Giovanni apareció por fin para el funeral de su madre, pero ya no significaba nada su presencia. La gente del pueblo, toda, los niños de entonces que somos los adultos de hoy, los estudiantes actuales, los maestros retirados, los que continuaban en servicio, las madres y padres de familia, todo el pueblo, salió a dar el último adiós a Antonella, los servicios funerarios fueron los que hubiera recibido un magnate, nadie escatimó para que la buena mujer se fuera tan dignamente como había llegado un día.
La iglesia no pudo contener a tanta gente que se arremolinaba para escuchar, la procesión al crematorio fue infinita, doliente, pero sublime. Todos los alumnos estaban ahí por voluntad propia, con todo y su desfachatez, aún con sus desvaríos e inmadurez, todos lloramos la partida de Antonella, incluso Giovanni que hasta entonces pareció ser conciente de la pérdida tan grande que había sufrido.
Las cenizas de Antonella fueron guardadas por el director del colegio para depositarlas después a los pies de una estatua que se erigiría en el colegio en su memoria. Tan grande así había sido su callada labor con cada alma y corazón. Comprendí entonces que no tenía que alejarme de mis raíces, de mi pueblo, de mis padres y mi gente para ser importante y admirado. El mejor lugar para entregar mis conocimientos y esfuerzos era MI lugar.
Regresé a la capital más tarde, solo para finiquitar los pendientes y agradecer a los dueños del hospital por el empleo de esos años. Con mis ahorros compré la vieja casa que se erigía del otro lado de la plaza, frente a la estación misma porque eso me hacía sentir más cerca de la señora Coratella. Sin embargo, ahora, la estación estaba siendo demolida también. Era testigo mudo de esa infamia, lloraba sinceramente por ello, porque esa estación con sus trenes que van y vienen eran la esperanza de Antonella, frente a esas vías dejó una a una sus ilusiones, su corazón y su infinito amor que poco fue valorado por los suyos.
Cerré las persianas sintiéndome incapaz de soportar por más tiempo aquella tortura. Me dirigí a mi escritorio, sonreí al ver el cuadro que quedaba frente a mí. Pude rescatar esa pintura inacabada, inexperta y sencilla que mostraba la llegada de un tren a la estación. Pero si se miraba bien y con cuidado, en las ventanillas del tren estaban dibujados los rostros de Federico Coratelli, de Giovanni y hasta atrás, mi propio rostro que mostraba una felicidad completa por la llegada al pueblo otra vez. No eran retratos perfectos, pero sí que se distinguían, cada rasgo, cada detalle, la mirada, la sonrisa. Comprendí porque estaba sin terminar cuando Giovanni me la entregó a petición mía. En la parte de atrás del lienzo podía leerse “Esperanza aplazada” por Antonella Coratella. La veo y a lo lejos escucho su voz imperativa y alegre: “Muchacho Salute” y vuelvo a sonreír a pesar del dolor.
Elena Ortiz Muñiz
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