Ahora le había quitado la mordaza y la venda de su pierna contusa, donde colocó placenteramente, el extremo ardiente de su habano. Desvanecida, tal vez por el dolor, fue devuelta al calabozo. Pero al volver en sí estaba otra vez en el cuarto donde se había realizado el fusilamiento falso. Sus ojos veían las imágenes algo aturdidos. Leyeron otra vez las identidades como incansables máquinas. La mujer no se molestó en responder. Pensaba en una pared blanca, y poco a poco rehizo la imagen, primero el marco suave, luego recordar un poema, y ahí estaba el Neruda de la gorra y la sonrisa amable. Dos disparos. Ella lo ignoró, y simplemente extendió sus alas, entregándose al vuelo, al furioso huracán que todo lo arrasa sin un porqué.