Lo mismo de siempre. Camina hacia la banqueta mas próxima, siente el calor del sol en sus mejillas blancas y polveadas, adopta una pose provocativa, mira los autos pasar. No sonríe. Es la tercera ves que pasa el Chevrolet negro, se miran por unos momentos. Es joven. La cuarta. La quinta. El se acerca, se decide. Lo mismo de siempre.
-Sube.
Ella lo ignora.
-¡Que subas te digo!
Ella lo mira. El mirando siempre al frente. Rodea el auto, y abre la puerta. Ingresa y se sienta. Un olor a manzana se apodera de su interior.
-¿a dónde vamos?
El no la mira, conduce como en un estado hipnótico, como en trance. Ya le habían tocado tipos así antes, pagan bien, por lo menos no está ebrio. El cruza toda la ciudad, se dirige al “Barrio de las Rosas”, donde tantas veces estuvo junto a los grandes gamonales, banqueros quebrados el alma, diputados corruptos de mente, calvos de una poderosa situación económica y desmigajados el corazón, en fin, un sinnúmero de muertos vivientes que le pagan por dejarse querer, por mantenerla con vida un día mas. Se detiene frente a una suntuosa mansión.
-Vamos.
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