Llegó el momento de dejar la pista, de regresar a la mesa y al mundo real, sin la nube mágica y sin manos cómplices de la pasión. Cuando salieron del salón, una ráfaga fría los recibió en la puerta. Casi corrieron hasta el auto. Ninguno dijo nada de lo sucedido. Simplemente decidieron ir a otra milonga y luego emprendieron el regreso, cada uno a su casa.

Pero Vanesa era testaruda, ardiente, y no se conformaría con aquel baile inconcluso. Era ella quien conducía y decidió tomar la ruta más larga. Al encender el auto, vió que estaba casi sin gasolina, pero aún así se arriesgó a ir por el camino que la mantendría más tiempo al lado de aquel hombre, y el parar en una gasolinera le daría un ratito más. La costa estaba bella y salpicada de las luces tintineantes de las viviendas y de la iluminación de la avenida. El agua del río reflejaba el oscuro del cielo, los edificios se veían imponentes en su altura, desafiando el viento y el mar. Cuando pasaron por el costado del Club de Golf, fantasmas imaginarios se escondieron en los árboles, escapando de las luces de los pocos autos que circulaban en el amanecer de la ciudad. Les quedaba poco tiempo de vida, el sol estaba corriendo el manto de la noche y unos tímidos rayos dorados comenzaban a quebrar la oscuridad. La charla estaba en su apogeo y la estación de servicio quedó en el camino, por lo que tuvo que dar una vuelta para regresar a cargar combustible.

Al dejar la gasolinera, pasando unas pocas cuadras ambos miraron la costa.

-¿Te acuerdas? –preguntó Vanesa con nostalgia, mientras una sonrisa le iluminaba el rostro.

-Claro que me acuerdo.

El silencio se apoderó del interior del vehículo. Las mentes de la pareja se remontaron unos años atrás mientras las ruedas continuaban su marcha, hasta que la conductora acordonó el vehículo y apagó el motor. El lugar era clave: allí mismo habían estado una mañana como aquella, besándose con una pasión que volvía a flotar en el aire. No tardaron mucho en unir sus bocas una vez más, en entrelazar sus lenguas y acariciarse con una fuerza incontrolable. La nube regresó para instalarse y otra vez quedaron fuera del mundo, suspendidos en el espacio, en esa dimensión desconocida para todos los que no sienten pasión extrema por otra alma.

La mujer regresó a su casa con la mente embotada de pensamientos y los sentimientos chocándose e impactando el corazón con cada golpe. Se acostó sin poder dormir. ¿Era posible que aquello estuviese ocurriendo? ¿Lo amaba? No, estaba segura que no. ¿Entonces…? No podía entenderlo.

Se levantó y se dirigió a su computadora. Había algo que le servía cada vez que quería salir de un atolladero, de una crisis: escribir. Sí, le escribiría una carta dejando a la luz sus sentimientos. Sería una carta como esas que él “criticaba”, una carta larga y sentida.

El día ya estaba instalado y el sol seguía avanzando hacia su cenit. Se acomodó en la silla y sus dedos comenzaron a volar por el teclado, mientras sus ojos quedaban fijos en la pantalla, leyendo lo que su mente le dictaba a sus manos, a veces más rápido de lo que estas podían responder, por lo que debía borrar y reescribir la palabra, la idea o el pensamiento. Las primeras frases surgieron solas. El rostro de Francisco flotaba en su mente mientras seguía escribiendo.

Querido Francisco:

Me pongo a escribirte y las palabras fluyen con bastante rapidez del cerebro hacia mis manos y de ahí… a tu mundo. Mis dedos vuelan por las teclas, como mariposas batiendo sus alas. La rapidez por querer plasmar los sentimientos, hace que el teclado casi se prenda fuego en mi afán de querer contarte sobre los deseos, emociones y sensaciones que produces en mi cuerpo y en mi alma.

Me pregunto si me será posible lograr transmitirte lo que siento. Y por otro lado me asusta la idea de que puedas conocer mis emociones, porque tal vez te inquiete demasiado. Pero sabes que soy transparente, y que ante ti sólo puedo ser lo que soy. Alguna vez he tratado de mostrarme de otra forma, pero no lo he logrado: siempre soy yo misma cuando estoy contigo.

Cuando te veo, lo primero que hago es buscar tus ojos porque son mágicos. Tu mirada me paraliza y un aullido silencioso me nace de dentro y queda ahogado en mi garganta. Y te deseo una vez más. Deseo que me tomes entre tus brazos de oso tibio y enorme, que me aprietes contra tu pecho y me beses. Lo deseo con el alma, tanto como deseo salir corriendo, pero mis piernas se vuelven pétreas y no me obedecen porque en realidad mi único deseo es estar abrazada a tí. Si nos miramos a los ojos, las palabras están de más, huelgan, sobran… Cuando me miras, siento una humedad que va creciendo, invadiendo lo más íntimo de mi cuerpo, el aire y el espacio que me rodea. Muero de vergüenza y rabia porque no quiero desearte, no quiero sentir placer. Y eso es imposible.

Aquella mañana desde el auto, se veía el sol saliendo. Renacía el día, renacía una pasión que yo quería esconder. Pero esa pasión era como el sol del amanecer: siempre sale, se renueva, resurge por el horizonte y sería tonto e inútil querer detenerlo ¿verdad?

Suelo querer escapar de tí. Tonto de mi parte, porque tú no me persigues, pero me gustaría que lo hicieras, que me persiguieras y que me capturaras. La resistencia que encontrarías sería falsa, irreal, sería un juego para quedarme más tiempo a tu lado y poder sentir más de cerca tu virilidad, sentirla a través de tu pantalón, insinuándose indecorosa mientras que tú avanzas despacio pero en forma demoledora, mientras me entrego por completo. Desde un principio hablamos de la entrega, y por mi parte siempre ha sido total.

La madrugada del domingo, luego de pasar tantos momentos lindos juntos, luego de bailar en la forma que bailamos… quise revivir otros momentos. Por eso te pedí aquel beso delicioso que se multiplicó por diez, o por cien, o por mil. Las sensaciones fueron diversas: fuego, pasión, placer, ganas de más, temblor por el deseo y el momento vivido. Porque tú me haces temblar… y no de miedo precisamente.

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