Era una mañana de domingo en la Cd. de México, cuando digo mañana me refiero a las 6:30 horas, que para un joven de 18 años significa traer la resaca de dos noches de fiesta a cuestas, sin embargo en 30 minutos más tenía que presentarme en el batallón militar en el que estaba prestando mi servicio militar obligatorio.
Por azares del destino fui concentrado en ese regimiento ya que como todo joven había tratado de evadir en lo posible esta obligación, pero una vez que empezó la instrucción militar me di cuenta que era bastante agradable e incluso provechosa.
Como en todos lados ahí también había un soldado con grado de capitán que por su carácter y su fuerza se aprovechaba de todos los demás compañeros y ese día me toco encontrarme con él. La primera actividad del día era hacer un poco de ejercicio corriendo alrededor de una cancha de fútbol y yo me encontraba hasta adelante del grupo, pero como llevaba unas botas que me habían prestado que eran excelentes para la marcha ya que estaban muy duras y muy fuertes, también estaban muy pesadas y al cabo de dar varias vueltas al perímetro de esa cancha ya mi paso se iba haciendo más lento, cosa que a ese soldado no le gustó y tras presionarme para que acelerara el paso me dio en la espada un golpe con un cable de los que usan los automóviles en la bujías, por lo que de inmediato me paré y lo enfrenté pero tras una serie de de empujones e improperios que nos dijimos, me ordenó que de inmediato me reincorporara a la formación o que de lo contrario me arrestaría.
La siguiente actividad era rendir los honores a la Bandera, y en ese lapso era el único en que podíamos estar en contacto con el general que comandaba ese batallón y aún con la adrenalina corriéndome por el cuerpo y el ardor por el golpe en la espalda le pedí a un sargento que le dijera a ese general, que yo quería hablar con él. Mi intención era solamente de decirle lo que había hecho ese capitán, esperando que le diera una reprimenda.
Durante los honores a la Bandera, empecé a recapacitar que en ese ambiente quizá no se viera bien el hecho de quejarme con el general de un simple golpe ya que parte de esa instrucción consistía en endurecer el carácter de los conscriptos, por lo que se me presentó el conflicto sobre como decirle al comandante de regimiento lo ocurrido sin que se viera mal y ya no podía abstenerme de hacerlo, porque el sargento ya le había informado al general sobre mi deseo. Cuando me informaron que me presentara ante el general yo aún no sabía que decirle, sin embargo tres pasos antes de llegar ante él se me ocurrió decirle lo siguiente:
-Mi general buenos días.
-Buenos días soldado dígame.
-General quiero pedirle un favor.
-De que se trata.
-Quiero pedirle su autorización para que me permita romperle el hocico a ese capitán que le dicen “El Camorra”.
-¿Y por que quiere hacer eso?
-Porque nos trata como animales, al grado que cuando estábamos corriendo antes de la ceremonia en los campos de fútbol ese señor me dio un fuetazo en la espalda con un cable de bujías.
-Déjeme ver su espalda.
Me volteé hacia el lado contrario y me levanté la camiseta.
-Váyase a formar - fue lo único que dijo.
Cuando regresé a la formación me sentí satisfecho creyendo que había podido acusar a ese capitán sin que mi posición hubiera sido la de un chillón y confiando en que un general no iba a permitir que un conscripto fuera a golpear a un soldado, pensé que por lo menos lograría que el camorra recibiera una reprimenda.
Normalmente la siguiente actividad era ir a lo que comúnmente se le dice el rancho, que es ir a comer, sin embargo en esta ocasión enfilaron la formación hacia un enorme bodegón que yo había observado pero no sabía que había ahí. En el trayecto pude ver como el General hablaba con el Capitán, mientras este último mantenía la cabeza gacha y asentía levemente. Yo me sentí satisfecho porque creí que había logrado que por lo menos regañaran a ese capitán prepotente.
