Despertó descalza sobre un piso muy frío, aunque no podía ver donde se hallaba por tener vendados sus ojos. Le dolía la cabeza de una manera insoportable y las manos estaban atadas. Alguien la empujó y advirtió así una pared detrás de ella, húmeda, casi mojada. Tres disparos, un gemido... comenzó a llorar desconsolada, aunque no había sido herida por las balas. Cinco tiros más, y el llanto esta vez se entrecruzaba con un alarido, mientras que un hombre con voz opaca leía una lista. Eran nombres, varios nombres de diferentes personas que de alguna manera tenían importancia para estos señores. Ella creyó reconocer algunos pero sin embargo lo negó terminantemente. Entre dos hombres la tomaron bruscamente de ambos brazos y la condujeron por largos e interminables parajes hasta una calabozo angosto. Libraron sus manos y antes de que ésta pueda quitarse los trapos que le tapaban la cara, la puerta había sido cerrada. Se acarició las muñecas doloridas, su pierna tenía una herida, que recién notó en ese momento. Con la venda ató su pierna y trató de cortar la hemorragia. Cerrando los ojos, se dejó caer, exhausta.
Estuvo casi dos horas encerrada, en lo alto la luz pedía permiso y cruzaba una muy estrecha ventanita. La iluminación era eso, sólo eso. Pero entonces un personaje panzón, fornido, con cejas tan gruesas como sus bigotes, la transfirió a otra celda. Esta vez prefirieron no vendarle los ojos, debido a algo que ella desconoció. La recostaron sobre una mesa de metal, algo oxidada y muy fría. Le habían amarrado ambas manos y pies, estirados estos, tensos. En su boca, llena de sangre, colocaron una mordaza. Por una puerta aparecía otro personaje, alto, de pelo negro y muy engominado, con gestos duros. Debió reemplazar al otro que sin cruzar palabras se marchó apenas con ver a su colega.
Otra vez la mujer oyó la lista de nombres y apellidos que antes leyeran. Ella volvió a rechazar meneando la cabeza. Fue entonces cuando el individuo se enfureció, amenazándola y, por último, dejando un cable entre sus piernas por el cual hizo correr electricidad. Esta acción fue repetida seguidas veces, interminables veces, ante el cuerpo retorcido de dolor, los ojos desorbitados de la joven. Pero incomprensiblemente, con la última gota de voz que aún quedaba en sus pulmones, refutó el listado.