Risotadas. Mientras tanto, el cobrador seguía sin dejar de fijarse en tus piernas, ¿unas pinceladas de arrechura en sus ojos?, y tú, luego de verlo intercambiar unas palabras con el moreno y los tipos de adelante, advertiste que hasta se te aproximaba, babeante, y, aunque lo ignorabas, lo escuchaste decirte, ¡estás bien rica, mamacita!, y yo, al cabo de tanto meses, frente a ti, y tú con una sonrisa amarga en los labios, y qué querías que hiciera, ¿que te lo pidiera a ti?, y mis piernas cediendo y un ácido cruel en mi boca, es demasiado, Leonardo, ¡cómo!, y tú encogiéndote de hombros y yo con un vacío en mi pecho, no lo harás sólo para vengarte, ¿no?, es absurdo, no tiene sentido, y tú negando con la cabeza, ¿absurdo?, quién fue la primera que hizo algo absurdo, además qué te importa lo que pase en mi vida, y yo murmurando, sí, pero no tienes que casarte para traspasarme el alma, Leonardo, no, eso no. Al observar la calle de nuevo, te sorprendiste de que ya no hubiera ninguna vivienda en torno y pensaste que podía ser la oscuridad lo que te impedía la visión, pues ya ni siquiera un cono de luz se avenía en medio de esos descampados de tierra que pasaban fugazmente ante las ventanillas. ¿Qué ocurría? Ésta no era la ruta que la combi debía seguir.

Dirigiste tus ojos hacia el interior del vehículo y descubriste que el sujeto de los pelos parados y el trigueño-¿en qué momento se movieron?-estaban ahora a tus espaldas. El chofer apagó los foquitos del techo sin avisar y, en esa negrura viscosa, tú le dijiste, con un alarido determinado, ¡señor, por dónde estamos yendo, ah!, y, reducido por la penumbra a una mera silueta informe, el de los pelos parados a ti no te preocupes, mamacita, te vamos a tratar con cariño, y tú al moreno nuevamente, la voz cuarteada, por favor, vuelva a su ruta, señor, no se desvíe, y él a ti, apagando esta vez las luces delanteras, ya volvemos, mi amor, ya volvemos. Y, como si aquélla no hubiera sido más que una señal convenida, los tipos se te lanzaron encima y te sujetaron de los brazos y tú, sacudiendo el cuerpo como electrificada, soltabas golpes ciegos con las manos, con los pies, y gritabas a más no poder ¡auxilio, ayúdenme, auxilio! Los tipos evadían los impactos, te tapaban la boca y hasta agarraban tus partes, y tú, llorando, agotada, les decías ¡suéltenme, por favor, no me hagan daño, suéltenme!, pero a ti la figurilla sin rasgos del bajo y trigueño, antes de una recia cachetada en tu rostro, ¡cállate!, y, después, dándoles un remezón a tus cabellos, ¡cállate, mierda! La combi dejó la pista, se adentró por un descampado y zangoloteó hasta detenerse.

El cobrador abrió la puerta corrediza y los sujetos te trajeron abajo y, aunque resistías con todas tus fuerzas, mascullando un ¡no, por favor, no!, partido por los sollozos, recibiste como respuesta nuevas cachetadas, puñetazos en el vientre y patadas en las piernas, con lo cual terminaste por ceder. Tus cuadernos y libros quedarían olvidados por los asientos. Y, mientras los tipos te arrastraban por la tierra, entre una nube de polvo que tragabas y se te metía hasta por las narices, el blanco y de pelos parados te decía, riendo satisfecho, no te asustes, amorcito, te prometo que seremos muy buenos contigo, Pero fingías, ¿no, Fiorella?, sí, pues cuando ellos se detuvieron, creyéndote ya exánime, tú te avivaste de pronto y pataleaste con toda el alma hasta levantarte y, olvidándote del miedo y del cansancio, empezaste a correr, escindiendo la penumbra, bramando como una loca, buscando algo o a alguien que te salvara, ¿Leonardo?, en medio de ese terreno inhóspito y apagado, y quizá lo hubieras encontrado a la distancia, en el fondo borroso de unas casas hacia donde pensaste ir, de no haber sido por esa piedra con que te tropezaste y que te devolvió de cara a la tierra con un golpazo tan sólido que te dejó ahí, magullada, casi inerme de verdad, con una tristeza y un dolor tan grandes que apenas si tuviste ganas y fuerzas, cuando ya se desataba la llovizna, para virar el rostro y verlos llegar, unas sombras que ya te tocaban las piernas. 

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