Algunos invitados empezaron a retirarse y la tristeza que invadía al pequeñito  se empezaba a hacer más grande. ¡ Todo iba tan bien ! – se decía-. Su papá, al notar el cambio tan radical en su hijo le preguntó: ¿Qué te pasa? Nada, - contestó-, pero seguía con la mirada buscando. Buscaba sin saber dónde buscar. Su papá le insistió pero el niño no tenía ánimos para hablar supuso que se debía a que  ya se sentía cansado. El niño se sentó en el sillón y desde ahí miraba el perchero una y otra vez pensando en su conejito. Tan ensimismado estaba en sus pensamientos que no se percató de la presencia de la tía Panchita quien le plantó dos besos en cada mejilla. René no tuvo ni tiempo, ni ánimos de resistirse solo una leve sonrisa salió de sus labios. La tía Panchita se despidió del resto de la familia y caminó hacia el perchero para recoger su abrigo, mientras tanto René con los ojos llenos de lágrimas se lamentaba haber perdido a su conejito.

     ¡Ay! ¡Ay! Se oyó  de pronto. ¡Un conejo en el perchero!  Gritó la tía Panchita. ¿Qué? ¿Un conejo? – dijo René-  y como resorte  se levantó del sillón  y corrió hacia donde yacía la tía sentada en el piso. Un lindo conejito blanco daba brinquitos para acá y para allá. Los ojitos del niño volvieron a brillar de felicidad y tan contento se puso que en lugar de ayudar a la tía a levantarse, corrió tras su conejito a pedirle cuentas. Resulta que el conejito fastidiado de estar dentro de la canasta tanto tiempo decidió aventurarse a brincar hacia una bolsa calientita que estaba afuera de la canasta, la del abrigo de la tía Panchita. Fue por eso que cuando René lo buscó no lo encontró. Posteriormente cuando la tía Panchita alzó su abrigo el conejito se asustó y brincó sobre ella tirándola al piso.

       Cuando René se dio cuenta  todas las miradas de la familia estaban de manera enérgica sobre él. El niño abrazando al conejito contra su pecho bajó la mirada y se dispuso a recibir los regaños.

     Su mamá empezó el interrogatorio: ¿De quién es? ¿Por qué lo tienes tú? ¿Qué hacía en el perchero? ¿Desde a que hora estaba ahí?

      El niño narró  lo sucedido con todo lujo de detalles y con tanta emoción que todos quedaron conmovidos y convencidos de que el secreto de la alegría de René estaba en ese conejito blanco, de manera que acordaron cooperar todos para empezar inmediatamente a otro día la construcción de la casita en la azotea. La tía Panchita a pesar del dolor de asentaderas también decidió cooperar donando  una cobijita  de tela de angora para cubrir al  travieso conejito.

         El niño brincó de emoción y abrazó fuertemente a sus papás agradeciendo,- como solo un niño lo  sabe hacer- la felicidad que habían traído a su vida.

FIN

Ma. Regina Loreto Arce Miranda

Comparte este textoAyuda a que encuentre nuevos lectores.
COMUNIDAD

Comentarios · 0

Lee la conversación alrededor de este texto y participa con respeto.

Todavía no hay comentarios. Puedes iniciar la conversación.