Lo que más le molestaba era la falta de privacidad. ¿Qué genio podría traer al mundo una creación importante en medio de tanta promiscuidad técnica? Ni sus manuales, ni sus equipos, ni siquiera sus lápices se escapaban de ser sustraídos y utilizados por cualquier incompetente, si no estaba atento a cada instante a sus pertenencias. Pero el gringo afirmaba que así estaban bien. Al fin y al cabo, en el estado de la tecnología actual, todo había sido ya inventado. La manada de ingenieros estaba ahí por si se requería alguna reparación al sistema. Porque lo único que no podía suceder nunca era que los clientes dejaran de hablar por sus teléfonos celulares. Todo el esfuerzo de la empresa estaba enfocado hacia esto. La humanidad había encontrado en esta tecnología la forma de hablar basura sin parar y pagaba a quien bien le garantizara esta prerrogativa nunca antes imaginada. Y hablaban sin importar consecuencias: los cerebros atravesados cientos de veces por segundo por la radiación generada por los muchísimos equipos en servicio, estaban sin saberlo, cada vez más débiles y dispersos. Pero como era un fenómeno general, nadie lo notaba. Seguían hablando desaforadamente sin sentido. Licuando a través de las antenas repetidoras un salpicón de palabras articuladas en un bingo de términos jurídicos, de negocios, de dinero, que en su velocidad se salpicaba con fragmentos de riñas de amantes, mentiras descaradas y aburrimiento de amas de casa sin nada qué decir, pero que poseían los valorados “minutos”.

Resumiendo, Sandro y sus colegas estaban allí para rendir pleitesía a los enormes gigantes de metal en lo alto de los cerros que rodeaban la ciudad: las antenas repetidoras. Sin ellas no habría comunicación inalámbrica y todos estarían perdidos: tanto las cacatúas parlantes como los accionistas de TELETECSA y sus empleados. Por lo tanto era deber sagrado desvelarse por el bienestar de las torres portadoras de las antenas trasmisoras; porque todas ellas repetían fielmente las insensateces innecesarias que la población hablaba. Su obligación entonces, era seguir al pie de la letra las indicaciones del gringo enviado por la casa matriz de Silicon Valley, y actuar como él mismo les pedía en su pésimo castellano: - Favor no pensar, amigo, porque te equivocarás -.

Mientras tanto, las noches de Sandro seguían pasando en blanco.

- Si hubiese nacido en otra época… Si trabajara en una empresa mejor, que aportara al desarrollo de las comunicaciones… Si me encargaran de algún trabajo que valiera la pena…- Círculos sin fin en su obsesión-.

Hasta el lluvioso día de junio, cuando el gringo le dijo que le asignaba un proyecto individual: La aplicación del reciente avance de las telecomunicaciones a las conversaciones en grupo. Es decir, que si tres o más usuarios quisieran compartir simultáneamente una conversación en tiempo real, el sistema lo permitiera.

¡Qué cambio de mentalidad! No parecía la misma empresa en la que desfallecía de aburrimiento día a día, atado a su silla por un infeliz sueldo. ¡Por fin! TELETECSA finalmente había entendido que un genio así había que aprovecharlo. Lo malo era… ¿O habría entendido mal? ¿Tenía seis días para desarrollar la aplicación?

- Excúseme, Mister Johnson: ¿En cuánto tiempo quiere el resultado? Me parece un tema muy interesante, pero bastante complejo- Preguntó con la esperanza de confirmar que se trataba de un error.

- ¡Empleados ser unos perezosos! ¿Cuántos días querer por trabajo tan simple? ¿No entender? ¡Solo aplicar principios conocidos! ¡Seis días! ¡No uno más!- gritó el gringo haciéndolo enrojecer frente a sus compañeros. Se retiró humillado a su mesa. El entusiasmo por el reto profesional había desaparecido. ¿Cómo podría hacer algo motivo de un doctorado, en tan solo seis días? ¿El lunes próximo? ¡Imposible!

- ¿Qué se habrá creído este desgraciado gringo?- se preguntaba Sandro- ¿O será una retaliación por mi mala costumbre de hablar mal de la empresa? Revisó afanosamente la información que se aproximaba al tema. No se había intentado aún nada al respecto en el resto del mundo, ni mucho menos en su atrasado país. Habría que modificar los equipos, para que contaran con múltiples canales de entrada. Eso no tenía problema: podría hacer el diseño esa misma noche. El asunto difícil era ¿cómo lograr que las antenas canalizaran hacia un receptor varias señales? Ahora el motivo para no dormir era otro: Sudaba de angustia escudriñando en el techo la solución imposible: ¡Ninguna antena cumpliría nunca con los requisitos para dar tal servicio al público!

A los cuatro días llegó el segundo memorando. El primero se lo había entregado el Jefe de Personal como advertencia, dos días después de asignada la tarea. ¡Qué impaciencia demostraban! ¿Cómo podían pretender que consiguiera un objetivo tan ambicioso en tan pocos días? Se sintió injustamente tratado. Como si ahora hubieran cambiado de estrategia y quisieran castigar su espléndida inteligencia, exponiéndolo a un problema insoluble. Porque insoluble era que las torres, los gigantes de metal capaces de amenazar la aviación, cumplieran la función múltiple que se les quería imponer. No servían para eso. Pasaría mucho tiempo hasta que fuera técnicamente posible. Sandro sin descanso ensayaba nuevas fórmulas, pero no veía ninguna luz.

-Al tercer memorando viene el despido inapelable –le recordó Eduardo, quien no disimulaba su satisfacción al ver doblegado al genio de la electrónica. Sin responder, Sandro sentía que su cabeza estaba cada vez más grande, inflada como un globo, palpitante. Ya no oía los despiadados comentarios de sus compañeros venidos del rutinario trabajo de mantenimiento de fierros y platones. Solamente le obsesionaba doblegar a los gigantescos monstruos metálicos que en sus pesadillas lo perseguían a grandes zancadas, gritándole con voz de alto voltaje: -¡Fracasado! ¡Perdedor! ¡Por fin te dieron la oportunidad de lucirte y fallaste! ¡Fracasado!