En efecto, mientras los chicos de la promoción se divertían con sus parejas, el enamorado había transcurrido la noche aplastado entre cigarrillos y cervezas, alelado por las luces multicolores del local, como si no le interesara conversar con nadie y con una extraña sonrisa en los labios. ¿Sería por toda la marihuana que se había fumado en el baño durante la fiesta, por todo lo que también se había metido por las narices? No, la muchacha temía que no. Ella, por su parte, se había puesto a bailar con cualquiera que la invitara, no con Leonardo, que la seguía para preguntarle por qué actuaba tan raro, y, desde luego, sin decirle nada, se perdía entre los cuerpos curvilíneos y excitados de la pista de baile. ¿Qué había ocurrido, ah? Se lo confesó días más tarde.

            -Entonces por qué viniste-había dicho él-. Dime. ¿Por qué?

            En ese momento, ella tampoco hablaba. Había apretado su cara contra la luna sucia del taxi, pero Leonardo, que no se daba por vencido, se la había volteado con las manos, a un paso de lastimarla. ¿Por qué lo había hecho? ¿Qué pasaría ahora con los dos? Y pensar que él tenía planes para esa tarde, pues, cuando ella lo llamó por teléfono y le dijo que debían verse, urgente, ya mismo, que la recogiera con un taxi en el lugar de siempre, y él le dijo que adónde irían y ella le dijo que no lo sabía, que por qué no a un lugar donde estuvieran solos, Leonardo intuyó que la muchacha deseaba continuar con lo de la otra noche. Incluso, se había trazado mentalmente un mapa para llegar lo más rápido a un hotel que estaba en un lugar alejado y escondido. Sin embargo, ella no esperó que llegaran. Es más, ya no quería, se había equivocado. Lo único que quería, en cambio, era decirle algo que, al final, se lo espetó sin ascos, quizá armándose de valor para no desgarrarse el alma, para no llorar, ahí, en medio del tráfico, en pleno taxi, sin importarle demasiado si el chofer la escuchaba: había tenido relaciones con su enamorado. Y, por más que apretó los dientes, Leonardo no pudo controlar lo que, repleto de tristeza y calentura, empezó a recorrer su sangre, a picarle en las narices, a invadir sus ojos hasta hacerlo lagrimear. Cuando la muchacha retomó el canto, su voz era ya una especie de chillido nebuloso que parecía surgir de entre las mismas gotas de la garúa y hasta hubo instantes en los que él dejó de escucharla.

Ojalá que la aurora no dé gritos que caigan en mi espalda.
Ojalá que tu nombre se le olvide a esa voz.
Ojalá las paredes no retengan tu ruido de camino cansado.
Ojalá que el deseo se vaya tras de ti, a tu viejo gobierno de difuntos   y flores.

             El chofer los miraba con cara desabrida y ellos le hicieron parar el taxi. Luego, caminaron sin rumbo fijo y, ya sin preocuparse de que los vieran, decidieron sentarse en la vereda de una calle cualquiera, como si aquélla fuera parte de su escalón del colegio, y así, distraídamente, se pusieron a hablar del pasado, la muchacha como queriendo ser otra, sin el mutismo habitual, y Leonardo contagiado por ella, aunque a la vez muy acongojado.

            -Apenas lleguemos a la avenida, te embarco en un taxi-dijo él, manoteando al aire-. ¿Me has escuchado?

            La lluvia había cedido completamente y también los carros habían desaparecido de la calle. Sólo, a los lejos, en la avenida, se veía un derrame horizontal de autos, con ruidos y luces, a este punto, ya absurdos para él. Giró el cuello y la observó conservando el paso todavía. Pero ¿se daba cuenta de que la muchacha se volvería poco a poco más triste y silenciosa, menos castaña y perceptible?

            -Creo que tomaste una decisión acostándote con él-dice Leonardo, con una mirada de fierro sobre ella-. ¿Por qué viniste entonces?

            -Porque guardaba la esperanza de que al verte todo sería distinto-dice ella, con una sonrisa desdibujada en su rostro-, de que me quedaría contigo a pesar de lo que había hecho.

            -Yo te quería para mí, ¿sabes?-dice él, cerrando los puños bruscamente-. Esto no, es demasiado, no lo entiendo.

            -Jamás lograría explicártelo tampoco-dice la muchacha, alzando los ojos hacia el cielo: ya había oscurecido.

            -Te creo-dice él, controlando esta vez la rara sensación en sus ojos.

            -¿Algún día sabremos el uno del otro?-dice ella, poniéndose en pie de un brinco-. Digo, cuando escribamos y nos publiquen. Supongo que no dejarás la Literatura, ¿no?

            -Quién sabe-dice Leonardo, observándola desde abajo, con unas ganas mortales de que un hueco se abra bajo sus pies y se lo trague-. Lo único que sé es que ya no nos veremos más.

            Cuando llegaron a la avenida, él trató de explicarle a la muchacha que no había necesidad de tomar el primer taxi que pasara, pero ella ya no estaba allí. Se había disipado con la garúa, perdido en la noche sin luna, escondido entre sus recuerdos. Ojalá que pronto vuelva a llover, pensó él, para tenerla aquí conmigo nuevamente. ¡Qué tonto!, ¿no? Hacía tiempo que ella había decidido, así como también desde hacía tiempo era sólo uno el rastro de barro en el camino, el suyo, y una la voz que balbuceaba aquella melodía triste, la suya.

Ojalá se te acabe la mirada constante, la palabra precisa, la  sonrisa perfecta.
Ojalá pase algo que te borre de pronto. Una luz cegadora, un disparo de nieve.
Ojalá por lo menos que me lleve la muerte, para no verte tanto,
para no verte siempre, en todos los segundos, en todas las visiones.
Ojalá que no pueda tocarte ni en canciones.

             -Pero lo nuestro nunca tuvo razón de ser, ¿no, Leonardo?-dice ella, apretando el paso tapándose la cara con su pelo largo y ondeado-. No tenía sentido, estaba prohibido.

            -Debiste dejar a tu enamorado-dice él, siguiéndola-. Si nunca hubiera pasado nada entre ustedes, quizá nosotros...

            -¡No me refería a eso!-dice la muchacha, con un rezago fingido en la voz.

            -¿Lo dices por la edad?-dice él, descubriendo cómo el viento forma nubosidades cada vez más compactas que ocultarían la luna y que, a lo mejor, harían garuar-. Si sólo nos llevamos siete años.

            -Eso también era lo de menos-dice ella, alzando el brazo para detener un taxi-. ¡Hablo de lo otro, Leonardo!

            -Sí, ya lo sé-dice él-. A veces hasta a mí se me olvida que yo era tu profesor.

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