Aquella vez estuvieron un par de horas caminando sin sentido, conversando en las escalinatas menos visibles y, aplastados contra unos muros de pocas luces, llenándose de besos huecos y caricias fulminantes. De esta forma se la pasaron todas las veces que saldrían, en las que, antes de aceptar, ella dudaba, diciéndole que estaba mal, que ya no se debían ver, sin embargo, luego, terminaba mandando todo al diablo y era muy puntual cuando él llegaba con el taxi. Por otra parte, aquellas salidas de prófugos encajaron perfectamente con la situación, cuando decidieron reducir al mínimo sus encuentros durante las horas de colegio, pues la gente había comenzado a insinuar que había algo entre los dos.
-Tú sabes que eso nos conviene-había dicho ella-. Además, él ya viene a recogerme.
-¿Por qué no te decides a estar sólo conmigo?-había dicho él-. Digo, en serio. Si engañas a tu enamorado, por qué sigues con él. Es muy simple. Si no lo quieres, déjalo.
-Es-que-sí-lo-quie-ro-había dicho ella, con una sonrisita melancólica, alargando las sílabas más de lo normal, como si empezara a distorsionarse.
La melodía se destapó en ese momento con mayor pena y parecía como si la muchacha se dejara llevar por la noche, porque sus pasos casi ni lastimaban el barro del camino.
Ojalá se te acabe la mirada constante, la palabra precisa, la sonrisa perfecta.
Ojalá pase algo que te borre de pronto. Una luz cegadora, un disparo de nieve.
Ojalá por lo menos que me lleve la muerte, para no verte tanto,
para no verte siempre, en todos los segundos, en todas las visiones.
Ojalá que no pueda tocarte ni en canciones.
Y siempre la garúa, como si alguien la manipulara y se empeñara en mandarla. Mojaba los autos aparcados o en movimiento, sus cuerpos que caminaban con largos trancos y hasta sus sombras, que los seguían tercamente por el suelo. ¿Por qué ella le había salido con algo tan hiriente esa vez, algo que le había hecho crecer la asfixia hasta desear la muerte? No lo entendía. Con él era como su enamorada, por más que la relación, no tuviera razón de ser ni fuera a ninguna parte por su indecisión. ¿Es que había un motivo para que no le dijera nunca qué haría al final? ¿Cómo podía vivir tranquila y sin remordimientos, estando con los dos al mismo tiempo? Pero, sobre todo, ¿por qué continuaba tan callada, con la mirada nuevamente sumergida en algún punto de la calle, mientras él le hablaba y hablaba?
-Apúrate si quieres llegar temprano a tu casa-dijo Leonardo, secándose las gotas de lluvia del rostro-. Aunque, la verdad, preferiría que te quedaras conmigo un rato más.
-En mi casa ya sospechan-había dicho la muchacha-. Sólo que, como no saben si es cierto, nadie hace nada. Mi madre dice que una chica decente no lo haría, que si es un gusto se entiende, que lo otro no estaría bien de ninguna manera.
Hasta que llegó fin de año y la mayoría de los chicos pensaba ya en la pre, en la universidad o en un trabajo o simplemente no pensaba en nada. ¿Recordaba la graduación? Ese día habían fingido que se conocían poco o, en todo caso, no más de lo que se acostumbra en una relación fría y lejana. Sin embargo, se dieron tiempo y maña para reírse y conversar sospechosamente, mezclados con los demás-quienes se abrazaban, lloraban o rompían sus libros y cuadernos, y, a pesar de que su familia y el enamorado vinieron después a querer malograrles la noche, a llevársela sin que ella se los pidiera, la muchacha se fue sin protestar, sabiendo que debía lograr el permiso para lo que ambos habían planeado entre el bullicio de la gente.
-Nos fuimos a comer-dice ella, mirando al cielo para ver si, por lo menos ahora, descubría una señal de aquella luna ausente-, y yo insistiéndole a mi papá para que me dejara ir a la casa de esa amiga, donde nos íbamos a reunir los del salón.
Pero los únicos que estaban en la casa de esa amiga eran los pocos que ya sabían de la relación y que no la veían mal. Opinaban, incluso, que si los dos se querían no se podía sino ayudarlos. Por eso, cuando al rato llamó su papá para cerciorarse si de verdad había una reunión, todos se pusieron frente al teléfono para gritarle que no se preocupara por su hija, señor, ellos se la cuidaban, la acompañarían hasta la puerta de su casa. Pero, al cabo de un par de tragos, cada uno se arrimó como pudo y ellos dos se encaminaron disimuladamente hacia un amplio jardín trasero.
-¿Y cómo hiciste con tu enamorado?-había dicho él.
-No tenía por qué venir-había dicho ella-. Él no es del colegio, ¿no?
Se habían adentrado en un espacio cóncavo del jardín, cubierto de altas enredaderas, donde casi al instante se engancharon como siempre, con besos absurdos y con dedos que insistían sobre caminos ya recorridos. Hasta que, en el colmo de sus gemidos de novata, ella le dijo sin más ni más que quería ser suya, que se moría de las ganas de salir de virgen, que había pensado locamente en él para eso. Por unos momentos, Leonardo se quedó muy sorprendido. ¡Cómo!, ¿allí?, ¿él? No lo dudó un segundo más. La tumbó suavemente sobre la hierba y, levantándole la faldita que llevaba, acarició la desnudez castaña de sus muslos y caderas nacientes, en medio de un furor absoluto, y hasta la arrancó la truza con un diestro zarpazo, sólo que, cuando intentó apartarle las piernas con su cuerpo, ella lo empujó de golpe y él cayó hacia atrás, extrañamente perniabierto.
-No, mejor no-había dicho ella, acomodándose la ropa-. Nos estamos apresurando, creo.
Y, en los días que siguieron, cada vez que él la llamaba por teléfono para que le explicara qué diablos ocurría, la muchacha se enfrascó en una nueva serie de mutismos ante el auricular. ¿Era que ya se estaba decidiendo? No lo supo hasta la fiesta de promoción, una semana después, en la que ella se mostró inequívocamente distante.
-Ese día tu enamorado se veía muy feliz-dice Leonardo, viendo pasar un taxi, pensando en qué momento ella se pondría en pie y ya nunca... y alarga unos dedos para tocarla.
-Es que ya se había salido con la suya-dice ella, evitándolos.