Cual fue mi sorpresa al darme cuenta que ese bodegón al que nunca habíamos entrado se trataba de un gimnasio y nos fueron acomodando alrededor de un cuadrilátero de box. El sargento que guiaba nuestro grupo se acercó a mí y me dijo – dice el general que te subas. En ese momento me di cuenta del craso error que había cometido pues el general había tomado muy en serio mi petición y había decidido que lo arregláramos deportivamente. En ese momento me hubiera gustado decirle – ¡Ah que mi general pues si era una broma para que tomarlo tan en serio! – lamentablemente no era posible hacer eso ya que hubiera dado a traste con mi reputación, de modo que me subí al ring y fui seguido por el mismo sargento y otro soldado al que no conocía, yo supongo que ambos también habían sido victimas en algún momento de el trato abusivo del capitán porque inmediatamente empezaron a darme consejos sobre como vencerlo y a pedirme que le quitara lo arbitrario.
Cuando me di cuenta que mi único camino era enfrentar a el camorra, decidí aprovechar plenamente al oportunidad para desquitarme, así que empecé a elucubrar la manera como lo haría. Me sentaron en un pequeño banco mientras me ponían unos guantes de box verdaderamente enormes, considero que tenían aproximadamente le tamaño de un balón de básquetbol y estaban extremadamente pesados, por lo que me convencí que con ellos no podría hacerle ningún daño, cosa que me servía de consuelo porque sabía que el tampoco me lo podría hacer a mi.
Sentado en ese pequeño banco observé mis botas y me di cuenta que esa era mi mejor arma en ese momento, así que decidí que en cuanto nos acercáramos le daría una muy buena patada en la espinilla que lo dejaría cojeando todo el día.
Cuando volteé a ver a mi oponente me llevé una gran sorpresa, pues ya se había despojado de la camisola verde militar y ahora vestía únicamente una camiseta muy ceñida al cuerpo que permitía ver un cuerpo muy atlético, cosa que me preocupó y me hizo pensar – mejor yo ya me bajo.
Un soldado vestido con ropa deportiva pero del mismo color verde militar, nos llamó a ambos al centro del ring y nos dijo que íbamos a pelear sólo un round de tres minutos, así que regresamos a nuestras respectivas esquinas y esperamos la señal para empezar la pelea. Con mis mal intencionados pensamientos y los últimos consejos de los que me asistían, me acerqué a mi oponente con los guantes arriba decidido a hacerlo comprobar que mis botas en realidad estaban pesadas y duras, pero en ese momento vi que el tenía una guardia muy extraña, ya que se presentaba un poco agachado cubriéndose la cara con los guantes pero con los codos hacia fuera y esto dejaba completamente descubierto su estómago, así que cambié la dirección de mi patada y se la di de lleno y con mucha fuerza en la región abdominal.
Inmediatamente nos separaron y empecé a ser amonestado por el referee y yo altaneramente le dije que yo había visto algún tipo de box en el que estaba permitido dar patadas, pero me informó que este no era el caso y que debería usar solo las manos yo fingí que había sido una mala interpretación de mi parte y le dije que ya no volvería a suceder.
Duró algunos minutos la asistencia que le dieron a mi oponente, pero ya con el ritmo de respiración recuperado y con una línea bastante larga y ancha marcada en su camiseta, se incorporó nuevamente y observé su cara llena de furia, con los ojos inyectados y vidriosos, que me daba la impresión que era un toro de lidia preparando la embestida, en ese momento quise gritar – no me lo vayan a soltar- pero fue lo primero que hicieron. Se me vino encima con una andanada de golpes que parecía disparada por una metralleta que duró tal vez un minuto pero que a mi me pareció eterno, hasta que ya no sentí que me tirara golpes y saque los ojos por encima de mis enormes guantes y me percaté que el camorra estaba frente a mi pero completamente exhausto y jadeante ante el esfuerzo de haber tirado tantos golpes y soportando el peso de nuestros pesados mitones, así que dije pues ahora va la mía. Ya únicamente me dedique a tirar uno que otro golpe para recordarle que estaba yo ahí y no quería que me pasara lo mismo que a él y terminara también agotado.
Al término de los tres minutos nos fuimos a nuestras respectivas esquinas, nos quitaron los guantes y yo no volvía a ver ese día a el camorra. Cuando me bajé del cuadrilátero me acerqué al general y le dije:
-Muchas gracias mi general.
