De hecho, se presentaron discusiones en las que Andrea reprochaba a su madre el utilizar métodos extremos para corregir a su hija. El tiempo la obligó a cambiar y su principal problema ahora consistía en enfrentarse a la soledad, a la cual no podría atacar a su estilo. Se tardo casi treinta años en comprender que su espíritu agresivo principalmente la hería a ella; en cierta forma ya era demasiado tarde. Diana, en cambio, no había superado los traumas de su niñez y aunque su relación con Mauricio la había reconfortado, seguía dando muestras de inseguridad y resentimiento hacía su familia. Por ejemplo, mostró total desinterés por la enfermedad de su madre y no quiso apoyarla económicamente, aunque ahora su situación era más que holgada. Sabía que solo el dinero le brindaba la oportunidad de mantener a su familia en inferioridad, y este era su modo inconsciente de vengarse por las cosas sufridas; humillar a su familia derrochando su dinero era como devolver cada uno de los golpes recibidos.  Sin embargo, no dejó de recibir golpes. Mauricio se había casado con ella contra la voluntad de sus clasistas padres, que por obvias razones pensaban que ella no era lo que él merecía. Constantemente la desairaban con sus comentarios y acciones, y Mauricio había adoptado esa misma actitud. Para Diana, el dinero, como instrumento para elevar su autoestima de alguna manera, era su único incentivo para continuar soportando nuevas humillaciones, aunque fuesen de otra índole. Nadie la golpeaba ni denigraba abiertamente; sin embargo, era blanco de ofensivas y desconsideradas burlas por parte de su esposo, y a pesar de sus intentos por cautivar su atención, este se mantenía impertérrito. Hubiese preferido que la golpeara, pues así por lo menos la tendría que tocar, algo que había dejado de hacer un tiempo atrás. 

La vida de los ya adultos hermanos siguió su curso sin mucho en común y solo les hizo reencontrarse una infausta noticia que los involucraba a los tres: su madre, la fuente de sus dolorosas vidas, expiró. Un estado de salud lamentable e indebidamente cuidado, empeoró hasta el punto de obnubilar la verdadera causa del fallecimiento, pues no se pudo definir exactamente de qué murió. A pesar de ser muy joven para morir, había sufrido lo suficiente como para desfallecer con prontitud y no tenía arrestos para continuar luchando. Murió sola, resignada y, sobre todo, cansada.  El entierro de Rosario, como todos, estuvo lleno de rostros lánguidos y de frases corrientes: “ya descansó”, “que Dios la tenga en su gloria”, “al menos no estaba sola” y por supuesto, “lo siento mucho”. Si todo eso hubiese sido cierto, la historia de aquella mujer habría tenido un rumbo totalmente distinto. Sus hijos, y en especial Javier, miraban recelosamente a todos los acompañantes, pues no sabían que pertenecían a una familia tan grande. Los asistentes fueron a darle un último adiós a una hermana, una tía y una prima a la que nunca habían saludado. Finalmente la procesión partió y los tres quedaron  solos frente a una sombría  tumba. No dijeron una sola palabra. Javier,  que escasamente  había saludado a sus hermanas y se había presentado a su sobrina, las miró a las tres con indiferencia y, suspirando por última vez,  emprendió su camino. No lo volverían a ver en muchos años, o tal vez nunca.      

Diana estaba lujosamente vestida; quiso dejar patente su superioridad aún en ese momento. No sentía remordimientos por haber abandonado a su madre y consideraba que lo ocurrido no tenía nada que ver con su desidia. Se justificaba pensando que su reacción impávida ante la enfermedad de su madre, obedecía al trato que esta le dio de niña. Las ofensas, los maltratos y las injusticias que sufrió llegaron a su mente y le fueron útiles para alivianar su conciencia. Con todo, en el fondo sabía que amaba a su madre y que pudo haber hecho mucho más por ella. Rosario inspiraba en sus hijos los sentimientos más variados e intrincados; podía inspirar odio, y a la vez, lástima. Aunque no lo demostrara en primera instancia, Diana estaba profundamente afectada, y solo las primeras lágrimas que corrieron por sus mejillas le hicieron olvidarse de su resentimiento y sus deseos de venganza, de modo que lloró con desahogo y pasión. Abrazó lacónicamente a su hermana y, al igual que Javier, partió para no volver. 

Andrea lamentó profusamente la muerte de su madre, a la cual había acompañado desde muy tierna edad y no había abandonado, haciendo fidedignas sus promesas de tierna edad. Estaba acostumbrada a su presencia y no podía imaginar como sería el hogar sin ella. No pensó en lo qué sucedería el día siguiente, ni pensó en lo que ya había sucedido, solo lloró con amargura la muerte de una madre que, a su modo, dio todo lo que tenía por sus hijos; si hubiese sido necesario, habría dado su propia vida. Las lágrimas más genuinas y diáfanas que se derramaron sobre la tumba de Rosario aquella mañana fueron las de su nieta, Isabel. Carente de  vicios de todo tipo, su corazón amaba sin interés ni rencores. Con solo siete años, la muerte de su única abuela era el primer golpe que le daba la vida; después le daría muchos más. Aferrada a la mano de su madre, camino perpleja, asimilando la cruel pérdida y aprendiendo a llorar.  Esperando  hallar refugio, protección y consuelo, solamente deseaba  llegar a su casa; lo que alguna vez fue la peor de las torturas para su madre.  

FIN