Todo parecía un conjuro ese día. Casi a la hora del almuerzo, llega un caminante a la estancia, y pide un poco de comida. Venía con un perro pulgoso, que lo seguía a todas partes. En su rostro una cicatriz importante, lo hacía una mirada obligada del resto de los habitantes del establecimiento. El joven guitarrista le gasta una broma, y el caminante con mirada poco amistosa, lo mira fijo y no le contesta.
Ahí no termina el día. Sobre el final del mismo un lobo hambriento se interna en la majada, haciendo destrozos. No falta la palabra de la experiencia, que dice “hoy es viernes y noche de luna llena”.
Todo parecía un conjunto de casualidades, que preocuparon la tranquilidad de los integrantes de esta estancia, con una cena callada, y con poco tema. Los jóvenes amigos se sonreían y hacían bromas, que no eran correspondidas.
Llega la noche. La luna se vio opacada por algunas nubes, que la mantuvo oculta por varias horas. El silencio y el aire enrarecido, estaba como para cortarlo con un cuchillo. Amanece, cuando para asombro de todos, encuentran al perro de la casa ahorcado con una soga, desconocida en la estancia, teniendo ubicado sobre su cuerpo inerte, un racimo de uvas verdes.
El caminante dormía placidamente en el monte de paraísos, el hermano del capataz estaba en su catre, los peones tomaban mate en la cocina, los hijos de la familia dormían junto a los jóvenes amigos.
El viejo patrón comienza el interrogatorio, a cada uno de las personas que esa noche estuvieron en la estancia. Si habían oído algún ruido extraño,…. pero nadie contesta. El asombro fue mayor, cuando a medio día, el capataz encuentra en su dormitorio, una rata muerta con una uva verde a medio comer.
Los días pasan, y el misterioso hecho, sigue en la memoria de aquellos que lo vivieron.-
Continúan las actividades de la estancia, y los dos peones solteros, tienen que asistir a una vaca que está pronta para parir. Asombro fue, cuando vieron que nace un ternero con dos cabezas. Maldición dijeron los muchachos, este lugar está embrujado.
El andante que había llegado, se retira del establecimiento, agradeciendo la buena estadía, y retoma su camino. El hermano del capataz que solo había venido por una noche, aún permanece en el lugar. Ahora se ha dedicado a buscar cuevas de mulitas, y rastrear caminos de jabalí.
La cocinera, esposa del capataz, amanece con una fiebre importante, que trata de bajar con remedios caseros, enseñados por sus ancestros.
En reuniones de mate, en la cocina de los peones, se comenta que el anterior capataz, murió en forma repentina, asegurando que su figura aún ronda por las noches de luna, en el corral de los chanchos.
Todos se preparan para el festejo del cumpleaños del patrón, que como todos los años, hará un asado con cuero, con mucho vino, pan casero y de postre el flan, que es la especialidad de la patrona.
Los jóvenes amigos de la ciudad, no conocen el asado con cuero, preparándose para saborearlo, que según le han contado es un exquisito manjar. El guitarrista, ensaya algunas milonguitas, para ofrecerlas al homenajeado.
El hermano del capataz, viene con dos mulitas que ha cazado, y se ofrece para cocinarlas, al mejor estilo campero.
Al otro día muy temprano, eligen la vaquillona, que sacrificarán para el asado con cuero.- Toda una novedad para los puebleros, que jamás habían visto carnear en el medio del campo, a cuchillo limpio, sin dudar en los movimientos, y con golpes certeros.
Todo está pronto para el festejo del cumpleaños, cuando viene muy agitado uno de los peones, para informar que después de haber carneado la vaquillona, no había vuelto a ver a su compañero.
Comienza la búsqueda por todos los potreros de la estancia, junto al arroyo, en el monte de paraísos; cuando a lo lejos pueden divisar un bulto. El andar se acelera, la preocupación aumenta, pero ya no había duda, era el cuerpo del peón. Vestido como para ir a la fiesta, posiblemente sus mejores pilchas, con la camisa recién comprada que no pudo estrenar. Su cuerpo estaba boca abajo, sin signos de violencia, solo llamaba la atención un racimo de uvas verdes en la mano.
Como era tradición en la estancia, le dieron sepultura, en el predio que estaba destinado para ese fin.
Nadie pudo probar bocado del asado con cuero, manteniéndose un silencio por varios días. Todos se preguntaban, ¿Qué le habrá pasado a este muchacho? Pero no había respuesta.
Al día siguiente el hermano del capataz, se despide de los patrones, agradeciendo su estadía. Su caballo un poco nervioso, lo esperaba junto al pozo de balde. Le acomoda el recado, ajusta la cincha, saliendo a tranco lento por el camino. Cuando abre la tranquera, saluda con su sombrero en la mano, perdiéndose de vista.