Es la mañana del viernes. Putana siente el sabor de la hiel en el paladar. Es su cumpleaños número cuarentaicinco, pero como siempre ella continúa en el etílico estado de la soledad, viviendo de las migajas de amor que logra vender día a día, y ese día, no iba a ser diferente. Se incorpora, realiza la misma rutina sistemática de todos los días. Hace treinta años que la practica. Pero ahora al mirarse al espejo observa la figura de una mujer totalmente desconocida para ella, el tiempo a sembrado su rostro, y el maquillaje cae pesado sobre el mismo, tratando de tapar los surcos que le hicieron mella en la vida. Putana se viste con desgano: tacones altos, vestido apretado, luce un escote amplio, dejando ver el nacimiento de sus senos hermosos, que aún pueden cobijar a quienes buscan su amor. Conserva aún una hermosa figura, es alta y esbelta, de amplias caderas y vientre plano, en cuyo interior se desarrolló una vida, de eso ya hace treinta años, pero ella cotidianamente lo recuerda y él se ha ido formando, creciendo en su imaginación y sabe que si algún día lo encuentra, ella inmediatamente lo va a reconocer, aunque jamás lo vio, y es que era demasiado niña para cuidar una criatura, sus padres la repudiaron, sus amigas le dieron la espalda y ella tuvo que salir sola, sabía que no iba a poder darle lo mejor a su hijo, la educación propia que “su” hijo merecía, y se tragó lagrima tras lágrima el momento que escuchó su llanto sólido y se lo llevaron de su lado para siempre.
Putana sale a la calle, a la misma calle donde alguien sin rostro le habla, le mira, le aborda , le tranza. El hastío sobrevuela sus espacios. Camina lentamente, siente que el frío de la mañana se ensarta en su piel, sus tacones resuenan en el adoquín duro, ella lo conoce perfectamente de memoria. Las miradas le caen como pedradas. Las mujeres murmuran algo. Los maridos la miran de reojo. El sol se empina remisamente. Putana con un cigarrillo sin prender en los labios, da la vuelta a la esquina. Los coches caminan lento al pasar por su lado, sus ocupantes le lanzan piropos, otros improperios, pero a ella eso ya no le importa. Ya se acostumbró a ello. A lo que nunca se acostumbrará es a esa sonrisa perversa en sus rostros, al eterno carcajadeo luego de mirarla de pies a cabeza, como calificándola, como aprobándola, como rechazándola.
Su novio ni se inmutó cuando supo de su embarazo.
-A mi eso no me importa. Aborta.
Tal ves hubiera sido mejor, así no lo tendría presente todos los días. Cuando decidió entregarlo en adopción, estaba sola, fue allí donde se inició su soledad. Nunca le pasó por la cabeza que fuera él quien le abofetearía el alma, quien le escupiría el llanto, soltándola en el desencanto de la precoz maternidad. Quedó a merced del mundo.
-¿cuánto cobras muñeca?...
-¡estas buena mamita!...
-¡¡ JA, JA, JA !!
Lo de siempre, lo mismo de siempre.
Putana llega al parque, el carmín ablandó el filtro del cigarrillo que mantiene preso entre los labios. Lo enciende. Se acerca el primer cliente, pero parece estar ebrio. Ella odia a los ebrios, ese tufo de alcohol fermentado con saliva que quiere vomitársela, lo odia de veras. Ella lo ignora, le da la espalda y espera:
-¡Puta maldita!
Lo mismo de siempre. Camina hacia la banqueta mas próxima, siente el calor del sol en sus mejillas blancas y polveadas, adopta una pose provocativa, mira los autos pasar. No sonríe. Es la tercera ves que pasa el Chevrolet negro, se miran por unos momentos. Es joven. La cuarta. La quinta. El se acerca, se decide. Lo mismo de siempre.
-Sube.
Ella lo ignora.
-¡Que subas te digo!
Ella lo mira. El mirando siempre al frente. Rodea el auto, y abre la puerta. Ingresa y se sienta. Un olor a manzana se apodera de su interior.
-¿a dónde vamos?
El no la mira, conduce como en un estado hipnótico, como en trance. Ya le habían tocado tipos así antes, pagan bien, por lo menos no está ebrio. El cruza toda la ciudad, se dirige al “Barrio de las Rosas”, donde tantas veces estuvo junto a los grandes gamonales, banqueros quebrados el alma, diputados corruptos de mente, calvos de una poderosa situación económica y desmigajados el corazón, en fin, un sinnúmero de muertos vivientes que le pagan por dejarse querer, por mantenerla con vida un día mas. Se detiene frente a una suntuosa mansión.
-Vamos.
Putana lo sigue, ingresan por la puerta principal, eso si es raro. Una chica con vestido azul, delantal blanco y cara de recién asustada le regala una rosa roja.
-Madame
Eso está mas raro aún. Continúa por el salón principal hacia la sala. Un veterano con corbatín, traje de pingüino y chaleco a rayas la saluda con una inclinación de cabeza. Ella se extraña pero corresponde a su saludo. Ingresan en un basto salón embebido de regias pinturas, lámparas, hermosas alfombras y finos muebles. Ella ya estaba acostumbrada a estos “lujos”. Atraviesan el salón hasta el fondo. El que va al frente se detiene junto a una suntuosa butaca cercana a un gran ventanal. voltea. Por primera ves sonríe.
-Adelante ese es tu asiento.
Un escalofrío la recorre por entero y obedece. El se inclina, toma su mentón con una mano, posa su rodilla derecha en el piso y le dice:
-Descansa... Mamá.
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