-Se desquitó a la mala verdad.
-¿Y apoco él me había agarrado a la buena?
-Váyase a formar.
Nuevamente en la formación y recibiendo palmadas de aprobación en la espalda por parte de mis compañeros nos enfilamos ahora sí al comedor donde nos apresurábamos a dar cuenta del rancho. En el enorme salón donde había enfiladas muchísimas mesas, nos sentábamos y nos ponían en medio de cada una un colchón de panes que apenas nos alcanzaba para los de la mesa, y pasaban sirviéndonos a cada uno en un plato de aluminio con tres divisiones, una pequeña ración de huevo revuelto y otra también muy pequeña de frijoles, de las que teníamos que dar cuenta a la mayor velocidad posible porque era muy probable que dieran la instrucción de que nos formáramos nuevamente y no hubiéramos podido comer nada. En esa ocasión el encargado de servirnos los alimentos se acercó a mi primero que a todos con el fin de que tuviera mas tiempo para comer y la ración que me sirvió fue mucho mas generosa además que en el espacio del plato que siempre quedaba vacío esta vez me puso un enorme y crujiente bolillo, cuando volteé asombrado a ver al soldado que nos servía, el solo me guiñó un ojo y me dio una palmada en la espalda, detrás de el venia otro soldado que nos servía café con leche en un posillo también de aluminio y que siempre servía solo lo que cabía en el pequeño cucharón con el que despachaba y que siempre llenaba un poco menos de la mitad de esa taza, en esa ocasión repitió la acción hasta que dejó la mía completamente llena y a partir de ese día disfruté del mismo beneficio siempre que íbamos al rancho. Lo único que desapareció en lo subsiguiente fue el bolillo.
La siguiente actividad era la clase de balística donde había un maestro que siempre nos trataba con una energía desmedida y me atrevo a decir que hasta grosera, sin embargo ese día aunque se seguía dirigiendo al grupo de la misma manera, cuando llegó el turno de que yo tuviera alguna intervención en la clase, primero me preguntó mi nombre y después de una manera muy afable y respetuosa, me pidió que diera mi opinión a lo que estábamos tratando en la clase. También a partir de ese día mi relación con ese maestro fue muy amistosa.
La fecha de reunión siguiente no era igual a las demás, ya que ese día se celebraría la Jura de Bandera y consistía en ir al Zócalo de la Ciudad de México en donde nos reuniríamos todos los conscriptos que ese año presentábamos nuestro servicio militar para realizar el juramento de lealtad y respeto a nuestra Bandera y a nuestra Patria.
Para llevar a cabo lo anterior, nos presentamos muy temprano esa día, ya que teníamos que abordar unos camiones que nos transportarían hasta el lugar de reunión, sin embargo cuando estábamos preparando la formación, se acercó a mi el sargento y me dijo – tu no te formes, dijo “El camorra” que te presentes con él.- En ese momento pasaron muchas cosas por mi cabeza menos lo que en realidad ocurrió, ya que cuando llegué con mi oponente de box del domingo anterior, me saludó de una manera muy afectuosa y con una gran sonrisa, -pensé si algún golpe le habría afectado el cerebro - pero en realidad su trato era completamente distinto al anterior. -Que vas a hacer con aquellos todo el día formados bajo el sol, mejor ayúdame a mi con las listas de asistencia - me dijo sin mencionar absolutamente nada de lo ocurrido el domingo pasado. Subimos a una camioneta una mesa de lámina, tres sillas, una lona y me indicó que yo manejara, por lo que salimos antes que todos mis demás compañeros para instalarnos junto al lugar donde se llevaría a cabo la ceremonia.
A partir de ese mi amistad con “El camorra” se intensificó al grado que nunca he podido entender como una persona tan agradable, podía haber tenido un comportamiento tan hostil y prepotente. Al final de año y ya con mi cartilla liberada en la mano, le pregunté:
-¿Por qué eras tan sangrón al principio de la instrucción?
- Cállate o si no cuando te descuides te meto una patada en la panza.
- Y yo te acuso con el General.
- No mejor ahí muere.