Y con abismal rapidez llegó el temido lunes. -¿Qué le diré al gringo?- Sandro fue el primero en entrar a la oficina. Sobre su escritorio brillaba burlona una nota en papel amarillo doblado por la mitad, conteniendo una citación al piso administrativo.

-¡No! –Gritó casi sin darse cuenta- ¡Esto no puede estar pasándome! El mejor alumno de la maestría. Mejor que los extranjeros. Sus profesores podían dar fe de ello. ¿Cómo fue que no pudo rediseñar las malditas antenas? El tiempo. ¡El tiempo estuvo en su contra! Lo hubiera logrado en dos meses; en tres, tal vez.

El Jefe de Personal lo esperaba de pie mientras sus dedos jugaban con el tercer memorando, oprobio insoportable para un profesional ¡Despido por ineptitud técnica! Sonreía a pocos segundos de poner punto final a la carrera de Sandro, pues la noticia se difundiría rápidamente en el gremio. El fuego del chisme sería propagado boca a boca, azuzado por todos quienes sufrieron la soberbia del sabelotodo.

En un postrer intento por salvarse, Sandro intentó conmover al funcionario. Agonizaba su futuro y ¡ya ni el mediocre presente le quedaba!

- Señor por favor, escúcheme. – Sentía la boca extrañamente amarga- Sé que usted no es ingeniero, pero quiero explicarle que me pidieron que adaptara las antenas repetidoras para una función que nunca podrán desempeñar. Solamente le pido un poco más de tiempo- suplicó.

-¿Antenas? –replicó el Jefe de Personal con desdén. Cierto que no soy sino un usuario común de la telefonía. Pero hasta yo sé que las antenas dejaron de usarse como repetidoras hace décadas. Eran antiestéticas, además.-

Sandro se quedó perplejo, como una estatua yerta mirando la fecha en la carta de despido, mientras por las ventanas un enjambre de automóviles volantes cruzaba el cielo frente al modernísimo edificio de TELETECSA: ¡Mayo 28 del 2025!