Una tarde, su marido recibió carta de Italia, habían dado con ellos, le escribían avisándole que su padre estaba enfermo de gravedad y quería verlo antes de morir. Giovanni y su madre lo fueron a despedir a la estación del tren. Con un abrazo apretado y lágrimas en los ojos se dijeron adiós. Giovanni lloraba de regreso a casa, lo recuerdo bien, la madre con su tono de voz escandaloso pero alegre le consolaba:
-Vamos Muchacho que el adiós no será eterno. Debemos ser valientes, son solo unos días. El suo padre retornará pronto a casa.
Pero no. Don Federico no regresó jamás. Todas las tardes después del colegio Doña Antonella y Giovanni caminaban a la estación, encorvados por la tristeza, pero con una luz de esperanza en los ojos que se apagaba lentamente a medida que los días pasaban sin que Federico Coratella bajara del tren. Regresaban al anochecer, más disminuidos todavía y tratando de contener las lágrimas que luchaban por escapar y encontrar alivio a tanto dolor y soledad. Aún así, resonaba el saludo de la buena mujer todo el camino a casa: Señora Salute. Señor Salute. Muchacho Salute.
Terminamos nuestros estudios básicos. Giovanni y yo nos fuimos a la capital. En el pueblo no había facultades, así que con lágrimas en los ojos, el nerviosismo de un futuro incierto, el dolor de saber que en adelante tan solo nos acompañarían las oraciones de nuestras madres en nuestro camino nos despedimos de las familias en la estación. Recuerdo que la señora Coratelli me abrazó fuertemente: “Cuídate hijo y cuídame al mío Muchacho para que vuelvan sanos y exitosos”.
Mi madre me relataba en sus cartas que la señora Antonella volvió a la vieja costumbre de apostarse en la estación para ver llegar y partir los trenes. Ella pudo haber acompañado a Giovanni y mudarse con él a la capital, pero creo que siempre guardó la esperanza de que su ingrato marido se apearía del tren en cualquier momento para retribuirle tanta soledad y tristeza. Con el pretexto de pintar un cuadro del lugar, llegaba cada tarde con sus implementos y se sentaba en una de las bancas de madera a dar pincelazos en total concentración. Alguna de las veces que viajé para visitar a mis padres, la encontré absorta en su obra. Obra que nunca terminó a pesar del tiempo transcurrido.
Ahora no solo esperaba a que el tren le trajese de vuelta a su hombre, sino que también guardaba la esperanza de que su hijo descendiera sorpresivamente demostrándole que no se había olvidado de ella como la gente decía, que no era un ingrato como su padre, que venía dispuesto a llevársela con él aunque fuera a fuerzas. Pero no. Eso tampoco sucedió. Giovanni se graduó y se casó enseguida. Casi nunca se acordaba de su madre buena y santa que tanto lo amaba.
Yo no me casé, me dediqué, como dije al principio, a hacer de mí un profesional de éxito. Quería destacar, hacer grandes cosas para que mi paso por este mundo quedara inmortalizado. Logré colocarme en uno de los hospitales más importantes de la capital, trabajaba noche y día sin descanso pensando en que solo ahí, en un hospital de tal envergadura, conseguiría la fama y el éxito anhelado pero me olvidé de vivir mi vida, no tenía tiempo para ella y lo que sí poseía en cambio era una soledad rotunda que me atormentaba continuamente.
Por petición de mi madre, decidí descansar unos días, por lo cual, solicité vacaciones y viajé hasta el pueblo. Pude haberme trasladado en mi propio automóvil, o en uno de esos autobuses modernos que son tan cómodos y confortables, pero quise hacerlo por tren porque quería que fuera Antonella la primera persona que me encontrara al llegar. La estación estaba desierta. Pregunté al encargado por mi querida enfermera y me dijo algo que me estremeció: “Tenía varios días sin ir a la estación, al parecer estaba gravemente enferma”.
Corrí a casa de Antonella con todas mis fuerzas. Me abrió una mujer desconocida que fue contratada por los padres del colegio para que la atendiera y me acompañó a la habitación de la italiana, ella, estaba sentada en un sillón, consumida por el cáncer que la había invadido, se veía disminuida, su maravillosa cabellera había desaparecido, las sondas profanaban su cuerpo cansado, estaba a punto de echarme a llorar cuando abrió los ojos y sonrió como solo ella sabía hacerlo.
-Muchacho salute
Corrí para abrazarla y besarla con todo el cariño que llevaba guardado en mi corazón.
-¿Otra vez te duele el alma? –preguntó –Tú eras de los más asiduos a mi consultorio. Siempre te dolía el alma, mi niño. ¿Qué te ocurre ahora? Platícaselo a Antonella.
No pude hablar, a pesar de tantos años trabajando mi fortaleza, de tantas veces que había visto morir personas, de tantas malas noticias que debí dar a los familiares de los pacientes, tratándose de Antonella me sentía devastado. Comprendía ahora la grandeza de esa mujer en mi vida, lo mucho que la quería y cuánto la extrañaría. Ella no, no podía estar sufriendo así, no debía estar sola. Maldito Giovanni –pensé -¿por qué no estás aquí?
Antonella acarició mi cabello, pasó su mano por mi cara triste. Ninguno de los dos dijo nada pero ya no me separé de su lado hasta que la muerte llegó a ponerle fin al sufrimiento. Tomé su mano con fuerza y la vi exhalar el último suspiro.
Comentarios · 0
Lee la conversación alrededor de este texto y participa con respeto.
Los comentarios son públicos. Para participar debes iniciar sesión en el Rincón.
Acceder para comentar