René jugaba a las adivinanzas, pensando en el contenido de la jaula: ¿Será un leopardo, un leoncito o un tigre? Tal vez una gallina ¿O un puma?  Se emocionaba jugando de esta manera, pero también se entristecía pues el vecino tal parecía que no pensaba en ese día salir a tomar el sol. René rogaba: “Diosito, que salga a tomar el sol y saque su jaula” ¡ Por favor! -Era la petición de René en su cumpleaños.- Y como Dios escucha siempre la oración de los niños- en esos instantes se abrió la puerta del vecino de enfrente el cual llevaba una gran  jaula pero ahora descubierta, la cual colocó frente a su silla mecedora en el centro del patio y dentro de ella un lindo conejito corría de un lado a otro como queriendo salir. René detrás de su zaguán observaba complacido  la escena deseando poder acariciarlo y jugar con el. Don Nachito era un hombre bueno que vivía solo y tal parecía que también necesitaba compañía, este se sentó en su silla y empezó a mecerse contemplando sonriente a su inquieto acompañante. No fue sino hasta que se oyó la voz de doña Palmira  hablándole a René que Don Nachito se percató de que no era el único que observaba a su lindo orejudo, miró sonriente al niño y le saludo haciéndole señas con la mano, el niño correspondió y se metió a su casa.

      Los invitados empezaron a llegar y  la fiesta inició en medio de aplausos, regalos y abrazos. El niño se sentía un poco cohibido con tantas personas y con todas las miradas sobre él; sin embargo procuró guardar compostura. Se divirtió con los juegos que sus tías organizaron, sobre todo cuando él y su amiguito Marcos chocaron al querer sentarse en el mismo lugar y cuando a  Paty se le atoró la cinta de su vestido en la silla. No tardó mucho en ambientarse,  pronto se le quitó la pena y se carcajeaba junto con los demás niños de las cosas chistosas que los payasitos decían y hacían.

       Cuando se sentaron a comer y René notó que ya nadie lo miraba aprovechó para salir a ver al conejito. Afortunadamente Don Nachito continuaba ahí solo que ahora ya se había dormido. Entonces al niño se le ocurrió una idea: Abrir el zaguán y acercarse al conejito pues lo quería observar de más cerca. Sin pensarlo más, abrió la puerta del patio y atravesó la calle, acercándose a él. ¡Qué bonito! ¡Qué suavecito! El conejito lo miraba, corría para todos lados y movía sus largas orejitas. De pronto René tuvo compasión de él, pues el conejito no podía abrir la puerta y salirse. Su espacio para jugar era mucho más reducido que el suyo, él no tenía unos papás que jugaran con él como el los tenía, que lo llevaran cargando a su cama cuando se dormía jugando, estaba verdaderamente solo. Su manita empezó a acercarse a la puerta de la jaula pensando en darle libertad. No se había dado cuenta que Don Nachito ya había despertado y lo observaba conmovido. Un rechinido de la silla lo hizo voltear asustado a ver al vecino, el cual se sonrió con él diciendo: ¿Te gusta el conejito?  René no contestó pues temía que estuviera enojado, - Si te gusta, te lo regalo, dijo Don Nachito. Los ojitos del niño se abrieron más, no dando crédito a lo que escuchaba, no obstante pensó, - tal vez mamá no me lo deje tener-. Don Nachito adivinando sus pensamientos le dijo: No te preocupes, lo pueden tener en la azotea. René con una gran sonrisa aceptó el regalo, dio las gracias e inmediatamente se lo llevó para su casa, solo que no quiso la jaula. Era el mejor regalo que había recibido y el que más recordaría toda su vida. Pero ahora tenía que actuar con mucha cautela, no le diría por lo pronto a sus papas lo mantendría escondido hasta que terminara la fiesta. Cuando entró a su casa buscó donde esconderlo, lo primero que vio fue una canastita con tapa en donde se encontraba el estambre de su mamá, - ese es un buen escondite pensó- la colgaré en el perchero detrás del abrigo de la tía Panchita ahí nadie la va a ver. Posteriormente se integró a la fiesta, aunque sus pensamientos ya habían volado a la azotea y se imaginaba jugando con el conejito y dándole de comer. El festejo  transcurría lento, lento, de vez en cuando se asomaba al perchero y veía todavía el bultito detrás del abrigo de la tía Panchita. Nadie sabía el misterio escondido en el perchero. Solo René, que anhelaba poder darles a sus papas la buena noticia, -bueno, eso creía él-. Además el problema de espacio ya estaba solucionado si le acondicionaban una amplia casita en la azotea. El mismo lo cuidaría, le daría de comer y le llevaría agua. Le podía regalar algunas camisitas que ya no le quedaban para que le sirvieran de cobijitas. Todo estaba muy bien planeado.

       Cuando se llegó la hora de partir el pastel René se alegró ya que le encantaban las fresas que le habían puesto. Muy contento se subió a la silla y todos empezaron a gritar: ¡ Qué lo muerda! ¡Que lo muerda! Su mamá hizo un ademán de querer empujarlo hacia el pastel pero no lo hizo. Sin embargo para sorpresa y ante el asombro de todos René por si solo sumió su carita sobre el pastel, desencadenando una serie de fuertes  aplausos y risas. Su mamá tomó rápidamente servilletas  para limpiarlo pero se detuvo al ver la carita blanca  de su hijo carcajeándose como nunca lo había hecho. La felicidad que su hijo reflejaba contagió a todos, los cuales no dejaban de admirarse y  de echarle porras. Cuando todos empezaron a comer el rico pastel René corrió a verse en el espejo no dejando de  reírse y después de lavarse en el baño, volvió a correr pero ahora a echarle un vistazo al conejito que aguardaba en el perchero. Volteando para todos lados se acercó, levantó un poco la tapa de la canastita y... el conejito había desaparecido, ya no estaba. El niño se afligió en gran manera pues no se explicaba lo que había sucedido. ¿Lo descubriría su mamá y ya lo sacó a la calle? ¿Alguno de los invitados lo habría sacado? René empezó a buscar con la mirada, observaba a todas las personas empezando por su mamá, sin embargo no notaba nada raro. Su papá tampoco se notaba extraño. Se sintió tan desesperado que no sabía que hacer ni donde buscar a su conejito.

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