El chofer volvía, al cabo, con una sonrisa de oreja a oreja, y, aferrando el volante con firmeza, les decía a los tipos junto a él a éstos sólo les gusta joder, pero por unos cobres son capaces hasta de vender a sus madres, y el trigueño al otro, con nuevas carcajadas, ¡y eso que este carro tiene más multas que asientos, ah!, y esa noche él conduciéndome a ese hostal cerca del mar donde estaríamos solos y nos conoceríamos mejor, y algo diciéndome que no, ¿el olor a podrido?, ¿las luces de neón del nombre?, aunque yo traspasando la puerta de la habitación, y, ya desnuda, en esa cama extraña, de tanta gente, viéndolo venir no a él, sino a ti, Leonardo, y tu cuerpo alto y delgado escurriéndose entre mis piernas, y yo repitiéndote cuánto te amaba, ¿Leonardo?

El anciano le alcanzó un billete al cobrador y éste, examinándolo con una expresión de hartazgo, le dijo pague con sencillo pues, abuelo, y la anciana al cobrador, encabritándose, ¡oiga, más respeto!, ¿qué le pasa?, y el otro a ella, la voz desganada, es que ya no tengo sencillo para el vuelto pues, señora, qué quiere que haga, y el anciano al cobrador ése es tu problema, no el mío, y el cobrador a él, sosteniendo el billete a la luz de los foquitos para comprobar si era o no verdadero, digo, para qué sube si no tiene con qué pagar, y el viejo a éste, intentando arrebatárselo, cómo que no tengo con qué pagar y lo que está en tu mano qué cosa es, y el cobrador, escondiendo el billete en sus bolsillos rápidamente, siempre al anciano cuántas veces quiere que se lo repita, abuelo, no tengo cambio pues, y la anciana al cobrador, hecha una furia, ¡oiga, qué le he dicho!, más respeto, ¿no?, y, apenas se callaron, el chofer, como al aire, ¡ya, carajo, no les cobres el pasaje y punto!, ¡todos los días la misma vaina!, y, después, a los viejos, pisando a fondo el acelerador, ¡dónde bajan, ah!, y el anciano a él, atrapando el billete que el cobrador le restituía de mala gana, en la próxima esquina.

El cobrador gritaba de nuevo hacia afuera Cementerio, Cementerio, y el de los pelos parados a la pareja de viejos recién descendida, ¡váyanse a comprar sus nichos de una vez, momias!, y tras un repetido, abrupto arranque de la combi, ellos se perdieron entre las sombras, refunfuñando, y yo a punto de hundirme, con la hoja del resultado en la mano, era por eso que no me venía, y el otro, maldiciendo, no me puedes hacer esto, tengo que acabar los estudios, y yo con la expresión confundida y llorando, pues yo también, y el otro paseándose frente a mí, cogiéndome por los brazos, conseguiré el dinero, te llevaré a un doctor que arreglará todo, no te preocupes, y yo con las manos en mis cabellos, qué diablos he hecho, extrañándote, Leonardo. La combi había seguido dejando gente en las esquinas y ya quedaban, incluso, algunos asientos libres. Las muchachas de atrás también se decidieron a bajar y, mientras ganaban la vereda, el trigueño se giró para gritarles ¡mamacitas!, con una sarta renovada de besos y silbidos, agitándose en el asiento como insatisfecho, ¡están para reventarlas! Carcajadas.

Cuando el vehículo avanzó otra vez, el gordo se llevó el pañuelo y su mal olor al sitio del frente y, sólo en ese momento, Fiorella, tuviste libertad para mover y cruzar tus piernas y te diste cuenta cómo el cobrador se relamía los labios al ver tu pantalón ajustado, pero tú lo despreciaste con tus ojitos redondos, casi escondidos por tu pelo largo y ondeado, y yo volviendo del adormecimiento, la mirada puesta otra vez en las luces artificiales, y el otro acariciando mi rostro acanelado y yo quitando su mano, alzándome sobre mis codos, no sé cómo he llegado a tanto contigo, creo que es mejor que no nos volvamos a ver, y él reclamándome algo con palabras huecas, sin sentido para mí, y borrándose de mis ojos arrasados de lágrimas.

Ya nadie subía a la combi, y, ahora, sin contar a los tipos de adelante, quienes extrañamente, de cuando en cuando, curioseaban hacia atrás y hablaban en voz baja, no quedaban más que tú y el gordo como únicos pasajeros, y, al echar otra mirada por las ventanillas mugrientas, supiste que dentro de un rato también te tocaría bajar. En las afueras, la noche mataba mejor los apocados conos de luz artificial y en la oscuridad de la puerta de mi casa, tú zamaqueándome, Leonardo, qué carajo has hecho, y yo alargando mis manos para acariciarte, y tú apartándote, los ojos cegados por la ira, aléjate, no me vuelvas a llamar nunca, ¿entendiste?, y tus pisadas perdiéndose en el silencio de mi calle.

De pronto, el gordo, blandiendo el pañuelo, anunció el final de su viaje y le entregó unas monedas al cobrador, quien, después de contarlas, le dijo, la mirada encrespada, ¡oiga, faltan diez centavos!, y el gordo a él, encogiéndose de hombros y plegando su cara con una expresión que buscaba justificarse, joven, vengo de aquí cerca nomás, y el cobrador a él, las monedas casi extraviadas en sus manos mugrosas y extendidas, por eso, faltan diez, señor, y el gordo a él, la voz ahora contrariada, no tengo más pues, joven, y el cobrador a él, el rostro de piedra, ¡oiga, faltan diez!, ¿es usted retrasado o qué?, y el gordo, por instantes borrando sus ojos, nariz y boca con su pañuelo, siempre al cobrador, pero, joven, qué son diez centavos, ¡ah!, y, entrometiéndose en la discusión, el chofer, primero al gordo, golpeando rabiosamente el volante con sus puños, ¡y usted qué piensa, carajo!, ¡que a mí me regalan la plata!, y, en seguida, al cobrador, el acelerador de nuevo hasta el fondo, ya no le pidas nada a este asqueroso. ¡Anda a bañarte, cerdo, chilló el de los pelos parados, cuando el gordo metía un pie en la vereda, el pañuelo navegando en su frente, que apestas a burro muerto!

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