- II -
Sentada en la mecedora frente al ventanal, Vanesa se balanceaba suavemente mientras la lluvia se hacía más intensa. Estaba amaneciendo, podía sentir caer las gotas sobre las hojas de los árboles, en el pavimento, y repiquetear en su cerebro. Los pensamientos se atropellaban unos a otros para ver cuál lograba salir primero. Aquel reencuentro había sido… desconcertante. Francisco había logrado moverle el piso una vez más.
Esa mujer madura, envuelta en una bata blanca de raso, trataba de encontrar en su interior las palabras que pudieran definir sus sentimientos mirando la copiosa lluvia, cada vez más intensa. Todo le resultaba infructuoso. Sólo conseguía acumular en su mente mil preguntas sin respuesta. Lo que había vivido con ese hombre había sido inolvidable, y de lo único que estaba segura era que el amor se había extinguido como una fogata a la que no se alimenta, pero aún quedaba algo entre las cenizas, o al menos esa era la sensación que ella tenía. Aquel amor por el que había sufrido y llorado, pero que también le había regalado momentos maravillosos e inolvidables, era imposible repetirlo porque ya había muerto, no existía. ¿Cómo podía entonces saber o averiguar lo que pasaba en su interior? ¿Por qué este hombre, sin proponérselo, sacaba de ella los sentimientos más escondidos? ¿Para qué escondía esos sentimientos, o de quién los escondía? ¿De ella misma quizás?
En el encuentro de la noche anterior había quedado claro que la amistad seguía fuerte, sólida, inquebrantable. Ella creía haber cerrado el círculo de su relación con Francisco, pero… no había sido así. Había algo, algo que ella no lograba entender por más que se lo propusiera.
- III -
Los días pasaron y la relación comenzó a fluir nuevamente, aunque de forma esporádica. A veces por alguna causa específica cruzaban algún mail, una llamada telefónica, o un encuentro fugaz. Ambos adoraban el tango y cuando había oportunidad, se encontraban en alguna milonga. Francisco bailaba muy bien y ella… ni siquiera bailaba, a pesar del esfuerzo que hacía por lograr dar un paso correctamente.
Era sábado de noche, una de esas noches primaverales en que la brisa corre casi fría y dan ganas de acurrucarse junto a alguien. Entraron a la milonga: ella concurría por primera vez, él ya era conocido. Francisco tuvo la gentileza de sacarla a bailar y recorrieron la pista con el conocido nerviosismo de Vanesa, que hacía un esfuerzo sobrehumano por bailar, y la infinita paciencia de él, que no paraba de darle consejos.
Francisco la acompañó a la mesa y ambos tomaron asiento. El hombre comenzó a recorrer con la mirada las mujeres que allí estaban, buscando una chica con la que salir a bailar. Vanesa siempre le insistía para que bailara, dado que con ella era imposible hacerlo. Además, no sería ella quien le interrumpiera o arruinara una posible conquista. La noche continuó entre valses, milongas y tangos. Francisco bailando con una y otra; ella mirando, tratando de aprender mientras se deleitaba con las parejas que, a sus ojos, eran casi profesionales.
Cuando habían pasado un par de horas, el discman anunció que él mismo interpretaría algunas melodías brasileras. Las notas comenzaron a envolver el aire, llenándolo de tibios y dulces sones. Se miraron a los ojos y con un susurro Francisco le dijo:
-¿Quieres bailar? Aunque yo no sé bailar esta música.
-Yo tampoco –respondió Vanesa- así que ya somos dos los que no sabemos.
Con una enorme sonrisa en sus labios, la mujer salió a la pista mientras él la esperaba. Una pequeña ceremonia bastó para que sus cuerpos se enlazaran. Ninguno de los dos se dio cuenta, pero una nube apareció de quién sabe dónde y los envolvió. Con los ojos cerrados se alejaron de la pista de baile, del salón, de la ciudad, del país, del mundo… y flotaron en su propio universo. El brazo izquierdo de Vanesa reptaba con suavidad por el cuello de Francisco, hasta apoyarse en el hombro opuesto; mientras, el brazo derecho de él trataba de abrazar el cuerpo de aquella mujer que había amado una vez. Los rostros se unieron y las mejillas se tocaron. Las manos, unidas y entrelazadas comenzaron una guerra de caricias imperceptibles para el resto de la gente. Todo aquello que no podían hacer en público, lo estaban haciendo con las manos desnudas. Fue suficiente el roce de los dedos subiendo y bajando por la mano, el contacto de las palmas, las yemas tan sensibles a la otra piel que se sentía caliente y deseosa. Eso alcanzó para que las endorfinas explotaran e invadieran la sangre que corría presurosa por las venas, elevando la temperatura corporal, haciendo trabajar el cerebro y poniendo en ebullición las zonas erógenas de la pareja.
Francisco tuvo un segundo de conciencia, bajó de la nebulosa y aterrizó de golpe en la pista de baile, trayendo con él a Vanesa, que acusó la actitud de su pareja cuando, queriendo frenar aquella forma lasciva y ardiente de hacer el amor en público, posó la mano de ella contra su pecho, apretándola en un vano intento de calmar esa pasión desenfrenada. La música se detuvo y por unos segundos que se hicieron eternos para ellos, continuaron abrazados.
Otra canción comenzó a desgranar cadenciosas notas, mientras que la voz del discman se hacía cada vez más lejana, diluyéndose lentamente. El ritual de las manos se repitió, pero esta vez los encontró ya instalados en la nube transportadora. A la tercera canción la excitación era evidente. Las miradas de algunos concurrentes se posaron en aquella pareja que estaba fuera del mundo, bailando concentrados y de ojos cerrados, pero ni a Francisco ni a Vanesa les importaba que los observaran. Estaban bailando y la música era sólo para ellos. Sin tratar de evitarlo, las manos comenzaron a amarse otra vez, pero no lo hicieron solas. La cabeza de Vanesa se apoyó en el carrillo derecho de Francisco, que acomodó el rostro para que el tibio aliento de su luminosa mujer le diera de lleno en el cuello y llegara hasta su oreja… Ella moría por besar aquel cuello, por posar sus labios en el lóbulo de la oreja, pero no le pareció correcto. Se contuvo haciendo un gran esfuerzo, mientras que sus manos tocaban, acariciaban y bailaban la danza de la pasión.
Comentarios · 0
Lee la conversación alrededor de este texto y participa con respeto.
Los comentarios son públicos. Para participar debes iniciar sesión en el Rincón.
Acceder para comentar