Juan señaló hacia adelante con su cabeza, y Leonardo distinguió una masa irreconocible tirada en medio de la callejuela. Sólo una nueva balacera de los soldados le permitió darse cuenta de que se trataba de tres cuerpos, inmovilizados en posiciones absurdas. Repasó con la mirada las figuras quietas entre las cuñas del suelo y supo que eran Remigio, José y Raúl. Tres bultos. ¿Quería que le pasara lo mismo? El temor de no volver a ser libre empezó a carcomer sus entrañas con más fuerza. ¡Pero qué esperaba para irse! Las ráfagas de los soldados se intensificaban de tanto en tanto y, en su afán de responderles, David no dudaba en asomar medio cuerpo sobre el carro. Hasta que las balas lo alcanzaron y lo derribaron en el acto. Juan se quedó estático, aferrando su fusil, como si reflexionara ante lo ocurrido.
-Juan-dijo, de pronto, Leonardo, tratando de calmarse. Estaba con la cabeza y las espaldas prensadas al muro, imaginando lo fácil que sería huir si sólo fuera una sombra. Sí, una sombra que se confundiera con la oscuridad, que nadie pudiera atrapar tampoco-, vámonos de aquí, ¿quieres?
-¿Irnos?-dijo Juan, empezando a cargar su fusil con balas de sus bolsillos-. ¿Qué te pasa, camarada? ¿Qué estás diciendo?
-¿No te das cuenta?-dijo Leonardo, acercándosele más-. Ellos están mejor armados y a nosotros se nos van a acabar las municiones.
-Toma-dijo Juan, poniéndole un puñado de balas en la mano-. Si te falta, ahí tienes, camarada. Yo no me voy. Un combatiente no se rinde jamás. La Revolución...
-No seas idiota-dijo Leonardo, sujetándolo de un brazo-. Ahorita van a venir más soldados y se van a cagar en tu revolución. Vámonos de una vez.
-No-dijo Juan, soltándose vivamente, y agitó su arma con breves contracciones-Que vengan los malditos, aquí los espero.
-Vámonos-dijo Leonardo. El tiroteo no se había detenido y él sentía ya como si las balas le rozaran el cuerpo y el estruendo destruyera su cabeza-. Estás muy asustado.
-¿A-sus-ta-do-yo?-dijo Juan. Silabeó con rabia por entre la juntura de sus dientes-. Yo-no-es-toy-a-sus-ta-do.
-¿Acaso quieres que te maten?-dijo Leonardo, dudando entre irse o seguir hablando-. ¿Y morir por algo que quizá no tenga sentido? Dime, ¿no estás harto de todo esto? Yo sí y me largo.
-Debería matarte por traidor-dijo Juan, apuntándolo con su arma.
-Jódete-le dijo Leonardo, dándole la espalda.
Se puso el fusil en bandolera y regresó a la esquina de la calle en una pausa de las ráfagas y, rodeando los mismos vericuetos, reapareció en el camino principal y deshizo sus pasos. ¿Así pensaba ayudarlos?, ¿convenciéndolo? ¡Maldito ciego! Pero ¡qué te importaba! Ojalá, más bien, que no sea demasiado tarde para ti. A lo lejos, la voz de Juan, que gritaba vivas a la Revolución, era acallada por los disparos, y Leonardo, intuyendo que el otro atraía sobre sí toda la atención, decidió que huiría por la parte posterior del cerro. Sonrió. Sí, a quién se le ocurriría buscar por allí. Y ahora sí, olvídate de todo. De pronto, algo parecido a un ruido de carros comenzó a evolucionar allá abajo y Leonardo se tumbó a observar y ustedes apeándose y corriendo y el coche quieto y olvidado y, al cabo, todo iluminándose con un solo y gran estruendo, entre naranja y amarillo, y, entonces, los gritos humanos y la sangre y unos cuerpos resaqueados y maltrechos y, por todas partes, esquirlas y vidrios rotos y un fuego rápido y cómplice. Estuvo mirando, durante un rato, la ordenada carrera en ascensión de los soldados, que habían llegado hasta el pie del cerro en potentes camiones, alumbrándolo todo, y cómo se desplegaban por los alrededores y enmarcaban la callejuela de los disparos, hasta que oyó un jaleo mucho más intenso de ráfagas y gritos, seguido de un silencio en el que la voz de Juan se convirtió en un eco baldío. Agachó la cabeza. Otro menos. ¿Y el hombre de la cara acaballada? ¡Si no lo habían matado, sólo quedaban ellos dos. ¿Acaso le importaba? Se puso en pie de un salto y echó a correr. Escapar, volver a ver a tu familia, llevar una vida normal, ¿era posible? Sin embargo, para su mala suerte, en el último tramo antes de la cima, descubrió que las sombras de los soldados también se encontraban allí y, por eso, tuvo que arrojarse a una especie de huerta que alguien había plantado absurdamente en medio de tanta tierra estéril. ¡Carajo!, ¿y ahora qué? ¡Cálmate! Aún podía haber una posibilidad. Así que, espiando a través de las plantas, esperé que las sombras pasaran de largo.
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