Aquella pequeña confitería los acogió en silencio y casi en penumbras. Los abrigos permanecían colgados en la percha de la pared, juntos, rozándose, haciendo imaginar a quienes los veían si no eran sombras abrazadas. Las mesas de madera desgastada, le daban al lugar cierto aire de intimidad, de rinconcito tibio que espera a alguien para que se acode sobre ellas mientras busca los ojos del interlocutor y mientras las horas pasan rápidas y lentas a la vez, desgranar recuerdos, confesiones e intimidades.

Sus miradas se volvieron a encontrar. Vanesa nunca había sido extremadamente hermosa, pero sí era una mujer llamativa y tenía ese algo que atraía la atención de hombres y mujeres. Nunca pasaba desapercibida, ni antes ni ahora. Él la recordaba su rostro con una cascada de rulos que caían sobre sus hombros, como marco de esa cara de niña grande. Hoy tenía el pelo lacio y dorado, había aumentado algo de peso, y algunas arrugas asomaban en su rostro, pero aún así se veía bien.

-Qué lindo volver a verte –dijo ella rompiendo el silencio-. Gracias por el detalle de recordar lo que te conté tantas veces sobre mi juventud en el colegio de las monjas. La verdad que me sorprendiste en la librería, y todavía no entiendo ¿cómo pudiste desaparecer con tanta rapidez? Pero ahora no importa, ahora quiero saber: cuéntame de ti, quiero saberlo todo. Bueno, si tienes tiempo, si puedes… ¿O te espera tu esposa?

-No, nadie me espera. Estoy divorciado desde hace un par de años. ¿Y tú?

-Yo tampoco tengo a nadie que me espere, excepto mis padres. Y me separé hace más de un año… Pero dime: qué fue de tu vida, qué hiciste, qué haces ahora. Me dijeron nuestros amigos que te habías ido a vivir al exterior.

Francisco bajó la mirada y comenzó a deshilvanar su vida desde aquellos años, cuando después de disfrutar de varios meses de un amor que los marcó para siempre, se fue al exterior. En Francia conoció a Nanette y con ella se casó. Terminó su carrera de químico y comenzó a trabajar en un laboratorio internacional donde trabajó por años. Luego vinieron los dos hijos y con el tiempo las cosas comenzaron a funcionar mal en su matrimonio que terminó en divorcio. Sus hijos ya estaban grandes y se habían casado, así que decidió volver a su país. Y ahí estaba. Preguntó por ella y los amigos le contaron que se había separado, que era la representante de la empresa familiar y una exitosa empresaria, aunque en el matrimonio no le había ido tan bien. No había tenido hijos.

-Dime Francisco ¿me recordaste alguna vez?

-¿Cómo poder olvidarte? En mi vida tuve dos grandes amores, y tú fuiste uno de ellos. Cuando estaba en París te recordaba, y al regresar aquí volví por aquel hotel en que pasamos horas tan felices. Debido a mi trabajo y al lugar donde vivo, paso por ahí con cierta frecuencia, y cuando salgo de la boca del metro miro siempre en dirección a aquella habitación. Y al llegar a la esquina, vuelvo mi mirada hacia donde aquella tarde que nos separamos, se perdió el taxi que te llevaba, sin que dieras vuelta la cabeza… -Sus ojos se llenaron de tristeza al pronunciar las últimas palabras.

-¿Sabes? Yo también te recordé muchas veces. El primer día que pasamos juntos en aquel hotel, cuando desnudos nos miramos al espejo, recuerdo haberte dicho: “Francisco, mira… quiero regalarte esta imagen. Yo la llevaré grabada en mis pupilas y la tendré siempre presente en mi mente y en mi corazón”. Y cumplí mi palabra: aún hoy podría describirte con lujo de detalles aquella imagen, pero estoy segura que no hace falta porque tú también la recordarás.

-Fue una bella historia de amor la que vivimos juntos… -Dijo con una gran carga de nostalgia.

-Sí Francisco. Hermosa historia: la casualidad de aquella dirección equivocada, tu respuesta, el intercambio de correos, el primer encuentro, los besos, las caricias, el segundo encuentro y el beso en el ascensor mientras me apretabas contra el espejo. Los paseos por la costa y el descubrimiento de los “tesoros” que habías escondido previamente para sorprenderme. ¡Cuántos bellos recuerdos mi oso querido… inolvidables!

-E irrepetibles ¿verdad? –dijo él con un tono que dejaba abierta la réplica.

-Sí mi querido Francisco: irrepetibles –dijo Vanesa con seguridad- Porque si de aquí en más hubiera algo entre nosotros, nunca sería lo mismo que aquella vez. Así que te propongo algo: seamos amigos, los mejores amigos que podamos ser; que cada uno de nosotros sepa que el otro está allí cuando la otra parte lo busca, que podamos volver a repetir: cuento, contá, contamos…

Se volvieron a mirar a los ojos, esta vez con una enorme y franca sonrisa en sus rostros. Se tomaron de la mano y dejaron la mesa de la confitería con las tazas de café a medio tomar, mudos testigos de aquel reencuentro que cerraba el círculo del amor y abría un bello camino de amistad.

Estaba garuando… Vanesa se levantó el cuello del abrigo y miró a Francisco. Él la abrazó y una vez más se sintió pequeña y protegida por su “oso”. Él pasó el brazo por encima de su hombro mientras que ella le abrazaba la cintura y apoyaba la cabeza en su pecho mientras caminaban.

Seguía garuando… pero al contrario de la letra del famoso tango de Cadícamo, “Garúa”, estas almas no estaban solas ni necesitaban seguir recordando, mientras que en su corazón ya no había tristeza, sino la alegría de encontrarse con aquel gran amor. Y como dice el poeta uruguayo Mario Benedetti: “…Usted puede contar conmigo/ no hasta cinco o hasta diez/ sino… contar conmigo…”

 

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