Estaban sentados contra la pared, en un escalón del patio del colegio. La gente que circulaba por allí, saliendo de los baños o salones, los quedaba mirando con una eterna curiosidad, como preguntándose qué había entre ellos dos que estaban así, tan juntos, apartados de todo.

            -La nada-había dicho él-. La nada está llena de figuras como éstas, que no tienen ningún sentido para nosotros.

            La garúa no cesaba. Era la típica lluvia irregular de la ciudad. Por ratos, crecía hasta volverse insoportable, con gotas como látigos diminutos y veloces, y, por otros, pasaba casi inadvertida, dejando en el ambiente halos de irrealidad. Ella era como la garúa. A veces la tenía con él tan cerca que su delicadeza corporal lo ahogaba al extremo de embobarlo, sólo que a veces también se le escabullía de las manos y entonces ni la sentía y no podía sino intuirla desde lejos, como a algo inmaterial. -Al menos sigue cantando, ¿no?-dijo Leonardo, alargando sus brazos hacia ella, atrayéndola. La muchacha se abandonó sin rechistar, como si fuera un títere, y él trató de besarla. Pero ¿se daba cuenta de que sus besos no habían sido más que una mera cópula de bocas abiertas, de besos de novatos? ¿Algún día le daría uno para sentirla mejor, en el que sus labios y lenguas se restregaran mutuamente? La muchacha se fundió a él, cuando vio que otro auto venía por la pista, y por un instante ocultó el rostro.

             -¡Y cómo no recordar el día que pasó!-dice la muchacha, ojeando a ambos lados de la calle.

            Era un atardecer moribundo. Todos daban un simulacro de examen para ingresar a la universidad.

            -¿Cómo te fue?-había dicho él, que esperó en el mismo escalón a que ella terminara.

            -¡Un desastre!-había dicho ella, acomodándose a su lado, la voz exagerada.

            La gente salía por chorros de los salones. Algunos se detenían a saludarlos.

            -Tengo un pequeño problema-había dicho ella, no bien los dejaron solos, enterrando la mirada en las losetas del patio-. Me gusta mucho una persona.

            -No creo que eso sea un problema-había dicho él, con una viva tembladera en las piernas. ¿Lo sospechaba?-. Si tanto te gusta, díselo, ¿no?

            -Es que ése es el problema-había dicho ella, frotándose las rodillas-. No sé si deba decírselo.

            Leonardo se levantaba cada cierto tiempo y se volvía a sentar, nervioso, y se acercaba a la muchacha, que lo seguía con la vista, como si quisiera besarla, hasta que, comprobando que la gente en el patio ya ni se preocupaba de ellos, se sentó definitivamente.

            -Entonces me lo dijiste-dice él, volteando el rostro para examinarla de nuevo y ver si ella se anima del todo, tercamente esperanzado-. ¿Sabes que era la primera vez que me ocurría?

            Se desprendieron un poco. La muchacha intentó caminar, pero Leonardo continuaba atrayéndola hacia su cuerpo. Otro auto pasó veloz y ellos desaparecieron entre las sombras. Ésos eran momentos en los que él también aprovechaba para acariciarle sus pechos de infante, su cintura famélica, sus caderas crecientes, y, cuando eso pasaba, ella se le pegaba de tal forma y jadeando con unos escalofríos tan intensos que en él no podían por menos que nacer una débil ondulación en las piernas y una fuerte y húmeda agitación.

            -Yo tampoco sabía qué hacer-dice Leonardo, con un brillo quemante en sus córneas, ¿Vuelve a tener ganas de llorar?-. Pensaba que era una cosa mía, nada más.

            Y, cuando deslizó un dedo por debajo de sus brazos para enlazarlo a escondidas con uno de ella, hubo como una ligera lluvia en los ojitos tristes de la muchacha.

            -¡Me quiero morir!-había dicho ella, sonrojándose-. Debí haberme quedado callada. Es el último año de colegio y tú...

            -Es normal que sintamos esto-había dicho él, con una sonrisa de oreja a oreja-. Además, nadie se tiene por qué enterar.

            -¡Claro que no!-había dicho ella, teatralizando al máximo su voz fingida-. De otro lado, tú sabes que yo tengo enamorado.

            De todas maneras, eso no impidió que salieran semanas más tarde. Leonardo había insistido tanto que al final la muchacha aceptó y, cuando, a los días, ella lo esperó en una calle conocida, un punto medio entre su casa y el colegio, él llegaría con un taxi para evitar que los vieran, y, apenas el auto desapareció por jirones y avenidas, ellos se acomodaron más cerca que de costumbre y, al cabo de unas tentativas absurdas por los movimientos del carro, se dieron el primero de aquellos besos sin labios, tan desmañado que cualquiera los habría confundido con dos ciegos recientes. Por momentos, ella parecía arrepentirse y se alejaba hacia la ventanilla de su lado, donde se abstraía por completo, pero en otros cobraba valor y se adhería a él nuevamente. El taxi frenó en un lugar apartado de la ciudad y ellos se perdieron por unos edificios de calles mudas e indolentes, entre gente que, también por allí, vagaba como sombras.

            -¿Siempre vamos a ocultarnos?-había dicho él, cogiéndole las manos, con una leve asfixia en la garganta.

            -¿Acaso no es lógico?-había dicho ella, dando una vuelta, como si danzara-. ¿Qué quieres que haga?

            -Primero, deja a tu enamorado-había dicho él, rodeándola por detrás-. El resto será sólo cuestión de tiempo.

            -No lo sé-había dicho ella, la cabeza colgando, el gesto abatido-. Ojalá todo fuera tan fácil.

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