Duró algunos minutos la asistencia que le dieron a mi oponente, pero ya con el ritmo de respiración recuperado y con una línea bastante larga y ancha marcada en su camiseta, se incorporó nuevamente y observé su cara llena de furia, con los ojos inyectados y vidriosos, que me daba la impresión que era un toro de lidia preparando la embestida, en ese momento quise gritar – no me lo vayan a soltar- pero fue lo primero que hicieron. Se me vino encima con una andanada de golpes que parecía disparada por una metralleta que duró tal vez un minuto pero que a mi me pareció eterno, hasta que ya no sentí que me tirara golpes y saque los ojos por encima de mis enormes guantes y me percaté que el camorra estaba frente a mi pero completamente exhausto y jadeante ante el esfuerzo de haber tirado tantos golpes y soportando el peso de nuestros pesados mitones, así que dije pues ahora va la mía. Ya únicamente me dedique a tirar uno que otro golpe para recordarle que estaba yo ahí y no quería que me pasara lo mismo que a él y terminara también agotado.
Al término de los tres minutos nos fuimos a nuestras respectivas esquinas, nos quitaron los guantes y yo no volvía a ver ese día a el camorra. Cuando me bajé del cuadrilátero me acerqué al general y le dije:
-Muchas gracias mi general.
-Se desquitó a la mala verdad.
-¿Y apoco él me había agarrado a la buena?
-Váyase a formar.
Nuevamente en la formación y recibiendo palmadas de aprobación en la espalda por parte de mis compañeros nos enfilamos ahora sí al comedor donde nos apresurábamos a dar cuenta del rancho. En el enorme salón donde había enfiladas muchísimas mesas, nos sentábamos y nos ponían en medio de cada una un colchón de panes que apenas nos alcanzaba para los de la mesa, y pasaban sirviéndonos a cada uno en un plato de aluminio con tres divisiones, una pequeña ración de huevo revuelto y otra también muy pequeña de frijoles, de las que teníamos que dar cuenta a la mayor velocidad posible porque era muy probable que dieran la instrucción de que nos formáramos nuevamente y no hubiéramos podido comer nada. En esa ocasión el encargado de servirnos los alimentos se acercó a mi primero que a todos con el fin de que tuviera mas tiempo para comer y la ración que me sirvió fue mucho mas generosa además que en el espacio del plato que siempre quedaba vacío esta vez me puso un enorme y crujiente bolillo, cuando volteé asombrado a ver al soldado que nos servía, el solo me guiñó un ojo y me dio una palmada en la espalda, detrás de el venia otro soldado que nos servía café con leche en un posillo también de aluminio y que siempre servía solo lo que cabía en el pequeño cucharón con el que despachaba y que siempre llenaba un poco menos de la mitad de esa taza, en esa ocasión repitió la acción hasta que dejó la mía completamente llena y a partir de ese día disfruté del mismo beneficio siempre que íbamos al rancho. Lo único que desapareció en lo subsiguiente fue el bolillo.
La siguiente actividad era la clase de balística donde había un maestro que siempre nos trataba con una energía desmedida y me atrevo a decir que hasta grosera, sin embargo ese día aunque se seguía dirigiendo al grupo de la misma manera, cuando llegó el turno de que yo tuviera alguna intervención en la clase, primero me preguntó mi nombre y después de una manera muy afable y respetuosa, me pidió que diera mi opinión a lo que estábamos tratando en la clase. También a partir de ese día mi relación con ese maestro fue muy amistosa.
La fecha de reunión siguiente no era igual a las demás, ya que ese día se celebraría la Jura de Bandera y consistía en ir al Zócalo de la Ciudad de México en donde nos reuniríamos todos los conscriptos que ese año presentábamos nuestro servicio militar para realizar el juramento de lealtad y respeto a nuestra Bandera y a nuestra Patria.
Para llevar a cabo lo anterior, nos presentamos muy temprano esa día, ya que teníamos que abordar unos camiones que nos transportarían hasta el lugar de reunión, sin embargo cuando estábamos preparando la formación, se acercó a mi el sargento y me dijo – tu no te formes, dijo “El camorra” que te presentes con él.- En ese momento pasaron muchas cosas por mi cabeza menos lo que en realidad ocurrió, ya que cuando llegué con mi oponente de box del domingo anterior, me saludó de una manera muy afectuosa y con una gran sonrisa, -pensé si algún golpe le habría afectado el cerebro - pero en realidad su trato era completamente distinto al anterior. -Que vas a hacer con aquellos todo el día formados bajo el sol, mejor ayúdame a mi con las listas de asistencia - me dijo sin mencionar absolutamente nada de lo ocurrido el domingo pasado. Subimos a una camioneta una mesa de lámina, tres sillas, una lona y me indicó que yo manejara, por lo que salimos antes que todos mis demás compañeros para instalarnos junto al lugar donde se llevaría a cabo la ceremonia.
A partir de ese mi amistad con “El camorra” se intensificó al grado que nunca he podido entender como una persona tan agradable, podía haber tenido un comportamiento tan hostil y prepotente. Al final de año y ya con mi cartilla liberada en la mano, le pregunté:
-¿Por qué eras tan sangrón al principio de la instrucción?
- Cállate o si no cuando te descuides te meto una patada en la panza.
- Y yo te acuso con el General.
- No mejor ahí muere.