Leonardo torció el cuello y descubrió que un soldado lo apuntaba con su arma. En otro momento lo habría confundido quizá con un fantasma, por los tenues halos de luz que lo cruzaban. Sin embargo, era real. ¡Cuánto hubieras querido que no!

             -¡Capitán!-dijo el soldado, gritando por encima de su hombro-. ¡Acá hay uno! ¡Vengan!

            Leonardo escuchó, entonces, un repiqueteo de botas mucho más enérgico y amenazador y supuso que, si no se movía, la huida acabaría mal para él. Así que, aprovechando que el soldado había volteado el rostro para ver si alguien venía, se tiró contra el suelo irregular y, si bien las cuñas lo lastimaron brutalmente, consiguió ocultarse en la penumbra aún mayor que proyectaba el carro. Dándose cuenta, el soldado comenzó a herir lo que pudo-los fierros del auto, los muros, las sombras-con los proyectiles automáticos de su arma, y, mientras se acomodaba para evitarlos, Leonardo sintió que especie de aguijón traspasándole una pierna. Contuvo el grito y procuró levantarse, pero un dolor agudo lo devolvió al suelo. Se palpó el muslo y comprobó que sangraba. ¡Maldita sea! ¡Por qué no se había largado hacía rato!

             -Creo que le he dado-dijo el soldado, apenas los otros lo alcanzaron. Y, en seguida, Leonardo los oyó acercarse: un andar desconfiado y calculador que hendía la atmósfera de la callejuela con mínimo ruido. E, incluso los imaginó: rostros y cuerpos angustiados, tratando de vislumbrar sus movimientos, apuntándolo y haciéndose señas para rodearlo, a él, que para ellos no era más que una silueta informe, un bulto inutilizado en el suelo. ¿Y el hombre de la cara acaballada? Quién sabía dónde se había escondido. ¿Era éste el final? Cargó el fusil rápidamente con las balas que le había dado Juan, lo dirigió hacia los pasos que venían y apretó el gatillo. Tal vez no. Y, con el miedo y los dolores más intensos que nunca, aguardó la llegada de los soldados, pensando que a lo mejor no serían muchos, que de repente podría huir y volver a ver a su familia y, por qué no, a llevar una vida normal. No sabía muy bien si tenía sentido o si lo haría de verdad, pero, eso sí, lo quería con todas sus fuerzas.

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