realizar la tarea más pacífica del mundo: cuidar y amar a su hija. Prontamente ese periodo llegaría a su fin.  Por su parte, Diana había acumulado desde su niñez una gran inseguridad, gracias al maltrato que de muy diversas fuentes recibió. Creer  que cualquier persona, aún ajena a ella, tuviera el derecho a ultrajarla, había afectado poderosamente su autoestima. 

Sentía un miedo pavoroso al rechazo y todas sus acciones y expresiones eran reprobadas por ella misma.  Deseaba atraer la atención de su madre, y la nueva condición de Andrea y la presencia de Isabel se lo impedían.   Usualmente ignoraba a su sobrina y únicamente en la soledad la mimaba y le hablaba con ternura. Esto demostraba que el rechazo  público hacia Isabel  tenía como objeto hacer notar a los demás su descontento por ser relegada.  

Ahora bien, debido a su baja estimación propia y a su espíritu inseguro, Diana leía en el más nimio de los afectos un caudal inconmensurable de cariño; para ella, una caricia tímida era como la más bella de las flores. Esa tendencia a sobrestimar a quien le daba atención la llevó a enamorase fácilmente de Mauricio, un hombre joven, apuesto y con mucho dinero, que embelesado por su belleza, se empeño en conquistarla, obteniendo los resultados esperados. Físicamente, Diana era hermosa; interiormente, no hay duda de que tenía sus encantos, pero no los explotaba pues, al parecer, nadie le había hecho saber que los tenía, ni siquiera su propia familia.  Se habían conocido en una fiesta universitaria, una de aquellas que por su tamaño exorbitante no se reserva el derecho de admisión y permite la entrada a cualquiera, sin importar su estrato, nivel académico u origen, de modo que señoritas distinguidas terminan bailando apasionadamente con nobles y plebeyos indistintamente, mientras que los jóvenes como Mauricio, hijos de hombres acaudalados, terminan por conocer mujeres como Diana.